Fragmento:
El viento arrastraba ceniza y polvo por la avenida Tarongers, turbia bajo un sol de otoño tímido, cuando Inés trepó los sacos terreros del puesto de control. A su espalda, el sonido áspero del río Turia —ahora apenas un hilillo estancado— y delante, la inmensidad de la vieja Valencia saqueada y reconstituida tras casi una década de pesadilla. El tráfico —aquel rugido de motores de su infancia— se había reducido al clop-clop de caballos exhaustos y el rechinar de carretas. Armas, herramientas y mercancías, y los ocasionales disparos que lo detenían todo. A cada lado de su camino, el concreto agrietado, las aceras llenas de maleza y, más allá, las murallas improvisadas que habían transformado, a fuerza de necesidad, a la ciudad del Turia en una fortaleza de supervivientes.
Duración: 11:53
14 de noviembre de 2028
El viento arrastraba ceniza y polvo por la avenida Tarongers, turbia bajo un sol de otoño tímido, cuando Inés trepó los sacos terreros del puesto de control. A su espalda, el sonido áspero del río Turia —ahora apenas un hilillo estancado— y delante, la inmensidad de la vieja Valencia saqueada y reconstituida tras casi una década de pesadilla. El tráfico —aquel rugido de motores de su infancia— se había reducido al clop-clop de caballos exhaustos y el rechinar de carretas. Armas, herramientas y mercancías, y los ocasionales disparos que lo detenían todo. A cada lado de su camino, el concreto agrietado, las aceras llenas de maleza y, más allá, las murallas improvisadas que habían transformado, a fuerza de necesidad, a la ciudad del Turia en una fortaleza de supervivientes.
La rutina del puesto la conocía bien: guardias con brazaletes improvisados, rifles reciclados —algunos fabricados en talleres locales, otros hallazgos de la policía— y el saludo hosco, casi robótico. No preguntaban nombres, solo buscaban signos de mordeduras, infecciones o locura: marcas en la piel, febrilidad en los ojos, temblores. Inés se dejó inspeccionar. Tenía la mirada gélida, la serenidad de quien ha visto demasiado, y era una de los reporteros del Consejo de Intercambio: su trabajo, oficialmente, era comunicar novedades entre asentamientos; la realidad era más áspera, pues significaba negociar comida a cambio de pólvora, mapas por penicilina. Y, lo que nadie decía en voz alta, velar por el equilibrio frágil entre los humanos que quedaban y los horrores que aún jadeaban en el subsuelo de la ciudad.
No era su primera entrada a la urbe amurallada. Se estremeció al cruzar las enormes puertas de chapa y hormigón, custodiadas por la milicia de la Lonja —el mercado fortificado en el corazón de la vieja ciudad—. Más allá, los tenderetes florecían bajo el resguardo de los antiguos edificios góticos y modernistas, disfrazados de barricadas y almacenes. El aroma a pólvora, humo y naranja mordía el aire.
En la plaza de la Virgen —ahora Plaza del Estandarte, tras la instauración del Comité de Defensa Cívica y el exterminio de la horda del casco antiguo— la vida parecía menos precaria. Niños descalzos correteaban entre puestos de verduras, rescatadas de pequeños huertos urbanos en lo que fue Benimaclet o Campanar; viejos en bancos rugosos, algunos aún con restos de los fajines morados de la Hermandad Sanitaria; mujeres y hombres truequeando, revisando cuchillas, balas, piercings. Algunos portaban medallas improvisadas: conchas, dientes limados, trozos de placa policial; signos de autoridad o valentía.
La radio crepitaba en el borde de la plaza. Vino la voz metálica de Francisco, el encargado de la estación: “¡Aviso! Caravana desde Algemesí a dos horas. Caballos, siete. Infantería, cinco. Mercancía: grano, semillas de arroz, piezas de metal.”
La noticia despertó una ansiedad alegre. Los intercambios con otras ciudades amuralladas —en especial, Xàtiva, Sagunto y el refugio de Gandía— estaban en su mejor punto desde la gran purga del 2026. Inés cruzó entre las filas de comerciantes hasta llegar a la Catedral. Allí, bajo la sombra seria del Miguelete, el Consejo se había reunido: cuatro hombres y cinco mujeres, alrededor de una mesa de madera marcada con mapas, rutas, señales codificadas.
