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Portada del relato Bajo el Cielo de Hierro: El último refugio en Palma
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Fragmento:


Era el gran miedo de todos: que la aparente seguridad de la isla, su agua potable, su relativa abundancia de cultivos, atrajera a hordas —ya no de muertos, sino de vivos dispuestos a matarse entre ellos por un saco de trigo.

Duración: 09:46

Bajo el Cielo de Hierro: El último refugio en Palma
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Texto de ajuste de pausa.

20 de noviembre de 2028

El silbido del viento traía consigo retazos de sal y humedad desde la bahía de Palma, pero ya nada en el aire de la isla recordaba aquellos días de veranos eternos y turistas riendo en las terrazas del Paseo Marítimo. Desde hacía casi una década, la ciudad —o lo que quedaba de ella— se había transformado en un inabarcable mosaico de murallas, barricadas y solares donde las hierbas crecían entre los huesos blanqueados de lo que una vez fue una de las joyas del Mediterráneo.

El sol se erguía pálido sobre los muros de la antigua Almudaina, convertida ahora en la sede improvisada del consejo de la ciudad amurallada. El ruido del mar apenas lograba eclipsar el rumor incesante de los talleres que, como un pequeño corazón de hierro y pólvora, mantenían vivo el nuevo pulso de Palma.

Era una mañana inusualmente tranquila para Clara, que desde la muerte de su madre desempeñaba el doble papel de exploradora y mensajera entre los bastiones internos y los campos exteriores. El año anterior, aún se veían zombis al acecho fuera del perímetro, pero ahora eran una presencia aislada, monstruos que se descomponían lentamente bajo el sol y que ya no representaban la amenaza letal de antaño. Lo que robaba el sueño de los habitantes era el conflicto humano: bandas armadas que derrochaban munición y rabia, saqueadores de otros asentamientos y las nuevas amistades comerciales, siempre precarias, con colonos del interior de la isla o incluso de la Península.

Mientras recorría en bicicleta el Carrer de Blanquerna, recién limpiado y convertido en uno de los mercados más seguros de la ciudad, el olor del pan recién horneado mezclado con el hedor de los generadores la envolvió como una promesa de que, a pesar de todo, la civilización aún peleaba por reemerger. Las panaderías ahora se hallaban convertidas en fortalezas: pequeñas, de gruesos muros y arcadas tapiadas, con molinos eólicos improvisados en cada azotea.

Clara se detuvo frente a uno de los tenderetes. Intercambió un saludo con Jaume, el joven herrero cuya familia era famosa en toda la isla por su habilidad para fabricar pestillos, cerraduras y cuchillos a partir de cualquier pedazo de metal reciclado. Jaume le ofreció una bolsa de clavos a cambio de un cuchillo de cocina y dos paquetes de levadura seca que había conseguido el día anterior en una de las ferias de intercambio en Sineu.

—Hay rumores, —Jaume bajó la voz—, de que viene una caravana desde Alcúdia, cargada con más trigo del que hemos visto en seis meses. Pero —hizo una pausa, mirando hacia ambos lados— dicen que esta vez vienen escoltados por una milicia armada, no por los del Consejo.

—¿Y crees que sea cierto? —preguntó Clara, recibiendo la bolsa de clavos y ajustándose la bufanda a la altura de la cara.

—No lo sé, pero últimamente llegan demasiados forasteros. Sabes lo que dicen… si la península está peor, pueden intentar cruzar el canal para tomar lo que queda de Palma.

Era el gran miedo de todos: que la aparente seguridad de la isla, su agua potable, su relativa abundancia de cultivos, atrajera a hordas —ya no de muertos, sino de vivos dispuestos a matarse entre ellos por un saco de trigo.

Clara se despidió con un gesto y pedaleó de regreso hacia la muralla norte, pasando junto a las antiguas vías del tren, ahora cubiertas de malas hierbas y desuso, aunque había rumores de que algunos líderes deseaban reconstruir un trayecto precario para facilitar el transporte de alimentos desde Inca y Manacor.

Mientras avanzaba, repasaba mentalmente la lista de encargos de su familia: madera para reparar el techo, medicina para el padre enfermo, semillas resistentes para el pequeño huerto construido con esfuerzo en el tejado del edificio donde vivían, uno de los antiguos bloques de pisos junto a la Plaça d’Espanya.

A medida que se acercaba a las murallas exteriores, la vigilancia se intensificaba. Al menos cinco figuras armadas con fusiles de fabricación local y ropas recosidas la identificaron antes de dejarla pasar. A Clara le tranquilizaba saber que conocían a todos los vecinos de la zona por nombre y cara, aunque sabía que esa seguridad podía volverse opresiva, como la mirada siempre vigilante de un centinela cansado y hambriento.

Salió de la zona amurallada en dirección a Son Ferriol, sorteando carros tirados por mulas, carros improvisados con viejas furgonetas y grupos de agricultores que regresaban, sin prisa, después de una jornada de siembra. La recuperación lenta del campo balear era el tema de conversación recurrente: la isla debía producir lo suficiente como para sobrevivir sin depender del mundo exterior.

