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Portada del relato Humo sobre las Torres de Serranos
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Fragmento:


El zumbido bajo y constante de la sirena militar barría la ciudad como una marea espectral. Nadie recordaba bien cuántas veces en los últimos meses había sonado el aviso de riesgo extremo, pero aquella señal, tan aguda y monótona, formaba parte del día a día. Lo que sí sabían todos —y especialmente los que sobrevivían en el bastión amurallado que se había erigido alrededor de las Torres de Serranos— era que ese sonido significaba una cosa: la ciudad, o lo que de ella quedaba, seguía amenazada.

Duración: 11:42

Humo sobre las Torres de Serranos
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Texto de ajuste de pausa.

12 de noviembre de 2024

El zumbido bajo y constante de la sirena militar barría la ciudad como una marea espectral. Nadie recordaba bien cuántas veces en los últimos meses había sonado el aviso de riesgo extremo, pero aquella señal, tan aguda y monótona, formaba parte del día a día. Lo que sí sabían todos —y especialmente los que sobrevivían en el bastión amurallado que se había erigido alrededor de las Torres de Serranos— era que ese sonido significaba una cosa: la ciudad, o lo que de ella quedaba, seguía amenazada.

El sol del mediodía apenas se filtraba tras la capa de neblina que flotaba sobre Valencia. Era un otoño suave, pero en las calles, el frío era más mental que físico; calaba el miedo, no el aire. Entre los muros improvisados de hormigón y chatarra, Ricardo trepaba la atalaya del puente más alto. A su izquierda, la Albufera era ya un recuerdo: territorio incógnito y siempre temido, hogar de forasteros y restos de zombis que no habían sido avistados en semanas.

A sus espaldas, la Plaza del Carmen se había convertido en el corazón de la resistencia valenciana. No era una ciudad, ni siquiera un barrio, sino algo a medio camino entre un campamento militar y un mercado medieval. Allí, bajo lonas deshilachadas y techos hechos con puertas arrancadas de bloque, los supervivientes intercambiaban comida, medicinas y, sobre todo, rumores. Las noticias llegaban deformadas por el boca a boca, aunque la certeza era la misma: la ciudad seguía dividida entre fortificaciones humanas y zonas infestadas que nadie controlaba por completo.

Ricardo había cumplido treinta y seis años hacia poco. No era soldado ni líder, aunque sabía blandir un machete y apuntar una carabina con más temple que la mayoría. Lo que le hacía especial era su memoria prodigiosa: sabía de obras de teatro, de recetas antiguas, de historias de la ciudad antes del desastre. En un mundo donde casi todo se resolvía por violencia, él era uno de los pocos en quienes aún confiaban para organizar expediciones, coordinar intercambios y resolver disputas.

—¡Ricard! —le llamó Fer, un chaval de veinte años armado con una ballesta improvisada—. Los vigías del hospital viejo han avistado movimiento cerca de Ruzafa.

Ricardo asintió, pero no se inmutó. En los últimos días, cada vez menos zombis rondaban los barrios exteriores, sin embargo, cuando aparecían lo hacían en bandas pequeñas pero rápidas. Lo peligroso ya no era la marea incontrolable, sino esas emboscadas traicioneras. Eran las bandas humanas, los saqueadores con más hambre y rabia que estrategia, los que más preocupaban. Pero había que salir, siempre había alguna razón para exponerse a la muerte.

Ese día, la noticia era otra: “Cinco supervivientes provenientes de alguna antigua alquería al sur, piden paso a la ciudad”, habían dicho los radios. Para algunos, cada recién llegado era un riesgo; para otros, un soplo de esperanza, una fuente de nuevas historias e incluso habilidades olvidadas. El consejo de jefes se reunía una vez al día en la nave reconvertida de un garaje cerca de las Torres de Quart. De ahí, partían las decisiones: a quién dejar entrar, a quién expulsar, a quién reclutar.

Ricardo cruzó lo que quedaba de la calle de las Blanquerías, esquivando a los pocos niños que se entretenían con pelotas hechas de ropa trenzada. En la entrada principal, dos milicianos lo detuvieron.

