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Fragmento:


El día anterior había llegado una caravana desde Inca, custodiada por tres jinetes con perros grandes y barbudos alertas. Vinieron a comerciar semillas, medicinas y, sobre todo, noticias. Todos los asentamientos dependían ya de ese intercambio; las alianzas entre aldeas de la isla se habían convertido en la última red de supervivencia humana. Palma era la plaza fuerte, el punto final al que muchos aspiraban llegar, aunque los que entraban rara vez salían. Desde el amanecer, la puerta principal de la muralla, protegida por bloques de piedra y chorros de aceite hirviendo, controlaba quién vivía y quién moría dentro.

Duración: 11:01

Islas del Hambre
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Texto de ajuste de pausa.

15 de noviembre de 2024

La bruma marina ascendía desde el puerto desierto, desdibujando las líneas entre los pescantes oxidados y las murallas interiores que hace dos años delimitaban Palma de Mallorca. Desde la cima de un edificio medio derruido, Elsa oteaba el horizonte: las olas chocaban contra la base de la muralla improvisada que el último alcalde y la guarnición militar terminaron meses antes de desaparecer. El corazón de Palma se había fracturado, reconvertido en una fortaleza isla dentro de la isla, rodeada por kilómetros de tapias, columnas de coches volcados, alambradas, sacos terreros y torres de vigilancia tan improvisadas como el resto de la nueva ciudad.

A las espaldas de Elsa, en la avenida desierta que hacía apenas unos años rebosaba turistas confiados y familias paseando bajo las palmeras, se agitaban las nuevas formas de la convivencia: la comunidad, ahora robusta y temerosa, que sobrevivía en torno a la Plaza Mayor y hasta La Rambla. Las tiendas y hoteles habían sido repensados como viviendas multifamiliares, y el Mercado del Olivar, por mucho que la peste, el hambre y el miedo lo recorrieran, era el corazón donde aún se podía intercambiar sobres de café soluble por pan, tranquilizantes por ropa de abrigo o palabras de consuelo por armas rudimentarias.

Era noviembre pero apenas se notaba frío. El aire marino lo volvía pegajoso, no lejos aún del largo verano mediterráneo. Elsa envainó el cuchillo de cocina que nunca soltaba y volvió a la escalera. Su guardia había terminado y pronto el sonido de los radios portátiles anunciando el relevo la haría bajar. Llevaba semanas recordando que ese era un mes decisivo; quizás, el más peligroso del año. Los grandes grupos de supervivientes y saqueadores solían replegarse de la Serra de Tramuntana y los bosques interiores cuando los vientos cambiaban y la comida escaseaba; las fortificaciones de Palma, aunque mejor defendidas ahora, eran objeto de codicia. Pero más que el miedo a los humanos, quedaba el de las hordas errantes que, con el invierno acercándose, migraban en masa desde el interior de la isla hacia la ciudad, atraídos por el ruido y el olor de los asentamientos.

Descendió los últimos peldaños al almacén reconvertido en cuartel y se unió al resto del grupo: veinte personas, la mayoría adultos exhaustos y tres adolescentes con fusiles antiguos. “¿Algún movimiento?” preguntó Julián, el sargento retirado que organizaba las guardias desde que la “Guardia de Palma” se había reconstituido como milicia vecinal. “Humo, otra vez, en Son Gotleu; y durante la madrugada, muchas figuras bajando desde el Polígono.” Elsa tragó saliva. Nadie necesitaba más detalles. Eso podía significar zombis hambrientos o una de las tantas bandas nómadas que aparecieron tras la caída de las conexiones con la península. Desde hacía más de cuatro años, los ferris dejaron de llegar, y meses después, ya sólo los radios militares confirmaban que en la península el infierno era idéntico.

