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Fragmento:


La enviada, que poco después Carmela supo que se llamaba Lucía, propuso intercambiar piezas de maquinaria agrícola a cambio de vacunas caducadas y dos gallinas ponedoras. El trueque era constante y feroz, cada producto con su propio valor mutante según la temporada, la escasez y el peligro del camino. El radio portátil era la verdadera ofrenda: un auténtico talismán, porque desde hacía semanas circulaban rumores de que en Córdoba habían logrado reactivar una pequeña emisora de banda media, capaz de transmitir entre enclaves lejanos.

Duración: 11:12

La Alborada Tras la Calamidad
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Texto de ajuste de pausa.

16 de noviembre de 2026

La mañana parecía densa, atascada entre la niebla helada del Guadalquivir y el cansancio de un siglo en apenas seis años. Había luz, sí, pero difusa; ese velo blanco flotando sobre la ciudad ruina y las aguas remansadas sólo lograba dar textura a los montones de escombros. Desde lo alto de la muralla improvisada, la atalaya sobre la Plaza de la Encarnación que alguna vez fue el Metropol Parasol, Carmela divisaba tres pequeños puntos oscuros aproximándose por la calle Imagen. Se acomodó las mangas del abrigo militar mugriento y entrecerró los ojos: cazadores, probablemente. Esperaba carne o noticias, porque el frío ya no invitaba a malas aventuras. En Sevilla, en noviembre de 2026, pocas cosas eran susceptibles de sorpresa y la mayoría tenían dientes.

A su lado, Daniel, remero devenido vigía, sostenía el mosquetón recámara vacía como si fuese una reliquia sagrada. Sevilla ya no era ciudad fluvial sino fortaleza con corazón de río. Aquí dentro –al norte las ruinas del puente de Triana cortan el paso y al sur, el de San Telmo, convertido en presa de maderas y muebles destartalados– se sobrevivía por organización, astucia y una buena dosis de suerte. Los asentamientos en lo que fue el centro, desde la Alameda hasta la Macarena amurallada, llevaban meses defendiendo los límites de sus nuevos dominios. Dormían poco, pero dormían vivos.

Carmela bajó del puesto de guardia justo cuando la alarma de manivela daba la primera vuelta chirriante. El eco recorrió la calle Regina y despertó a los turnos de la noche, herederos de la fiebre nerviosa de los primeros años. El sonido era un llamado: no a esconderse, sino a salir para ver si la puerta necesitaba abrirse y qué se sacrificaba a cambio. Desde hace unos meses, con la consolidación de estas alianzas regionales y ejércitos propios, las reglas eran claras: a los vivos se les pedía palabra y trueque antes de dejarles pasar; a los zombis, fuego.

Marquitos, el contramaestre de la patrulla, aguardaba junto a la puerta reforzada de la Calle Feria. Sus ojos mostrábanse más hundidos cada día, como si el fulgor de todo lo sucedido hubiera sido absorbido por la muerte de su hija, hace ya más de dos años. Carmela le asintió y él respondió con la misma mueca de siempre, entre la resignación y la vigilia perpetua.

No tardaron mucho en llegar los tres viajeros; sus ropas eran de cuero curtido, viejos uniformes alterados. Llevaban a un burro cargado de sacos y, cuando se acercaron lo suficiente, Carmela divisó que uno de ellos era mujer y llevaba un radio de manivela, bien atado a la mochila. Intercambiaron la contraseña habitual: "Guadalquivir serpea, pero no se ahoga," dijo ella. Marquitos replicó: "Y Sevilla ni muere ni olvida." Las frases surgieron años atrás, tomadas de canciones y leyendas urbanas, formas de recordar y, sobre todo, distinguir al humano del monstruo.

Entraron despacio, tensos pero decididos. Tras el portón, la plaza olía a pan de castaña y a leña; una pequeña feria había sido instalada bajo los lonones de plástico y cartón, vigilada por dos adolescentes armados con lanzas de obra y escopetas recortadas. Al menos treinta personas se movían entre los ínfimos puestos: hortalizas rudimentarias, viejas lámparas convertidas en faroles de aceite, prendas cosidas con retales desiguales, y cajas de botellas vacías –tesoros que servían de moneda o almacenaje.

