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Portada del relato Ecos entre la Muralla: Crónicas de Valencia
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Fragmento:


Hoy hace exactamente ocho años desde la gran caída. A veces me despierto pensando en el bullicio de la ciudad vieja, cuando las Torres de Serranos eran solo un punto turístico más, cuando los turistas paseaban por la Plaza de la Virgen, y el olor del mar competía con la pólvora de las mascletás. Hoy, todo es diferente y, sin embargo, bajo las ruinas, seguimos luchando por recordar y construir.

Duración: 11:08

Ecos entre la Muralla: Crónicas de Valencia
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Texto de ajuste de pausa.

21 de julio de 2028

Amanecí antes de lo habitual, quizá porque el repicar de las campanas reconstruidas de la catedral, resonando en el aire cálido, me recuerda que un día más hemos sobrevivido, y todavía hay cosas por hacer. Vivir dentro de la muralla de Valencia es diferente ahora: las paredes antiguas, restauradas y reforzadas con vigas de tren y escombros, no guardan ya sólo historia, sino la nueva vida que, poco a poco, tratamos de defender y expandir.

Hoy hace exactamente ocho años desde la gran caída. A veces me despierto pensando en el bullicio de la ciudad vieja, cuando las Torres de Serranos eran solo un punto turístico más, cuando los turistas paseaban por la Plaza de la Virgen, y el olor del mar competía con la pólvora de las mascletás. Hoy, todo es diferente y, sin embargo, bajo las ruinas, seguimos luchando por recordar y construir.

El calendario, hecho a mano por la señora Lucía, marca el 21 de julio de 2028. Las paredes de la biblioteca improvisada – el antiguo instituto Lluís Vives, ahora convertido en escuela y cuartel – están cubiertas con dibujos de los niños que nunca vieron el mundo anterior. Esos mismos niños, que esta mañana se levantan temprano para ayudar en las labores, llenan la plaza del Mercado Central con risas incómodas, a medio camino entre la esperanza y el miedo.

Al abrir el portón del refugio, el olor a pan recién horneado me sorprende. No es común, pero hoy, gracias al último trueque con las caravanas de Gandía, tenemos algo de trigo. José, el panadero, me sonríe con la cara manchada de harina, y me regala un trozo de pan negro y denso. “Para que apuntes algo bueno en el diario, chaval”, dice.

La ciudad amurallada abarca parte del casco histórico y unos barrios circundantes. La Lonja, la Catedral, algunas casas viejas y el gran parque del Turia son territorio seguro, patrullado por la milicia local. Vemos cada día cómo, gradualmente, el verde empuja entre piedras y hierro, trazando rutas nuevas hacia la vida. Hoy toca inspeccionar el huerto en la huerta norte, junto al viejo cauce. La vega de la Albufera volvió a alimentar a Valencia, papas y cebollas crecen donde antes había arroz y chufas; las sequías y las plagas atacan, pero nada tan letal como aquellos primeros veranos del apocalipsis, cuando hasta la respiración era un desafío.

Subimos por el puente de Serranos – tres guardias conmigo, fusiles artesanales colgados a la espalda, atentos a cualquier movimiento. Hace semanas que no vemos zombis cerca de la muralla, salvo por un par de cadáveres solitarios, deshaciéndose bajo el sol de julio. No obstante, sabemos que la peste sigue esperando en algún rincón oscuro; ayer, según los mensajeros, una caravana fue atacada al sur, cerca de Silla. Nadie baja la guardia.

Paseando por las calles empedradas, paso junto al Palau de la Generalitat, donde ahora gobierna el consejo local. Hoy la plaza acoge el mercado semanal: hortalizas del sur, cabras de las montañas, pescado en sal de unos valientes que aún bajan hasta el antiguo puerto. El trueque es la ley. La horchata sólo es un recuerdo – las chufas se cultivan poco y quienes las consiguen las guardan como oro.

Veo a Teresa, la maestra, que dirige a los críos rumbo a la biblioteca. Llevan libros impresos hace poco en la imprenta restaurada de la calle Caballeros: manuales de agricultura, de gramática, algunos cuentos recopilados de la tradición oral. Nadie tiene tiempo para leer por placer, pero a veces, en las noches calmas, alguien narra al calor de una candela, y nos permitimos el lujo de imaginar.

Al llegar al huerto, lo primero que veo es a Vicente, el encargado, ajustando la acequia que canaliza el agua desde lo que fue el Turia. “Habrá buena cosecha este año, si las ratas no nos la aguan”, dice con una sonrisa cansada. La tierra parece fértil, pero la amenaza de saqueos de bandas nómadas es una constante. Hace tres semanas, una patrulla interceptó a cinco forasteros armados acercándose desde el oeste; venían buscando comida y medicina, y aunque uno de ellos hablaba valenciano con acento del interior, la tensión casi acaba en sangre. Al final, tras desarmarlos, fueron de los pocos a quienes, tras investigar su historial, se permitió ingresar como refugiados bajo estricta vigilancia.

Estamos formando una alianza con los pueblos que rodean la ciudad. Paterna, Burjassot y algunas aldeas más trataron de liberar sectores de zombis y ahora, tras años de miedo, abren modestos canales de comunicación. Una red de banderas y señales codificadas avisa de peligros; anoche, una linterna encendida en el campanario de Montcada nos avisó de una manada pequeña, apenas una docena, de caminantes atravesando la huerta. Al alba, un grupo salió y se encargó del asunto. Los zombis más viejos ya apenas caminan, pero una vez mordieron a la hija de Pepe el herrero: ni los más veteranos, ni los más niños, olvidan el peligro.