Isidro, antiguo profesor de historia en la Universidad, la saludó con la cabeza. Lucía la barba canosa, las manos manchadas de aceite y pólvora —fabricaba las balas recicladas que alimentaban a los centinelas del barrio del Carmen—.
—Hoy tienes el reporte de Quartell y de Silla, ¿no? —preguntó, sin preámbulos.
Inés asintió, desenrollando dos tiras de papel manuscrito, más preciadas que el oro. El primero reportaba una horda residual, apenas treinta cuerpos andando a trompicones por los arrozales cercanos al parque natural. El segundo, señales de saqueadores cerca de la estación de mercancías, pero la amenaza había sido contenida por la patrulla de Rafa, uno de los jefes de milicia.
—¿Víctimas? —demanda la alcaldesa, Tania, voz grave, camisa arremangada aunque el frío calaba.
—Un herido en Silla. Ningún muerto en Quartell. Los zombis estaban tan podridos que eran casi inofensivos.
El Consejo murmuró votos de alivio. Ya no quedaban muchos zombis verdaderamente letales —esos del primer apocalipsis, rápidos aunque torpes—, pero la infección pervivía. Un descuido, una mordida de un cadáver aún “fresco”, y todo podía volver a empezar.
Al cerrar la discusión, Isidro le entregó a Inés una nueva misión: acompañar a la caravana de Algemesí hasta su entrada, registrar el trueque y, si todo iba bien, coordinar los intercambios en el nuevo almacén de la Malvarrosa.
Era una responsabilidad vital. El grano y las semillas permitían que Valencia siguiera, pero las rutas estaban llenas de riesgos: saqueadores, nómadas hostiles, incluso grupos de fanáticos que decían ser los “Purificadores”, convencidos de que debían aniquilar todo lo que quedaba del viejo mundo para expiar la plaga.
Tomó la salida hacia la antigua línea del tranvía, ahora sembrada de zarzas que en primavera daban moras negras y jugosas, pero en noviembre eran ramas espinosas y desnudas. Caminó junto a Raúl —uno de los centinelas—, compartiendo historias del día:
—Han llegado rumores… —susurró él, de voz calmada—. Dicen que en Xàtiva están experimentando con electricidad regular. Mini-hidroeléctricas. Y que en Castellón tienen un molino de viento que alimenta toda una escuela.
Inés sonrió con escepticismo. Los rumores abundaban, y algunos eran puro consuelo, pero la posibilidad de energía real, continua —no sólo generadores de gasolina racionados ni molinos improvisados— parecía un sueño a su alcance.
Decidieron hacer alto en una de las torres de vigilancia del Camí Fondo, a mitad de camino entre la ciudad y la Albufera. Desde allí, la vista era sobrecogedora: a un lado, la extensión infinita de arrozales y canales, moteados aquí y allá por pequeños bosques y ruinas de caseríos; al otro, la mezcolanza abigarrada de la nueva Valencia, dominada por edificios altos coronados de barricadas y antenas hechizas.
La Albufera seguía siendo uno de los mayores peligros. Los cadáveres caídos en el agua, atrapados bajo cañaverales y lodo, a veces reaparecían hinchados y violentísimos tras meses sumergidos. Pero también era el granero de la región: allí crecían arroz y alguna hortaliza, esenciales para la supervivencia de la ciudad.
A lo lejos, la caravana de Algemesí avanzaba lenta. Se percibía, incluso desde la distancia, el cansancio de los hombres y mujeres que la componían. Ocho caballos, nueve personas, la mayoría armadas, y una carreta pesada escoltada por cuatro con lanzas largas. Inés agitó un pañuelo rojo, la señal de bienvenida.
Cuando la caravana llegó, comenzó el ritual del saludo y la comprobación. Los viajeros estaban sucios y ojerosos, pero vivos. El líder, Gabriel, no era mucho mayor que Inés, pero la vida lo había acorazado con arrugas y cicatrices. Su grupo traía sacos de arroz, semillas de habas, piezas de hierro forjado. También un pequeño cofre: medicinas hechas con plantas, aceites y polvos rescatados del botiquín de una vieja farmacia.
El intercambio fue tenso pero justo. A cambio, los valencianos ofrecieron balas, herramientas, sal, y un paquete de lo que ahora era manjar reservado para los dignos: naranjas. El sabor dulce y ácido, casi olvidado, era símbolo de la esperanza de que la ciudad podía florecer de nuevo.
