15 de noviembre de 2024
La luna se elevaba sobre el perfil roto de Valencia, tan plateada como indiferente al sufrimiento de quienes aún vivían bajo su luz. Pedro observaba el horizonte desde la azotea de la vieja fábrica de cerámica en Quart de Poblet, donde su grupo había encontrado refugio hacía ya meses. A esa hora, la ciudad parecía muerta incluso para los estándares de aquel nuevo mundo, pero sabía que, en las sombras, la muerte nunca dormía: los zombis merodeaban sin descanso, y los humanos lo hacían por necesidad o desesperación.
La fortificación improvisada de Quart de Poblet era uno de los nuevos refugios que salpicaban el extrarradio de Valencia. Muros de chatarra, alambre y cemento levantados a toda prisa delimitaban su territorio. Dentro, unas doscientas personas trataban de organizar una vida posible: turnos de vigilancia, huertos exiguos, una capilla usada como comedor común y, en el centro, el pequeño mercado que los últimos meses había empezado a latir como un corazón nervioso.
Pedro apretó la mandíbula mientras vigilaba. Le quedaban apenas tres balas en su revólver, y ello, aunque era más de lo que poseían muchos, siempre parecía poco. Al otro lado de la muralla, unos destellos en la distancia le pusieron en alerta. Eran linternas moviéndose como luciérnagas entre edificios corroídos y vegetación desbordada: seguramente una caravana de forasteros, tal vez los comerciantes que prometieron volver de Xàtiva, o acaso saqueadores en busca de alimento fácil o de prisioneros para negociar con alguna de las bandas del Turia.
El sonido del viento trajo el eco de voces lejanas, pero el ruido era engañoso. Dio la alarma con dos golpes secos en la campana de gas: la señal convenida para anunciar movimiento en los límites. Pronto oyó los pasos acelerados de Clara, una veterinaria que, tras el apocalipsis, lideraba las patrullas desde las murallas. Era menuda, pero tenía una voluntad de hierro y el respeto de todos los que querían seguir respirando.
—¿Qué ves? —preguntó Clara, asomándose a su lado.
Pedro le pasó los prismáticos: —Luces al este, hacia la Cua de la Serp. No parecen muchos.
—Demasiado tarde para tratar con comerciantes —murmuró—. Pon a tu grupo en alerta. Si muestran banderas blancas, los dejamos acercarse. Si traen armas al descubierto, disparad al aire.
Pedro asintió y bajó rápido las escaleras. Los suyos eran cinco: tres hombres, dos mujeres. Todos sabían cómo moverse sin hacer ruido entre los restos del mundo antiguo; todos habían perdido a alguien desde aquel marzo en que la fiebre lo cambió todo. La guardia ya se organizaba alrededor de los bidones ardiendo junto a las barricadas del este. Pedro se puso a su lado, esperando la confirmación de Clara.
El reloj marcaba las nueve de la noche cuando la caravana apareció por fin. Tres mulas tiraban de dos carretas, seguidas por una docena de figuras envueltas en capas. Llevaban antorchas y, al frente, alguien ondeaba un trapo blanco. El corazón de Pedro se apretó: eran muchos para ser simples comerciantes, pero pocos para atacar una fortaleza como la suya. Clara les gritó desde lo alto de la muralla.
—¡Identificaos! —Su voz, ronca pero firme, llegó clara bajo la bóveda de escombros y cielo.
Hubo una pausa. Uno de los forasteros bajó el pañuelo de su rostro y gritó de vuelta:
—Venimos del refugio de Llíria. Estamos desarmados. Traemos comida para intercambio y noticias importantes de la costa.
Un murmullo recorrió a los defensores. Las noticias de fuera eran casi tan valiosas como la comida.
Tras el registro de rigor —sin armas visibles, sin síntomas de fiebre, sin mordeduras—, se permitió el paso a cinco de ellos. Curiosamente todos eran jóvenes, con el rígido nerviosismo propio de quien ha sobrevivido varios inviernos luchando. Los otros se quedaron en la barrera, observando; nuevas normas del trato: nunca entrar todos, nunca confiar del todo.
