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Portada del relato Amanecer sobre la muralla: Palma tras la tormenta
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Fragmento:


—¿Lo tienes? —preguntó, mientras una multitud de niños rodeaba su improvisado mostrador.

Duración: 10:32

Amanecer sobre la muralla: Palma tras la tormenta
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Texto de ajuste de pausa.

30 de noviembre de 2027

Era el último día de noviembre y la Tramuntana soplaba fuerte sobre Palma de Mallorca. La bahía, en este atardecer violáceo y frío, despedía un aire diferente al que recordaban los mayores. Las olas rompían contra las defensas levantadas en la playa, improvisadas con bloques de hormigón arrancados de antiguas calzadas, y sobre ellas las siluetas de los vigías se recortaban desdibujadas, envueltos en mantas y harapos pesados.

Habían pasado siete años desde la caída del orden. El casco antiguo, el núcleo de la ciudad, se había convertido en una fortaleza rodeada de barreras y alambradas. De los setecientos mil habitantes que Palma y su área metropolitana llegaron a tener, apenas quedarían cuatro o cinco mil, agrupados en barrios fortificados: algunos en las antiguas escuelas, otros en los conventos, y una buena parte en la Catedral, transformada en la sede central de los consejos ciudadanos. La Lonja y el Castell de Bellver hacían de bastiones adelantados, y la muralla de la Almudaina había vuelto a tener un sentido que los arqueólogos del siglo XXI jamás pudieron imaginar.

Aquel año, la situación era distinta. El problema de los zombis, que en los primeros años arrasó las rutas de la isla y vació la ciudad vieja, era ahora marginal. El principal riesgo eran otros humanos: bandas armadas que bajaban de las montañas, buscando aprovisionarse, o simplemente sembrar el terror antes de retirarse a escondites perdidos. La milicia de Palma se había reforzado tras varias tropas de saqueadores fueron capturadas en las inmediaciones de Establiments y Esporles, y la noticia de una gran feria de intercambio, planeada para el primer domingo de diciembre en Can Pere Antoni, corría por los pasillos como un susurro eléctrico.

Esa mañana, Elisabet había cruzado la Plaza Mayor tan pronto como la luz entró entre los sillares del viejo ayuntamiento. Era la encargada del taller en el que reparaban radios y linternas, un habitáculo oscuro en el subsuelo de lo que fue el museo de arte contemporáneo. Iba rumbo al mercado para entregar un transmisor de onda media recién recuperado, además de una caja de bombillas hechas a mano. Eran tiempos donde cualquier herramienta, cualquier objeto útil, valía más que el oro; el privilegio era saberlo arreglar.

A través de la calle Sant Miquel el rumor del mercado era cada vez más intenso. En los arcos de Can Pere Antoni se habían refugiado los panaderos de la zona norte, y aquel día llevaban tres hogazas gigantes, negra y densa, capaces de alimentar a veinte almas. No muy lejos, un hombre vendía paquetes de sal marina y los trueques no tardaron en empezar: sal por alambre, pan por trozos de hierro, semillas a cambio de cuchillas de afeitar. El trueque era el lenguaje universal.

Elisabet, con su caja de madera bajo el brazo, buscó entre los estands improvisados el puesto de Marta, la líder de la comunidad de Son Gotleu. Marta era una mujer rotunda, con una pierna de palo y una voz como un trueno que hacía desaparecer cualquier duda o discusión. Cuando vio a Elisabet, alzó la mano y sonrió, mostrando dientes gastados por años de carencia.

—¿Lo tienes? —preguntó, mientras una multitud de niños rodeaba su improvisado mostrador.

Elisabet sacó el transmisor envuelto en tela. Era un modelo Kenwood rescatado de un yate hundido en Porto Pi, que había pasado por mil manos antes de acabar en el taller. Funcionaba bien, aunque solo dentro de un radio de veinte kilómetros. Marta lo examinó con los ojos de quien examina la clave de su supervivencia.

—Esto nos va a permitir hablar con Llucmajor y sobre todo, con Inca —dijo, acariciando el aparato—. Venga, vamos a probarlo ahora.

Mientras Marta conectaba el transmisor al generador del puesto, Elisabet reemplazó el cable viejo por uno nuevo trenzado con cobre de un transformador recuperado. Una chispa, un zumbido, y a los pocos minutos, una voz lejana, reverberante como en los antiguos cuentos, llenó el aire por encima del bullicio del mercado.

—Aquí Base Sur, ¿me recibís, Can Pere Antoni?

El griterío se detuvo. Alrededor del estand la gente se apretó, la mayoría con los ojos muy abiertos y el corazón en la garganta. Era la primera vez en mucho tiempo que una comunicación así parecía más que una leyenda. Al otro lado, la base de la comunidad de Manacor respondió con alegría. Los aplausos duraron varios minutos, hasta el punto que los soldados de la milicia tuvieron que acercarse para tranquilizar los ánimos.

Para Elisabet, la euforia no era más que el paso previo al trabajo. Volvió a su puesto, donde otros radios esperaban su tila paciente, sus soldaduras, sus tornillos. Pero esta vez, entre herramientas y circuitos, la esperanza tenía un color diferente: azul y limpio, como el cielo tras una tormenta.

