Fragmento:
Esta mañana, Celia nota en el aire la tensión propia de los días de mercado. El rumor ha corrido rápido: una caravana procedente de Alzira ha llegado, y aseguran que trae no solo harina y embutidos, sino medicinas, incluso analgésicos. Aunque los zombis ya no asedien con la furia de los años anteriores—sus cuerpos más putrefactos y lentos, inofensivos salvo en grupos y solo cuando uno baja la guardia—el verdadero peligro son ahora los vivos. Bandas del extrarradio, carroñeros de las ruinas de la ciudad vieja, desertores de pequeños ejércitos privados: todos ellos acechan los mercados, sabiendo que, allí donde hay comida, aún hay esperanza.
Duración: 11:42
23 de enero de 2024
El frío viento marinero aúlla entre los escombros de la antigua avenida del Puerto, levantando pequeños remolinos de polvo, papeles y cenizas. Valencia, la ciudad de la luz y el fuego, respira ahora en susurros, acurrucada tras improvisadas almenas y tapias apiladas con piedra, bloques de hormigón y los cadáveres herrumbrosos de viejos coches. Las palmas de las manos se mantienen en constante alerta; aquí, en enero del 2024, cada paso es una negociación tácita entre la esperanza y la amenaza.
Celia apoya la frente contra la mirilla de un ventanuco en lo alto de la barraca fortificada. El huerto la rodea: tierra recién removida, surcos protegidos por alambradas, y al fondo, donde aún asoman los esqueletos de las naves industriales del Grau, las sombras alargadas de carretas y hombres armados batiendo el terreno. El aire lleva consigo el aroma persistente de pólvora casera, un hedor ácido que nunca se va del todo, y ese matiz dulzón de las naranjas podridas esparcidas al pie de los árboles, reminiscencia de otro tiempo.
La ciudad ya no es un todo. Valencia se ha fragmentado en islas humanas: El Carme y sus claustros fortificados, familias enteras refugiadas en la antigua Lonja, las torres góticas convertidas en nidos de francotiradores. El mercado central, reliquia protegida por tablones y vigías, sobrevive como plaza de trueque entre los barrios: herramientas, cuchillas de afeitar, una docena de huevos a cambio de antibióticos rescatados de hospitales saqueados. Al amanecer, los emisarios bajan en grupos compactos, escoltando carros huéspedes cubiertos con lonas: comerciantes de la Costera o de la Ribera, tal vez incluso forasteros de Castellón o de Utiel que llegan buscando sal, arroz o pan.
El Turia, antaño un magnífico jardín recorre la ciudad como una cinta esmeralda, se ha vuelto frontera y tumba. Los puentes se controlan con celo, y sólo los que conocen las contraseñas pueden cruzar de un margen al otro. En las acequias aún fluye algo de agua, cuidadosamente racionada para las pequeñas parcelas tomadas por agricultores improvisados—ex ingenieros, maestros, hasta músicos que se han convertido en labradores porque la tierra, al menos, aún produce algo que no muerde ni infecta.
Celia, que aún no ha cumplido los treinta, es una de las encargadas de vigilar la “puerta sur”, un acceso improvisado en la tapia de un almacén abandonado al borde de la Avenida del Cid. Sus padres murieron en los primeros meses de la plaga, arrollados en la estampida que siguió al toque de queda mal acatado; su hermana pequeña, Alba, desapareció durante los saqueos de 2021. Celia, desde entonces, ha cargado con las cicatrices y el liderazgo de un grupo de veinte sobrevivientes: tres familias, un par de jubilados que nunca abandonaron sus bancales y dos muchachos huidos de Benicalap, cuyos nombres ya nadie recuerda; todos ellos, ahora, la consideran “capitana”.