El mercado dentro de los muros era un lugar sombrío, iluminado por velas y alguna lámpara de queroseno. Sobre mantas, anís seco, harina, naranjas y algunas piezas de caza; vestidos hechos a partir de tapices viejos, herramientas de hierro forjado torpemente. El comercio era lento, rudimentario, pero había aprendido a respetar la violencia contenida.
La delegación de Llíria traía pequeños sacos de arroz y botes de miel, pero lo más valioso era el mapa enrollado que mostraron a Clara y Pedro: un croquis de los caminos seguros entre las nuevas fortificaciones, y, en tinta temblorosa, ubicaciones de bandoleros y rutas a evitar. Según los forasteros, en Sagunto se había fundado una "mini-ciudad" de más de mil personas, rodeada de trazados de tren bloqueados con vagones volcados. En Gandía, una secta religiosa había intentado tomar el puerto y fracasó; ahora los zombis infestaban las playas. En la Albufera, los sobrevivientes criaban patos salvajes y capturaban peces, comerciando sus escasos productos a cambio de munición.
Les hablaron de un rumor, cada vez más sólido, que circulaba entre las caravanas: en el antiguo polígono industrial de Picassent se ocultaba un pequeño laboratorio militar donde médicos y ex soldados, supuestamente, seguían intentando encontrar una cura, o al menos una manera de frenar los brotes esporádicos de la infección. Nadie había visto el lugar, pero dos de los forasteros afirmaron haber hablado con un "hombre de bata blanca" que intercambiaba antibióticos por información. Clara frunció el ceño; Pedro supo que ya cavilaba en enviar exploradores.
Los tratos no fueron simples. La escasez de alimentos era crónica, y nadie quería desprenderse de medicinas o pólvora. Tras una larga negociación, se intercambiaron ocho frascos de amoxicilina por arroz, harina por naranjas, y una vieja radio militar —que solo funcionaba como receptor— por un pequeño saco de pólvora. Los forasteros aceptaron un trato extra: a cambio de dejar a su gente pernoctar dentro de los muros, ayudarían en la vigilancia esa noche.
Avanzada la madrugada, Pedro caminó hasta la zona amurallada junto al puente viejo —uno de los pocos puntos donde aún podía distinguir el río, ahora menguado y lleno de algas—. Sentía el peso de la amenaza no solo en el exterior de los muros, sino también en el interior. Desde hacía meses, los grupos nómadas habían intensificado sus ataques y, según los extranjeros, varias comunidades cercanas habían caído por la traición de algún vigía que abrió las puertas a saqueadores.
No era fácil confiar en nadie. Clara se lo había dicho decenas de veces:
—Aquí, la confianza es tan escasa como el pan.
Sin embargo, esa noche, la luna parecía menos hostil y un silencio inusual flotaba en el aire: la ausencia de disparos, alaridos o cristales rotos era casi desconcertante. Mientras inspeccionaba el muro, Pedro oyó pasos suaves: era Lucía, una de las chicas nuevas, hija de un mecánico muerto hacía meses. Sostenía un rifle anticuado.
—¿No puedes dormir?
Ella negó con la cabeza. —No. Mi madre sueña con los zombis. Yo sueño con volver a ver el mar —dijo, bajando la voz—. ¿Crees que habrá otro ataque?
Pedro encogió los hombros. —Esperemos que no. Mañana, si todo va bien, intentaremos conseguir más munición y semillas.
Lucía lo miró, la determinación brillando en sus ojos oscuros. —Mi padre decía que, al final, ganarían los que supieran plantar y defenderse. Yo no sé plantar, pero sí apuntar —dijo, y esbozó una sonrisa triste.
El relevo llegó cerca del amanecer, y poco después los líderes del refugio convocaron una asamblea. No era muy distinto de lo que habría sido, en otra época, un turno de vecinos de una finca vieja: cada uno exponía inquietudes, proponía soluciones, dudaba de las intenciones de los forasteros, y, a veces, se discutía ferozmente por pequeños asuntos, como el reparto del agua o la renovación de turnos de vigilancia.
