Fragmento:
Francesc recibe el relevo poco después del mediodía. Decide acompañar a Manel, uno de los hombres más experimentados, a revisar los accesos al castillo. Bellver, construido por los reyes medievales, es un caparazón robusto, pero las murallas no fueron pensadas para resistir la enfermedad: ni tampoco al hambre, ni a la desesperación. El acceso desde la calle de Camilo José Cela está sembrado de puntas de hierro, clavos oxidados, vidrio y chatarra atada con cables, todo ideado para ralentizar cualquier invasor, vivo o muerto. Ellos patrullan en silencio, atentos a cualquier señal de que algún zombi, o algo peor (humanos desesperados que han cruzado el perímetro en busca de comida fácil), haya conseguido acercarse.
Duración: 11:55
27 de diciembre de 2020
El sol apenas se asoma sobre la bahía de Palma, pero su luz es pálida y fría, incapaz de calentar el aire helado que baja desde la Serra de Tramuntana. La ciudad, en otro tiempo vibrante, parece dormida bajo el peso de la muerte, las casas cerradas y calles plácidas cubiertas ahora por nieve y escombros. Al mirar desde las murallas del Castell de Bellver, es difícil creer que alguna vez centenares de turistas paseaban por la lonja, reían cerca de la almudaina o llenaban los bares de Santa Catalina. El mar está quieto, pero la quietud es engañosa: bajo la superficie, la Corriente arrastra naves hundidas, y en tierra, las rocas y las ruinas esconden cosas mucho más peligrosas que el frío.
Ese amanecer, mientras la mayoría duerme, Francesc se mantiene en guardia. Apenas tiene dieciséis años, pero la infancia quedó lejos; la muerte de sus padres, vieja ya a fuerza de recordarse. Se ha convertido en uno de los vigías del grupo, aquellos a quienes se encomienda la protección de los cerca de ciento veinte supervivientes refugiados en el castillo y sus alrededores. El frío de la piedra traspasa las botas y los guantes, y el muchacho se arropa mejor con una manta militar raída mientras sostiene los prismáticos y observa la ciudad, atento a cualquier movimiento. Sabe, como todos, que el invierno ha ralentizado a los zombis: sus cuerpos podridos no soportan el rigor del clima mallorquín de este año, tan inusualmente duro. Pero la esperanza es un veneno si se confía demasiado.
La noche anterior, Lluïsa y Toni regresaron de una de las incursiones a la zona del Corte Inglés: apenas trajeron una bolsa con garbanzos secos, dos latas de sardinas y una cajita de antibióticos. Los antiguos supermercados son trampas mortales; el hedor es irrespirable, el piso resbala con charcos de sangre antigua y la oscuridad es apenas cortada por tímidas linternas. Lluïsa casi no habla desde la primera expedición fatídica, cuando vieron a un grupo de niños arrastrando un carro de la compra, todos infectados, todos ciegos de rabia y hambre. Desde entonces, ha aprendido a no encender la linterna salvo en el último segundo, escuchar antes de avanzar, esconderse al menor ruido, moverse como una sombra.
El día comienza con un cazo de sopa aguada de huesos que reparten entre todos. Las reservas escasean, y la escasez pesa más que los zombis: la hambruna y el frío se llevan a los débiles primero, sobre todo a los ancianos y los enfermos. Júlia, la médica, reparte lo poco que queda de antibióticos entre dos niños con fiebre. El grupo está organizado como puede, pero la disciplina es pura necesidad. Cada comida se reparte bajo la supervisión de los responsables, anotando en cuadernos gastados quién recibe qué. Los mejores cuchillos ya están mellados, y las armas, pocas y envejecidas, pasan turnos eternos entre los defensores más fuertes. El único fusil automático es un vetusto CETME de la época de la dictadura, que apenas dispara cuatro balas antes de encasquillarse. Las demás armas son palos, hachas, machetes, herramientas adaptadas de los viejos talleres.
