Fragmento:
Antes de regresar, nos detuvimos en la plaza de la Llotja. Era martes, día de feria. Una muchedumbre compacta comerciaba a la vista de todos: harina molida en uno de los viejos molinos, pescado seco, mantas remendadas, semillas y medicinas rudimentarias. Había un bullicio como hacía años no se escuchaba. Bajo un cartel de madera donde se leía “Aliança de Palma”, un grupo de ancianos supervisaba los intercambios, llevando apuntes escritos a pluma y tintero. La ley y el orden se basaban en la palabra dada y la vigilancia colectiva. El trueque funcionaba porque todos recordábamos la miseria y la violencia de los inicios, cuando cada día era un combate a muerte por la supervivencia y la traición era pan de cada día.
Duración: 11:25
15 de enero de 2028
El mar batía con olas grises los muros del puerto, rompiendo la calma pesada que cubría Palma desde hacía años. Era extraño contemplar la ciudad desde su corazón fortificado; la famosa bahía se había cubierto de restos de barcos oxidados y los antiguos clubes de vela se habían convertido en puestos de observación y refugio para pescadores mal armados. Sin embargo, en aquel frío enero de 2028, algo parecía distinto en la manera en que la luz invernal caía sobre la piedra dorada de los edificios. Había menos humo en el aire y más risas en las calles. Los zombis, convertidos desde hacía meses en una plaga residual merodeando sólo en la periferia más inmediata, ya no dictaban la vida diaria. El peligro persistía, pero la urgencia se había transformado en una persistente esperanza.
Vivo desde pequeño en el barrio de Es Jonquet, entre molinos de viento que ya no giran y casas apiñadas de fachadas desconchadas. Antes era un lugar de moda, con terrazas llenas de turistas, pero ahora sus calles serpenteantes sólo servían como atajos secretos entre los distintos recintos de la ciudad amurallada. Los supervivientes de Palma no nos atrevíamos a habitar la ciudad como antes. Nos replegamos tras fortificaciones: algunas improvisadas y otras, como las murallas medievales y las propias estructuras del castillo de Bellver, reforzadas con años de desescombro y sudor colectivo.
Desperté temprano esa mañana de enero, con un frío reseco que se colaba entre las costuras de las mantas. Había dormido junto a mi hijo Biel, de siete años; él nunca conoció la Mallorca bulliciosa y abierta, sólo la ciudad del miedo, de la vigilancia y del pan duro. Sin embargo, en los últimos meses, incluso él había notado cambios: la escuela provisional de la parroquia de Santa Magdalena impartía ya clases de lectura y escritura establecidas, la plaza Mayor albergaba la feria de intercambio más concurrida de la isla y los equipos de exploración regresaban del extrarradio con cada vez menos bajas.
El día de hoy era especial: nos habían asignado a Biel y a mí una tarea nueva, una señal de confianza que nunca hubiera imaginado dos años atrás, cuando creíamos que los días de peligro nunca acabarían. Es Jonquet fue seleccionado como punto de reunión para los exploradores más experimentados: iban a intentar por primera vez reabrir una de las vías antiguas de salida de la ciudad, la carretera que bordeaba la costa dirección a Andratx. Rumores aseguraban que los asentamientos de Calvià y Santa Ponça habían logrado, tras ardua labor, limpiar la costa y establecer puestos de intercambio aliados. Hoy había posibilidades reales de restaurar el comercio por tierra.
Salí con Biel, mochila a la espalda, cuchillo ceñido al cinto y la mirada baja para evitar el frío viento del mar que golpeaba el Paseo Marítimo, que ahora era una frontera natural reforzada con barricadas y garitas. El puerto, antes hogar de yates y cruceros, estaba dominado por barcazas restauradas y pequeñas pesqueras, custodiadas por guardias armados. Caminamos junto a Marta, una antigua mecánica naval que había sobrevivido desputando embarcaciones encalladas para piezas útiles. Ella sonrió, mostrándonos un nuevo radio de manivela, todavía reluciente.
