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Fragmento:


Aquel 21 de enero él era uno de los responsables del registro de nacimientos y muertes, una costumbre nueva importada por un médico madrileño que llegó arrastrando una pierna y un carro de libros. La humanidad se aferraba a cualquier señal tangible de civilización.

Duración: 11:23

Ecos entre los naranjos
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Texto de ajuste de pausa.

21 de enero de 2027

La luz mortecina del amanecer apenas llega a los patios de lo que fue un colegio en el barrio de Patraix, en Valencia. El sonido de las campanas es ahora un recuerdo; lo que quebranta el silencio, de tanto en tanto, son las pisadas de botas improvisadas, el tintineo de armas artesanales o, en los días malos, el desgarrador coro de los zombis más antiguos, merodeando cerca del antiguo cauce del río Turia.

El mundo, tal como lo recuerdan los mayores, había comenzado a desmoronarse siete años atrás, pero ahora, en enero de 2027, la quietud era engañosa. Muchos zombis apenas se mantenían en pie, pero la ciudad era todavía un mosaico de zonas muertas, ruinas aún impregnadas de olores y horrores invisibles, y pequeños bastiones de vida que empezaban a sentir el peso de un futuro posible.

Javier, con veinte años, nunca había salido de Valencia. A los trece, se vio obligado a desenterrar en los recuerdos de sus padres la Valencia del pasado: Fallas entre luces y humo, los partidos del Valencia CF, los sábados en la playa de la Malvarrosa repleta de turistas. Pero para él, ciudad y ruina eran una sola imagen. Sus jornadas empezaban antes de que el sol alcanzase las azoteas, entre el humo de las hogueras y el murmullo de los primeros vigías apostados en lo alto del colegio. A esas alturas, la palabra “ciudad” era un término generoso: sólo quedaban tres enclaves seguros, el mayor en lo que fue la Ciudad Universitaria, otro menor en las Torres de Serranos, y el suyo, Patraix, protegido con palés, muros de ladrillo improvisados, y un sistema de aviso a base de espejos y banderas de colores.

Aquel 21 de enero él era uno de los responsables del registro de nacimientos y muertes, una costumbre nueva importada por un médico madrileño que llegó arrastrando una pierna y un carro de libros. La humanidad se aferraba a cualquier señal tangible de civilización.

Mientras anotaba la muerte de un viejo por neumonía y recogía datos sobre el nacimiento de la tercera niña de la comunidad en apenas un mes, Javier escuchó que una expedición regresaba al puesto de vigilancia. El grupo había partido la noche anterior, con el plan de buscar herramientas en un viejo taller mecánico junto al barrio de Jesús.

Siempre le impresionaba el estado en que volvían: algunos con mordeduras, otros limpios pero tensos. Traían consigo botellas vacías (a veces encontraban algo de vino en algún sótano olvidado), herramientas, libros, y, con suerte, baterías de coche reutilizables o cubos de cloro extraído con métodos de química de manual.

Aquella mañana, sin embargo, uno de los que regresó, Ramón, un hombre de rostro carraspeado y manos curtidas, llegaba arrastrando consigo una caja de madera que, al abrirla, desbordó no herramientas sino semillas: tomates, habas, incluso un poco de arroz empaquetado en bolsas de plástico selladas. Lo miraban con esperanza y con temor, como si temieran que esas semillas en realidad fueran polvo, ceniza y mentira. Pero el médico, el viejo Ortega, las inspeccionó y asintió con gravedad.

—Esto puede salvarnos este año, —dijo Ortega, y su voz era pastosa por la emoción—. Pero hay que buscar más, siempre más.

Patraix era una comunidad pequeña, apenas ciento cuarenta y tres personas según el último censo que Javier había elaborado hacía dos semanas. Ese invierno había sido menos cruel que los anteriores: sólo dos muertes, ningún brote nuevo de fiebre o de mordeduras no controladas. La mayoría de zombis en los alrededores ya estaban desmembrados o encajados tras los muros, apelotonados como muñecos viejos en los recodos de la ciudad.

La rutina era un lujo peligroso. Cada grupo especializado en un área vivía bajo el código de la cooperación forzada: si se podía hacer, debía hacerse. Había colectores de agua (a veces del Turia, a veces de pozos improvisados en los patios), pequeños molinos de viento instalados con piezas de coches viejos y generadores que zumbaban en las noches más oscuras, alimentando brevemente cuartos de luz para leer, coser o simplemente no enloquecer.

Javier, sin embargo, vivía en el filo entre la memoria y el miedo. Tenía un hermano menor, Daniel, que aún recordaba a sus padres y recreaba la sonrisa de su madre narrando historias de la vieja Valencia. Daniel era uno de los mejores exploradores: pequeño, ágil, silencioso. Sus correrías por los tejados o por los canales semi secos del Turia eran legendarias entre los niños del enclave, y, a pesar de los riesgos, Javier nunca se atrevió a frenarle.

El miedo, sin embargo, era una constante oscura. Cuando el grupo de recolectores regresó esa mañana, trajeron consigo algo más que semillas: noticias de un nuevo grupo, desconocido, que se había instalado cerca del antiguo hospital Doctor Peset.

—Son al menos treinta —contó Ramón mientras compartían pan duro y café de achicoria en la “plaza” (una suerte de patio central, rodeado de bancos de piedra y setos crecidos sin control)—. No hablan, no se dejan ver mucho, pero tienen armas de fuego. No parece un grupo de saqueadores, pero tampoco buscan contacto.

