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Fragmento:


Carmen había convocado esa jornada una asamblea amplia. El nuevo censo marcaba poco más de setecientas personas viviendo dentro de los muros. Llegar a esta cifra había costado sangre, hambre y noches en vela. El invierno de 2020 casi los mató a todos; el siguiente mató a muchos más. Aquellos que resistieron entendieron que si no se organizaban pronto, fracasarían igual que los que se dispersaron en las primeras horas del caos.

Duración: 11:08

Ecos sobre la Albufera
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Texto de ajuste de pausa.

11 de diciembre de 2026

Cuando el frío humedecía las losas rotas de la plaza de la Virgen y la niebla escondía hasta las torres de Serranos, Valencia podía parecer una ciudad detenida en el tiempo, olvidada por la catástrofe que durante seis años la descascarilló y volvió irreconocible. El río Turia, convertido en un cauce de jardines salvajes y muros improvisados, era la herida central de la ciudad y, también, la frontera de la esperanza.

El día comenzaba despacio en la ciudad amurallada. Desde el campanario de Micalet, que aún se mantenía erguido aunque marcado por impactos de metralla y explosiones, la melodía improvisada de unas campanas avisaba a los centinelas: todo en calma. O al menos tan calma como puede serlo en un mundo donde la humanidad sólo sobrevive en fortificaciones.

Miguel, de quince años, era uno de los aprendices encargados de recorrer el tramo de muralla entre la Puerta de la Mar y las Torres de Quart, acompañado de su hermana menor, Alba, de diez. Caminaban con pasos cautos, atentos tanto a la amenaza de los zombis—cada vez más escasos, pero aún letales—como al sonido de otros humanos. El invierno, esa temporada que muchos en la fortaleza llamaban “la época de los fantasmas”, invitaba a quedarse cerca del fuego, pero para ellos significaba vigilancia constante. Los zombis, muchos de ellos reducidos a esqueletos ambulantes que apenas podían arrastrarse, a veces se congelaban por la noche y al sol de mediodía caían al suelo, despedazados, trozos de un pasado imposible de borrar.

Las murallas levantadas con autobuses volcados, sacos con arena de la playa de la Malvarrosa y vigas rescatadas de construcciones abandonadas, eran la única garantía de seguridad real. Los muros rodeaban el centro histórico, incluyendo el Mercado Central, la Lonja de la Seda y el antiguo barrio del Carmen. En las plazas, lo que antaño era turismo, paella y risas, ahora eran corrales para animales, huertos improvisados y pequeños fuegos comunitarios.

Miguel y Alba descendieron por la calle de los Caballeros, sorteando las trampas y los obstáculos que los ingenieros—en su mayoría viejos manitas de la EMT y algún arquitecto superviviente—habían instalado para entorpecer la entrada de cualquier intruso. El recorrido era un ritual. El primero en llegar a la plaza de la Reina avisaba a los demás con tres golpecitos en una tubería de cobre: “zona despejada, volvemos”.

Mientras cuidaban la muralla, en el interior la vida seguía reinventándose. En el patio interior de la catedral, donde tantas veces resonaron bolillos de falleras y promesas de amor frente a la Virgen, ahora se reunía el consejo de la comunidad al amparo del frío. Lo presidía Carmen Ventura, antigua profesora de Historia, convertida en líder tras la muerte de los principales responsables políticos hace ya años. Ella misma se sorprendía de su temple, sentada en una silla de mimbre forrada con lana, rodeada de los supervivientes más capaces: agricultores, sanitarios, viejos policías y varios adolescentes que habían nacido en los primeros días del desastre.

Carmen había convocado esa jornada una asamblea amplia. El nuevo censo marcaba poco más de setecientas personas viviendo dentro de los muros. Llegar a esta cifra había costado sangre, hambre y noches en vela. El invierno de 2020 casi los mató a todos; el siguiente mató a muchos más. Aquellos que resistieron entendieron que si no se organizaban pronto, fracasarían igual que los que se dispersaron en las primeras horas del caos.

El tema de la asamblea era vital: un convoy comercial había enviado aviso desde Alzira. Prometían harina y legumbres a cambio de herramientas y, quizás, medicinas. Llegarían en tres días, si es que ningún grupo de forajidos o una horda solitaria de zombis malolientes les cerraba el paso. Carmen estableció turnos de vigilancia y, por primera vez en meses, el burro Antonio, uno de los animales más valiosos de la comunidad, sería enviado fuera de la muralla para ayudar con el acarreo. Miguel y Alba, escuchando desde las ventanas, aguardaban la decisión sobre quiénes acompañarían al convoy de regreso a Alzira. Eso significaba aventura, peligro y, tal vez, la posibilidad de obtener noticias de otros enclaves aún no comunicados.

Esa misma tarde la radio frecuencias cortas volvió a chirriar después de semanas de silencio. En la emisora desgastada, restaurada tantas veces como fuera necesario con circuitos artesanales y bobinas rescatadas de compañías eléctricas desmanteladas, una voz ronca llamó, reclamando ser de Xàtiva. Era noticia importante: hacía meses que no sabían nada de esa ciudad. Aguardaron, expectantes, hasta que la transmisión se cortó en seco con el eco lejano de una explosión. La incertidumbre volvió a llenar el aire.

Miguel era inquieto: en las noches más frías le gustaba subir a la azotea donde un día estuvo el Café Lisboa, y mirar la luna sobre la ciudad en ruinas. Desde allí, a veces, creía ver el destello de linternas o el humo de nuevos refugios. Salvo por el rugido distante de los zombis y las explosiones ocasionadas por los saqueadores, la vista era silenciosa, extrañamente hermosa, como una postal de un mundo que nunca volvería.

