Fragmento:
—No he visto nada sospechoso, ni hordas, ni forasteros, ni movimientos raros en el puerto. Pero no bajemos la guardia, Andreu. La última vez, entraron seis saqueadores aprovechando la distracción. A uno lo capturamos, pero los otros… lo destrozaron todo.
Duración: 12:05
24 de enero de 2029
En la primera luz del día, las negras murallas improvisadas de Palma de Mallorca destacaban como cicatrices nuevas sobre el antiguo encanto mediterráneo de la ciudad. Desde la azotea de lo que fue un hotel de lujo en el Paseo Marítimo, Iria observaba el mar plomizo. La línea azul prometía siempre lo mismo: un horizonte sin barcos, sin señales de rescate, solo la certeza inmutable de que la isla era, al fin y al cabo, un mundo aparte.
Casi diez años habían pasado desde ese delirante marzo en el que las noticias de una plaga extraña llegaron a los móviles y radios de los isleños, primero como rumores y después como auténticas pesadillas. La transformación de Palma había sido menos brusca que en las ciudades del continente, aunque no menos cruel. El aislamiento permitió retrasar lo inevitable, pero el virus, o lo que fuera aquella maldición, llegó tarde o temprano en la bodega de un ferry, en algún pasajero extraviado, o quizás a través de un olor extraño traído por el viento.
Ahora, en 2029, los días eran seguros solo dentro de los muros. Las murallas que rodeaban el casco antiguo y el puerto estaban hechas de contenedores apilados, coches calcinados, verjas oxidadas de los chalets de la costa y el concreto de viejos almacenes derrumbados. Entre sus fisuras florecían malezas, y, en primavera, incluso alguna amapola resistía, roja y terca, entre el gris.
Iria se incorporó, tanteando el fusil. El artefacto llevaba años en su familia; su abuelo, que había cazado jabalíes en la Tramuntana, juraba que lo había adquirido antes de que comenzara la locura. Iria, con apenas veinticuatro años, había aprendido más sobre armas y vigilancia que sobre los sueños con los que su generación creció. Estaba acostumbrada a los gélidos recorridos matutinos, a distinguir los sonidos de pasos humanos de los arrastrados murmullos de los pocos zombis que aún deambulaban en la periferia.
Desde esa altura, observaba la actividad en la Plaza Mayor, rebautizada Mercado de la Esperanza, donde decenas de familias caminaban entre puestos raquíticos, intercambiando latas oxidadas por espigas, balas, medicina y ropas remendadas. Había niños, algunos de los “nacidos en la plaga”, que nunca vieron las playas abarrotadas ni las discotecas en Magaluf rebosantes de turistas. Sus risas y gritos no conocían el miedo al tráfico, solo el de las alertas de alarma que aún usaban cuando una horda, por pequeña que fuera, aparecía en las afueras.
A Iria le resultaba imposible no comparar esos días llenos de dificultad con los relatos que conservaban los viejos. Su madre, por ejemplo, contaba entre susurros cómo era viajar en tren desde Inca a Palma, o las jornadas de compras en la Avenida Jaime III. Ahora, la única vía posible era a pie rural, y lo más parecido a un tren era la caravana de mulas que, con suerte, llegaba una vez al mes desde Soller u otros pueblos defendidos por empalizadas.
Una ráfaga de viento le trajo el olor dulce y rancio del mar mezclado con los residuos de la ciudad muerta. Iria se obligó a respirar hondo. Aquella jornada, sería distinta.
—¿Alguna novedad? —preguntó a sus espaldas la voz ronca de Andreu, uno de los vigilantes más viejos y experimentados—. Han dicho que viene una caravana desde Llucmajor. Llevarán harina, o eso espero. Nos queda pan para dos días.
Iria negó con la cabeza.
—No he visto nada sospechoso, ni hordas, ni forasteros, ni movimientos raros en el puerto. Pero no bajemos la guardia, Andreu. La última vez, entraron seis saqueadores aprovechando la distracción. A uno lo capturamos, pero los otros… lo destrozaron todo.