—Hoy intentaré contactar con Calvià otra vez —nos dijo, girando la llave del aparato—. Ayer por la tarde escuché interferencias, pero seguro eran ellos; decían que estaban listos para enviar una caravana.
La comunicación, como el resto de los aspectos de nuestra vida, había regresado atrás en el tiempo. Las antenas modernas, destruidas o inutilizables, habían dado paso al uso de radios rudimentarios y señales luminosas. Cada nueva frase recibida en ondas cortas era motivo de alegría colectiva.
De Es Jonquet partía el primer grupo de exploradores. Biel y yo sólo debíamos acompañarlos hasta las primeras casas fuera del cinturón seguro, proporcionando señas y describiendo los callejones y antiguos atajos de la barriada. Los exploradores —Rafel, Jaume y Lucía, todos curtidos en incursiones— se despidieron de nosotros con un apretón de manos. Biel los miró con admiración: llevaban fusiles armados con munición artesanal, machetes reciclados y un par de perros entrenados que servían tanto de alarma como de compañía.
Antes de regresar, nos detuvimos en la plaza de la Llotja. Era martes, día de feria. Una muchedumbre compacta comerciaba a la vista de todos: harina molida en uno de los viejos molinos, pescado seco, mantas remendadas, semillas y medicinas rudimentarias. Había un bullicio como hacía años no se escuchaba. Bajo un cartel de madera donde se leía “Aliança de Palma”, un grupo de ancianos supervisaba los intercambios, llevando apuntes escritos a pluma y tintero. La ley y el orden se basaban en la palabra dada y la vigilancia colectiva. El trueque funcionaba porque todos recordábamos la miseria y la violencia de los inicios, cuando cada día era un combate a muerte por la supervivencia y la traición era pan de cada día.
Vi a Margalida, mi vecina, intercambiando caracoles secos por un trozo de embutido. Al notar mi presencia, me llamó:
—Lluc, ¿te encargaron ya el listado del almacén de Santa Eulària? Dicen que han recuperado parte de la antigua bodega, que aún quedan conservas utilizables.
—Sí —respondí—, ha sido una sorpresa. Si todo va bien, podríamos sobrevivir este invierno sin racionar pan ni legumbres.
A lo lejos, un grupo de soldados de la milicia local desfilaba, vigilando el orden. No eran muchos: la mitad mujeres, la otra mitad adultos mayores, todos con uniformes improvisados y brazaletes de tela roja. Con ellos iba Marina, la comandante más joven que había visto nunca, apenas veinte años y una determinación a prueba de balas y delirios. Había ganado su puesto tras una escaramuza contra saqueadores el verano pasado.
Marina se nos acercó y me saludó sin ceremonia.
—Mañana enviaremos a un grupo a Son Sant Joan. Necesitamos voluntarios para limpiar la terminal. Nos han llegado noticias de un grupo atrapado en una sala de tránsito.
Tragué saliva, dubitativo, pero la mirada intensa de Biel me convenció.
—Cuenta conmigo, Marina. Hace años que no veo el aeropuerto, pero sé llegar sin cruzar el descampado mayor.
Marina asintió y nos dejó. Biel, entusiasmado, preguntó:
—Papá, ¿crees que allí habrá aviones que aún puedan volar?
Sonreí con tristeza. Desde hacía casi ocho años ningún avión había despegado desde Palma.
—Quizá encuentren uno que sirva de almacén o refugio. Pero volar... eso tendrá que esperar. Lo importante es que si liberamos el aeropuerto podríamos comerciar con más pueblos y hasta recibir visitantes de Menorca o Valencia.
Caminamos de vuelta hacia Es Jonquet. El frío se volvía más tenue bajo el sol que comenzaba a calentar el aire. Al cruzar la calle de la Marina, encontramos un grupo de niños jugando con una pelota de trapo. Saltaban entre las baldosas agrietadas, riendo como si nada ocurriera a apenas dos kilómetros en los barrios altos, donde los últimos zombis aún caían bajo las balas del último grupo de cazadores.
