Fragmento:
Yo pertenezco a la milicia de la Lonja, una cuadrilla de mujeres y hombres de entre quince y cincuenta años. Nuestra tarea, sobre todo, es asegurar comunicación entre la Lonja, la Plaza Redonda y el hospital improvisado en el viejo Mercado Central, donde médicos reciclados fabrican sueros y lavan vendas una y otra vez. El jefe de la guardia de hoy, Manolo, me entrega el banderín azul que significa que soy "mensajera" entre los puestos de la Plaza y los refugios que se han adaptado en el antiguo cauce del Turia. Me lo ato al brazo, sintiendo la responsabilidad: en tiempos de supervivencia, un recado puede ser tan importante como una bala.
Duración: 10:50
18 de Julio de 2028
El sol de julio no amanece igual sobre la vieja Valencia. La luz, vibrante y despiadada, rebota todavía entre los muros de la Lonja, tamizando el polvo que se alza en las plazas silenciosas. Las palmeras de la Alameda crecen a su ritmo, ignorantes del latido de botas, del estruendo lejano de un disparo, del murmullo constante de los sobrevivientes que somos, centinelas y herederos de una ciudad que fue y no es. Entre la sombra de la Seu, las piedras góticas parecen guardar tanto las plegarias de antes como los gritos apagados de los últimos años. Aquí, en esta Valencia incompleta pero viviente, comenzaba hoy mi guardia. Mi nombre es Julia, tengo veintinueve años y, por primera vez desde la Caída, he sentido esperanza.
***
Amaneció con la ciudad envuelta en el sonido mecánico de los carros a pedales reforzados. Las huellas sobre el asfalto —ruedas, herraduras de mulas y botas— revelan que la ciudad se despierta lentamente, sin el bullicio de coches ni turismo, pero con la vibración tensa de quienes sobreviven otro verano más. Valencia es una de las ciudades medianas que en los últimos meses se están reclamando del yugo zombi, y eso se nota: casi ochocientos habitantes viven ahora entre murallas improvisadas y el margen de la Albufera, gran parte en el barrio del Carmen y los arrabales más fáciles de fortificar. Los jardines del Turia se han reconvertido en huertos y corrales, donde los escuadrones de niños persiguen cabras y recogen naranjas amargas. El bullicio de la vieja calle Colón ha dado paso a los gritos de los milicianos y el olor de la pólvora artesanal.
Hoy toca feria. No una feria como las que recordábamos antes, con arcos de luces y cacharritos, sino la feria de intercambio armada. Bajo arcos oxidados, donde antes se vendían las últimas rebajas, ahora se alinean sacos de grano, cajas de munición, frascos de penicilina y botellas de aceite reciclado. La feria se protege con acuerdos estrictos: nada de armas cargadas, las disputas se resuelven por el Comité y las bandas de saqueadores permanecen a raya. Dicen que, desde marzo, las caravanas llegan desde lejos; que algunos han regresado desde Sagunto, e incluso traen sal y pescado seco de Gandía.
La ciudad nunca ha dejado de cambiar, pero desde hace dos inviernos la sensación de peligro es distinta. Los zombis, antes omnipresentes, aparecen apenas como sombras deformes en los márgenes, vagando sin rumbo, cubiertos de musgo y costras secas. Se ha perfeccionado el patrullaje: de noche, los centinelas se relevan en las Torres de Serranos, mientras desde el Miguelete se observan las rutas de acceso, ahora despejadas mediante incendios controlados y cuadrillas armadas.
Yo pertenezco a la milicia de la Lonja, una cuadrilla de mujeres y hombres de entre quince y cincuenta años. Nuestra tarea, sobre todo, es asegurar comunicación entre la Lonja, la Plaza Redonda y el hospital improvisado en el viejo Mercado Central, donde médicos reciclados fabrican sueros y lavan vendas una y otra vez. El jefe de la guardia de hoy, Manolo, me entrega el banderín azul que significa que soy "mensajera" entre los puestos de la Plaza y los refugios que se han adaptado en el antiguo cauce del Turia. Me lo ato al brazo, sintiendo la responsabilidad: en tiempos de supervivencia, un recado puede ser tan importante como una bala.
Salgo al zaguán de la Lonja. No huele a seda, ni a especias, ni a turistas asombrados. Huele a sudor y a desinfectante rudimentario, a humo de leña y a los restos ácidos del temor. Cruzo la Plaza del Mercado, donde las tablas elevadas convierten el lugar en un tablero de ajedrez de paso seguro. Las casas que dan a la calle Bolsería están ocupadas por familias agrupadas en comunas; se escuchan canciones viejas, y me acuerdo —sin saber por qué— de los coros de fallas, de las reuniones que ya nunca volverán.
Al llegar a la Plaza Redonda, saludo a Carmen, la primera carnicera árbitro que ha visto la ciudad desde el desastre. Su trabajo, hoy, es vigilar la balanza y mediar las discusiones durante la feria. Le hago la entrega de un parte: dos guardias heridos levemente por un zombi rezagado hallado en la calle Guillem de Castro. Asiente, sin perder la sonrisa irónica. "Esto cada día es menos el fin del mundo —dice— y más el principio de otra cosa". Le creo. Los niños que suben a los tejados del Mercado Central para ver la feria, entre cables tendidos y ropa al viento, parecen hijos de otro tiempo.
Hoy, la mayor atracción de la feria es la llegada de una caravana desde Castellón. Han traído caballos y una rudimentaria carreta con un molinillo eólico construido con piezas de una antigua azotea. Nos obsesiona la energía: aprender a guardar electricidad, a no depender sólo de velas ni de generadores que a veces explotan por culpa de la gasolina adulterada. Mientras unos negocian la compra de lingotes de cobre y bombas para pozos, otros discuten el valor de los libros impresos: manuales de agricultura, guías médicas, y hasta novelas para la nueva biblioteca comunal.