***

En el atardecer, la jornada cambió de color. Un grupo de forasteros había sido avistado bajando desde la antigua autovía de Andratx, cerca de Cala Major. La noticia se esparció rápidamente. Había bandas que llegaban en busca de comida y otros recursos, sí, pero ahora había algo diferente en sus movimientos. No intentaron el asalto directo ni buscaron las huertas de la Misericòrdia, sino que tomaron la palabra en la plaza y pidieron, a gritos y con las manos desnudas, que les permitieran comerciar.

El Consejo de Palma, reunido de urgencia, decidió proponerles un trato bajo vigilancia armada: un espacio en el mercado, lejos de las entradas a los barrios más protegidos, donde ofrecer lo que tuvieran y buscar aquello que necesitaban. Resultó ser un grupo de siete adultos y cuatro niños, agotados pero no peligrosos. Traían consigo algunas pieles curtidas, herramientas rudimentarias y, lo más sorprendente de todo, una caja grande de piezas para molinos de viento, rescatadas de un taller eólico de Santa Ponça.

La caja atrajo la atención de toda la comunidad. Desde hacía meses, distintos asentamientos de la isla competían por conseguir piezas de repuesto para los molinos que, en las noches más frías, les permitían obtener algo de electricidad para las bombas de agua y las cocinas. La mayoría de los molinos estaban olvidados, algunos ocupados por nidos de gaviotas o convertidos en trampas mortales por bandas de saqueadores; pero las piezas, esos ejes de metal y las aspas de madera petrificada, eran la promesa de un día más cómodo, menos infernal.

De modo que el Consejo tomó una decisión precipitada e histórica: darles alojamiento, comida templada de las existencias comunes, y a cambio, organizar una expedición conjunta para intentar reparar uno de los molinos junto al Torrent Gros. Aquella noche nadie durmió bien; era la primera vez en años que Palma aceptaba, no solo a forasteros, sino a forasteros armados de algo más que miedo.

Elisabet, vecina de los encuentros del Consejo y amiga de algunos de los nuevos, se ofreció a guiar la expedición. En la oscuridad, mientras revisaba su linterna y sus herramientas, escuchaba llegar los susurros de los más pesimistas: “Esto puede salir mal", "Demasiado pronto", "¿Y si son espías de las bandas del norte?". Pero al mirar por la ventana del taller, vio cómo la luna jugaba sobre los tejados y supo que, de algún modo, este riesgo era necesario.

***

Al amanecer, partieron quince almas dispuestas a cruzar la ciudad desierta y enfrentarse a los fantasmas de los últimos años. Avanzaron por calles que, en otros tiempos, rebosaban turistas de todos los idiomas; ahora, solo quedaban los nombres, los edificios desplomados y las historias contadas por los mayores a los niños. "Ahí estaba la librería más antigua", "En esa esquina cantaban los del jazz", "Por ahí pasaban las procesiones de Pascua", decían.

A la altura del Parc de la Mar, una familia de ciervos cruzaba en silencio el asfalto cuarteado. Todo era tan extraño, tan ajeno y tan familiar al mismo tiempo, que por un momento Elisabet pensó en el mundo de antes como en un sueño o un truco de magia. Al llegar al arroyo, encontraron el molino casi intacto, rodeado de zarzas y una columna de humo que ascendía a lo lejos: quizás otra comunidad, ocupando una granja abandonada.

La reparación tomó toda la mañana. Dos de los forasteros eran verdaderos expertos: Raúl y Jan, antiguos técnicos de parques eólicos que habían escapado del continente en los primeros inviernos de la pandemia. Con el trabajo de las manos callosas y la ayuda de una docena de niños que traían agua y piezas pequeñas, a mediodía la hélice del molino giraba por primera vez en años, partiendo el aire como un enorme pájaro herido.

El grupo regresó a Palma con una bolsa de baterías oxidadas, el eje del molino y, sobre todo, la esperanza de un futuro menos rudimentario. Aquella noche, por primera vez tras la caída, las lámparas en Can Pere Antoni no eran sólo de aceite o cera: un débil haz azul, eléctrico, tembló sobre las paredes de piedra.

***

En los días siguientes, la noticia del mercado y el molino reparado corrió por la isla. La pequeña comunidad de Palma reforzó sus alianzas con Llucmajor y Santa Maria, y pactaron señales de humo y sistemas de balizas para alertarse ante cualquier movimiento hostil. Finalmente, la feria del primer domingo de diciembre no solo reunió a los supervivientes de todo el término municipal, sino también a grupos dispersos del interior de la isla: allí, al pie de la muralla medieval, entre las sombras alargadas del invierno, nació una red de intercambios y promesas que todos sabían frágil, pero vital.

Elisabet, exhausta pero satisfecha, se quedó mirando al mar desde el rompeolas. A su lado, un niño que nunca había visto el mundo antes del colapso, preguntó en voz baja:

—¿Todo esto volverá a ser como antes? ¿Habrá luz en toda la ciudad? ¿Tendré una escuela de verdad algún día?

Ella no supo qué contestar. Sólo se atrevió a susurrar, en catalán, como si al decirlo abriese una ventana pequeña al futuro:

—Ho intentarem, petit. Ho intentarem sempre.

La Tramuntana, más suave, llevó la respuesta hasta los molinos. Y sobre las ruinas de una Palma irreconocible, una nueva chispa tembló al calor de la vida.

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