En casa, un pequeño apartamento tapiado que había pertenecido a mis abuelos, la luz entraba a través de una claraboya. Allí guardaba mis mayores tesoros: unas cuantas latas de conserva rescatadas de la antigua bodega de la Lonja, una navaja suiza, un libro de cuentos que leía a Biel cada noche y una carta de mi hermano que vivía en Sóller, escrita hacía meses y traída por un mensajero a caballo.
Mientras preparaba la cena —sopa de lentejas y pan de cebada pesado—, escuché a Biel tararear la canción popular que la profesora Julia les enseñó en la iglesia. La letra hablaba de águilas y de olivos, de una Mallorca rural y próspera, mitificada como todo lo perdido. Me detuve un momento, cuchara en mano, y sentí por primera vez en muchos años una punzada de futuro.
“La ciudad respira otra vez”, pensé.
Esa noche escribí una carta a mi hermano en Sóller, contándole lo del aeropuerto, la feria y el posible contacto con Calvià. Escribí sobre Marina, sobre el hijo que compartíamos y sobre el hecho, casi impensable años atrás, de que la vida volvía a fluir más allá del simple resistir.
No todo era idílico, claro. Al atardecer, explotó un pequeño altercado en la plaza de Cort: un grupo procedente del Coll d’en Rabassa llegó buscando refugio tras un ataque de forajidos en las afueras. El recuerdo vivo de los primeros años post-infección gravita sobre nosotros —la época de traiciones sangrientas, de saqueos, de encierro total tras puertas de hierro. Pero ahora el sentimiento predominante era la desconfianza cautelosa. Los recién llegados fueron admitidos bajo vigilancia; la solidaridad se pagaba cara, pero la escasez de manos era acuciante.
Durante los meses siguientes, Palma cambió a un ritmo inusitado. Las murallas se consolidaron con ladrillos recuperados de hoteles en ruinas; en la Seu, la catedral gótica, se instaló un hospital de campaña donde médicos de tres generaciones pasaban consulta. Los huertos urbanos nacieron donde antes hubo aparcamientos turísticos y, gracias a la recuperación de semillas almacenadas, los cultivos se diversificaron. La caza de zombi pasó a ser una expedición esporádica, relegada a voluntarios ansiosos de gloria o venganza.
En febrero, llegaron a la ciudad los primeros miembros de la caravana de Calvià. Viajeros famélicos, con caballos de tiro y carros repletos de pescado ahumado, vino en botellas recuperadas y aceite. La plaza se llenó de gritos, risas y lágrimas. Palabras como “alianza”, “tratado”, “confederación” comenzaban a ganar peso. Vi cómo Biel compartía pan con una niña rubia de rostro serio y ojos grandes. Vi cómo los soldados de Marina repartían turnos de vigilancia sin pelearse por la comida. Vi cómo los ancianos tejían redes de pesca y los hombres jóvenes, agotados pero sonrientes, componían canciones sobre lo que había sido Palma y lo que sería de aquí a una década.
El mundo anterior ya era casi leyenda. A Biel le contaba que existió una Mallorca hecha de turistas, de fiestas y de playas llenas de sombrillas, pero él sólo podía imaginarlo. Para él, el futuro es la promesa de huertos, de mercados, de barcos que cruzan la bahía llevando teca, sal y aceite hasta las aldeas hermanadas. De vez en cuando, entre sueños, me permito creer que un día volverán los motores, las luces eléctricas sobre el Paseo del Borne, las campanas tocando para una ciudad entera. Pero sé que esa Palma, si vuelve, será otra: nueva, fuerte y un poco rota, marcada para siempre por los años de horror y de esperanza lenta.
Y mientras tanto, en este invierno de 2028, recogemos leña, reparamos los barcos, compartimos nuestras historias junto al fuego y soñamos con la primavera de la reconstrucción. Porque en Palma, como en toda Mallorca, la vida —de algún modo— sigue, avanza, y, por primera vez en mucho tiempo, avanza hacia algo mejor.
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