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Fragmento:


La humedad salina se colaba entre los tablones sellados de la ventana, curvando los mapas que colgaban en la sala común y pintando moho sobre las mochilas. Al abrir los ojos, vi a Hugo preparando café de achicoria sobre la hornilla. Llevo meses sin saborear un café real, pero el aroma quemado era suficiente ilusión de normalidad.

Duración: 10:20

El último arroz
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Texto de ajuste de pausa.

15 de octubre de 2022

Me llamo Raquel Esteban y tengo veintinueve años. Cuando intento recordar cómo era Valencia antes, cada vez la confundo más con retazos de sueños y postales borrosas. Dicen que la mente borra cosas para protegernos, pero hay días en que el peso de aquellos recuerdos parece más letal que cualquier zombi vagando por Ciutat Vella.

Desperté ese 15 de octubre, como casi todos los últimos seis meses, en la torre de la antigua Fábrica de Hielo, uno de los refugios junto al mar supervivientes entre ruinas y maleza. Dicen que antes aquí había conciertos, fiestas y graffitis coloridos. Ahora es una fortaleza improvisada de ladrillos, bidones y cristales rotos, con miradores a un mar callado donde tampoco ya quedan muchos barcos.

La humedad salina se colaba entre los tablones sellados de la ventana, curvando los mapas que colgaban en la sala común y pintando moho sobre las mochilas. Al abrir los ojos, vi a Hugo preparando café de achicoria sobre la hornilla. Llevo meses sin saborear un café real, pero el aroma quemado era suficiente ilusión de normalidad.

Afuera, octubre avanzaba y los días acortaban. Casi nadie salía sin escolta; las hordas eran menos numerosas pero más erráticas, y lo peor no eran ellas, sino los grupos de saqueadores que merodeaban la ciudad desde la primavera. No hay nada tan peligroso como un hombre hambriento con una pistola oxidada. Todos los refugiados lo sabemos, y en la silueta vacía de Valencia el viejo refrán sobre la pólvora resonaba cada semana.

La ciudad, antes una fiesta de luz y bullicio constante, desde las Fallas a la Cabalgata de los Reyes, era ahora un tablero de silencio y presagios.

No éramos muchos en la Fábrica de Hielo. El grupo oscilaba, dependiendo de quién caía o quién decidía irse. Ese día, éramos ocho, contándonos: Hugo, el técnico agrícola, tan callado como útil; Carmina, médica en paro y líder moral; los hermanos Sergio y Lara, adolescentes supervivientes de los primeros meses de caos, huérfanos hace tiempo y fieros en combate; Lucía, que hasta hace dos años cantaba en la playa de la Malvarrosa y ahora lo hacía cuando encendíamos una hoguera pequeña por las noches; Javi, ex-guardia urbano herido, experto en cerrar puertas y fabricar trampas; y Néstor, anciano profesor de historia conocer, que cada noche narraba Valencia como fue a los más jóvenes, para que no lo olvidaran del todo.

Yo me encargaba de las rutas de expedición. Conocía la ciudad, tenía buena orientación y huesos duros de roer. Sabía por dónde podía cruzar Ruzafa sin llamar la atención, cómo evitar el cauce del Turia en las horas de luz, y por dónde se abrían pasadizos desde la Estación del Norte hasta las plazas del Carmen. En los días buenos, creía que todo lo aprendido de mi padre, un antiguo repartidor de paquetería, había servido para algo.

Esa mañana volvíamos a tener que salir. La comida escaseaba y nos quedaban apenas tres bidones de agua potable. Además, Carmina temía que la herida infectada de Javi necesitara antibióticos. Una expedición al hospital viejo, el Clínico, estaba descartada: demasiadas veces había hordas en sus pasillos. Así que decidimos intentar suerte en una farmacia olvidada, cerca de la plaza Redonda, y por el camino buscar semillas perdidas, arroz viejo, conservas –lo que fuera útil. Podíamos cruzar el Mercado Central, donde aún a veces se hallaban sacos olvidados en los sótanos.

Era mi turno al frente de la expedición. Me acompañaron Hugo, Lara y Javi (aun herido, no soportaba quedarse atrás). Armamento: un machete, dos viejas pistolas, una ballesta casera. Comida de emergencia: dos naranjas raquíticas y pan duro. Lanzamos una oración (Néstor insistía siempre) y salimos en fila hacia el interior, manteniéndonos pegados a los muros y mudos salvo por gestos.

Recorrer Valencia en 2022 era un catálogo de heridas abiertas: grafitis pidiendo ayuda o venganza, autobuses volcados, balcones convertidos en nidos de francotiradores, huertos furtivos entre losas rotas, carros de supermercado llenos de trastos en cada esquina. Las grandes avenidas eran las más inseguras; las hordas solían atascarse en los arcenes, junto a los coches calcinados. Mejor serpentear por las calles pequeñas de El Carme, donde también era posible huir por patios o saltar entre portales si algo iba mal.

No encontramos zombis en las primeras dos horas. Apenas algún espectro lento, uno de esos que ya han olvidado que fueron humanos y vagan sin destino. El verdadero miedo era cruzarnos con humanos, pero ese día la suerte estaba de nuestro lado. Llegamos primero al Mercado Central: dentro el silencio era absoluto, y el eco de nuestros pasos asustaba más que las decenas de muertos diseminados en los accesos. Buscamos entre las góndolas y bajamos por las escaleras de carga. Hugo encontró un saco abierto de arroz, infestado de gusanos pero con una buena capa aún utilizable arriba de todo. Nadie protestó; hemos aprendido a limpiar los granos como si la suciedad fuera insignificante.

