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Fragmento:


A la hora de comer, cuando la tregua del calor envolvía la ciudad, eché un vistazo desde la muralla. El viejo cauce del Turia, ahora foso sembrado de estacas y alambre, resplandecía con un verdor romo y feroz. Del otro lado vi movimiento entre las ruinas de los edificios: sombras lentas, que se arrastraban con una paciencia mineral. Los soldados de la Guardia del Turia no quitaban ojo a aquellas figuras; si alguna se acercaba demasiado, una flecha, a veces una lanza improvisada, la derribaba, y la figura yacía de nuevo entre los juncos y la basura. Los zombis quedaban convertidos en residuos; temidos, pero ahora percibidos por muchos como simple fauna indeseada y no como el terror apocalíptico que los definía hace años.

Duración: 12:25

La Última Luz de Valencia
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Texto de ajuste de pausa.

18 de julio de 2027

Dicen que bastaron tres noches. Que cuando la primera gran horda cruzó la avenida Blasco Ibáñez aullando con bocas sin lengua, mientras los rayos de las linternas danzaban sobre los árboles torcidos, Valencia dejó de ser una ciudad y pasó a ser un cementerio en eterna vigilia. No importa que hayan pasado siete años desde entonces; aún hay lugares a los que los vivos miran de reojo, y por los que, si el viento sopla cálido desde el mar, ningún farol se atreve a alumbrar.

Me llamo Aina Ferrer, tengo treinta y tres años, y vivo en la Valencia de 2027. Suena más hermoso de lo que es. En 2019 era profesora en un instituto cerca de la huerta, en la zona de Carpesa. Aprendí entonces que la memoria es un lujo y la rutina, una bendición. Hoy escribo estos recuerdos, apartando el polvo de una pequeña imprenta manual en Ruzafa, porque un grupo de bibliotecarios cree que es hora de volver a registrar nuestras vidas; de querernos como algo más que supervivientes.

El aire huele a albahaca y cobre cerca de las murallas. Desde finales de 2026, Valencia dejó de expandirse para replegarse: los barrios exteriores fueron evacuados, y casi toda la población se concentró en un núcleo protegido. El nuevo perímetro amurallado sigue, más o menos, el viejo cauce del Turia, que desde hace años se emplea como foso elevado entre nosotros y el horror ambulante. Ahora los jardines que antes acogían conciertos y paseos de estudiantes son campos de centinelas y miradores, salpicados de barricadas construidas con todo lo que quedaba a mano: bancos, camiones ardiendo, vigas de hormigón, y las antiguas estatuas oxidadas.

Aquel 18 de julio, la ciudad vibraba con más vida de lo habitual. Se celebraba la tercera Feria Gran de Canvi, el primer gran mercado de intercambio donde delegaciones de diferentes comunidades de la región acudían a ofrecer semillas, herramientas, libros, pólvora, medicinas… e historias. Valencia era, de nuevo, un punto neurálgico. Por horas, la gente parecía recordar cómo sonreír. Yo había sido llamada como escribana, tarea que me llenaba de responsabilidad y temor: debía presenciar los tratos, registrar los pactos y, en última instancia, atestiguar que la memoria no muriera en la niebla de la violencia o el olvido.

Un rato antes del mediodía, cuando el sol ya rebotaba en las campanas agrietadas de la Catedral, vi aproximarse a la delegación de Xàtiva. Llegaron por la avenida de Peris y Valero, escoltados por un puñado de jinetes armados y carros repletos de sacos de arroz y cebada. Para la mayoría, ver animales de tiro era poco menos que un milagro: los autos, viejos reyes del asfalto, hace años que dejaron de rugir. Aquí y allá, niños y adultos observaban los caballos con asombro y cierta desconfianza.

Con ellos venía una mujer de mediana edad, de nombre Clara, que portaba una caja dorada envuelta en tela de saco. Caminaba erguidamente, pese a una leve cojera. Me buscó con la mirada entre el gentío y, cuando nos presentaron, su voz tenía la aspereza de las huellas. Había sido enfermera, me dijo, y su caja contenía ampollas para fabricar penicilina; a cambio, pedía semillas y un manual de impresora rescatado de la vieja Biblioteca Municipal. Anoté el trato, intercambiamos promesas, y la feria siguió su curso.