La noticia causó zozobra. Los contactos con otras comunidades, aunque en aumento, seguían siendo raros y siempre tensos. La política, si se podía llamar así, era simple: cada enclave defendía lo suyo, y sólo cuando las necesidades eran acuciantes se arriesgaba una expedición a intercambiar algo —comida, energía, medicinas— con los demás.

La última vez que establecieron contacto con un grupo desconocido, habían perdido a tres personas. Por eso, ese día, el consejo central de Patraix se reunió al atardecer en el aula magna. La luz de las velas creaba un efecto inquietante sobre los rostros curtidos: todos portaban cicatrices, algunos usaban vendas o andaban cojeando.

Hablaron largo y tendido sobre si intentar establecer un contacto o no. Ortega, el médico, animaba a enviar una delegación armada, pero con la bandera blanca del antiguo hospital todavía intacta (la habían salvado de un incendio meses atrás). Javier escuchaba y anotaba, más acostumbrado a registrar actos que a influir en ellos.

Cuando estuvo claro el plan, la elección de los emisarios fue directa: Ramón, por su veteranía; Linda, una muchacha colombiana experta en negociar, y Daniel, por su habilidad para desaparecer en la oscuridad si algo salía mal. La expedición saldría al caer la noche.

Javier no pudo dormir, ni quiso. Sabía que su hermano se jugaba la vida por la comunidad, pero también, de alguna forma, por demostrarse a sí mismo que el mundo había cambiado para siempre y que nadie podía estar a salvo en la rutina.

La expedición volvió al amanecer del 22 de enero, con un botín tan valioso como las semillas. No sólo no habían sido atacados, sino que el otro grupo, compuesto fundamentalmente por ex militares y civiles reagrupados, portaba noticias de importancia: el enclave de la Ciudad Universitaria había establecido radio contacto con un grupo del antiguo Cuartel Militar de Paterna. La red de asentamientos comenzaba a consolidarse mediante códigos de señales y emisoras portátiles montadas en bicicletas. El futuro, parecía, traía nuevos desafíos, otros conflictos, pero al menos la soledad era menos abismal.

Los días siguientes, Patraix inició un periodo de cambio acelerado. Con las semillas encontradas, organizaron hasta la última parcela disponible en el patio trasero del colegio para plantar tomates, zanahorias y acelgas. Mientras, otros dos chicos —con la ayuda del viejo Ortega y de un manual de un taller de FP encontrado en una biblioteca— lograron poner en marcha un pequeño molino construido con escombros y chatarra recogida de la avenida Giorgeta. A mediodía, la sonrisa en los rostros de los niños era incierta, pero estaba ahí. Unos empezaban a jugar, otros aprendían los rudimentos de lectura o matemáticas en lo que ahora llamaban “escuela improvisada”.

Javier tenía el deber de recolectar historias orales. A falta de libros o de internet, el consejo había decidido grabar, en cuadernos rescatados, los relatos de los mayores, la vida antes del 2020, el descenso al caos, las primeras matanzas, el hambre, la solidaridad y las traiciones.

Un día, mientras anotaba el testimonio de Amparo, una costurera que había sobrevivido a la caída de la Malvarrosa y visto a su esposo morir en la Ruta del Saler, sintió por primera vez una suerte de esperanza. Aquella mujer relataba cómo, durante la primera primavera de la plaga, quienes lograron sobrevivir eran los que pudieron ver bondad en el otro, aunque fuera de pasada.

“La ciudad siempre se reconstruye sobre cenizas, hijo”, le decía Amparo. “Así fue tras la riada del 57 y así será ahora.”

Los siguientes meses probarían la vigencia de esas palabras. Por cada nuevo nacimiento una pequeña fiesta se organizaba en el patio central. El pan se compartía, el vino era escaso, pero la música de un acordeón rescatado llenaba de júbilo el aire viciado de las noches frías. Los zombis, ya escasos y decrépitos, eran cazados en “batidas” dos veces por semana, y los jóvenes comenzaban a tratar su exterminio casi como un deporte salvaje y necesario.

Hubo momentos de zozobra, claro. Una noche, a finales de marzo, un grupo de saqueadores intentó forzar la puerta trasera del enclave mientras la vigilancia estaba distraída. Se produjo una pelea breve, pero sangrienta, que dejó dos muertos y tres heridos. El consejo prohibió la circulación tras el anochecer y estableció un código de silbatos para llamar a las armas.

Sin embargo, el miedo no era suficiente para doblegar la voluntad de quienes sobrevivían. Se celebró una pequeña Falla en miniatura, hecha con papeles viejos y trozos de madera, quemándose en el patio y recordando a todos que, si bien la Valencia de antes era un mito, sus rituales podían ser rescatados. Sobre las llamas, los niños lanzaron mensajes escritos, deseos y tristezas de los suyos. Fue entonces que Javier, vigilando desde la azotea, comprendió íntimamente que el ser humano estaba destinado a narrar la esperanza, aún en las noches más largas.

La primavera avanzó y los primeros brotes de tomates asomaron en el huerto-cementerio tras el colegio. Valencia, por primera vez en siete años, volvía a oler, aunque fuese mínimamente, a futuro. La fortaleza de Patraix quedaba rodeada por ruinas y peligros, sí, pero en las noches tranquilas el viento traía el olor del azahar, que sobrevivía, obstinado, entre los naranjos olvidados a la orilla del río.

De vez en cuando, Javier apuntaba en su cuaderno la consigna del día: “Hoy tampoco nos venció la muerte.” Y se dormía, con el fusil bajo la cama y los oídos atentos, sabiendo que, en Valencia, la vida todavía encontraba una manera de marchar hacia adelante.

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