—El jefe dice que hay que revisarles bien todo antes —gruñó el mayor, un hombre enjuto y barbudo.

—Sé hacer mi trabajo —replicó Ricardo, mostrando la chapa metálica oxidada que le acreditaba como “coordinador”—. Además, yo decido.

A la sombra de las torres, los cinco recién llegados se veían exhaustos. Llevaban la ropa desgarrada y uno de ellos sangraba por la pierna. Extrañamente, todos reían bajo, como si aún recordaran una broma privada que sobrevivía pese a los horrores del mundo. La mayor, una mujer de unos cincuenta años, extendió las manos en señal de calma.

—Somos de Favara, señor. Nos refugiamos en una casa con huerto. Pescábamos en canales... Lo perdimos todo hace tres días. Por favor.

Era el mismo discurso desesperado de muchos otros, pensó Ricardo. Sin embargo, supo ver entre líneas: por el olor a tierra en los pantalones, por la lanza bien tallada de la mujer, por la manera callada en que uno de los chicos sujetaba el tobillo de su compañero sangrante. Eran útiles, y valientes.

—No podemos quedarnos con vosotros de inmediato. Hay un proceso. Pero si colaboráis —Ricardo miró a los ojos a cada uno, en busca de la pupila vidriosa de la fiebre—, podréis entrar. Necesitamos gente experta en agricultura.

Los milicianos gruñeron, pero acataron su decisión. Las normas no escritas eran muy claras: al final, la comunidad no sobrevivía por fuerza, sino por inteligencia. Cada nuevo miembro que supiera sembrar, curar o enseñar era más valioso que diez matones.

Unas horas después, a la luz mortecina de una lámpara hecha de aceite reciclado, Ricardo inspeccionaba una lista de tareas sobre una caja de madera. Debía organizar una salida para buscar piezas de motor en las instalaciones del antiguo puerto, donde los zombis aún se arrastraban entre contenedores oxidados. El invierno, con su brisa salada y húmeda, ofrecía un respiro: los zombis se movían más despacio. Pero también hacía que la vegetación se impusiera sobre lo construido. La naturaleza reclamaba la ciudad.

Aquella noche, la rutina de vigilancia fue interrumpida por la alarma: alguien gritó desde la azotea de un edificio cercano a la Catedral. Ricardo corrió escaleras arriba, esquivando a otros vigías. Desde el mirador, alcanzó a distinguir —sobre la densa bruma— unas luces que titilaban en la distancia, al sur.

—¿Qué es eso? —preguntó Fer, jadeando.

—Los saqueadores de Silla. Tienen combustible y camiones. Si vienen hasta aquí es que buscan algo grande —respondió Ricardo, recordando los relatos de supervivientes que hablaban de esas caravanas armadas como si fueran leyendas urbanas.

El consejo no tardó en convocarse: seis líderes, seleccionados no por democracia sino por antigüedad y utilidad. Ricardo era de los más jóvenes, pero su temple le había hecho imprescindible. Discutieron sin levantar la voz: cada vez que la comunidad era amenazada, se imponía la unidad.

—No podemos enfrentarlos de frente —dijo la mayor de Favara, que ya parecía una más del grupo—. Hay que negociar.

—Si traen armas, traen problemas —respondió otro, de barba canosa—. Lo último que queremos es una guerra abierta.

En medio del debate, propusieron enviar un pequeño grupo al encuentro. Ricardo fue elegido. Caminó durante horas por la antigua avenida Ausiàs March, cubierta de maleza y coches pudriéndose. Le acompañaban la mujer de Favara y Fer, todos armados con la discreción de quien teme más a otros hombres que a los monstruos.

Al llegar al punto de encuentro —un polígono industrial rehusado como cuartel— vieron a los saqueadores. Eran veinte, curtidos y peligrosos, pero su líder, un hombre alto de andares cansados, parecía menos brutal de lo esperado.

—Intercambio —dijo sin rodeos—. Tenemos medicinas. Vosotros tenéis víveres y semillas.

