Apocalipsis Z. El principio del fin
Operación ocaso
Incubación
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Brote
Septiembre zombie
Portada del relato La Promesa del Guadalquivir
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Durante un tiempo, Sevilla fue un nombre que flotaba entre el desconcierto y el horror. Las procesiones que antes llenaban de música la primavera fueron reemplazadas por penosos éxodos y la Feria de Abril se tornó silencio y miedo. Pero cinco años atrás, un grupo de sobrevivientes consiguió retomar parte del centro histórico, comenzando un lento proceso de “limpieza” y construcción de una nueva vida. El verdadero impulso había venido en los dos últimos años, cuando varios talleres consiguieron reactivar la producción de pólvora y herramientas de metal, probabilizando el comercio seguro y facilitando la defensa.

Duración: 11:11

La Promesa del Guadalquivir
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

29 de septiembre de 2028

La mañana despuntaba con una luz rojiza sobre la ribera del Guadalquivir. Sevilla, o lo que quedaba de ella, despertaba al ritmo del chirrido de las poleas y el rumor de los carros que descendían por la calle Betis en dirección al puente de Triana. Al otro lado del río, mientras la niebla se disipaba, las nuevas murallas, formadas con bloques de escombros y retazos de acero, delimitaban el perímetro de la ciudad limpia: el corazón de una comunidad que intentaba rehacerse sobre las heridas de la vieja urbe.

Durante un tiempo, Sevilla fue un nombre que flotaba entre el desconcierto y el horror. Las procesiones que antes llenaban de música la primavera fueron reemplazadas por penosos éxodos y la Feria de Abril se tornó silencio y miedo. Pero cinco años atrás, un grupo de sobrevivientes consiguió retomar parte del centro histórico, comenzando un lento proceso de “limpieza” y construcción de una nueva vida. El verdadero impulso había venido en los dos últimos años, cuando varios talleres consiguieron reactivar la producción de pólvora y herramientas de metal, probabilizando el comercio seguro y facilitando la defensa.

Desde la Giralda, la vista se extendía hacia tejados y terrazas fortificadas. Aun en ruinas, la torre era símbolo indiscutible que los más jóvenes contemplaban casi como un monumento de otro tiempo. Allí estaba Manuel, un viejo profesor de historia convertido en líder moral de la Colonia del Arenal. Vestía una chaqueta raída, adornada con parches de distintas comunidades: Majarabique, San Juan, Dos Hermanas. Con el alba acostumbraba repasar el horizonte, buscando señales de humo o el reflejo de alguna caravana. Aquella mañana miraba hacia la Isla de la Cartuja, donde las cúpulas oxidadas del Monasterio aún resistían el paso del tiempo.

Abajo, en la plaza de San Francisco, el bullicio era inusual: ese día se celebraba el Mercado de Intercambio, la gran cita mensual para las siete comunidades que formaban la Confederación del Bajo Guadalquivir. Entre los puestos, mujeres y hombres de toda la comarca ofrecían desde grano y aceite hasta flechas, lámparas de carburo y hortalizas frescas. El trueque era la única moneda aceptada; ni oro ni papel tenían valor ya en la Sevilla reconstruida.

Sobre una mesa, Pilar supervisaba las existencias de su puesto. Tenía 32 años y una expresión alerta, las manos fuertes de quien cultiva la tierra y defiende con la misma ferocidad a su gente. Ofrecía frascos de penicilina extraída de viejos cultivos de moho, siempre acompañados por el estricto regateo. “Tres en conserva, dos cargas y medio saco de trigo, ni más ni menos”, repetía con voz firme ante los desprevenidos. La penicilina era un bien más valioso que cualquier arma y solo los agricultores establecidos podían permitirse el lujo de negociar por ella.

Cerca de la Puerta de Jerez, a la sombra de los ficus centenarios, Jerónimo ajustaba el cinto de su daga. Tenía el cabello oscuro y piel curtida, típico de los antiguos guardias de las patrullas del río. Su labor era doble: controlar la entrada al mercado y vigilar rumores sobre saqueadores. Aquel septiembre de 2028, los zombis ya no eran el principal problema dentro de Sevilla; el verdadero peligro venía de humanos desesperados, bandas nómadas que aún merodeaban en busca de presas fáciles.