A mediodía, un convoy regresa desde las huertas improvisadas cerca de Son Espases. Han costeado la carretera, apartando zombis congelados de la vía. Aunque la mayor parte del tiempo permanecen inmóviles, algunos se activan con el ruido y se levantan tambaleantes, pero basta esperar a que resbalen en el hielo o caigan al canal para dejarlos atrás. Una vez en el huerto, los hombres y mujeres cavan bajo la nieve buscando patatas y zanahorias enterradas; la tierra huele a humedad y a vida, y ese aroma basta para mantener la moral cuando todo lo demás es un suplicio. Los niños pequeños, aterrados al principio, ayudan ahora con pericia, aprendiendo rápido que en ese mundo ya no hay espacio para la inutilidad.
Francesc recibe el relevo poco después del mediodía. Decide acompañar a Manel, uno de los hombres más experimentados, a revisar los accesos al castillo. Bellver, construido por los reyes medievales, es un caparazón robusto, pero las murallas no fueron pensadas para resistir la enfermedad: ni tampoco al hambre, ni a la desesperación. El acceso desde la calle de Camilo José Cela está sembrado de puntas de hierro, clavos oxidados, vidrio y chatarra atada con cables, todo ideado para ralentizar cualquier invasor, vivo o muerto. Ellos patrullan en silencio, atentos a cualquier señal de que algún zombi, o algo peor (humanos desesperados que han cruzado el perímetro en busca de comida fácil), haya conseguido acercarse.
De vez en cuando, Manel le cuenta a Francesc historias de los viejos tiempos: el bullicio de las discotecas en el Paseo Marítimo, los barcos crucero y los turistas alemanes, ingleses, nórdicos, las fiestas, el jazz en las terrazas. Francesc no entiende nada de eso; son palabras extrañas, relatos imposibles de otro mundo. Su mundo ahora se limita a las murallas del castillo, los campos helados, los cuerpos y mercancías que traen las incursiones y los rumores de barcos encallados. A veces, en las noches más tranquilas, los mayores se sientan en círculo y cuentan esas historias. Algunos niños aún se asustan; otros creen que exageran, que es solo una táctica para tenerlos ocupados, pero lo cierto es que a todos les reconforta imaginar que alguna vez la vida fue diferente.
Con la tarde, se reúnen para la asamblea. Cada grupo -cocina, defensa, expediciones, sanidad, horticultura, limpieza- rinde cuentas de sus tareas. No hay tiempo para charlas inútiles: todo se reduce a necesidades inmediatas. El grupo de defensa alerta de que han visto movimientos entre las ruinas del barrio de El Terreno, cerca del Parc Sa Riera. Quizá una horda movida por el hambre o una banda de saqueadores. Los encuentros con otros supervivientes han sido, en su mayoría, violentos, salvo en un par de ocasiones cuando compartieron algo de pan y agua con una viuda y sus hijos. Las alianzas no duran mucho, y la desconfianza es ley. Nadie olvida a los dos jovencitos que robaron comida y huyeron, atrayendo sin querer a los zombis hasta el mismo portón del castillo; uno fue alcanzado y el otro desapareció. Desde entonces, la vigilancia se ha recrudecido.
La noche cae rápido en diciembre, y el interior del castillo se convierte en un pequeño animal herido, temblando de frío, envuelto en mantas y en la respiración de todos. Las hogueras apenas se encienden, solo en el patio central, y de noche se apagan para evitar llamar la atención. Por las ventanas grandes de la fortaleza, Francesc ve la ciudad convertida en un escenario de pesadilla: los árboles de Navidad medio podridos, las luces aún colgando en las plazas, pero sin electricidad. Unos cuervos picotean lo que parece ser un cuerpo congelado en el Pla de la Seu.
Dentro, los ánimos se tensan. El hambre y el miedo generan discusiones. Una joven, Margalida, recién huida de Inca, ha llegado con una terrible noticia: en s'Alqueria Blanca, una banda de saqueadores ha matado a varias familias, llevándose el grano y las pocas armas. "Ya no solo hay que temerle a los zombis", susurra, con la voz rota. "Los hombres... los hombres son peores." Nadie la contradice, y el silencio es un lamento común.