Andreu asintió, apoyando el peso del cuerpo en la baranda oxidada.
—Te haré relevo en media hora. Has hecho tu turno. Vete al mercado y busca a tu madre, quizá lleguen noticias frescas.
Iria suspiró y, tras asegurar el fusil y revisar la mochila, bajó los escalones, sorteando viejos colchones y manchas de raíces que crecían sobre los azulejos. Atravesó la puerta sobre la que aún colgaba la desgastada placa de “Hotel Bahía Palace”. El hall, antaño de mármol brillante, lucía ahora cubierto de huellas embarradas, camas improvisadas y la enorme bandera improvisada de la comunidad: azul, con una cruz blanca y una imagen borrosa del Puig Major.
El aire estaba impregnado del aroma de sopas de huesos y ramas quemadas. Tras cruzar un par de manzanas, alcanzó la Plaza Mayor. El entorno era bullicioso, casi vital, considerando el entorno hostil que reinaba extramuros. En los dos extremos, dos hombres mantenían en alto unos antiguos radiotransmisores, repitiendo consignas y noticias que lograban captar en las horas nocturnas. Hoy la novedad era que en Alcudia, decían, la última horda significativa había sido avistada retrocediendo hacia la sierra. También se escuchaban rumores de un brote menor de enfermedad en Sineu, pero aún no confirmados.
—¡Iria! —gritó alguien desde los puestos de verduras.
Era su madre, Blanca, que aún podía sonreír con algo parecido a esperanza. Le enseñó una cesta con cebollas, algunas patatas y un trozo de queso tan duro como la piedra.
—Conseguí esto por dos cartuchos y unas semillas —explicó, casi orgullosa—. Marta ha traído noticias: dicen que en el Castell de Bellver han hallado más suministros en la torre oeste. Quizá aguantamos un poco más este invierno.
Iria se permitió sonreír, aunque breve.
—¿Y mi hermano?
—En el puerto. Vigila a los carpinteros. Hoy reparan la compuerta principal; dicen que el metal cruje. No te preocupes, va armado.
Madre e hija caminaron juntas entre los puestos. El mercado era un tapiz de colores desvaídos: telas rescatadas de hoteles cerrados, cajas de frutas deformes, cestos de algarrobas y botellas viejas reutilizadas para almacenar agua o alcohol destilado. Se sentía la escasez en cada trueque y la dignidad en cada acuerdo. El respeto mutuo era el fundamento de la supervivencia: cualquier trampa o abuso podía pagarse muy caro.
Entre los murmullos se repetían dos temas principales: la posible caravana desde Llucmajor y un hallazgo inquietante realizado por los exploradores en la zona de San Agustín. Habían localizado restos relativamente recientes de una horda pequeña —quizá quince, veinte zombis— junto a tres cadáveres humanos. Entre sus ropas, lo insólito: un uniforme militar, aunque muy deteriorado. Eso desencadenó nuevos rumores sobre la existencia de bases militares supervivientes escondidas en la isla, aunque nadie tenía pruebas claras.
A media mañana, Iria tomó la decisión de patrullar el límite sur, cerca del puerto. El número de vigías se reforzaba cuando corrían rumores sobre saqueadores, y no era infrecuente que pequeñas bandas armadas intentasen acercarse para robar alimentos o secuestrar a algún incauto. Cruzó el mosaico de calles que, en otro tiempo, habían vibrado con música de bares y terrazas abiertas frente al mar. Ahora, la mayoría de los edificios estaban vacíos, sellados o reconvertidos en almacenes y refugios. Los carteles turísticos colgaban aún, desteñidos por el sol y la intemperie. El paseo Marítimo se había transformado en línea de defensa: torres de vigilancia improvisadas, sacos terreros, alambre de espino, un viejo camión atravesado bloqueando la vía principal.
Se reunió con el grupo de guardias. Entre ellos, su hermano Nando, apenas mayor que ella, pero ya con la mirada endurecida por el oficio.
—Hay movimiento en el agua —le dijo Nando, señalando a lo lejos.