Un día antes de la llegada del convoy de Alzira, en pleno atardecer, la alarma recorrió la muralla: una pequeña horda avanzaba desde el este, cruzando la Avenida del Puerto. Nada comparable con los mares de muertos vivientes de los primeros años, pero suficiente para poner en peligro a los exploradores que solían rastrear la zona del Oceanogràfic, en busca de medicinas u objetos útiles. Los valientes—y los desesperados—corrían el riesgo cada semana, y el botín de veces les costaba la vida.

Las defensas improvisadas funcionaban: las barricadas, las trampas en las calles, y las flechas fabricadas con antiguas estanterías y persianas de oficina. Pero siempre existía el viejo miedo: que una pequeña brecha pudiese arrastrar a la ciudad entera de vuelta al caos. Los supervivientes, ahora expertos en la disciplina del miedo, resistieron sin pánico. Las columnas de humo que se elevaron esa noche desde la avenida anunciaron que, por esta vez, la muralla seguía intacta.

Miguel y Alba, junto a otros adolescentes, salieron al amanecer del día fijado para el encuentro con el convoy. Ataviados con ropas hechas de retales y chaquetas reforzadas con cuero y chatarra, cruzaron la puerta más pequeña, la de las Torres de Quart, abriéndola apenas lo justo. Los acompañaban tres adultos—Pedro, antiguo funcionario convertido en guerrero, y dos mujeres que fueron enfermeras—y el animal de carga. La ciudad, aún dormida y silenciosa, parecía contener el aliento, como si sus piedras también aguardaran el futuro.

Avanzaron por la vieja carretera nacional, por donde una vez circularon coches, bicicletas y turistas. El trayecto era peligroso, plagado de escombros, tanques oxidados y cadáveres que el tiempo apenas conseguía ocultar. Entre los naranjos caídos y los huertos ahora entregados a la maleza, florecían algunas tímidas verduras, cuidando sus semillas con el celo usual. Les tomó cuatro horas llegar al punto de encuentro, marcado con bidones pintados de rojo y una pancarta raída con símbolos que ya sólo los supervivientes sabían descifrar.

El convoy llegó puntual, sorprendentemente bien armado. Los forasteros tenían acentos variados—algunos de Cuenca, otros de la Ribera Alta, incluso uno de Alicante—y portaban cicatrices tanto físicas como en el alma. Se reconocieron las reglas del intercambio: una reunión breve, nunca confianzas innecesarias. Procedieron al trueque con seriedad de viejos comerciantes. Los supervivientes de Valencia ofrecieron tarros de miel, extracciones rudimentarias de antibióticos de mohos caseros, y piezas de metal adaptadas. A cambio recibieron harina, legumbres secas y promesas de información sobre otras poblaciones en Castellón y Utiel.

Mientras Pedro y las mujeres supervisaban la carga del burro Antonio y repartían las raciones, Miguel sintió que esa pequeña escena—campos vacíos, cielos limpios de aviones, palabras improvisadas entre antiguos enemigos—era la nueva normalidad. Ese era el mundo entero: pequeños núcleos humanos, mercados al aire libre con la muerte al acecho, y una red de alianzas precarias como la cuerda de un puente viejo.

Sin embargo, incluso en la desesperanza surgía la posibilidad de futuro. Cuando regresaron a la ciudad, un grupo de niños les aguardaba en la entrada. En sus rostros, la mezcla de miedo y fascinación ante los intercambios, las armas y el animal de carga, no era muy diferente de la emoción infantil que tuvo Miguel cuando recibió su primera bicicleta antes de que el mundo cambiara.

Esa noche, la comunidad cenó garbanzos cocinados con un poco de miel. Cantaron canciones viejas, murmuradas con nostalgia por los mayores, y los niños improvisaron versos sobre animales míticos, zombis y héroes. Los viejos transmitieron historias de la “Valencia viva”, de mascletás, fallas y partidos del Levante. Los jóvenes compartieron planes para colonizar edificios externos, limpiar nuevas calles y expandir los huertos.

Carmen Ventura se permitió una sonrisa mientras escuchaba a su gente: “Nunca dejéis de imaginar algo mejor”, les dijo. “La historia sigue adelante, incluso si el mundo parece haberse terminado. Hoy somos pocos, pero resistimos. Cada día lo reconstruimos con las ruinas que nos dejó la plaga”.

En la madrugada, cuando la mayoría dormía, Miguel acompañó a Alba a la azotea. Desde allí contemplaron juntos la ciudad iluminada por las brasas y, a lo lejos, una columna de humo en Sedaví: quizás otros supervivientes, tal vez el último rastro de otro asentamiento perdido. Entre las ruinas de la iglesia de San Nicolás, supersticiones y viejas plegarias, los hermanos entendieron que su generación tendría que inventar el futuro, como quien cultiva tierra quemada esperando una buena cosecha.

La noche era fría y, sin embargo, algo templaba el aire: la convicción de que Valencia, salvada por la obstinación de sus gentes, por la memoria colectiva y por la esperanza, encontraría el modo de resistir. Costara lo que costara. Aunque las hordas esperasen al otro lado de los confines de la ciudad, aunque la miseria y la guerra nunca estuviesen lejos, en cada jornada la ciudad elegía vivir.

Y así, en diciembre de 2026, en el corazón de una ciudad reconstruida sobre el miedo y la memoria, los ecos de las antiguas campanas resonaban entre el humo y la esperanza. Eran el anuncio de que, mientras quedase vida y voluntad, Valencia jamás sería del todo derrotada.

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