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Fragmento:


Hoy di clase de lectura a seis niños. Los más pequeños, Claudia y Mario, apenas saben que alguna vez hubo una televisión, o que el metro funcionaba bajo las baldosas levantadas de la avenida Constitución. Pero sus padres usan palabras como “fin de los tiempos” y “salvación”, y a los once o doce los niños ya comprenden el valor de un saco de arroz, y tienen miedo de la noche. Utilizo hojas gastadas de un viejo libro de cuentos, uno que sobrevivió al fuego del archivo de la biblioteca Infanta Elena. Les cuento historias antiguas de Hércules levantando la ciudad, y me miran como si hablara de magia.

Duración: 11:32

Días de Esperanza en el Bajo Guadalquivir
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Texto de ajuste de pausa.

12 de noviembre de 2027

Diario de Miguel López

Asentamiento de la Giralda, sector norte de Sevilla

Hoy hace fresco. El cielo es una manta gris sobre nosotros y el aire huele a tierra removida, aunque aquí dentro de las murallas casi no hay tierra sin haber sido pisoteada. En la madrugada, desperté con el rumor de pasos cerca de la puerta principal. Era el grupo de guardia nocturna, volviendo del relevo. De vez en cuando, el miedo todavía me atenaza el pecho como hace siete años, pero cada vez menos: lo que ahora más me asusta es, paradójicamente, la rutina.

Han pasado más de siete años desde que el mundo colapsó y Sevilla dejó de ser la ciudad que vi crecer con alegría. La catedral, siempre imponente, sigue dominando el horizonte, pero ahora tiene heridas: piedras desprendidas, gárgolas vacías de turistas y palomas, manchas de humo, y cicatrices recientes de la guerra humana.

Esta mañana, bajé desde mi cubículo en la planta baja del antiguo hotel Regina, ahora una de las viviendas colectivas del asentamiento, hacia la plaza improvisada del sector norte. El campanario de la Giralda, que aún sobrevive pese a los años de abandono, es nuestro puesto de vigía —desde allí, Catalina y Fabio avistan las rutas principales y cualquier movimiento extraño. La principal amenaza ya no son los zombis, sino, según la voz común, los saqueadores que vienen del antiguo puerto y del extrarradio.

He vuelto a escribir como parte de las tareas de recolección de memoria. Ana, que coordina la escuela rudimentaria del barrio de San Lorenzo, insiste en que las nuevas generaciones no recuerdan siquiera el sonido de los autobuses o el sabor de la fruta madura, y mucho menos la historia de la ciudad en la que han nacido en guerra permanente. Así que, aunque escribir se me hace un poco inútil a veces, voy llenando páginas con lo que veo y siento para alguien futuro, espero.

Ayer, hubo una asamblea larga, hasta después de la caída del sol, en la nave central de la iglesia de San Marcos, ahora centro de reuniones. Se debatió si abrir el comercio con el asentamiento de Alcalá del Río. Los de allí han conseguido una pequeña presa y molinos, y producen más harina de la que pueden consumir, pero han tenido problemas con bandas nómadas: tres muertos en menos de dos meses. Los líderes de Sevilla —don Álvaro el exprofesor de la Universidad, Lucía la jefa de la milicia, y varios representantes de los supervivientes— dudan entre arriesgarse a abrir las puertas a más comercio o reforzar aún más las murallas y defender lo que tenemos.

Hay dos tipos de temor entre nosotros: el antiguo miedo a los zombis, que ahora son apenas una molestia, lentos y torpes, salvo cuando alguno nuevo resulta fresco y veloz: esos matan sin aviso y casi en silencio. Pero el miedo más profundo ahora es el humano, por las bandas armadas y la posibilidad de que, por querer comerciar, se abra la ciudad a desastres internos: fausto de hace unos meses, cuando una banda entró haciéndose pasar por agricultores y causó cuatro asesinatos mientras saqueaban la botica del hospital viejo.