“La próxima patrulla será doble. Hay que proteger la línea de Avenida Alexandre Rosselló.” Julián consultó su cuaderno, cubierto de iniciales y códigos: nombres, inventario de armas, turnos, disparos de advertencia, y desaparecidos—uno más cada semana. Volvió a guardar el papel sucio y repartió un poco de la harina obtenida el día anterior mediante trueque. Elsa la aceptó, pensando siempre en su hermana pequeña, Lali, que aún jugaba con muñecas improvisadas detrás de las barricadas en la antigua calle Sindicato.

El día anterior había llegado una caravana desde Inca, custodiada por tres jinetes con perros grandes y barbudos alertas. Vinieron a comerciar semillas, medicinas y, sobre todo, noticias. Todos los asentamientos dependían ya de ese intercambio; las alianzas entre aldeas de la isla se habían convertido en la última red de supervivencia humana. Palma era la plaza fuerte, el punto final al que muchos aspiraban llegar, aunque los que entraban rara vez salían. Desde el amanecer, la puerta principal de la muralla, protegida por bloques de piedra y chorros de aceite hirviendo, controlaba quién vivía y quién moría dentro.

La rutina estaba marcada por la escasez y por el miedo a la traición. La “Red de Alerta” —banderas de colores colgadas entre campanarios, luces parpadeantes en la azotea del Ajuntament, troncos ardiendo en la Catedral— avisaba de cada peligro. Elsa, al igual que la mayoría, había aprendido a dormir con un ojo abierto y a comer lo justo para no desmayarse en el turno. Nadie recordaba el sabor de un helado, ni el significado del perfume de los jardines del Baluard.

Esa mañana, tras el relevo y algo de pan duro con tomate confitado, se dirigió a la escuela improvisada en la planta baja de un museo. Allí, Lali escuchaba, absorta, los relatos de Toni, un viejo marinero convertido en maestro, hablando de “la Palma que fue”. El título de la lección era “Cómo cruzar la isla sin ser visto”. Los niños aprendían a leer mapas, a distinguir hongos venenosos, a cargar una carabina. Elsa a veces creía ver a su hermana más preparada para este mundo que muchos adultos, incluido ella misma.

La paz reinaba durante la luz; por las noches, el miedo dictaba las leyes. Cuando el sol se ponía detrás de la Serra, la ciudad se sumía en ecos desconocidos: rugidos de infectados, disparos lejanos o chillidos que cruzaban la madrugada. Sin embargo, en mitad de ese caos, el orden rudimentario emergía. Cada candil encendido en un patio era una promesa de resistencia. En el Convento de Santa Clara, la comunidad de supervivientes intentaba mantener el último huerto hidropónico, protegido por el consejo de ancianos. En la antigua Capitanía del puerto, la milicia entrenaba a nuevos voluntarios, en su mayoría adolescentes quienes aprendían a luchar más rápido de lo que perdían la inocencia.

El día de autos, 15 de noviembre, arrancó con una novedad. Un niño entró corriendo desde el Paseo Marítimo, gritando algo sobre “una barca a la deriva”. Elsa y otros tres salieron armados al Mirador, con una mezcla de esperanza y temor. Pese a la vigilancia y la marea de historias desesperanzadas, siempre quedaba un hueco para noticias insólitas: ¿sería una patera perdida, un superviviente que, desde Menorca o la Península, había logrado cruzar el mar infectado?, ¿o sería, peor, una trampa, una banda buscando abordar las costas protegidas?

El bote, apenas visible bajo la niebla, parecía moverse lentamente, guiado sólo por la corriente. Cuando llegó, cuatro figuras apenas vivas permanecían a bordo. Una era una mujer de mediana edad, delgada hasta los huesos; dos adolescentes; y un niño pequeño envuelto en mantas. A las horas, los milicianos comprobaron que no estaban infectados, aunque exhaustos y heridos. Fueron llevados al improvisado dispensario de la antigua clínica Juaneda, donde Julia, la única médica que seguía en pie tras tantos colapsos, les curó las quemaduras y heridas de cuchillo.

