Fragmento:
Amanecer en Sevilla no era, desde hacía años, el espectáculo festivo de siempre. Nada quedaba de los ecos alegres de la Feria, ni de la bullente vida en los bares del centro, ni de las procesiones de Semana Santa. La luz arde ahora sobre una ciudad cauta y vigilada tras sus propios muros recién levantados. Cada bloque recuperado, cada calle despejada, era motivo de celebración y al mismo tiempo de miedo: nunca sabías qué había aguardando en la siguiente sombra. Sevilla, madre cálida de antaño, era ahora una fortaleza de supervivientes.
Duración: 11:53
18 de julio de 2026
Amanecer en Sevilla no era, desde hacía años, el espectáculo festivo de siempre. Nada quedaba de los ecos alegres de la Feria, ni de la bullente vida en los bares del centro, ni de las procesiones de Semana Santa. La luz arde ahora sobre una ciudad cauta y vigilada tras sus propios muros recién levantados. Cada bloque recuperado, cada calle despejada, era motivo de celebración y al mismo tiempo de miedo: nunca sabías qué había aguardando en la siguiente sombra. Sevilla, madre cálida de antaño, era ahora una fortaleza de supervivientes.
Miguel dejó a su hija Lucía en la escuela improvisada, una nave adaptada cerca del viejo Puente de Triana. Los niños entraban en pequeños grupos, siempre rodeados de adultos armados, y las clases eran menos sobre matemáticas o historia, y más sobre identificar especies comestibles, montar trampas, primeros auxilios o la siempre temida “alerta de horda”. Salvo por la sonrisa agradecida de la maestra Elena, los críos intuían el miedo en los ojos de sus padres. Miguel la vio agachar brevemente la cabeza, y pudo jurar que antes de girarse, la mujer pronunciaba una discreta oración.
Miguel cruzó la Calle Betis bordeando el río, rodeando antiguas terrazas saqueadas tiempo atrás. Ahora, la vegetación comenzaba a recuperar dominio, y en los márgenes improvisados entre azulejos rotos y parterres, los nuevos agricultores intentaban arrancar pimientos y tomates a un suelo reticente. Se acercó al puesto de control del mercado. Allí lo esperaba Salvador, ya un hombre mayor, capataz del sector, de barba gris y mirada autoritaria.
—¿Cómo fue la noche? —le preguntó Salvador sin mayores preámbulos, mientras revisaba un cuaderno forrado de cuero.
—Tranquila. Solo un par de alertas en la Alameda, pero no cruzaron el terraplén. La patrulla reportó tres cuerpos que apenas podían levantar la cabeza —dijo Miguel.
—Están pudriéndose. A la próxima luna nueva les caerá la cabeza sola. Pero ni se te ocurra confiarte. —Salvador le echó un vistazo penetrante—. ¿Dormiste?
Miguel asintió, pero masticó la mentira. No había dormido completamente en más de seis años. Nadie realmente lo hacía. Cuando antes te despertaban los gorriones en la ventana, ahora era el estruendo de las sirenas, el aullido de alguna alerta humana o, peor, el crujido implacable de esos seres a los que apenas podían seguir llamando zombis. Habían resistido más de lo que todos querían creer posible. Seguían oliendo la carne —fresca o muerta, daba igual— y podían convertir otra vez la noche en una pesadilla.
—Ve a la zona del Polígono Sur. Empezamos a limpiar el bloque seis —añadió Salvador—. Pero antes, pasa por la Casa de Oficios. Han recibido semillas nuevas desde el banco de Córdoba. Y parece que tenemos un caso de fiebre. No es la nuestra, la de ellos —susurró, refiriéndose a los infectados—, pero las fiebres pueden desmoralizar una cuadrilla. Y tú sabes cómo calmar a la gente.
Miguel dudaba de su talento para apaciguar a nadie, pero aceptó. Cruzó hacia la Antigua Fábrica de Tabacos. Allí, un par de banderas improvisadas ondeaban. Era ahora sede de la administración y, ocasionalmente, lugar donde se reunían los delegados de los seis barrios ya recuperados. Por la entrada principal, dos jóvenes, miembros de la milicia, desinfectaban las suelas de cualquiera que entrara.