Esta mañana, Celia nota en el aire la tensión propia de los días de mercado. El rumor ha corrido rápido: una caravana procedente de Alzira ha llegado, y aseguran que trae no solo harina y embutidos, sino medicinas, incluso analgésicos. Aunque los zombis ya no asedien con la furia de los años anteriores—sus cuerpos más putrefactos y lentos, inofensivos salvo en grupos y solo cuando uno baja la guardia—el verdadero peligro son ahora los vivos. Bandas del extrarradio, carroñeros de las ruinas de la ciudad vieja, desertores de pequeños ejércitos privados: todos ellos acechan los mercados, sabiendo que, allí donde hay comida, aún hay esperanza.
Nada en Valencia se parece a aquellas imágenes románticas de barricadas improvisadas y hogueras en las noches de Fallas. Los fuegos—cuando los hay—son de vigilancia y de señal; pequeñas hogueras sobre los tejados, comunicación entre enclaves dispersos: cinco destellos para avisar de motines, tres para indicar extraños acercándose al perímetro, dos para pedir refuerzos. El lenguaje de la luz ha sustituido al bullicio de las mascletàs. A veces, por la noche, alguno de los niños cuenta historias de ese “otro mundo”, en el que los adultos iban apretujados en autobuses, los jubilados paseaban por la playa de la Malvarrosa y los turistas llenaban de color el cauce del Turia.
Hoy, el cielo se ha tornado plomizo y helado. Celia baja las escaleras, cubriéndose con una chaqueta hecha de retales. Entre los suyos, la disciplina es esencial: tres vigías en los tejados, dos más en la alambrada, una pareja armada—fusiles antiguos, más para asustar que para matar—apostada cerca del acceso. El mercado está pactado y custodiado por un grupo de mercenarios venidos del cauce, reconocibles por las chapas metálicas que llevan colgadas al cuello: sellan la entrada, exigen contraseñas, y cuando llegan nuevas caravanas, inspeccionan hasta la última bolsa.
Celia busca a Marta, su segunda al mando y, quizá, la única amiga en quien confía de verdad. Marta vive con su hijo de seis años en una de las aulas reconvertidas en dormitorio, y es tan implacable con la escopeta como dulce con su pequeño. Caminan juntas hacia el punto de control.
—¿Sabes que la caravana de hoy trae gasoil?—dice Marta, bajando la voz.
—Eso es lo que se dice, aunque tampoco hay mucho que poner en marcha… salvo las luces del hospital viejo.
—Yo daría lo que fuera por cinco minutos de agua caliente —suspira Marta, frotándose los hombros—. El frío de estos días está matando a los niños.
—Tienes que recordar la consigna. No vendemos pólvora a extraños. Y, sobre todo, al menor alboroto, cerramos la entrada y avisamos con las lámparas.
El acceso al mercado está protegido por barriles apilados y una valla reforzada con tablones de madera: se requiere salto y agacharse para atravesar el paso, un método para obligar a cualquier atacante potencial a ralentizarse. Del otro lado, el ajetreo crece: carretas tiradas por mulas, tres viejas bicicletas, algunas bolsas de tela donde se ven apenas los picos blanquecinos de ajos, una jaula con gallinas. La emoción, a pesar del peligro, recorre el grupo.
El mercado, si bien no es ni la sombra de lo que fue entre azulejos y vitrinas, opera bajo reglas claras: nadie porta armas a la vista tras superar la inspección, nada de peleas (las infracciones se pagan, como mínimo, con la expulsión del enclave o, si la falta es grave, con trabajos forzados en la limpieza de zonas infestadas). Algunos traen cecina, otros patatas, algunos ofrecen trueques por herramientas sencillas: cuchillos de cocina, alicates, algún martillo herrumbroso.
La caravana de Alzira se acerca; la encabeza un hombre montado en un burro huesudo. Se anuncia con voz firme:
—¡Paz y comercio bajo la señal del Turia!
Celia reconoce a los suyos intercambiando miradas. El protocolo obliga a responder con el saludo establecido: alzando la mano derecha, palma abierta, sin armas. La tensión se disipa un momento. La caravana trae más de lo esperado: pequeños bidones de combustible, una caja de medicinas sellada—“rescatadas del hospital de Xàtiva”, murmuran—y, lo más valioso, un cajón repleto de ropa limpia y seca.