Al medio día, la caravana de Llíria se despidió, pero no antes de dejar un mensaje encriptado para los siguientes viajeros: una señal hecha con lonas blancas colgadas sobre el antiguo panel de autobús, código que significaba: "mercado seguro", y "vigilancia reforzada". Pronto, Pedro y Clara tuvieron que tomar la decisión de enviar un pequeño grupo explorador hacia Picassent. Allí, según los rumores, podría hallarse la clave para sobrevivir el nuevo invierno. Clara eligió a Pedro, Lucía y dos hombres de confianza: Toni y Rubén.
El viaje era peligroso, y antes de salir, la comunidad entera se reunió en la plaza central, donde aún se conservaba un mosaico romano entre las piedras desgastadas. Cada explorador recibió un puñado de semillas —garbanzos, habas, trigo— y una pequeña cruz de madera pintada de azul, símbolo de su grupo. Por si no volvían, sabían todos, alguien tendría que recordarlos.
Caminaron durante horas a través de solares plagados de maleza y esqueletos de coches. El aire era frío, pero seco, y el olor a sal y hierro lo impregnaba todo. De vez en cuando se oía un grito seco en la lejanía, o un disparo aislado, pero los zombis estaban lejos de su apogeo: famélicos, muchos apenas se levantaban del suelo salvo si un ruido fuerte los activaba.
Al llegar a las afueras de Picassent, los cuatro exploradores se detuvieron en un cruce abandonado. En el suelo, pintada con cal, vieron una flecha y la palabra "VIDA" al pie de una nave industrial. Toni sacó su revolver, Lucía la miró extrañada.
—¿Estás seguro de que no es una trampa? —preguntó Rubén.
Pedro dudó, pero la certeza brillaba en su mirada. —Si lo es, no podemos arriesgarnos a no intentarlo.
Se acercaron con cautela. El silencio era total. En la puerta, un interfono oxidado. Pedro presionó el botón, nada. Pronto una silueta apareció tras la mirilla de la puerta: un hombre de mediana edad, ojos inquietos, bata manchada, fusil al cinto.
—¿Qué buscan?
Pedro alzó la cruz azul y un puñado de semillas —nos enviaron de Quart de Poblet.
Hubo una pausa, el hombre vaciló y finalmente abrió una rendija.
—No paso a quien no traiga enfermedad. No paso a quien ose robar. Solo paso a quien venga a compartir.
Pedro asintió. —No venimos a robar ni a imponer. Buscamos información y, si posible, antibióticos. Podríamos compartir comida y relatos sobre rutas peligrosas.
El hombre los hizo pasar y los recibió en una sala vigilada por dos mujeres armadas. Sobre una mesa, pilas de papeles, frascos etiquetados y un viejo microscopio. El laboratorio parecía ser verdadero, aunque de una precariedad extrema. Allí, hombres y mujeres que antes fueron médicos, ahora parecían alquimistas medievales: experimentando con plantas, mezclando compuestos, y apuntando todo en gruesos cuadernos.
La conversación fue larga. El científico principal, que se llamaba Andrés, explicó lo que sabían: el virus seguía activo en los cadáveres recientes, pero los zombis más antiguos ya apenas podían moverse. Nadie había logrado desarrollar una cura, pero algunos antibióticos ralentizaban la infección si se aplicaban en las primeras horas de una mordedura. En cuanto a la esperanza, sólo tenían una: ganar tiempo, hacer que cada generación viva un poco mejor que la anterior.
Al despedirse, les dieron media docena de frascos y un cuaderno con dibujos de plantas medicinales que crecían en los márgenes de la huerta valenciana. "Compartid saber, eso es más importante que balas", recalcó Andrés.
Camino a casa, con la mochila llena de antibióticos pero aún más llena de nuevas preguntas, Pedro miró el destello anaranjado del sol sobre las ruinas. Valencia ardía en la distancia, pero los campos, secos y renegridos, respiraban promesas de cosechas futuras. Y supo que, mientras quedasen corazones tercos dispuestos a plantar, a compartir y a vigilar, habría invierno, habría miedo… pero también habría esperanza.
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