Fragmento:
El calor persistente del mediodía todavía luchaba contra la sombra, aunque octubre asomaba su promesa de frescura sobre Sevilla. El cielo estaba pintado con la estática amenazante de un mundo que había cambiado para siempre, como si el polvo suspendido sobre la ciudad nunca terminara de asentarse. Rosa oteaba la calle desde el hueco entre dos sacos de arena, justo en el puesto de vigilancia improvisado junto al antiguo Mercado de la Encarnación. Aquella mañana, los sonidos de la ciudad eran una mezcla extraña de silencio y distancia: solo los murmullos de los centinelas, el ulular ocasional de una radio portátil, y, a lo lejos, el no tan extraño lamento de algún infectado despistado que no se resignaba a morir dos veces.
Duración: 10:08
15 de Octubre de 2022
El calor persistente del mediodía todavía luchaba contra la sombra, aunque octubre asomaba su promesa de frescura sobre Sevilla. El cielo estaba pintado con la estática amenazante de un mundo que había cambiado para siempre, como si el polvo suspendido sobre la ciudad nunca terminara de asentarse. Rosa oteaba la calle desde el hueco entre dos sacos de arena, justo en el puesto de vigilancia improvisado junto al antiguo Mercado de la Encarnación. Aquella mañana, los sonidos de la ciudad eran una mezcla extraña de silencio y distancia: solo los murmullos de los centinelas, el ulular ocasional de una radio portátil, y, a lo lejos, el no tan extraño lamento de algún infectado despistado que no se resignaba a morir dos veces.
Sevilla, una vez efervescente de vida y luz, ahora era una fortaleza bilateral. Al norte, los asentamientos de campesinos y obreros, que protegían los viveros y las acequias resucitadas del antiguo canal del Tamarguillo. Al sur, el núcleo amurallado: un puñado de bloques de pisos, iglesias reutilizadas y almacenes rodeados de barricadas y alambres, donde grupos de supervivientes —familias mezcladas, viejos conocidos que apenas se reconocían entre sí— luchaban por mantener lo poco que quedaba de comunidad.
Rosa tenía veintiocho años, aunque ya hasta su madre empezaba a llamarla “la vieja”, ironía punzante en un mundo donde vivir tres inviernos desde la caída era motivo de leyenda. Había llegado a la zona protegida tras perder a su familia en los saqueos de Triana, mucho antes de que la ciudad se reorganizara en barrios fortificados. Ahora, su vida giraba en torno a la vigilancia, el cuidado de la pequeña huerta tras la iglesia de San Luis, y el trueque de medicinas o herramientas siempre bajo la amenaza de los forasteros.
Esa mañana, el aire traía rumores inquietantes. El último grupo de recolectores que había salido hacia el Polígono Sur no había regresado. Ellos solían ser puntuales, meticulosamente organizados gracias a las rutas marcadas en los mapas cosidos, pasando justo antes del mediodía por el Puente de San Telmo. Una, dos, hasta seis horas de retraso y ni un destello de señal, ni por las ondas cortas que lograban captar en los radios, ni por los brillitos convenidos con espejos.
“¿Ha vuelto Enzo?” preguntó Rosa, girándose apenas hacia su compañero de guardia, un jubilado cejudo llamado Fermín.
“No. Ni él, ni los gemelos. Solo ha regresado la mula, sola y con la alforja rasgada”, respondió en voz apagada, sin apartar los ojos del horizonte.
Los más viejos decían que la catástrofe tenía un olor propio, mezcla de sudor, carne vieja y pólvora mojada. El miedo, sin embargo, olía diferente: aguzaba el olfato de todos y agrietaba el ánimo casi tanto como el frío de las primeras noches de otoño. En tiempos antiguos, un grupo de muchachos desaparecidos en la ciudad habría sido una anécdota para la prensa local, motivo de alarma social, pero ahora era una tragedia inevitable, como las lluvias o las plagas.
“¿Crees que encontraron una de esas bandas de saqueadores?” murmuró Rosa. Fermín no contestó. Los saqueadores, ese nuevo mal tan temido como los muertos, había asolado ya otros refugios en los alrededores: tomaban lo que podían, quemaban lo que no, y a menudo dejaban más amenazas vivas que cadáveres.
Rosa envió a una muchacha, Lucía, a avisar al consejo. A esa hora, en el improvisado ayuntamiento —dos aulas unidas de la antigua escuela pública— los líderes locales estarían discutiendo cómo resistir otra semana más; cómo ahorrar leña, agua, alimentos, cómo reparar el generador que se había convertido en el altar mayor de todo el enclave. Mientras esperaba respuesta, Rosa observó el tránsito lento y silencioso que recorría las entrañas de la ciudad: carros tirados por burros, grupos que cargaban leña o botellas recuperadas del río, patrullas armadas con escopetas recortadas y lanzas hechas con tubos de cortina.
De repente, la tranquilidad opresiva fue rota por un sonido seco, metálico, que venía desde la Avenida de la Constitución. Varios centinelas saltaron desde sus puestos, armas en mano, y el murmullo inconfundible del pánico se expandió como pólvora. Había movimiento tras los coches quemados, formas vacilantes que titubeaban entre la luz y la penumbra, y enseguida surgió el primer disparo. Un eco de botas, gritos, y una figura alzada agitando una bandera blanca improvisada: era Enzo.