Dentro, la Casa de Oficios palpitaba. Hombres y mujeres discutían detalles de las cosechas mientras, en otro rincón, un herrero enseñaba a sus aprendices a forjar clavos, armas rudimentarias y bisagras. En el fondo, una pequeña zona cercada servía de enfermería, allí donde trabajaba Carmen, la “doctora de la Cartuja”, la misma que no había huido en los peores días de la caída.
Miguel la encontró atendiendo a un hombre pálido y sudoroso.
—¡Miguel! —le saludó Carmen sin dejar de palpar el pulso del enfermo—. Creía que estarías en ronda.
—Vengo a por las semillas… y creo que también puedo ayudar aquí.
El enfermo resultó ser Esteban, uno de los encargados de las patrullas de vigilancia. Tosía y repetía una fiebre alta, aunque no presentaba el colapso y la agresividad típicos del “virus”. Al menos no todavía. Carmen le pidió a Miguel que ayudara a sujetarlo mientras le administraba un derivado de paracetamol fabricado recientemente.
—No hay pústulas, ni la necrosis aquella —diagnosticó Carmen, apartando un mechón de su frente sudorosa—. Puede ser solo una gripe, pero la fiebre tan alta nos asusta a todos.
—La gente recuerda la primera vez que la fiebre apareció. Todos pensamos lo peor —Miguel no pudo contener un escalofrío, recordando la primavera de 2020.
Carmen prosiguió—: Aquí el miedo enferma más que nada. Tu hija está bien, ¿verdad?
Miguel sonrió, cansado.
—Sí, aprendiendo a leer mapas y distinguir plantas. El otro día me preguntó si algún día plantaríamos naranjos en la Plaza de España.
La doctora rió. Aquella esperanza infantil encendía algo en todos.
—Toma —le dijo, entregándole una bolsa de semillas pequeñas, etiquetadas con una letra temblorosa: “trigo duro—Banco Genético Córdoba—2027”—. Plantadlas con cuidado. Si conseguimos multiplicarlas, el pan volverá antes de que Lucía sea mujer.
Antes de irse, le preguntó:
—¿Siguen los del mercado organizando la feria del sábado?
—Sí —respondió Miguel—. Intercambiarán semillas, herramientas, harina y quizá algo de licor. Viene gente de Dos Hermanas y hasta de Carmona.
—Avísame —Carmen le guiñó—. Me gustaría ver algo de alegría. Incluso trading de risa se da en estos tiempos.
Salió agradecido. Cualquier artículo del pasado —una radio restaurada, un parche de tela, unos pendientes de bisutería— podía ser moneda de cambio. Ahora la economía era un trueque brutal y honesto.
A media mañana Miguel se dirigió al Polígono Sur. Antaño zona de marginación y pobreza, era ahora un crisol de veteranos y familias enteras que habían aprendido a fortificarse juntos. El bloque seis estaba semilimpiado, pero las ventanas tapiadas no ocultaban del todo el miedo. Por los pasillos, el olor a polvo y lejía se mezclaba con el de la gasolina racionada. Miguel saludó a Antonio, uno de los líderes de planta.
—¿Traes semillas? —le susurró, casi como pidiendo droga.
—Semillas y buenas noticias. Carmen cree que la fiebre no es la que nos cayó hace seis años. Solo gripe.
—Solo gripe —repitió Antonio, como si no acabara de creerlo—. Aquí hasta los virus parecen peores.
Recorrieron juntos el pasillo. Vieron a dos niños jugando a “exploradores”, con palos simulando fusiles. En estos juegos se colaba la guerra como un hecho cotidiano.
—Esta noche patrullamos la calle Juan Díaz de Solís. Ramón dice que escuchó algo al sur, cerca del tren—anunció Antonio.
Un rumor recorrió los pisos. A pesar de los años, el miedo nunca desaparecía del todo. Casi todos sabían lo que podía suceder si se colaba una horda o, peor, una banda armada de saqueadores. Aunque en Sevilla los zombis estaban en minoría y aquellos que quedaban eran torpes y lentos, la amenaza de un brote nuevo o de un ataque humano seguía al acecho.