Las naranjas en los puestos estaban ya negras, pero bajo una mesa, casi milagroso, hallamos una red de mandarinas que aún no se habían podrido por completo. Lara lloró al verlas. En confinamiento, los sabores brillantes son un lujo de otro mundo.

Cruzamos en dirección a la farmacia. En los grandes ventanales del ayuntamiento todavía colgaban restos de pancartas de resistencia. Valencia nunca dejó de pelear, pero ahora la batalla era solo sobrevivir. La plaza Redonda parecía una trampa: el eco reverberaba entre arcos, y allí los zombis podían colarse sin ser vistos. Mandé a Javi trepar para asegurarse, desde lo alto de una vieja papelería, de que el lugar estaba despejado.

Entramos, pisando despacio. La farmacia era un caos, el suelo alfombrado de cajas y frascos esparcidos, una inmensa sucursal del olvido. Busqué antibióticos. La mayoría habían sido arrasados, pero tras desmontar el armario metálico, encontramos aún tres cajas, vencidas sí, pero mejor que nada. Hugo buscó vendas, y Lara, desesperada, empezó a llorar al hallar un frasco de colonia infantil. El olor la llevó de golpe a otro mundo, uno donde se podía llorar sin miedo.

No fue hasta el regreso, al girar por la calle de las Barcas, cuando apareció el problema. Tres figuras armadas giraron la esquina: dos hombres y una mujer, desarrapados como nosotros, pero con aspecto peligroso. Les vimos antes de que pudieran vernos de lleno, pero el cruce era inevitable.

No llevábamos suficiente munición para aguantar un tiroteo. Miré a mis compañeros e hice la señal para dispersarse. Lara, la más ágil, trepó a un balcón lateral. Javi y Hugo siguieron por un callejón. Yo crucé sola, con el machete a la vista. A veces una mujer sola puede negociar, si sabe cómo mostrar miedo sin parecer débil.

Me interrogaron rápido. Pedían comida y medicinas, pero no parecían dispuestos a partirlas. Les ofrecí parte del arroz, jurando que ese era todo nuestro botín. El mayor, con la barba llena de mugre y la mirada vacía, me apuntó con un revólver sin percatarse de que le temblaba la mano. Mientras hablábamos, oí detrás un alboroto: Lara había tirado una maceta desde su puesto alto, provocando un estrépito que asustó al grupo rival y atrajo a un zombi solitario que deambulaba por la esquina.

El caos se desató en segundos: uno de los saqueadores disparó al aire (estúpido, siempre hay más zombis de lo que crees), y el eco trajo las respuestas putrefactas de tres más, que emergieron de una tienda de ropa. Yo corrí a ayudar a Javi y Hugo, y juntos cruzamos de vuelta por la calle Caballeros. A nuestras espaldas, los disparos y gritos señalaban que nadie más iba a salir indemne.

Corrimos, esquivando escombros y coches calcinados, hasta alcanzar la seguridad transitoria de la ronda de Tránsitos. Nos detuvimos a recuperar aire, todos mudos, mirando el saco de arroz (medio roto), las mandarinas magulladas, las ampollas y vendas salvadas. Miré al cielo. No había ni un solo avión, ni un rastro de las flechas de pájaros migratorios que antes surcaban el otoño. Solo gaviotas, carroñeras, disputando restos entre los tejados.

El regreso a la Fábrica fue tenso. Nadie preguntó por los atacantes: sabíamos que la compasión podía costarnos la vida. Carmina revisó el botín con detenimiento y elogió nuestra suerte. La herida de Javi fue curada con Sulfamidas que probablemente le harían poco bien, pero algo ayudarían. Partimos el arroz recuperado en cuatro comidas; las mandarinas, celebradas como maná. Esa noche encendimos una vela (el gas se racionaba para emergencias) y Lucía cantó bajito, casi sin atreverse. El abuelo Néstor recordó las Fallas, describiendo monumentos de cartón, pólvora y fuego, y a los niños mirando boquiabiertos los colores imposibles. Nadie dijo nada, pero todos conteníamos lágrimas.

"No podemos vivir solo con miedo", susurró Lucía, su voz temblando.

Quizá tenía razón. En la Nueva Valencia, cada día era una conquista, un equilibrio imposible entre la esperanza y la angustia. Habíamos recogido arroz e historia, conservas y canciones; lo único que podía darnos futuro era no olvidar quiénes fuimos antes de este infierno. Y que, si sobrevivíamos, fuera para algo más grande que sólo sobrevivir.

Esa noche, antes de dormir, escribí en mi cuaderno: "Hoy la ciudad no nos mató". Puede parecer poco, pero era todo lo que necesitábamos.

Aferrados al poco arroz, la ropa remendada y las leyendas que Néstor relataba, sabíamos que nuestro mundo no era el de las viejas postales. Era un mundo de relámpagos cortos y silencios largos, de paredes descascaradas y vigilias eternas. Pero aún era nuestro, por mucho que la niebla del miedo descendiera desde el puerto y cubriera los cipreses de los jardines del Real.

Mañana, otro día más. Valencia resiste.

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