De pronto, sintió una ráfaga fresca en la espalda y, por instinto, apretó el ritmo. Al girar la cabeza, vio a dos niños corriendo y riendo, una escena que, por un segundo, le devolvió el recuerdo de un mundo anterior, donde el mayor temor de los padres era el tráfico y no una horda de cadáveres andantes.

Al llegar al huerto comunitario, donde se encontraba su padre, vio la figura encorvada de un hombre mecánicamente acurrucado junto a una pequeña estufa alimentada con astillas de pino. Su padre, Jaime, estaba más delgado que nunca; el invierno pasado le había pasado factura, pero su cabeza seguía clara.

—¿Cómo va la cosa? —preguntó Clara al llegar, dejando la bicicleta apoyada en una valla improvisada.

—Las coles han resistido mejor de lo que pensaba —dijo Jaime, mostrando una sonrisa cansada—. Y los de Bunyola han prometido traer más semillas esta semana.

Se sentaron juntos sobre una losa de cemento y miraron, en silencio, hacia los restos de la ciudad vieja. Entre las ruinas, algunos viejos supervivientes intentaban rescatar lo que quedaba de la catedral, arrancando vigas y piedras para reconstruir refugios resistentes junto a la muralla.

Jaime suspiró.

—¿Recuerdas cuando íbamos juntos al puerto a comer helado después de clases? —murmuró, con los ojos fijos en el horizonte.

Clara asintió. El mar había cambiado; ahora las barcas estaban fortificadas y armadas, y era frecuente divisar fuegos en la otra orilla o en pequeños islotes donde grupos de pescadores luchaban por sobrevivir en soledad.

—Ya no queda mucho de aquel mundo, papá. Pero seguimos aquí. —Le sujetó la mano, sintiendo la piel fría y rugosa—. Y tenemos que seguir luchando para que al menos estos niños que hoy juegan, mañana sigan teniendo algo por lo que jugar y soñar.

Esa tarde, el rumor sobre la caravana de Alcúdia comenzó a cundir entre los puestos del mercado y los centinelas de la muralla. Se envió un pequeño grupo armado para interceptar y escoltar a los viajeros hasta el centro seguro. Días como esos, la tensión se palpaba en el aire más que el propio olor a sal o a pólvora.

Cuando Clara regresó a casa, después de entregar la medicina a su padre y echar una mano en el huerto, subió al terrado para mirar el atardecer. Desde allí podía divisar la bahía, la imponente silueta de la catedral y, a lo lejos, la nube de polvo que anunciaba la llegada de la caravana.

El Consejo de la Ciudad se reunió esa noche. Las linternas de aceite y los faroles reciclados iluminaban apenas el interior de la Almudaina. Los líderes de las diferentes barriadas, junto con los representantes de los agricultores, pescadores y comerciantes, debatieron hasta bien entrada la madrugada. Hablaron de reforzar las vías de acceso, de incrementar las patrullas y de la necesidad de una alianza con los asentamientos del interior. Fue un debate tenso, pero necesario. Comprendían que, más que nunca, la amenaza ya no era sólo la plaga residual, sino los bandoleros, los cazadores de fortuna y la competición brutal por los recursos menguantes.

Y sin embargo, bajo esa apariencia de crisis perpetua, la ciudad seguía creciendo. Desde hacía meses, el comercio regular de alimentos secos y municiones había devuelto cierta prosperidad. Los niños que habían nacido en los primeros años del desastre ahora eran adolescentes, algunos ya sabían leer y escribir gracias a las escuelas improvisadas que varias madres pioneras habían abierto en los sótanos restaurados de antiguas bibliotecas. Era un avance lento, pero visible.

Clara, agotada, se tumbó en el catre junto a la ventana. Cerró los ojos e intentó imaginar el futuro. En su interior, creía que algún día volvería a bañarse en las aguas turquesas de Es Trenc, que los mercados regresarían a la Plaza Mayor con risas y música, y que los niños no tendrían que aprender a disparar antes que a sumar.

Aquella noche, un temblor leve le sacó del sueño. No fue una pesadilla habitual. Esta vez, el miedo era real: unos disparos lejanos, un eco húmedo de batalla en las afueras. Se asomó y vio las luces titilando por encima de la muralla norte.

Los centinelas disparaban al aire, intentando disuadir a un grupo de saqueadores que, en la oscuridad, trataba de cruzar las defensas externas. Durante más de una hora, los habitantes permanecieron en vilo hasta que la calma —relativa— fue restaurada. Los líderes optaron una vez más por reforzar la vigilancia. Al día siguiente, padres y madres, niños y ancianos, ayudaron a reparar las partes dañadas de la barrera.

La vida seguía, día tras día, ciclo tras ciclo. Cada paso adelante era una victoria. Palma vivía bajo un cielo de hierro y esperanza, y su gente, endurecida pero no quebrada, miraba hacia el futuro con la determinación nacida de la supervivencia y la memoria.

Porque, aunque el Viejo Mundo era ya un mito susurrado entre generaciones, los muros de Palma de Mallorca seguían en pie y, tras ellos, latía el corazón de una humanidad que nunca se rendiría del todo.

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