Ricardo notó el temblor en la voz de su interlocutor. Nadie era fuerte del todo, ni siquiera los bandidos. La escasez de comida comenzaba a notarse en todas partes; los huesos se marcaban bajo cada piel. Con gestos lentos y medidos, acordaron una tregua: media bolsa de semillas por dos cajas de antibióticos y jeringas. La tensión era tanta que cada palabra se medía con el filo de un cuchillo.

Cuando regresaron, el aire en la comunidad de la Plaza del Carmen era más denso que nunca: rumores de guerra se mezclaban con el humo de cocinas rudimentarias. Sin embargo, el trueque había sido un éxito. Se repartieron los antibióticos entre las madres y los ancianos. En las horas posteriores al trato, la calma parecía impensable: algunos lloraban de alivio, otros rezaban en silencio, y unos pocos, simplemente, dormían sentados, sin fuerzas para otra cosa.

Esa noche, Ricardo subió a la muralla de las Torres de Serranos, desde donde dominaba casi toda la ciudad. El río Turia, convertido en un enorme parque años antes del desastre, era ahora un vergel salvaje de maleza y árboles retorcidos. Se oían pájaros, algo inaudito años atrás.

Pensó, mirando aquel paisaje, en la historia de Valencia: guerras antiguas, fuegos de fallas, veranos interminables bañados en luz y mar. Ahora las únicas hogueras eran para calentarse y mantener a raya a los muertos. La esperanza, sin embargo, era tan obstinada como la hierba que crecía entre las piedras de la vieja ciudad.

En las siguientes semanas, la comunidad empezó a organizar patrullas regulares. Las semillas negociadas con los saqueadores, junto a la experiencia de los recién llegados de Favara, permitieron trazar huertos seguros dentro del perímetro amurallado. Hacía meses que la dieta era pobre, pero pronto germinaron nuevas plantas: lechugas, cebollas, los primeros naranjos. Los niños —esos niños que habían aprendido a leer y escribir solo en pizarras improvisadas— preguntaban si volverían las Fallas algún día. Los adultos se miraban sin contestar. Nadie podía prometer nada, salvo la lucha diaria.

Los días se hicieron rutina. De vez en cuando aparecían nuevos grupos errantes, algunos buscando refugio, otros oportunidades de saqueo. La mayor amenaza ya no era una estampida de zombis, sino la astucia y el egoísmo de quienes, en otro tiempo, habrían sido vecinos. Ricardo siguió haciendo su labor de mediador con la misma paciencia: había aprendido que, a la larga, sobrevivir era menos cuestión de armas y más de acuerdos.

Un día, una caravana organizada cruzó la ciudad para llegar hasta Benimaclet, arriesgando todo para intercambiar herramientas y noticias con otra comunidad. Ricardo lideró la expedición. A través de las ventanas rotas de los edificios, vio viejos grafitis desvaídos: lemas de libertad, promesas olvidadas de un mundo anterior. Lo que realmente sostenía a la ciudad, intuyó, era ese deseo testarudo de recordar, de no dejar ir del todo aquello que fueron.

En noviembre avanzaba el tiempo, y con él pequeñas victorias: calles liberadas de zombis, hornos vuelta a funcionar con trozos de madera robada, niños jugando bajo los túmulos de coches mientras los adultos planeaban el invierno. La esperanza no era grandilocuente ni épica, sino menuda y terca. Consistía en sobrevivir otro día más, en proteger un huerto, en salvar una vida, en disponer a la comunidad para el eventual regreso de la amenaza.

El día 12 empezó con la sirena, igual que siempre, pero esta vez sonó para marcar la vida, no la muerte. Desde la muralla, Ricardo vio lo que nunca creía posible: banderas de colores ondeaban en los tejados, señal de que varias comunidades vecinas habían pactado una alianza. En una ciudad mutilada y siempre al borde del abismo, esa era la mayor fiesta posible.

En las ruinas de Valencia, bajo el humo y los recuerdos, volvió a resonar una palabra nunca del todo olvidada: futuro.

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