Fragmento:
A las doce y media, todo el grupo está listo. Niños envueltos en jerseys de adulto, ancianos con mantas raídas, un matrimonio ucraniano que casi no habla, una mujer embarazada a la que el shock ha dejado muda. Reza una oración en voz baja, igual que otras noches.
Duración: 11:26
24 de diciembre de 2020
El viento helado sopla con fuerza entre los restos de la Avenida del Puerto, arrastrando hojas secas y ceniza, haciendo resonar viejas latas contra la persiana caída de un concesionario. Desde la azotea de lo que una vez fue un supermercado Consum, Ester observa en silencio la ciudad a oscuras. La Navidad llegó a Valencia con el frío más agresivo de la última década y ni un solo atisbo de luz titila entre las ruinas. Por momentos, el silencio gélido es tan denso que casi puede oír su propio corazón, temeroso y terco. Solo el eco de disparos lejanos y aullidos no humanos atraviesan la noche.
El cielo está cubierto por un tapiz de nubes sucias que filtran una luna lechosa. En el interior del Consum, hay una veintena de supervivientes escondidos, encogidos en mantas, con encendedores y algunas velas. Llevan casi tres semanas refugiados allí, entre tronos de cajas de galletas rotas y palés de productos secos, resistiendo ataques de caminantes y saqueadores hambrientos. Nadie sabe con certeza cómo ha llegado la infección hasta aquí, pero la ciudad, antes llena de vida y turistas, se ha convertido en una jungla de muerte.
Ester tiene treinta y dos años, los ojos hundidos, las manos ásperas y la esperanza desgastada. Es maestra de primaria, o al menos lo era cuando había clases, niños y orden. En el grupo ninguno parece querer liderar, pero todos la miran a la hora de tomar decisiones. Y esta noche lo sabe: la decisión que tome puede ser la diferencia entre morir congelados, destrozados, o quizá sobrevivir unas semanas más. Tan poca cosa es ahora la victoria.
El peor enemigo no son los zombis. Son el hambre y el frío. El invierno ha tatuado de escarcha hasta los naranjos del extrarradio y las tuberías han reventado con el hielo. Quedan pocas latas, solo algo de arroz y garbanzos. Por eso Ester sube a la azotea: una última exploración antes de intentar una locura.
El solar del viejo cauce del río Turia está cubierto de una fina capa de nieve sucia. Desde allí, se distinguen los grandes bloques de la Ciudad de las Ciencias, el Ágora, la ópera Reina Sofía, todos tan muertos y espectrales como los caminantes que pululan a la deriva y caen una y otra vez en los fosos helados. A su lado, sube Daniel, un chaval de diecisiete años con un bate de béisbol atado al hombro. Respira con tanto esfuerzo que parece que va a llorar, pero se contiene.
—Están por toda la calle Menorca —susurra—. Al menos una docena, puede que más. He visto a una mujer golpeando la puerta del colegio, ya ni parece humana. ¿De verdad vamos a intentarlo?
Ester aprieta la mandíbula. El colegio público está a tres manzanas. Allí podrían quedar provisiones, tal vez ropa de abrigo en la despensa del gimnasio o en la sala de profesores.
—No tenemos opción —musita—. Si no salimos ahora, mañana tampoco lo lograremos. No con este frío y menos comida.
Daniel traga saliva, los nudillos pálidos alrededor del bate.
—¿Y si... si aplaudimos o lanzamos algo, los atraemos a otro lado y luego corremos? Solo dos podríamos entrar, yo te cubro. El resto espera aquí.
Ester repasa mentalmente las rutas, los atascos de coches carbonizados, los comercios saqueados. Recuerda la Valencia luminosa de antes, las mascletàs de marzo, las terrazas llenas de familias y turistas. Pero el recuerdo es una tortura.
—A la una de la madrugada —decide—. Necesitamos que el silencio y el frío estén de nuestro lado.
A las doce y media, todo el grupo está listo. Niños envueltos en jerseys de adulto, ancianos con mantas raídas, un matrimonio ucraniano que casi no habla, una mujer embarazada a la que el shock ha dejado muda. Reza una oración en voz baja, igual que otras noches.
Se reparten dos cuchillos, un bate, una palanca y una linterna cubierta con cinta negra. Ester y Daniel serán los que salgan: ligero, rápido, sin hacer ruido.
Nada huele ya como Valencia. Ni a mar ni a azahar. Hay un hedor ácido, mezcla de muerte y basura, impregnando cada paso. Los pies resbalan en el hielo. Avanzan agazapados siguiendo el muro de ladrillo del antiguo instituto, hasta el solar del colegio. Atravesando una verja rota, vislumbran dos caminantes: una joven sin abrigo y un hombre alto y calvo, ambos con la piel azulada por el frío, los movimientos más torpes que de costumbre. Por un instante, la súbita lentitud les tranquiliza, pero saben que el silencio puede romperse en cualquier momento.
El plan funciona a medias. Logran atraer la atención del mayor, que con una especie de rugido gutural tropieza hacia un contenedor incendiado por vándalos días antes. La joven degollada, sin embargo, huele algo y se aproxima tambaleando. Daniel duda, Ester embiste con la lanza improvisada —un palo de escoba con un cuchillo amarrado—, y la zombi cae cuando la atraviesa bajo la mandíbula. El frío ayuda. La carne está rígida, helada.
Corren.
En la entrada del colegio hay cristales rotos y grafitis: "NO PASAR", "LOS MUERTOS NO DUERMEN". El interior está oscuro y huele a humedad. Las aulas parecen cráteres lunares, con mochilas, libros y papeleras volcadas. Se dirigen a la cocina; Daniel saca su linterna y buscan a tientas entre restos de comida podrida. Encuentran dos bolsas de legumbres, sal, algo de azúcar y botellas de agua. Ester abre el armario de la sala de profesores: mantas, un par de abrigos, dos bufandas. No hay tiempo para lamentar por qué nadie lo hizo antes.