Pero hacía ya meses que el comercio a larga distancia prosperaba y la ciudad se había convertido en un atractivo imán para comerciantes y fugitivos por igual. “Nos vigilan desde los antiguos tejados del Polígono Sur”, susurró Jerónimo a su compañero Ismael. Sabían –por experiencia propia– que ninguna muralla los protegería si los forasteros conseguían infiltrarse entre los tenderetes. Por ello, todas las transacciones se realizaban a la vista de los soldados de la Confederación y los protocolos de seguridad eran más estrictos incluso que la disciplina religiosa de los recientes tiempos.

A media mañana una caravana llegó por la orilla del Aljarafe. Los burros avanzaban entre aplausos, arrastrando un viejo remolque oxidado que alguna vez fue un coche de caballos turístico. Los comerciantes de Lebrija traían miel, aguardiente y armas rudimentarias fabricadas en sus talleres: pistolas de mecha y ballestas de resortes. El líder de la caravana, un hombre delgado y jovial conocido como el “Maestre Olmedo”, estrechó las manos a Manuel y Pilar en señal de buena fe. Bajo el acuerdo de la Confederación, el desarme era obligatorio; sólo los soldados locales podían portar armas de fuego en el mercado. Olmedo entregó su carabina casera y la depositó en el puesto de la Guardia.

Alrededor de la Catedral, las balsas de agua potable se custodiaban bajo vigilancia armada. A tres cuadras, los jóvenes aprendices de herrero forjaban clavos y cuchillos a partir de viejas vías del tranvía. En la plaza Nueva, un grupo de niños correteaba entre las ruinas, inventando juegos de persecución y escondite. Eran la primera generación en años que vivía sin miedo constante: ya no despertaban por el gemido abierto de los zombis ni se sobresaltaban por cada sombra.

Aquel día el mercado traía consigo una nota de esperanza, pero también el rumor de amenazas latentes. Pilar escuchó a dos comerciantes de Carmona hablar en susurros sobre una caravana asaltada dos días antes, más allá de la vieja autopista. “Siguen ahí fuera, esperando el momento”, decían. El miedo nunca desaparecía del todo, tan sólo cambiaba de forma.

Después del mediodía, Manuel fue invitado a la reunión de líderes en la Biblioteca Sur, un antiguo refugio reconvertido en sala de asambleas. Los líderes vestían túnicas de colores y portaban medallas oxidadas que marcaban su rango: Sevilla, Gelves, Alcalá, Camas, Dos Hermanas y San Juan. Allí debatieron acerca de nuevas rutas comerciales y la fortificación de la Cartuja, destinada a convertirse en almacén y taller central. Los mapas esparcidos sobre la mesa eran copias impresas en papel de baja calidad, pero eran el resultado de meses de exploración y cartografía: dibujaban senderos seguros, pozos, áreas agrícolas y zonas rojas donde los zombis todavía pululaban.

El tema más delicado surgió cuando Juana, representante de Gelves, propuso la limpieza definitiva del barrio de Macarena para extender la zona habitable y devolver parte del hospital Virgen de la Macarena a la Confederación. Había noticias de focos de infección y sospechosas incursiones humanas. La propuesta no gustó a todos, pero Pilar repitió al consejo la urgencia:

—Si no limpiamos Macarena antes de las lluvias, podríamos perder ese enclave para siempre. No volverán a germinar los campos si la infección resurge.

La votación, casi solemne, fue interrumpida por el estrépito de campanas. Las alarmas se usaban ahora para todo: avisar incendios, ataques o amenazas zombis. Jerónimo llegó jadeante desde la puerta de Triana:

—¡Una gran horda se mueve hacia el este! Viene bajando desde la Encarnación. Al menos cien, quizá más.

