Fragmento:
Cuando la alerta llegó por la radio —esa caja de milagros mugrienta por la que tres comunidades compartían noticias y amenazas—, no fue por palabras sino por un silbido en clave. Bastaba con eso. Los nómadas venían del este: una caravana numerosa, armados y con acento de Córdoba. No buscaban trueque, sino conquista.
Duración: 10:37
26 de noviembre de 2026
Era una mañana fría y neblinosa en Sevilla, como ninguna que Alicia tuviera memoria antes del Apocalipsis. El Puente de Triana se recortaba sobre la bruma como el esqueleto de un antiguo dios de acero, y las aguas del Guadalquivir, lentas y vastas, arrastraban basura, cuerpos inertes y ocasionalmente alguna barcaza protegida por tablones y latas clavadas. La ciudad no era ni sombra de sí misma, aunque aún se elevaban algunos tejados irreconocibles entre los brotes de maleza y las cicatrices de los incendios, y aunque la Giralda aún dominaba el cielo ocres, vigilante y maltrecha.
Quizás por eso la avanzadilla de los Centinelas aguardaba agazapada tras los restos de lo que fueron alguna vez los muros de la estación de Plaza de Armas, apenas a quinientos metros del río. No eran soldados regulares: apenas un puñado de hombres y mujeres desaliñados, ropas raídas y caras tiznadas de polvo, cada uno con una escopeta de cañón recortado o una lanza de hierro forjado de mala calidad. Sólo la determinación en los labios de Sergio, el líder, los mantenía en su puesto. Detrás de ellos, la ciudad fortificada de Sevilla resistía a la deriva de un mundo silenciado, asediada tanto por el hambre como por el miedo.
Alicia ensayaba de nuevo la explosión en su cabeza. Cada movimiento, cada giro de muñeca, recordar la línea de ignición, el ritmo en que la mecha debía prender y el instante exacto en el que debían cubrirse. “Si salta demasiado pronto, la estructura aguantará; si es tarde, estamos muertos”, le había repetido Sergio mil veces. “El truco es sincronizar la fe con la química”. Y quizás en ese detalle radicaba la supervivencia.
Cuando la alerta llegó por la radio —esa caja de milagros mugrienta por la que tres comunidades compartían noticias y amenazas—, no fue por palabras sino por un silbido en clave. Bastaba con eso. Los nómadas venían del este: una caravana numerosa, armados y con acento de Córdoba. No buscaban trueque, sino conquista.
—Nos van a rodear primero —murmuró Sergio—. Violan el código de señales. No pararán hasta quedarse con lo que queda de nuestros molinos.
Alicia miró el pequeño saco de explosivos caseros, escondido bajo un manto de escombros y madera vieja. Desde hacía meses, la fabricación rudimentaria de pólvora era el mayor logro de la comunidad. No se usaba para atacar, sino para defenderse; sólo los mayores recordaban todavía el estruendo de las Fallas o los fuegos de agosto. Ahora, la pólvora era un tesoro casi sagrado, tan valioso como el pan o el agua.
La estrategia había surgido tras una larga noche escuchando transmitir a la “Voz de Tabernas”, un canal independiente que cruzaba toda Andalucía: “Si os atacan en puentes o callejones, haced presión con explosivos menores. No permitáis que la ciudad sea tomada. Sevilla es una memoria, no un botín.” Así que los Centinelas se preparaban ahora para convertir el Puente de Triana no en una puerta, sino en una trampa mortal.
El enemigo se divisó poco después del alba. Una decena de figuras avanzaba escoltando carros tirados por mulas, con hombres en los flancos y una bandera improvisada ondeando en el centro, una especie de cruz roja sobre campo blanco. Alicia recordó a su hermano pequeño, que le preguntaba en las noches de vigilia si alguna vez el mundo recuperaría los colores. “La sangre es el único color que resiste”, pensaba ahora, mientras palpaba los cilindros envueltos en trapos ásperos: fertilizante, carbón y salitre, todo mezclado a ojo según las fórmulas de las viejas enciclopedias que guardaban en la biblioteca improvisada de la catedral.
La avanzadilla no intentó mediar. Lanzaron primero un ultimátum a gritos.
—Entregad los molinos y la pólvora, o arderéis con ellos.
La respuesta, práctica y precisa, fue una advertencia por radio que rebotó en las paredes del casco antiguo.
—Dos minutos, y estallaremos el puente.
"Si realmente lo haremos" era una pregunta secundaria. Sergio miró a Alicia con destellos de orgullo y de temor: de ella dependía la defensa más importante de Sevilla desde que las hordas habían sido desplazadas hacia el sur, desde que el hambre mataba tantos como la infección.
El silencio tras el desafío fue tan opresivo que los cuervos callaron. El calor del miedo trepaba en el cuello de Alicia como un sudor helado. Había hecho pruebas, sí, en ruinas y solares pero nunca en una estructura vital. La idea no era derribar el puente sino impedir el paso y ganar tiempo para la llegada del “Batallón”, una patrulla vecina en trato de alianza. Todo tendría que salir perfecto: sólo un fogonazo, una alarma, una cortina de humo y fragmentos volando, pero suficiente para asustar y desorganizar.
Crucialmente, Alicia confiaba en la vieja tradición sevillana de celebrar la pólvora. Estallidos y caídas, fuego y sonido; un último alarde de civilización.
—Ahora, Alicia —dijo Sergio.