Las noticias, entre tanto, iban y venían como ráfagas de viento gélido: Castellón había repelido un ataque de nómadas; Sagunto reportaba el avistamiento de una pequeña horda desviada hacia el mar; en Requena, la sequía amenazaba con destruir la cosecha de uvas. Cada pedazo de papel, cada palabra, era el latido de la nueva realidad.
De regreso a Valencia, el desfile de la caravana fue recibido con alivio y fiesta. Niños pequeños corrían a ver los caballos, los centinelas se cuadraban como si fueran una verdadera tropa de la Valencia antigua. A la entrada del mercado en la Lonja, la música de cuerda —violines y guitarras reconstruidas— acompañaba la ceremonia del reparto. Nada tan parecido a un triunfo romano, aunque la pólvora y el miedo aún flotaran a cada respiración.
Esa noche, Inés se escabulló hasta el tejado del edificio más alto de la Plaza Redonda. Desde allí, contemplando la ciudad de cenizas y muros, dejó que el frío la envolviera. El horizonte, iluminado solo por fogatas y la mecha lenta de alguna lámpara de aceite, era sobrecogedor. Recordó su infancia, las Fallas, su luz inagotable, el bullicio eterno de la playa de la Malvarrosa y la vida tranquila de la huerta, antes del desastre. Ahora, la ciudad era otra: ajada, armada, resistente. Pero viva.
Con el alba, la calma fue interrumpida por el estrépito de las señales de alarma: tres fogonazos verdes, la señal convenida para “actividad sospechosa” más allá de las murallas, camino de Viveros. La milicia y algunos voluntarios —Inés entre ellos, sin dudarlo— corrieron armados hacia la zona. Allí encontraron a un grupo de desconocidos, cuatro adultos y dos adolescentes, visiblemente hambrientos y asustados, sin signos de infección.
Fueron llevados ante el Consejo, donde el más mayor, un hombre con acento de Orihuela, relató haber huido de un ataque de saqueadores en Alzira y haber viajado semanas a pie, escondiéndose de hordas dispersas y de humanos aún más peligrosos.
El Consejo debatió. Aquellos refugiados representaban una bendición y un riesgo: eran manos útiles, pero más bocas que alimentar. Finalmente, se les permitió quedarse, a condición de jurar obediencia a las normas —trabajo, cooperación y defensa— y de pasar primero por la cuarentena: dos semanas en un ala aislada de un colegio convertido en centro de internamiento.
Aquel día, Inés sintió que la ciudad ganaba algo más que seis supervivientes: ganaba una parte de humanidad renacida. Durante el almuerzo, compartió con ellos el menú habitual de la Lonja: arroz hervido, una pizca de sal, habas salteadas con hierbas, una rodaja de naranja para cada uno.
Las horas pasaron con el murmullo lejano de voces, los martillos doblando hierro, el reparador chillido de los niños jugando a los guardias en los patios. En la radio, Francisco leía noticiero: “En Sagunto se ha iniciado, por primera vez desde el Gran Colapso, la fabricación de armas cortas a partir de repuestos. La ciudad amurallada de Gandía finaliza la muralla este. El trueque regional se regulariza cada semana.”
Por la tarde, bajo la sombra de la Catedral, Inés vio ondear el nuevo estandarte: un paño blanco y rojo, con el dibujo de una naranja y una antorcha encendida, símbolo del renacer frente al viejo apocalipsis. Se sintió, por primera vez en muchos años, orgullosa de su pueblo, de esa resistencia obstinada que transformaba las ruinas en un baluarte de esperanza.
Poco a poco, Valencia ya no era solo un reducto atrincherado, sino un corazón palpitante en el extremo oriental de un mundo partido, pero no vencido. Inés pensó en el futuro —en trenes reparados, en escuelas llenas, en murallas cubiertas de parra y flores—, y sintió que, aunque el precio había sido atroz, todavía conservaban lo más preciado: la capacidad de mantenerse unidos y soñar. Con cada caravana, con cada niño rescatado, con cada intercambio bajo el nuevo estandarte, la ciudad del Turia luchaba para dejar atrás la noche interminable y asomar, tímidamente, a un nuevo siglo.
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