Al mediodía, el rumor de que alguien ha traído noticias de Albacete recorre la plaza. Dicen que en el interior han conseguido limpiar pueblos enteros y que, incluso, la radio comunitaria capta señales regulares de Murcia, con historias de ferias aún más grandes, de alianzas y reuniones para reconstruir trenes. Nadie se fía del todo de las noticias que llegan de lejos, pero el rumor alimenta tanto como el pan. Un anciano, que arrastra una radio vieja en un carrito, recibe raciones extra de grano a cambio de retransmitir señales cortas. Todos nos apiñamos cuando, desde la estática, emerge una voz: "...zona norte, estable, se requiere farmacéutico para Núcleo Gandía... Se buscan voluntarios para caravana a Cuenca..."
El Comité se reúne tras cada mercado, evaluando disputas, decidiendo castigos —siempre buscando evitar que la sangre corra: apenas queda suficiente gente para mantener la ciudad viva, y todos lo sabemos. Manolo, mi superior, es parte de ese Comité. Su hija, Lucía, juega en los huertos junto a mis sobrinos. Aquí, la familia es todo, pero los lazos se han tejido tanto con sangre como con memoria. Cada muerte, cada exilio forzado —y los hubo, sobre todo durante la Gran Escasez de 2021—, ha dejado a la ciudad tatuada de cicatrices.
Por la tarde, me toca patrullar la Avenida del Puerto. Las turísticas fallas, los restos de ninots semiquemados, son ahora barricadas. Hay puestos fortificados con troncos, alambre y ladrillos, y hasta un cañón artesanal construido a partir de piezas rescatadas de una vieja imprenta. Valencia se ha vuelto experta en hacer mucho con poco, en mezclar la pólvora que se produce en Beniferri con la paciencia de quienes cuidan los vestigios de esperanza: el Hospital General convertido en clínica de campaña, la Universidad redescubriendo experimentos con agua pluviómetra y biogás.
Cae el sol y se encienden, una tras otra, las antorchas y candiles de la Plaza de la Reina. Se repiten, como un eco de la cotidianidad perdida, los pequeños rituales de la comunidad: una sopa compartida para los huérfanos, la distribución rotativa del pan, un breve homenaje a los caídos en el mes anterior. La muerte sigue cerca, pero ya no somos los rehenes del pánico sino los arquitectos de una nueva costumbre. A la sombra de la Catedral, protegida ahora por barricadas, se ha instalado un pequeño jardín de memoria. Allí, los nombres de quienes murieron durante la primera peste —los doctores, los soldados de la primera resistencia, los vecinos que defendieron las puertas del barrio del Pilar— aparecen grabados en azulejos reciclados.
Hay un rumor creciente: una expedición hacia el sur, para intentar abrir nuevas rutas con Alcoy y Ontinyent. Manolo busca voluntarios, y aunque sé el riesgo —la sierra, los valles infestados aún de zombis desperdigados, la amenaza constante de bandas nómadas y saqueadores—, siento la obligación de ofrecerme. En las noches sin luna, sueñas con recuperar lo que tuviste; en los días de mercado, entiendes que la recuperación no es volver atrás sino atreverse hacia adelante.
La última noticia del día nos llega a la luz de la sala de juntas, en uno de los salones todavía dignos de la Lonja. Una de las cuadrillas ha descubierto una zona casi limpia de zombis en la zona de Benimaclet. Se debate: ¿expandirse? ¿O defender lo ya ganado? La memoria de la última horda que arrasó el norte la primavera pasada —arrastrándose por el viejo cauce como una inundación de pesadilla— nos hace prudentes. Pero hay algo nuevo en las caras, una determinación menos desesperada y más terca.
Me siento, por fin, al borde de la terraza. Desde aquí, veo la silueta iluminada de las Torres de Serranos, y, en la distancia, la línea oscura del mar. Valencia no es solo el recuerdo de la ciudad luminosa, ni la postal destrozada de un apocalipsis. Es un latido, áspero y tenso, pero cada día más humano. Oigo en la noche no los gritos de los muertos caminando, sino las risas, los ecos de una esperanza.
Esta noche escribiré unas líneas en mi diario, como me enseñó mi abuela, que sobrevivió la primera ola de la plaga cuidándonos mientras todo se venía abajo. Lo haré para alguien que, algún día, lea estos testimonios y entienda que, entre muros rotos, fue posible no sólo resistir sino imaginar.
***
Entrada de diario, 18/07/2028:
Hoy marché con el grupo de la Lonja, con el banderín azul aún en el brazo. Vi a Carmen arbitrar la feria, al anciano recibiendo pan a cambio de noticias, a Manolo buscando rutas nuevas. Cruzamos la ciudad sobre los pasos ya conocidos, y allí, en cada esquina, reconocí la vida porfiada. No hay paz verdadera, pero tampoco sólo guerra. El fin del mundo ha dado paso al suyo propio, uno donde la supervivencia no es derrota, sino la antorcha de una memoria que no admite olvidar. Valencia, mi ciudad, arde aún, no en ruinas, sino en fuego de renacimiento. Y aunque seguimos rodeados de peligro y muerte, hay algo que los zombis nunca han podido matar: la obstinada voluntad de vivir.
Mañana volveré a patrullar, a escribir, a reconstruir; porque de eso se trata la historia, incluso en las cicatrices de nuestro mundo roto.
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