Encendió la mecha. El tiempo se desaceleró. El chisporroteo fue un susurro ínfimo entre los ecos del río. Dio media vuelta y corrió para protegerse detrás de un sedan volcado (un Ford Focus oxidado, con las puertas destrozadas y el capó hundido por una explosión antigua). La detonación llegó como un relámpago de furia. Un estrépito levantó pedazos de metal, piedra, cristales y humo, y el extremo sur del puente se desplomó, apenas una sección de diez metros caída al agua, el resto vibrando como los costillares de un animal herido.
Los nómadas gritaron; algunos retrocedieron, otros cayeron al suelo, cegados por la onda expansiva y el humo. Los Centinelas lanzaron entonces una andanada de cócteles rudimentarios y piedras desde las azoteas. No era una batalla limpia; era una escaramuza brutal y caótica, un pulso por la supervivencia donde cada grito era un golpe y cada sombra podía ser muerte.
Alicia sentía el corazón golpeteándole en el cuello mientras rastreaba nuevos movimientos entre la confusión. Vio a uno de los asaltantes, un hombre alto de rostro cubierto que sorteaba los escombros y disparaba hacia las posiciones de los defensores. Nadie podía permitirse dudas: la vida en esta Sevilla no ofrecía segundas oportunidades.
Una segunda carga, inferior, estalló a pocos metros, levantando una nube densa de hojas, tierra y fragmentos metálicos. El susto hizo cundir el pánico en los animales de la caravana, que rompieron sus ataduras y desbandaron a los hombres. Los carros volcados sellaron la entrada. En ese momento, se hizo el milagro: los refuerzos aparecieron sobre la acera de Torneo, prendas de camuflaje ajadas y un estandarte improvisado coronado por una rueda dentada (la insignia del Batallón). El enemigo, temeroso de más explosivos, no avanzó.
Todo pareció detenerse durante unos segundos eternos.
De repente, entre el humo, se oyó el ulular grave y borroso de un zombi. Era un único ejemplar, encorvado y decrépito, que había sido atraído desde el barrio Incomunicado. Era, paradójicamente, más una amenaza psicológica que un auténtico peligro: lento, la piel despegándose del hueso, los restos de una camisa de colegio privado pegados al torso, pero su aparición sirvió como señal. Los asaltantes reanudaron el tiroteo a ciegas por el miedo ancestral que aún inspiraban los muertos caminantes. En ese instante, Sergio levantó la mano e hizo una seña.
—Ahora, cubrid retirada, vamos a recoger lo que podamos del puente. Nadie lo cruza hoy.
La batalla viró entonces hacia los callejones que ascendían hacia San Vicente y el Museo. Mientras los asaltantes intentaban reagruparse, el Batallón acudió con trabucos y ballestas. Hubo más explosiones: una de gasolina almacenada en cubos de basura, otra con pólvora mal prensada que apenas fue un fogonazo. Alicia pensó en la ironía: de todos los retazos del viejo mundo, la tradición explosiva —la manufactura de cometas, los fuegos festivos, las fallas improvisadas en patios de colegio— había sido la única continuidad. Quizás Sevilla sobrevivía porque aún sabía cómo asustar.
Durante horas la ciudad retumbó. El humo flotaba entre las columnas de la Alameda. Los pocos peatones que quedaban se movían entre las sombras, llevando a rastras caños viejos y armas oxidadas, ayudando a los heridos y rematando a los que caían.
No era la primera vez que los defensores salían malheridos de una escaramuza, y no sería la última, pero aquella noche, cuando por fin cubrieron el puente fracturado con barricadas y trampas, Alicia supo que la ciudad —su ciudad— había resistido otro asedio.
Cuando la voz de la radio volvió a saltar, la fatiga era ya una segunda piel. Sergio se hundió al lado de Alicia en la capilla improvisada donde guardaban los cilindros de pólvora.
—Hiciste bien. Has salvado al mercado y a las familias.
Alicia miró a través de los ventanucos reforzados. En la distancia, la Giralda titilaba entre las sombras, como alumbrada por la pólvora de fuegos antiguos.
—¿Y si vuelven mañana? —preguntó mientras un escalofrío se le metía en los huesos.
Sergio apenas sonrió.
—Tendremos que fabricar más explosivos. Ojalá que nunca los usemos para la fiesta; pero mientras Sevilla resista, la ciudad aún tiene milagros.
Esa noche, el eco lejano de una explosión —quizás otra patrulla, quizás un accidente— retumbó por los barrios vacíos de Los Remedios. Los centinelas supieron que la batalla era apenas un capítulo en una larga secuencia de fuegos, huidas y alianzas.
Alicia reparó en su última carga de pólvora. Tan pequeña, tan precaria, tan mortal. Pensó en su hermano, en los niños que ahora aprendían a sobrevivir en vez de a estudiar. Recordó cómo los antiguos cuentos habían hablado de milagros y fuegos de artificio para espantar monstruos. Ahora, los monstruos se llamaban hambre, codicia y muerte lenta. Las explosiones no celebraban nada, pero mantenían abierto el horizonte: cada estallido era tiempo ganado, otra noche bajo el mismo cielo frío sobre Sevilla.
Cuando por fin pudo dormir, supo que al día siguiente volverían a oírse detonaciones en la ciudad. Sevilla —como su gente— sólo entendía de resistir y arder, y de vez en cuando de hacer temblar los cimientos de los viejos dioses, sólo para recordarles que la vida, aunque precaria, aún hacía ruido.
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