Al salir, un ruido les hiela la sangre: pasos apresurados en el pasillo. No son caminantes. Ester ve una sombra, pequeña. La linterna descubre el rostro de un niño de no más de siete años, famélico, que tiembla y se cubre la cara. Antes de que hable, un adulto aparece detrás, con una pistola oxidada apuntando al aire.
—¡Quietos! —grita el hombre, la voz rota—. ¡Dejad la bolsa o disparo!
Ester levanta las manos y Daniel finge no temblar. Sólo el niño suplica:
—No queremos problemas, hay más de ellos fuera...
Por un momento, todos contienen la respiración. Un zumbido sordo, sonido de pasos y un gruñido, atraviesa la puerta que da al patio. El hombre reconoce el peligro y baja un poco el arma.
—Si salimos juntos, no lo lograremos. Pero si seguimos peleando, menos aún —dice Ester en voz baja—. Compartimos, y salimos vivos.
Hay una larga pausa. Desde fuera llegan chillidos, los caminantes se han arrastrado hacia el contenedor en llamas y algunos vuelven hacia la verja. El hombre maldice, pero cede.
—Vale, juntos. Pero rápido.
Se agrupan: Ester, Daniel, el hombre —que dice llamarse Ricardo— y el niño, Víctor. Salen por la puerta trasera, cubierta de nieve. Corren. El frío les muerde la cara y no se atreven a mirar atrás.
Al llegar al Consum, la emoción y el miedo dan paso a un cansancio absoluto. El grupo agradece las provisiones, y algunos niños lloran de alivio mientras famélicos devoran puñados de garbanzos crudos. Ricardo y Víctor se integran al círculo junto al resto, cada uno relatando sus días de hambre y persecución. Historias siempre parecidas: perderlo todo, caminar mucho, temer siempre lo peor.
En algún rincón, dos ancianas prenden velas mientras suena muy quedo una radio vieja: interferencias, pero una voz clara se cuela de vez en cuando. Noticias fragmentadas. Madrid está perdida; en Barcelona, casi nadie responde; hay un grupo armado en Requena; un asentamiento fortificado en Gandía. La voz que titubea en el transmisor pide paciencia, esperanza, fe, aunque ya nadie cree de verdad en resurrecciones milagrosas.
La madrugada avanza. En los pasillos del supermercado, el viento levanta remolinos de polvo helado pero el grupo, por una vez, duerme profundo. Ester suspira, su cabeza recostada sobre una caja de Cola-Cao vacía. Afuera, los primeros copos de nieve caen sobre Valencia mientras la ciudad entera parece contener el aliento.
Al amanecer, nadie celebra la Navidad. Pero queda algo: silencio, un poco de comida, y la presencia extraña de un grupo de personas que, por unas horas, parecen haber vuelto a ser humanos en lugar de presas.
***
El día siguiente trae de nuevo la rutina: guardias en la azotea, expediciones breves y cuidadosas, pequeños rituales para mantener la moral. Ester observa a Ricardo, que repara el generador en el almacén, y piensa en cómo extraña la música, el olor de churros en la calle, el bullicio de los estudiantes en el metro. Daniel bromea con los otros jóvenes, enseñando a Víctor a jugar al ajedrez usando tapones y peonzas.
Con las primeras luces, Ester decide preparar una pequeña clase para los niños. Junta seis en total: todos han quedado mudos de tanto miedo, pero acceden a escucharla. Les dibuja las letras en una caja de cartón y les pide pronunciarlas. Algunos balbucean nombres.
Uno dice “mamá”, otro “mar”. Ella les pide que piensen en una palabra bonita. Una niña, Lucía, dice “casa”.
—¿Este sitio es casa? —pregunta Ester.
La niña duda, y al final asiente.
Al atardecer, uno de los ancianos prende fuego controlado a una pila de restos: carne podrida de los zombis que caen, cartones mojados, madera destrozada. El humo negro asciende en espiral. Algunos se arrodillan y oran. Otros simplemente observan el crepitar, absortos en el fuego.
Nadie menciona abiertamente lo que sucederá cuando la comida se acabe, cuando la nieve impida buscar más, cuando el grupo de saqueadores del Cabañal regrese para exigirles tributo. Pero durante unas horas, la presencia de un niño nuevo, el aroma de una sopa y la tarea sencilla de enseñar a leer son suficientes. La esperanza, invencible por testaruda, les mantiene sentados alrededor del fuego.
Alguien recuerda en voz baja un villancico. Otro murmura unos versos del Tirant lo Blanch. Fuera, los restos de la Valencia moderna —casas, avenidas, palmeras caídas, escaparates vacíos— parecen congelados en una postal abrumadora. Y entre todo ese silencio, la humanidad, aún cansada, busca la forma de no perderse del todo.
La noche vuelve. El frío aún es cruel. Pero entre todos, construyen un refugio contra esa muerte blanca que ya casi lo ha devorado todo. Quizá solo eso baste para otra jornada más; un poco de fuego, pan y dignidad en los últimos días de antiguas navidades.
Ester se duerme, abrazando el abrigo que encontró en el colegio. Sueña con jardines y días de sol, con niños riendo bajo los naranjos en flor, y con una Valencia que tal vez, algún día, pueda despertar de su letargo. Con la fe obstinada de los que ya han perdido demasiado, sabe que, incluso en la oscuridad más brutal, aún quedan historias por contar.
Así, la ciudad resiste.
Así viven los últimos —y primeros— hijos del Turia.
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