Daniel y Carmela acompañaron a los recién llegados por entre el gentío hacia la carpa de mando, la antigua iglesia de San Martín, ahora tapada de lonas, con el altar convertido en mesa de asamblea. Allí dentro se discutía todo: el reparto de víveres, las alianzas con otros núcleos y cómo librar las próximas rutas de los saqueadores. Abdón, el presidente temporal, aguardaba de pie, flanqueado por dos guardias –uno llevando el único fusil moderno en todo el asentamiento, y el otro, una honda y un hacha de bombero. No había reverencia, pero el respeto era tangible.

La enviada, que poco después Carmela supo que se llamaba Lucía, propuso intercambiar piezas de maquinaria agrícola a cambio de vacunas caducadas y dos gallinas ponedoras. El trueque era constante y feroz, cada producto con su propio valor mutante según la temporada, la escasez y el peligro del camino. El radio portátil era la verdadera ofrenda: un auténtico talismán, porque desde hacía semanas circulaban rumores de que en Córdoba habían logrado reactivar una pequeña emisora de banda media, capaz de transmitir entre enclaves lejanos.

La reunión fue corta pero intensa. El consejo aceptó el trato y Carmela fue encargada de supervisar la descarga. El burro, cansado y seco de morro, fue despojado de su carga mientras, unos metros más allá, tres ancianos conversaban arrimados al brasero. Uno de los abuelos, Don Rufino, era fuente constante de historias, y mientras observaba el intercambio, comenzó a narrar a quien quisiera oír cómo de niño jugaba junto al río, cuando Sevilla era aún el bullicio de turistas y pescadores, no de patrullas y muertos.

La noche caía antes de las seis. El frío apretaba y la humedad avanzaba como un enemigo invisible. En la oscuridad, turno de guardia y vigías se duplicaban: en noviembre, los zombis eran menos veloces, sus miembros ya agarrotados por los meses, pero no por ello menos letales si lograban sorprender o atacar en grupo. Sin embargo, el miedo se había trasladado hace tiempo hacia la otra amenaza: los grupos nómadas de saqueadores que, como jaurías furiosas, atacaban por asalto en busca de comida, munición o mujeres.

Esa noche, de regreso en su rincón de la Alameda, Carmela repartió las nuevas semillas obtenidas a un grupo de agricultores del poblado. Cultivar brócoli, coles y acelgas era lo único que garantizaba estómagos llenos y ganas de luchar. Con las primeras lluvias, la esperanza crecía junto a los bancales improvisados que, meses antes, eran parterres municipales de flores.

La fortaleza de Sevilla dependía de sus murallas y de la confianza entre quienes la habitaban. Lo difícil era mantener esa delgada línea entre la colaboración y la desconfianza, frontera tan quebradiza como los propios muros levantados. La radio de Lucía fue entregada al taller de ingenieros, que, tras horas de pruebas, arrancó una tenue señal y, contra todo pronóstico, lograron escuchar una transmisión lejana: “…Desde Puente Genil, comunidad segura. Intercambio bajo bandera blanca. Repetimos: comunidad segura…”

El eco de aquellas palabras generó un extraño bullicio. Por primera vez en meses, el consejo decidió organizar una expedición más allá de Dos Hermanas, pensando en viajar al este. El problema: el tramo de autopista seguía infestado. Distancias que antaño cubrían en treinta minutos, ahora requerían días de exploración con avanzadillas, trampas y vigías, y la amenaza de encontrarse con los "Hijos del Río", un grupo de forajidos que saqueaba comunidades menores hacia la campiña.