Hoy di clase de lectura a seis niños. Los más pequeños, Claudia y Mario, apenas saben que alguna vez hubo una televisión, o que el metro funcionaba bajo las baldosas levantadas de la avenida Constitución. Pero sus padres usan palabras como “fin de los tiempos” y “salvación”, y a los once o doce los niños ya comprenden el valor de un saco de arroz, y tienen miedo de la noche. Utilizo hojas gastadas de un viejo libro de cuentos, uno que sobrevivió al fuego del archivo de la biblioteca Infanta Elena. Les cuento historias antiguas de Hércules levantando la ciudad, y me miran como si hablara de magia.

Por las tardes, me encargo de la cartografía. Hace seis meses, la confederación del Bajo Guadalquivir nos envió dos mapas del territorio actualizados: caminos seguros, zonas donde aún abundan zetas (como les dicen los más jóvenes), aldeas colaboradoras y las rutas bloqueadas por saqueadores. El Guadalquivir se volvió una línea defensiva: las barcas de San Jerónimo controlan el otro lado y, si hay algún ataque serio, activan una cadena que cierra el paso acuático.

Hoy al salir de la escuela, pasé por el huerto comunal, donde los tomates pelean por sobrevivir entre los naranjos viejos. El agua es escasa, pero aprendimos a ordeñar el río en horas precisas gracias a la presa. El huerto y los talleres de armas improvisadas son el corazón de nuestra vida: sin ellos, la ciudad sería sólo un esqueleto de piedra y memoria.

Al mediodía han llegado noticias de la Vega. Un mensajero de Camas (aún nos llega papel, aunque todo reciclado y las letras a veces ilegibles) trajo un mensaje sencillo: “Ofrecemos aceite y grano, necesitamos medicinas”. Lo mismo de siempre, el trueque esencial. La sección de apotecarios discute si tenemos algo que ofrecer, ya que la última expedición al hospital Virgen Macarena retornó con menos de lo necesario y dos mordidos.

Por la tarde, Leticia, una de las responsables del archivo reproductible (el taller de imprenta que apenas funciona pero que nos permite copiar manuales), me pidió ayuda para clasificar los textos más útiles: guías de cultivo, primeros auxilios, reparaciones de herramientas… El ruido de la imprenta, hecho de madera y piezas rescatadas de un Seat León viejo, es una de las pocas músicas de la vida moderna; su olor a papel polvoriento me recuerda la vieja Facultad.

Mientras oscurecía, fui a los muros para unirme al relevo. De vez en cuando, se aproxima algún deambulatorio —llamamos así a los zombis más deteriorados, que se arrastran por lo que fue la Macarena y recalaban en la puerta de San Fernando— aunque ya no nos inquietan demasiado. Salvo uno, todavía fuerte: tuvimos que hacer una salida puntual para abatirlo antes de que causara más problemas.

Por la noche, Lucía (con el arco siempre pegado al hombro) organizó un pequeño grupo para inspeccionar los talleres de Triana, que producen herramientas y recientemente alguna que otra pistola casera. La tradición sigue viva: los alfareros ahora fabrican garrafas y recipientes de agua en vez de cerámica artística, pero algo de la antigua creatividad se mantiene. Las murallas improvisadas con autobuses y coches amontonados, reforzados con ladrillos y vigas, siguen en pie, recordando que aquí la ciudad se reconstruye con lo que se puede.

He anotado aquí algunas reflexiones de la asamblea:

1. La alimentación sigue precaria, pero el intercambio con Alcalá del Río abre oportunidades.

2. El riesgo de saqueadores es menor por el momento, pero las rutas por la SE-30 deben ser patrulladas tres veces al día.

3. El taller de pólvora ha producido suficiente para defender Sevilla varias semanas, pero los ingredientes escasean.

4. Las relaciones con Camas y Dos Hermanas pueden ser clave para el invierno.

5. Rumores de problemas en Córdoba, pero la distancia y las bandas hacen inviable cualquier reconocimiento.

Antes de dormir, enciendo la lámpara de aceite (una hermosa reliquia, reconstruida por Inés con piezas de una moto antigua y cristal de ventana) y leo unas páginas del manual agrícola. Me sorprende la sencillez de algunas ideas, lo poco que sabíamos antes de sobrevivir con nada.