En la madrugada, el sonido de motores rompe el silencio. Una vieja lancha, probablemente tomada del puerto deportivo, avanza a trompicones por la bahía. El rumor se extiende a través de la fortaleza, y pronto, todos los ojos miran al mar: ¿llega ayuda, o nuevos enemigos? La tensión se palpa en el aire. Toni y Lluïsa vigilan con prismáticos y hachas, y pronto distinguen varias figuras apiñadas en la pequeña embarcación, cubiertas con mantas y pieles. Cuando la lancha toca el embarcadero, los resistentes del castillo corren a los muros bajos, sin bajar la guardia.
Los recién llegados son una familia que huyó de Calvià tras el colapso de su asentamiento. Han perdido a dos hijos por el frío y a la abuela por fiebre; suplican que los dejen entrar. La decisión se toma rápido: se inspeccionan ante la médica, quien busca signos de mordedura. No hay heridas, solo miseria y cansancio. "Una boca más es un problema, pero varias manos pueden ayudar", sentencia uno de los jefes. Se les deja pasar, tras el estricto control, y pronto las murallas resuenan con el llanto de los menores, un sonido casi olvidado.
El frío sigue mordiéndoles durante toda la noche. Francesc consigue dormir apenas una hora, abrazado al CETME y con los pies arropados junto a otros jóvenes del grupo. Sueña con una infancia robada, con la casa de sus abuelos en Valldemossa, el olor a pan, el bullicio de las ferias de Navidad. Despierta sobresaltado: alguien corre y grita en la puerta sur. Una sombra se desploma contra los palos clavados, y durante unos interminables segundos piensan que es el fin. Sin embargo, solo era uno de los patrulleros, agotado tras caer al huir de un pequeño grupo de zombis congelados. Lo recogen, lo abrigan, le dan una cucharada de sopa.
Y entonces, justo antes de amanecer, ocurre lo que todos temen: unas figuras oscuras se mueven entre los árboles de Bellver. No son zombis; se mueven con sigilo, armados. Nadie espera piedad. Francesc empuña el fusil vetusto, pulsa el gatillo, y reza para que dispare. La defensa es brutal, desesperada: palos, piedras, flechas improvisadas. Los atacantes, un grupo de cinco hombres y una mujer, intentan escalar los muros laterales mientras disparan una vieja pistola. Uno de los defensores cae herido en una pierna. Logran rechazar el asalto con gritos, amenazas y un par de disparos que al fin, milagrosamente, salen del CETME antes de encasquillarse.
Tras la refriega, revisan los cuerpos: uno de los asaltantes tenía comida escondida, otro llevaba cartas de navegación y un mapa de la isla. Apenas hablan español; parecen extranjeros, quizás perdidos tras meses de errar por Mallorca. Francesc los observa, preguntándose cuál será el destino, si continuar luchando, defendiendo el castillo, o tratar de encontrar otro refugio en los pueblos del norte, donde las leyendas dicen que viven algunos que han conseguido organizarse mejor.
El sol asoma de nuevo, y la vida -fría, dura, derrotada y sin embargo persistente- vuelve al interior del Castell de Bellver. No hay tiempo para duelo, ni para canciones, ni siquiera para recordar demasiado. La supervivencia es el único evangelio. Pero, a pesar del miedo y el agotamiento, Francesc se permite un instante de esperanza: en los ojos de los niños, de Margalida, en el trabajo callado de quienes plantan patatas bajo la nieve, ve una humanidad que se niega a morir. Y mientras queden historias, mientras alguien recuerde, la ciudad, herida y sombría, seguirá viva.
El invierno dominará aún largo tiempo. Pero nadie piensa rendirse. Algún día, cuando el frío pase, y el mar vuelva a traer peces en vez de cadáveres, cuando los campos se llenen de trigo y los niños jueguen de nuevo entre los jardines del Passeig del Born, recordarán estas noches oscuras como un mal sueño. Una generación crecerá sin conocer otra cosa que la guerra, el hambre y el miedo, pero también la solidaridad y el coraje. Y Palma, esa vieja leona dormida, volverá —si no a rugir—, al menos a resistir.
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