Esa noche, Carmela y Daniel se reunieron en la azotea de lo que fue un bloque universitario. Desde allí, las luces temblorosas de braseros y candelas revelaban cómo la ciudad resistía, una constelación de fuegos mínimos abrazando el centro histórico. El aroma a sopa de verduras y cebada flotaba hasta casi hacerles olvidar la escasez. Entre sorbos, Carmela pensó en su madre y el orfanato donde vivió durante los primeros años de la peste: un refugio convertido en prisión, después en mausoleo, y ahora, en su ausencia, en mito.

Los dos hablaron de sueños y recuerdos. Daniel, que una vez había remado a turistas en los barquitos del Parque de María Luisa, recordaba cómo solían celebrar el encendido de luces de Navidad en la Avenida; ahora, la ciudad parecía una sombra llena de rumores y canciones transmitidas a través de fogatas.

—¿Crees que esto cambiará? —preguntó Daniel—. ¿Volveremos a ver procesiones por la calle o fiestas en la Feria?

Carmela apartó la mirada hacia la catedral, cuyo campanario asomaba, mutilado, sobre la silueta rota de la ciudad. Una cruz de madera sobresalía como testigo de la vieja fe.

—No será igual —dijo—, pero algo será. Quizá tengamos que inventar fiestas nuevas. O el miedo se convertirá también en tradición.

Las horas pasaron entre el aullido lejano de los perros ferales y el crujir ocasional de madera. Daniel bajó, y Carmela quedó allí, pensando en la expedición del día siguiente, en la radio, en las semillas y los acuerdos frágiles. Cerró los ojos y escuchó, por un instante, el murmullo del río, que ahora era el mayor de los muros.

Al amanecer, la expedición estaba lista. Diez hombres y mujeres, armados con lanzas, viejas pistolas y estacas de hierro, partieron por la Ronda Histórica, esquivando las avenidas abiertas. Civiles y agricultores saludaron con banderas hechas de trapos descoloridos. La partida era motivo de orgullo y de miedo: cada salida era un acto de fe y un sacrificio posible.

Horas después, cuando el sol del mediodía elevaba el vapor desde la calzada, los vigías dieron aviso de movimientos al norte: un pequeño grupo de podridos –el término para los zombis que aún vagaban por los límites— se abalanzó desde una nave industrial abandonada. Había aprendido, por los años de costumbre, que la mejor forma de dispersarlos era el ruido: latas colgando de una cuerda, piedras lanzadas contra ventanas partidas. Media hora después, el camino quedó despejado a fuerza de esfuerzo, sudor y un par de disparos.

En la Alameda, de vuelta, Lucía y Carmela compartieron pan y noticias. La mujer traía relatos de otros enclaves: algunos habían caído bajo el asedio de bandas, otros prosperaban gracias a ferias protegidas y mercados de trueque. Habló de cómo la esperanza era una moneda aún más valiosa que el arroz o las balas, y que la radio, si lograban mantener su frágil cadena, sería el germen de una red de auxilio, un hilo dorado sobre la grisura del invierno andaluz.

El tiempo corría distinto en aquel mundo menguado. La vida había mutado: niños con cicatrices de guerra corriendo entre ruinas, adultos aprendiendo oficios olvidados, abuelos que cambiaban refranes por herramientas. Sevilla era, sobre todo, una suma de historias: los cuentos del Don Rufino, la mirada de Daniel, las manos de Carmela, capaz de podar parras y descargar fusiles.

Mientras el sol se desvanecía tras las ruinas de la Giralda, Carmela pensó en el futuro. No en recuperar lo perdido, sino en edificar algo nuevo, resistente y tenaz. Porque, más allá de los muros y los peligros, Sevilla ni muere ni olvida. El río fluye, el miedo se amolda y la esperanza es lo último que deja de caminar.

Quizá, en algún día lejano, serían las ciudades amuralladas y los mercados de semillas los que alimentarían un nuevo albor. Quizá, el relato de esa Sevilla rota y remendada, de aquella Alborada tras la Calamidad, sería el origen de una nueva canción, la que susurran los revive-leyendas al calor de los braseros y las candelas, en los días en que la niebla pareciera disolverse, como el hambre, poco a poco.

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