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Portada del relato Ecos entre las Torres de Serranos
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Fragmento:


La radio dice que la situación en Paterna y Quart es aún peor. En las aldeas fortificadas, el hambre aprieta y algunos comienzan a comerciar carne humana por alimentos. Mi estómago se revuelve solo de pensarlo, pero nada es ya inverosímil. A veces, cuando regreso al aula que me sirve de dormitorio, sé que tengo el mismo rostro espectral que los que acechan más allá de las vallas.

Duración: 11:20

Ecos entre las Torres de Serranos
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Texto de ajuste de pausa.

15 de noviembre de 2025

Día 1

Si alguna vez, hace muchos años, alguien me hubiera dicho que los versos de Ausiàs March y el aroma de la horchata serían mis únicos recuerdos felices, me hubiese reído en su cara. No es que mi infancia fuera perfecta, pero la memoria es generosa cuando el presente se parece al infierno. Hoy, Valencia no es la ciudad luminosa y vivaz que atraía a turistas a la Ciutat Vella o a escolares en excursión por el Oceanografic. Es una urbe en ruinas, cercada, con los relevos de las antiguas fallas convertidas en señales de advertencia. Valencia es ahora un nombre pronunciado con miedo entre los pocos vivos que siguen apoyando el oído a las viejas radios de onda corta, esperando o temiendo noticias de los pueblos del interior. Hoy empiezo este diario porque he encontrado papel y una estilográfica en lo que fue la biblioteca de La Petxina. Solo nos queda la palabra escrita, aunque ya nadie escuche.

Día 2

La madrugada ha sido fría —no tanto como en enero, pero lo suficiente para que el vaho salga de la boca al respirar— y he pasado las horas de vigilia escuchando los ruidos que llegan del antiguo cauce del Turia. En el puesto de vigilancia siempre estamos al menos dos personas. Somos apenas veinticinco en el asentamiento, atrincherados en lo que fue una escuela concertada cerca del barrio de Campanar. Esta escuela es nuestro mundo: pupitres apilados en las ventanas, pizarras reconvertidas en tablones de anuncios para repartir turnos, y el patio es el lugar de trueque y reunión. La antigua pista de baloncesto se ha sembrado con judías y alguna tomatera que se resiste a morir.

Anoche contamos hasta seis zombis deambulando por el lecho del río seco, atraídos por los restos de una camioneta calcinada. Unos años atrás, hubiese sido impensable que este trozo de ciudad quedara silenciado después de medianoche. El ruido de los trenes, el eco de la música en alguna terraza, el murmullo constante de los coches… Ahora, el silencio solo lo rompe alguna bandada de gaviotas que, demasiado confiadas, todavía sobrevuelan las azoteas en busca de algo que llevarse al pico. ¿Cuánto tiempo seguirán sobreviviendo ellas?

Día 6

Me tomo el tiempo de escribir solo cuando las circunstancias lo permiten. Han pasado días desde el último apunte porque hemos tenido serios problemas en la barricada sur. Los saqueadores, esos hijos de la desesperación y la miseria, atacaron al amanecer, justo cuando el frío cala los huesos y la vigilancia flaquea. Venían armados —sables improvisados, palancas oxidadas— y, por suerte, el ruido atrajo a una horda de zombies de uno de los túneles del metro. No hay honor ni gloria en estas luchas: matamos o corremos, y a veces, son los muertos los que eligen las víctimas. Hemos perdido dos compañeros. Sofía, la única que sabía realmente de medicina, ha resultado herida. Nadie tiene tiempo ni para duelo ni para graves reproches. Nos encontramos en el umbral de la extinción a diario, y cualquier quiebra puede suponer el fin.

La radio dice que la situación en Paterna y Quart es aún peor. En las aldeas fortificadas, el hambre aprieta y algunos comienzan a comerciar carne humana por alimentos. Mi estómago se revuelve solo de pensarlo, pero nada es ya inverosímil. A veces, cuando regreso al aula que me sirve de dormitorio, sé que tengo el mismo rostro espectral que los que acechan más allá de las vallas.

Día 12

Nieves, la mujer mayor que antaño daba clases de música, ha vuelto esta semana de una expedición a la huerta del norte. Trae noticias y un saco de naranjas aún verdes. Las noticias son casi tan valiosas como el alimento: una comunidad armada ha levantado una muralla con coches y chatarra en las afueras de Alboraya; permiten el paso a los que demuestran tener utilidades o conocimientos. Parece que las alianzas entre aldeas comienzan a estabilizarse, aunque el precio de entrar en algún refugio seguro es alto: recursos o sumisión. Escucho a algunos discutir si aspirar a unirnos a esa comunidad es buena idea, pero la mayoría, como yo, teme salir al exterior. Las rutas hacia allá siguen siendo muy peligrosas, y además, aquí conocemos cada esquina, cada sombra; fuera, somos solo una presa más.