Los planes se desmoronaron en un segundo. Era la primera vez en meses que un grupo semejante se acercaba tanto al centro recuperado. Las milicias se activaron de inmediato. Los líderes salieron de la biblioteca y el mercado se transformó en una coreografía de evacuación: soldados formaron líneas, los comerciantes corrieron a salvar su mercancía más valiosa y los niños buscaron refugio debajo de los puestos.

En el corazón de la Plaza Nueva, Pilar se reunió con los tres guardias más jóvenes de la patrulla. Les entregó frascos de penicilina y les encargó que los llevaran al hospital improvisado en la antigua Facultad de Derecho, por si había heridos. Tomó una lanza larga, reforzada en la fragua con clavos y alambrada, armas fabricadas en el taller de su hermano.

Mientras Jerónimo y su grupo se apostaban en la calle Sierpes, los zombis irrumpieron, tambaleantes y descompuestos pero mortales en su número. Algunos apenas caminaban, otros se arrastraban por el asfalto exhalando gruñidos; pero su mero avance bastaba para sembrar el caos. Con disciplina aprendida tras años de sangrientas lecciones, las milicias formaron filas y comenzaron a abatir a los más cercanos. Algunos arqueros disparaban desde terrazas y azoteas.

Manual tomó posición junto a la muralla improvisada del Arenal, vociferando órdenes con la voz de quien ha instruido a generaciones. El combate fue breve pero brutal. La horda, disminuida y lenta, fue dispersada a costa de tres heridos y una baja. Al atardecer, los carros de la limpieza se cargaron con los restos, y el hedor de los cuerpos descompuestos, quemados fuera del perímetro, recordaba a todos que la plaga aún era una amenaza real, aunque ahora superable.

Cuando la calma retornó, la ciudad entera respiró como si un peso invisible se hubiera levantado por fin. El mercado reabrió, aunque con la tensión flotando en el aire. Los líderes regresaron a la asamblea, esta vez más compenetrados que nunca: la defensa colectiva había mostrado que la unidad era posible y, sobre todo, era la única vía de subsistencia.

Aquella noche hubo consejo general junto a la orilla del río. Las antorchas se alinearon a lo largo de la calle Betis y el reflejo del fuego tembló sobre las aguas oscuras. Manuel habló a todos, citando palabras de esperanza: “Hemos sobrevivido porque supimos unirnos. Aquí, en estas murallas nuevas, no sólo protegemos el cuerpo, sino la memoria de nuestra ciudad y la promesa de un futuro”.

Los niños, acurrucados junto al brasero, pedían a los mayores historias “del tiempo de antes”, cuando Sevilla era conocida por su feria y sus procesiones, por las tardes infinitas llenas de guitarra y risas. Nadie les hablaba del mundo anterior como un paraíso inalcanzable, sino como un origen que sólo sobrevivía en recuerdos y costumbres rescatadas: el arte del trueque, la solidaridad vecinal, las comidas comunitarias bajo el toldo de la plaza.

Y así, mientras septiembre declinaba y un aire más fresco llegaba desde la sierra, Sevilla renacía, reinventada entre el miedo y la esperanza. Las murallas eran gruesas y las manos ásperas, pero el rumor del Guadalquivir seguía para siempre uniendo a los vivos en su empeño por reconstruir. Neonatos nacían en el hospital y algún aprendiz empezaba a garabatear nuevas letras en una pizarra, bajo la atenta mirada de viejos supervivientes que alguna vez temieron que todo terminara entre los gemidos de la plaga.

Quizá ninguna alegría era tan simple como la del pan recién salido del horno comunal, o la música que suavemente brotaba de una guitarra restaurada, cuando la noche se hacía menos densa y el peligro, por unas horas, parecía sólo un eco lejano en los márgenes de la muralla. Así era Sevilla, septiembre de 2028: malherida, pero viva, tenaz e irreductible, mientras el mundo, heraldo de ruinas, comenzaba a tejer, sobre sus cicatrices, una esperanza insólita.

Apocalipsis Z. El principio del fin
Operación ocaso
Incubación
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Brote
Septiembre zombie

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.