Sus historias acapararon la atención por días. Venían desde Alcúdia, y los relatos de sus viajes se mezclaban con noticias alarmantes: “En Sineu sólo queda la mitad del pueblo, los zombis arrasaron Montuïri, pero, en la zona del Puig de Randa, una comunidad armada ha levantado murallas y rizas de alambre; parecen casi inexpugnables”, explicó la madre. Lo que más sorprendió a todos fue el rumor sobre “laboratorios ocultos” en Llucmajor, donde, al parecer, un pequeño grupo de científicos protegidos por exmilitares seguían experimentando con la infección. No era la primera vez que oían esas historias; nadie confiaba ya en que existieran salvadores, pero cada rumor era un bálsamo contra el desaliento.

Las semanas siguientes, el ambiente en el asentamiento se tensó aún más. Las patrullas duplicaron la vigilancia en las costas, temiendo nuevos desembarcos, y el consejo militar de Palma temía que algún agente enemigo —un espía, tal vez un transmisor de enfermedades— pudiera haber llegado oculto entre los recién acogidos. El consejo de líderes, reunido en los sótanos del antiguo Ayuntamiento, discutía aunque sentían que las decisiones ya sólo servían para retrasar inevitables enfrentamientos tanto con humanos como con no-muertos.

Elsa fue elegida para acompañar a la patrulla que, dos semanas después, tendría que inspeccionar el camino de Palma a Andratx, recolectando cualquier señal de movimiento hostil o evidencias de nuevas rutas zombi. El viaje era corto en tiempos antiguos, pero ahora implicaba días de vigilancia extrema, avoidando carreteras grandes y usando caminos rurales donde el peligro era siempre inminente. En la aldea de Calvià recogieron a dos pastores refugiados, que desde la altura divisaron a “los grandes”, como llamaban a las megahordas que, según la tradición, migraban en círculos desde hace meses, devorando cualquier vida y chocando contra aldeas fortificadas hasta que la fuerza de los disparos, muros y trampas los contenía.

El paisaje mallorquín seguía siendo bello, a pesar de todo, y Elsa, durante esos días, se preguntó cuántos humanos quedarían en la isla. No había más de cinco asentamientos con más de 200 personas; los rumores del resto eran sólo eso, rumores. La esperanza residía en la cooperación, la disciplina y la astucia. Cuando regresó a Palma, la ciudad comenzaba a prepararse para el invierno: cortinas de hamacas colgaban entre los árboles del Parc de la Mar, los sótanos se llenaban de despensas, y los niños, en lugar de temer a la oscuridad, aprendían a moverse en ella con naturalidad.

Esa noche, el consejo de ancianos improvisó una celebración. Sacaron vino almacenado desde antes de la caída, llamaron a todos a la plaza de Cort y, en medio de la oscuridad, compartieron historias. Allí se leyó un mensaje interceptado en un radio portátil de onda corta: “Palma resiste. Palma no cae.” Las palabras, repetidas en catalán, castellano y un inglés balbuceante, recorrieron los muros como una oración laica. La amenaza seguía ahí, pero el coraje también.

Mientras tanto, las alarmas nunca dejaban de sonar. El mes siguiente, una banda armada atacaría los huertos del Ponent, y los supervivientes perderían a dos de sus centinelas. La guerra por los recursos recrudecía. Pero cada vez que un niño nacía, cada vez que una semilla germinaba o una muralla sobrevivía otra noche, la ciudad sentía que el mundo no se había terminado. No aún. El miedo era menos fuerte que la determinación de seguir, aunque Palma ya no era la perla del Mediterráneo sino una fortaleza asediada y obstinada, rodeada por muertos y hombres.

Durante un instante, Elsa miró a las estrellas, difusas tras la nube del humo y la humedad, y pensó en el pasado como en un cuento. Había crecido demasiado deprisa, como todos los demás. En ese mundo nuevo, la memoria era la última fortaleza, más resistente que la piedra de las murallas, y la esperanza—un lujo, sí, pero también un instinto al que la humanidad se aferraba con uñas y dientes. En el fondo de la noche, cuando todo callaba, Palma seguía, tercamente, viva.

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