El muchacho, cubierto de sangre ajena y polvo, casi se desmayó al cruzar la barricada. Apenas cruzó el umbral, cayó arrodillado y balbuceó: “Los han emboscado… los gemelos… siguen ahí. Hay más de ellos, muchos más. Tienen a varios vivos, usan a los zombies para asustar. Parecen drogados de miedo y rabia”.
El consejo se reunió apresuradamente. El líder de la comunidad, Doña Pilar —antigua directora del hospital Macarena— tomó palabra con la gravedad de quien ha perdido demasiados hijos en semanas recientes.
“Debemos decidir ahora. Esta noche no podemos arriesgar hombres, y la vigilancia es prioritaria. Pero no podemos dejar que se lleven a los nuestros. ¿Quién irá por los gemelos?” dijo, mirando a los rostros pálidos pero decididos en la sala.
También Fermín, tembloroso pero firme, levantó la mano. “Yo conozco esa zona, puedo guiar a quienes vayan.”
Al caer la noche, un grupo de cinco se preparaba: Rosa, Enzo —a quien apenas le permitieron recuperarse— Fermín, una joven llamada Helena hábil con la ballesta, y Ricardo, un mecánico con hombros anchos y ojos exhaustos. Se repartieron las escasas municiones y el poco pan que había quedado tras el reparto del día y salieron al amparo de la oscuridad, cruzando calles que conocían desde la infancia pero que ahora les parecían la tapadera de una amenaza latente y perpetua.
El trayecto hasta el Polígono Sur estaba sembrado de ruinas y silencios, solo interrumpidos por los ocasionales gruñidos y pasos arrastrados de los muertos, cuyas filas parecían menos densas desde que el frío había comenzado a avanzar. Pasaron por la Plaza de España, irreconocible: las columnas cubiertas de nidos improvisados, los bancos rotos, los mosaicos quemados por alguna horda hace meses.
El primer indicio de vida —de vida humana, al menos— fueron las fogatas aparcadas junto a un bloque de pisos medio caído. Se agazaparon tras un muro cubierto de grafitis nuevos (“AQUÍ NO ENTRA NADIE / VIVA SEVILLA LIBRE / TODOS A LA MURALLA”) y atisbaron entre las grietas: una docena de figuras, armadas y sucias, custodiando varios prisioneros maniatados.
En un descuido de los asaltantes, Rosa y los demás se arrastraron hasta el montículo de basura y escombros que servía de tapadera. Helena, con precisión quirúrgica, disparó una flecha que silbó en la noche y, por un instante, la suerte pareció estar de su lado: uno de los bandidos cayó sin ruido.
Pero un sonido más fuerte —voz de mando, la detonación de una escopeta— deshizo la sorpresa. La refriega que siguió fue breve y brutal, con cuerpos que caían, gritos de advertencia y el graznido de los zombies, atraídos por el estrépito. Rosa, cuchillo en mano, anotó cada herida, cada grito, entre el miedo y la furia. El mundo se había reducido a golpes, forcejeos, sangre y cansancio.
Al alba, la batalla fue solo una mancha más en las ruinas de Sevilla. Habían rescatado a los gemelos —magullados, apenas ejemplares de la vida indómita de la vieja ciudad—, pero habían perdido a Ricardo, muerto por una bala perdida y un zombi medio podrido que aún tenía fuerza en los dientes.
Regresaron silenciosos, heridos y agotados. Al entrar en el refugio, Rosa miró por primera vez en muchos días al cielo despejado, agradeciendo la ausencia de drones o aviones que, en otro tiempo, surcaban el horizonte. Se preguntó si algún día podría recordar la ciudad como era antes: olor a azahar, bullicio de turistas, pasos rápidos por el Barrio de Santa Cruz. Ahora, Sevilla era memoria y maquinaria, umbral y lombriz, ocasión y ruina.
Esa tarde, Doña Pilar los recibió con pan, agua y silencio. La doble hilera de supervivientes abría paso a los gemelos, que avanzaban taciturnos, marcados para siempre. “No somos héroes”, pensó Rosa. “Solo quedamos vivos”.
El día transcurrió entre vendar heridas y contar sombras. Más tarde, con la radio chisporroteando breves noticias del exterior —un asentamiento atacado cerca de Dos Hermanas, trueques de vino y medicinas con la gente de Carmona— los asentados bajo los muros de Sevilla entendieron que la ciudad era resistencia, pero también esperanza. Sus vidas, tejidas ahora entre barrotes oxidados, naranjos amargos y el pulso ancestral de la urbe, seguían adelante.
Con la noche, Rosa volvió al puesto de vigilancia. Miró la Giralda recortada contra las nubes rojas del crepúsculo y escuchó, a lo lejos, los tambores de alguna celebración clandestina; acaso una boda, acaso solo el intento de recordar que, a pesar de todo, la vida no había cedido.
Sintió entonces, casi a su pesar, la certeza de que Sevilla —su Sevilla—, aún caía pero nunca se rendía. Pensó en la promesa de recuperar la ciudad, empedrar de nuevo las calles con nombres queridos, abrir las plazas al bullicio de los niños. Y mientras la oscuridad barría los restos del día, Rosa se prometió una vez más sobrevivir. Para ella, para los gemelos, para la memoria de los que habían caído bajo los muros y para el porvenir de aquellos que, como ella, se empeñaban en mantener viva la última luz sobre el Guadalquivir.
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