Sin embargo, la jornada es breve en alegrías. En mitad del bullicio, un disparo resuena desde las afueras del recinto. El instinto, templado por años de miedo, domina: Celia grita una orden, y en segundos, la entrada se bloquea, los vendedores se agazapan y los niños corren bajo las mesas. Marta toma posición y apunta a la fuente del estruendo. El silbido del viento se mezcla con el grito agudo de una mujer en la distancia.
La amenaza no se hace esperar: es una partida de saqueadores, apenas cuatro o cinco encapuchados, armados con cuchillos atados a palos, balines, y alguna escopeta vieja. No buscan balas, buscan comida y calor. Abren fuego al aire para amedrentar, pero los mercenarios del mercado no son novatos. En cuanto los asaltantes se acercan lo suficiente, una descarga atruena desde la azotea de un almacén: uno de los atacantes cae, el resto huye entre chillidos y maldiciones.
Nada de esto es nuevo; la violencia, sin embargo, nunca deja de helar el corazón. Protegidos dentro de la cerca fortificada, los comerciantes retoman el trueque, pero la atmósfera se ha vuelto más sombría. Celia supervisa la revisión del perímetro: no hay heridos graves entre los suyos, aunque una vieja, la “tía Paquita”, se ha desmayado del susto. Marta trata de calmar a los niños, inventando una canción sobre “la muralla del Turia” que, torpemente, todos repiten mientras acaban de canjear el botín traído por los de Alzira.
Más tarde, con la amenaza temporalmente conjurada y el día ya temprano declinando, Celia se permite unos minutos de respiro en el extremo sureste de la barricada. Desde allí, ve las torres ciclópeas de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, ahora silentes y medio cubiertas de hierba, nidos de palomas y, a veces, guarida de los zombis más viejos y lentos. “No tardará el día—piensa—en que volvamos a cruzar esos puentes para quedarnos.”
Reflejada sobre los cristales rotos del cauce, la luna empieza a asomar. Pese al miedo, pese a la soledad, pese al cansancio infinito, Celia sonríe al ver a los niños del grupo correr entre barriles y galerías vacías, persiguiéndose, jugando a “cazar zombis”, imitando los mugidos y los pasos torpes que tanto les han asustado de pequeños.
Bajo la muralla improvisada, unas cuadrillas de agricultores encienden hogueras modestas: preparan sopa de verduras, reparten migas—la comida jamás tiene el sabor de antes, pero alimenta igual. El relato de la jornada se transmitirá entre risas nerviosas y suspiros, se añadirá a una crónica oral que los niños, dentro de unos años, repetirán como mito en torno a las fogatas. En las noches más largas, hasta los más curtidos encuentran consuelo en ese acto ancestral de unirse a contar historias, porque recordar es también resistencia.
Lejos, en dirección a la Albufera, otras luces parpadean: señales de vida humana, pequeños núcleos que, como el enclave de Celia, luchan contra el frío, el hambre y la amenaza constante. Alguien tararea un estribillo recuperado de la última Nit de la Cremà celebrada antes del final; otros se aventuran a jugar una partida de cartas bajo la mirada de los más viejos, que aseguran que “Valencia siempre ha renacido, y ahora no será la excepción”.
Antes de dormir, Celia recorre el campamento una vez más. En la oscuridad, junto a la cincelada silueta de las Torres de Serranos, graba con una navaja sobre una viga: “Aquí seguimos. Enero 2024.” No necesita decir más. Cada palabra, cada huerta excavada, cada mercado protegido a sangre y miedo forja una inscripción de desafío.
En la Ciudad del Turia, bajo un cielo sin fuegos artificiales pero lleno de señales, la humanidad vive, suspira, y, aún entre monstruos y hombres, se empeña en sobrevivir.
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