Entre la neblina matutina, se distinguía una embarcación pequeña, muy cerca de la costa. Los binoculares permitieron ver que era una barca de pesca, impulsada a remo, con tres figuras agotadas a bordo. Dos hombres y una mujer, viendo con recelo la línea de la playa.
Desde la orilla, los vigías alzaron el puño en señal amistosa, pero no bajaron las armas.
—¿Vienen de Portopí, de Magaluf, o quizás de alguna otra comunidad? —murmuró Iria.
Sin embargo, la barca se detuvo en la bocana, indecisa. Finalmente, uno de los tripulantes, un hombre barbudo de piel curtida, alzó una tela blanca, improvisada bandera de tregua.
Los refugiados fueron recibidos con cautela. El protocolo era estricto: primero, mantenerlos a distancia, revisar heridas, asegurarse de que no había síntomas ni rastros de mordeduras. El temor a la infección seguía latente, aunque las hordas ya eran raras. La entrevista no trajo buenas noticias: venían de Sant Elm, un pueblo costero desalojado dos meses antes por un ataque. El grupo relató que la costa oeste de la isla no era segura; bandas de saqueadores, algunos con perros amaestrados, controlaban los pasos y los caminos.
—Hemos visto humo al otro lado de la isla —dijo la mujer, de nombre Montserrat—. Creemos que viene de comunidades enfrentadas. Ya no es solo el enemigo zombi, sino esa guerra entre humanos…
Los guardias asintieron con gesto grave. Todos lo sabían: el principal peligro seguía siendo el hombre.
Iria se sintió impresionada y triste por igual. La vida era un equilibrio precario entre la colaboración y la defensa. Había días en que los acuerdos prosperaban, y otros, en los que el alambre y las balas valían más que el diálogo.
Esa tarde, la noticia del arribo de la barca se expandió como un eco. El Mercado de la Esperanza se transformó en asamblea espontánea: se debatía si admitir a los forasteros. El consejo —una decena de representantes de familias y grupos de defensa— escuchó los ruegos de los recién llegados y, tras deliberar, los acogieron tras una cuarentena preventiva, recomendando la máxima vigilancia.
Iria se sentó con Blanca y Nando al caer el sol. El crepúsculo era una brasa entre los tejados derruidos, y la ciudad, por momentos, parecía un lugar sagrado, suspendido entre la destrucción y la supervivencia.
—¿Crees que haya futuro aquí? —preguntó Nando, mientras observaba pasar una procesión improvisada: niños marchando al ritmo de una vieja tamborilera, celebrando la llegada de harina.
Iria pensó en los años de penuria, en las tardes vacías que llenó con vigilias, e incluso en los días de desesperanza. Pero también recordaba cada nueva siembra, el primer nacimiento tras la catástrofe, las mañanas en que ninguna alarma sonó.
—Hay futuro mientras podamos levantar muros —dijo—. Y más aún, mientras podamos intercambiar pan y palabras. Puede que nunca volvamos a ser lo que fuimos… pero aquí, entre todos, construimos algo nuevo.
La vida, entonces, no era solo la lucha contra la plaga o los saqueadores. Era la voluntad persistente de celebrar la cosecha, la capacidad de inventar justicia, de resistir la desesperanza colectiva.
Esa noche, en la improvisada iglesia de Santa Eulalia, se celebró una vigilia. Quien tenía fe rezaba, otros solo agradecían con silencio el haber sobrevivido un día más. Iria observó a la comunidad reunida y sintió —por primera vez en mucho tiempo— que la esperanza podía ser tangible, aunque frágil y escasa como el pan recién horneado que compartieron en la plaza.
Al día siguiente, la rutina seguiría: turnos de guardia, reparaciones, búsqueda de semillas en los viejos jardines, vigilancia constante sobre los caminos y el mar. Pero en Palma, la resistencia había dejado de ser solo supervivencia; se había convertido poco a poco en la construcción de un futuro humilde, rabiosamente humano, aunque el viejo mundo sobreviviera solo en los relatos entre susurros, al calor de una hoguera.
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