Miguel pasó un momento largo en la azotea, contemplando el horizonte. La vieja ciudad lucía cicatrices. Desde allí veía, al oeste, la torre Pelli y más allá los invernaderos improvisados en la Cartuja. Al norte, la Giralda asomaba robusta, señal y faro. Diversos tejados lucían lonas verdes, señales convenidas entre asentamientos para saber si todo iba bien (“verde, todo en orden; rojo, peligro; blanco, necesidad de ayuda médica”).
De pronto el silencio se rompió por una bocina: era la señal del “mediodía seguro”. Cada doce horas, los equipos de patrulla hacían comprobaciones en toda la zona. Si nadie reportaba incidentes principales durante tres días seguidos, el sector se consideraba por fin “limpio”.
Para muchos, eso significaba posibilidad de dormir con una ventana abierta, o de dejar a los niños jugar en patios interiores. Para otros, era solo el preludio de la siguiente amenaza.
Al regresar hacia Triana, Miguel se topó con uno de los “comerciantes ambulantes”, un grupo de nómadas que habían hecho de la ruta Sevilla-Coria-Écija su especialidad. El jefe se hacía llamar Fermín, y siempre llegaba con historias frescas del exterior.
—Hoy traigo noticias —le saludó, con la voz grave y la barba descuidada—. Dicen que en Dos Hermanas han recuperado un molino de viento viejo. Les da parte de la luz. Y en Alcalá, un grupo de chicos ha rehecho una prensa para aceite.
Los ojos de Miguel se iluminaron. Cualquier innovación era esperanza; algo tan simple como un molino cubría parte de las enormes necesidades de energía.
—¿Han visto grupos al otro lado del río? —preguntó, precavido.
Fermín lo miró de reojo.
—Un par, nada grande. Más peligroso es toparse con los saqueadores. Al norte de la Isla de la Cartuja, hace dos semanas, hubo un choque. No eran zombis, eran otros humanos. Matan y despojan a quien no viaja en grupo.
Fermín mostró balas, sal y un manojo de cordones de cuero.
—Todo se intercambia —sentenció—. Pero dime, ¿cómo anda esa hija tuya?
—Ahí sigue, con más coraje que yo.
—Eso es bueno. Pronto necesitarás que te cuide ella a ti.
Se separaron con un gesto. Miguel continuó hasta las antiguas Setas de la Encarnación. Allí un grupo de mujeres lavaba ropa en palanganas. El rumor del agua y las risas, por breves que fueran, le insuflaban ánimo. La ciudad, pese a todo, estaba viva. En la Plaza, un anciano tocaba la guitarra, cantarín: “Yo me voy, me voy, pero volveré…” La copla era vieja, pero en aquellos días aguantaba el ánimo.
Al atardecer, Miguel recogió a Lucía. La maestra le entregó una hoja: palabras torpemente escritas, donde la pequeña ensayaba una carta a un primo lejano, “por si algún día los caminos se reabren”. Miguel la abrazó y tomados de la mano caminaron juntos hacia casa.
—Papá, ¿habrá pronto pan blanco? —preguntó Lucía, esperanzada.
—Estamos plantando trigo de Córdoba. Si la lluvia viene, habrá pan, sí.
Lucía fue guardando semillas ocasionales en un bote. Decía que sería su “banco de vida”, y prometía plantarlas “cuando Sevilla entera huela a primavera”. Miguel no se atrevió a responderle lo improbable, pero no quiso robarle su esperanza.
Al llegar a casa, cenaron sopa de verduras racionada y un trozo de queso duro, saqueados a base de trabajo y trueque. Antes de dormir, Miguel subió a la azotea una vez más. Veía las otras casas, los tejados con señales y, en el horizonte, la silueta de la Giralda recortada sobre el cielo estival.
Allí, bajo las estrellas, cerrando los ojos, se permitió imaginar el futuro: escuelas repletas de niños, plazas floridas, canciones en las tabernas y, por encima de todo, el murmullo apacible del Guadalquivir fluyendo, eterno, por la ciudad de los vivos.
Quizá, pensó, Sevilla nunca regresará a lo que fue. Pero en sus calles, en la terquedad de unos pocos y en la risa infantil que aún resonaba, algo indomable sobrevivía. Amanecería, una vez más, y los muros —y los corazones— resistirían otro día más.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.