A la hora de comer, cuando la tregua del calor envolvía la ciudad, eché un vistazo desde la muralla. El viejo cauce del Turia, ahora foso sembrado de estacas y alambre, resplandecía con un verdor romo y feroz. Del otro lado vi movimiento entre las ruinas de los edificios: sombras lentas, que se arrastraban con una paciencia mineral. Los soldados de la Guardia del Turia no quitaban ojo a aquellas figuras; si alguna se acercaba demasiado, una flecha, a veces una lanza improvisada, la derribaba, y la figura yacía de nuevo entre los juncos y la basura. Los zombis quedaban convertidos en residuos; temidos, pero ahora percibidos por muchos como simple fauna indeseada y no como el terror apocalíptico que los definía hace años.

Pensé entonces en cómo la humanidad se adapta. De niña, mis pesadillas venían de monstruos que me perseguían por un pasillo sin fin. Hoy, los monstruos existen de verdad, pero mi miedo es otro: que volvamos a destruirnos entre nosotros, que la violencia humana reemplace a la inhumana. Más tarde, este temor se haría carne bajo la brisa marina.

Por la tarde, mientras el sol caía tras las torres de Serranos, se elevó un murmullo inquieto desde el mercado. Un par de caballos de la caravana de Requena habían desaparecido, y algunos comerciantes susurraban acerca de saboteadores infiltrados. Desconfianzas ancestrales resurgieron: ¿quién había pasado cerca de sus carros? ¿Alguien de fuera? ¿De la propia ciudad? Los guardias patrullaron el borde de la feria con severidad improvisada; una muchacha intentó cruzar con una caja sospechosa, y fue interceptada. Resultó ser solo pan, nada más.

Yo recorría los tenderetes, tomando nota de transacciones: un almud de trigo por una docena de puntas de flecha de acero, tres gallinas por un par de botellas de alcohol medicinal, una vieja radio de válvulas a cambio de un manual empastado de primeros auxilios. El trueque había engendrado un peculiar sentido de valor: ya nada tenía precio fijo, y la necesidad dictaba más que el oro o el poder.

Un hombre de massamagrell, curtido por el monte y por la pérdida, ofrecía semillas rescatadas de una cámara frigorífica. Eran tomates de una variedad que, según afirmaba, no se veían en la región desde antes de la catástrofe: “De los de verdad, de los que saben a huerta”. Escucharlos hablar era como atisbar un mundo que, aunque arrasado, aún dejaba brotar brotes verdes desde el barro.

Cerca del atardecer, una alarma retumbó sobre la plaza del mercado. Alguien gritó desde la torre del Miquelet: una columna de humo ascendía desde Campanar. En nuestra mente, el humo nunca era buena señal: incendio, ataque bandido, o peor aún, una brecha en el perímetro. En pocos minutos, el mercado se convirtió en un hervidero de rumores. Varios líderes improvisados subieron junto a los vigías y, armados con catalejos y miras oxidadas, escudriñaron la zona.

Los mercenarios de Xàtiva y Requena, recelosos, aseguraron sus carros y formaron círculos protegiendo las mercancías más valiosas. Noté el brillo de las navajas y las lanzas improvisadas. Los soldados de la Guardia del Turia, con petos metálicos ensamblados a partir de viejas señales de tráfico, organizaron columnas para acudir al incendio. Yo, junto con Clara y un puñado de escribanos y niños curiosos, fui enviada a la biblioteca-muralla a esperar noticias. La información, temían los líderes de la feria, era aún más valiosa que las armas.

La biblioteca, antigua sede municipal adaptada como archivo fortificado, olía a humedad y madera quemada. Volví a asomarme con penumbra a las estanterías, buscando un sentido en las carátulas descoloridas de los libros rescatados: manuales de agricultura, viejas novelas, tratados de medicina, y, como un eco olvidado, el poema “Cançó de bressol” de Estellés. “València, València, què et farem, València…”, susurré, por costumbre y por fe.

Transcurrieron tres horas de tensa espera. Finalmente, un joven soldado regresó montado a la carrera: el humo provenía de un refugio incendiado por accidente, mientras un grupo de bandidos trataba de saquear grano. Hubo bajas, pero los atacantes fueron dispersados gracias a la alarma temprana, y no hubo señales de incursión zombi. Aun así, la paranoia se extendió como una mancha de aceite sobre el entusiasmo de la feria.