Recuerdo el viejo mundo: los tranvías pasando por San Bernardo, el bullicio de la Feria, el olor a incienso en Semana Santa. Ahora, la ciudad vive en silencio, sólo roto por las campanas del relevo y, a veces, las notas de una guitarra que se cuelan desde el taller de los músicos improvisados.

Mañana, se organizará una expedición para buscar semillas por el Aljarafe. Se dice que en el instituto antiguo quedan frascos en los laboratorios de biología. La expedición será peligrosa: la última vez, perdimos a Paco, pero, sin riesgo, no hay futuro.

He soñado con Sevilla antes de la plaga. Es un sueño brumoso: hay niños correteando por la Plaza de España, turistas delante de la Torre del Oro, olor a sardinas fritas por Triana. Esta otra Sevilla es dura, a veces cruel, pero nuestra. Nos queda el consuelo de que los zombis sólo son fragmentos; la amenaza mayor, después de tantos años, somos nosotros mismos y nuestra capacidad de vivir juntos o destruir lo que queda.

Escribo todo esto porque Ana insiste. Dice que el futuro sólo existe si se recuerda el pasado, y que los seres humanos tenemos una relación extraña con la memoria: olvidamos para sobrevivir, pero necesitamos recordar para no perder el sentido. Yo escribo para ella, para los críos que aún piensan que Sevilla nació ayer, para nosotros, para que lo que nos costó volver a vivir no se desvanezca con el último relevo nocturno ni con la próxima horda.

Buenas noches, Sevilla.

Miguel López

* * *

13 de noviembre de 2027

Hoy el aire trae promesas de invierno y peligro. Al alba salieron diez personas hacia el Aljarafe. En la puerta de la muralla, algunos se despidieron con sonrisas y otros no pudieron evitar la superstición: tocaron la vieja cruz de hierro que cuelga sobre los ladrillos. La expedición lleva armas, semillas de trueque por si acaso y mucho miedo. Les confiaríamos la vida.

La comida hoy fue más apretada. Pan duro, sopa de habas, alguna naranja que se salvó de la plaga de hongos. A mediodía, llegó una caravana de Mairena con harina y vino. Ofrecieron noticias: en Carmona, parece que alguien intentó encender una pequeña central hidroeléctrica y hubo un incendio. Perdieron toda la cosecha de remolacha. No importa si se han acabado los zombis en los campos, basta un error humano para que todo salte por los aires.

Por la tarde volvimos al taller de la imprenta. Conseguimos clonar siete copias más del manual de supervivencia. Una mujer que llegó de fuera —una refugiada de Chiclana, dice que perdió a su familia de golpe el invierno pasado— lloró mientras sostenía una de las copias en la mano. Le dije que con ese manual podría ayudar a reconstruir algo, aunque sólo fuera una hilera de patatas o una vida nueva. Mi trabajo como maestro se volvió, sin querer, el de un bibliotecario del miedo y la esperanza.

Por la noche, la ciudad resplandece con el fuego de las antorchas. A veces nos reunimos junto a los jardines del Alcázar (más ruina que palacio) y escuchamos a los viejos contar, con voz cansada, historias del mundial de fútbol, del AVE que unía Sevilla con Madrid en dos horas y media exactas, de la Expo que llenó de luces extranjeras la Cartuja. Los niños escuchan fascinados, incapaces de imaginar un tren, una televisión, una ciudad sin murallas.

Lucía regresó temprano y compartimos pan y vino. Hablamos de lo que queda, de lo que podría ser el futuro si logramos, entre todos, mantener el equilibrio. Hay rumores —siempre rumores— de una epidemia menor en el asentamiento del sur. Algunos temen que la infección mutó, otros dicen que sólo es disentería provocada por agua estancada. Al final, decidimos reforzar la vigilancia y esperar más noticias.

Cuando me acuesto, escucho los pasos de la guardia sobre las murallas. Sevilla resiste, Sevilla no se olvida.

Mañana será otro día. Y mientras la ciudad siga en pie, aquí estaré para anotarlo.

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