A media mañana, regreso al centro. El sol golpea con fuerza sobre las calles vacías, y me detengo a descansar bajo la sombra de una higuera que crece entre los restos de una casa. Trato de escribir en el diario: la letra me tiembla, la tinta cada vez más escasa, el papel un lujo que ahorramos para estas crónicas.

Veo pasar a Llorenç, de la milicia, directo al cuartel. Se ha organizado una feria de trueque importante: vienen caravanas de Requena y Utiel, traen vino y aceite a cambio de sal, grano y munición hecha en el taller de Blasco, un genio que convirtió una vieja fábrica de electrodomésticos en arsenal comunitario. Poco a poco, componentes y herramientas de segunda mano, recogidas de decenas de pueblos fantasma, se convierten en pistolas, rifles, arcos, y hasta alguna rudimentaria ballesta.

El clamor de la plaza me saca de mis pensamientos. Un grupo se reagrupa ante una pizarra donde el consejo publica sus anuncios: reparto de alimentos, turnos de vigilancia, convocatorias para reparar el molino junto al Miguelete. A veces es difícil gobernar; las tensiones son constantes, pero el miedo a los zombis, o peor, a los saqueadores de Alboraia, mantiene las disputas bajo control.

Lo que más temo no son los caminantes, ni los humanos desesperados, sino el olvido. El olvido de todo lo que fuimos. Por las noches, a veces, María, la enfermera, nos cuenta historias de cuando la Malvarrosa era una playa atestada de gente, y el sonido de las olas llegaba hasta las Torres de Quart. A los niños les parece un cuento de hadas.

Son las doce y el hambre aprieta. Paso por la cocina comunal y me sirven un guiso de lentejas con un poco de carne seca – hay menos bocas que alimentar que hace años, pero los recursos aún son justos. Nicolás, uno de los ancianos que sobrevivió al primer ataque en el hospital Clínico, cuenta que a él lo salvó la costumbre de desayunar fuerte; dice que aquellos que no caían antes del mediodía tenían mejores probabilidades. Ríe con su boca desdentada, y todos le seguimos la broma, aunque en el fondo sabemos que la suerte fue el factor principal entre la vida y la muerte.

Por la tarde, recorremos la muralla. Desde arriba, las vistas dejan ver la extensión de la nueva ciudad: campos verdes, solares llenos de girasoles y calabazas, vacas y caballos pastando, y, hacia el sur, el mar, tan cercano y lejano a la vez, porque bajar al puerto todavía significa arriesgarse a los últimos grupos de zombis o a alguna emboscada. Hace un mes, la costa fue barrida por un pequeño ejército local, y se limpiaron calles que hacía años no veían paso humano. El rumor es que pronto se reabrirá el Grao como puesto de intercambio marítimo.

Al anochecer, la muralla se cierra. Las puertas se refuerzan con barras de hierro y madera y cada una tiene una guardia armada. El sonido de los martillos, las risas apagadas, el crepitar de los fuegos. Mi familia, como la mayoría, vive en una habitación improvisada en el viejo convento de las Descalzas: paredes gruesas, ventana pequeña, siempre fresca. Mi hermana aprende a leer y escribir mejor que yo, y sueña con ser médica “como las de antes”. Mi madre trabaja en la cocina y a veces se escapa para darme un trozo de turrón viejo, guardado para ocasiones especiales.

Hoy tocó reunión del consejo. El tema principal es la mejora de las defensas y la distribución de semillas almacenadas en bancos genéticos rescatados hace poco de unos laboratorios de Moncada. Gracias a eso, cultivaremos legumbres y verduras distintas este otoño. El segundo punto: regular el comercio de pólvora y munición. Ya ha habido un par de altercados serios por deudas impagadas y balas falsificadas.

Por la noche, en la pequeña sala común, los supervivientes mayores se reúnen para recordar tiempos pasados. La luz de lámparas de aceite y algunas placas solares recogidas por los chatarreros da al lugar un aire de taberna medieval. Se juega al ajedrez, al dominó; algunos cantan, otros se limitan a escuchar. Yo, como cada noche, reviso los apuntes de mi diario:

21 de julio de 2028

Hoy reforzamos la acequia del huerto. Se vio una manada de zombis entre Montcada y Alboraya, pero la patrulla resolvió sin bajas. Lenta pero segura, Valencia se extiende más allá de su muralla. Llegaron caravanas, intercambiamos pan, vino y aceite. La milicia entrenó nuevos reclutas. Los niños aprendieron a leer. El consejo debatió sobre armas y semillas. Siguen las risas en la noche. No hemos olvidado.

A veces, mientras escribo, pienso en el mundo que fue: la falla de la Plaza del Ayuntamiento ardiendo en marzo, la luz de la Ciudad de las Artes y las Ciencias reflejada en los estanques, el bullicio de una mascletà... En ocasiones, alguien encuentra una radio y capta transmisiones de otros pueblos, voces lejanas que nos recuerdan que no estamos solos, que otros también luchan y sueñan con volver a la normalidad.

Pero la normalidad es esto ahora: las torres medievales, los campos de girasoles junto al barrio del Carmen, el calor pegajoso del julio levantino, la promesa de nuevas ferias en la Plaza Redonda, la esperanza de volver a escuchar una banda tocar por el Turia, sin miedo a los muertos ni a los vivos desesperados.

Así, cada noche, Valencia resiste. Valencia recuerda. Y, mientras siga habiendo alguien escribiendo, hablando, o luchando por cultivar la tierra y las palabras, habrá futuro.

Apago la lámpara y, desde la ventana, escucho la ciudad respirar. Los ecos del pasado se mezclan con las promesas del presente. Me duermo soñando con el mar azul, y con que mañana, quizás, estemos un paso más cerca de vencer el olvido.

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