Mientras los mercaderes debatían si abandonar la ciudad a la mañana siguiente, un grupo de abuelos rodearon una mesa de piedra en la biblioteca y abrieron una partida de ajedrez de madera. A su alrededor, niños y curiosos se sentaron en círculo. Algunos narraban cuentos: leyendas de la huerta, refranes reunidos tras décadas de silencio, relatos de cómo los clanes del interior aprendieron a cazar jabalí armado con lanzas y red.

Mediada la noche, la tensión fue quedando atrás sustituyéndose por una extraña calma. La ciudad, a oscuras salvo por los vigías sobre las murallas y una hilera de antorchas delanteras, parecía suspendida en el tiempo. Desde la terraza de la biblioteca podía atisbar la playa: el antiguo Cabanyal, apenas una línea negra de sombras contra la sal, convertida desde hacía años en zona prohibida. La humedad del mar alcanzaba mis labios, trayendo consigo un sabor acre, mezcla de ceniza y memoria.

Regresé junto a Clara y los escribas, quienes preparaban el resumen de tratados firmados esa jornada: treinta manos apretadas, diecinueve trueques de herramientas, siete alianzas verbales entre asentamientos, dos promesas de ayuda mutua en caso de ataque humano o zombi. Mi labor, aunque rutinaria, se volvió ese día una especie de ancla: registrar que, al menos por hoy, la humanidad era más fuerte que la desesperación.

Permanecimos velando hasta más allá del alba. Cuando los primeros rayos rosados se derramaron sobre las torres de Quart, el silencio era denso pero expectante. La feria proseguiría, aunque ya con menos júbilo. Algunos comerciantes emprendieron el regreso a sus asentamientos; otros, más confiados, pactaron nuevas citas para futuros intercambios. Los líderes locales, entre ellos Ricard—un antiguo ingeniero que ahora gobernaba el Consejo de la Muralla—, emitieron un bando animando a mantener la cooperación: “Solo juntos, como la seda y el azulejo de la barraca, resistiremos las tempestades”.

Vi partir a Clara y su delegación, la caja de penicilina ajustada entre víveres y semillas. Me despedí de ella con una mezcla de esperanza y temor: nada aseguraba que volvería a verla, y menos aún que la paz de ese día duraría. Pero mientras los ecos del mercado se disipaban en el calor del mediodía, sentí algo cercano a la antigua felicidad, pese a las cicatrices recientes.

Luego de la feria, volví a mi pequeño refugio en Ruzafa, ahora reconvertido en habitación y clandestina oficina, y me dispuse a revisar mis apuntes. Era necesario imprimir varias copias de los tratados para los asentamientos vecinos, tarea lenta y laboriosa con los rodillos manuales. Atendí el trabajo bajo la mirada encorvada de una figura de escayola, heredada de la casa de mis padres, y recordé los veranos en la playa de la Malvarrosa, cuando el horror era solo una broma en películas de medianoche.

Hoy el horror es el fondo levemente latente. Pero, sobre todo, la vida lucha día tras día por abrirse paso: en la feria, en las semillas, en la esperanza de escribir y ser recordados.

Al concluir mi relato del día, afiné mis sentidos al sonido de una fragua improvisada cercana: martillos dando forma a clavos y cuchillas restauradas. Fuera, la voz de un niño se escuchaba entre los restos: “¿Mamá, cuándo volverán los fuegos de artificio?”. “Pronto,” mentía su madre, “pronto, cuando la ciudad sea segura para todos”.

Quizá falte mucho para que Valencia vuelva a adornarse de luces y fiestas. Pero aquí seguimos, cada cual aportando su pequeño ladrillo a la reconstrucción. Prometiendo, ante el papel añejo y las ruinas fértiles, que esta ciudad hecha de agua, pólvora y esperanza sobrevivirá, aunque tenga que reinventarse sobre los huesos del pasado.

Y así cerré mi crónica, con el eco de los nombres y las semillas, con la fe porfiada de que algún día, cien años después de la catástrofe, alguien encuentre este papel y recuerde que, durante un instante, bajo la luz anaranjada de julio, incluso en el mundo quebrado, Valencia y sus gentes eligieron vivir.

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