Hoy, cuando picaba la tierra junto a la verja con una azada vieja rescatada de una caseta de campo, me he planteado seriamente si esta lucha merece la pena. ¿Soy el único que ve, en esos días claros y fríos, la belleza de Valencia aún? El sol recorta la silueta de las Torres de Serranos y el perfil de la Catedral, negruzco y lleno de cicatrices, pero aun así, hermoso. La ciudad parece contener el aliento esperando un milagro.

Día 15

El agua es cada vez más difícil de conseguir. El Turia ya no trae el caudal de los embalses, todo se ha desviado o está contaminado. El pozo del patio, antiguo y profundo, nos abastece de forma insuficiente. Racionamos la bebida. De noche, sueño con la playa de la Malvarrosa, con nadar entre las olas, con el frescor de otra época. A veces, despierto y olvido dónde estoy. Al mirar por la ventana, la imagen de un tranvía oxidándose junto a la rotonda me devuelve al presente.

En la vieja iglesia cercana han aparecido algunos refugiados. Martine y su hijo pequeño se acercaron con la bandera blanca improvisada: una camiseta atada a una caña. Les recibimos con recelo, pero la necesidad une. Han contribuido con una rueda de bicicleta y cinco huevos, preciados como oro. Esta noche, por primera vez en meses, hemos comido revueltos. Sofía sigue muy débil y los niños la cuidan. El humor, tan escaso como el pan, regresa por un instante.

Día 18

Han llegado noticias por señales de humo —no todo se perdió con el colapso digital—: los saqueadores han atacado una aldea en Benimaclet. La lucha fue brutal. Varias mujeres fueron secuestradas y los supervivientes huyen por grupos pequeños. Algunos se acercan a nuestro refugio, pero somos demasiado pocos para ayudar sin poner en riesgo a los nuestros. No sé si es compasión o cobardía, pero la mayoría vota por reforzar las barricadas y vigilar las noches.

En la soledad del aula, redacto un viejo poema en la pizarra:

“Vine a Valencia,

mirando la mar,

buscando alimentos,

o patria, o azar.”

Quizás los versos salven más que las armas.

Día 22

En la ciudad florecen rumores como malas hierbas. Hoy he escuchado que un grupo ha conseguido expulsar a todos los zombis de un barrio al norte de la ciudad y que han comenzado a reconstruir un mercado. El intercambio de verdura, sal y aceite de girasol es ahora la moneda más fiable. Durante la patrulla al atardecer, hemos detectado una caravana improvisada: hombres y mujeres, algunos a lomo de burro. Se detuvieron solo un instante, pero la imagen quedó grabada en mi mente. Se percibía organización, vigilancia y una fría determinación. ¿Serían parte de los que atacaron Benimaclet o sus víctimas?

En el aire flota una calma tensa, como antes de una tormenta. He apuntado los nombres de tres compañeros que desean abandonar el refugio para buscar a familiares en otros barrios. No puedo evitarlo: sé, aunque no lo digo, que la mayoría no regresará.

Día 27

Han pasado días difíciles. Las lluvias sorprendieron a varios compañeros fuera y uno no volvió. Los zombies, cada vez más lentos y podridos, siguen acechando en las zonas sombrías, pero el verdadero peligro es humano. Hemos visto fogatas cerca de los campos deportivos de Mestalla, señales inconfundibles de otras facciones. La vieja rivalidad entre el Levante y el Valencia CF es ahora una anécdota absurda; hoy la disputa es por un saco de arroz o un litro de aceite.

El miedo ya no es a la muerte, sino al olvido. El cementerio del Carmen ha quedado pequeño, y los rituales religiosos son improvisados; la fe, de cualquier signo, es tan útil como una linterna sin pilas en estas noches eternas. A veces me sorprendo rezando, no sé a quién.

Día 35

Al final de la última semana, una noticia nos ha devuelto la esperanza. La milicia de Alboraya ha organizado una red de códigos: señales de humo de día y linternas de noche para avisar de movimiento enemigo o de hordas importantes. Han invitado a que los asentamientos cercanos se sumen, y discutimos toda la tarde si esto no es sino otra artimaña para robarnos lo poco que tenemos. Yo he votado a favor, y al final la mayoría también. Prefiero morir defendiendo algo en común que aferrarme a un agujero cada vez más asfixiante.

Esta noche, desde la azotea, me he entretenido mirando el perfil de la ciudad. Muy a lo lejos, se vislumbran las siluetas retorcidas del Miguelete y la Ciudad de las Artes y las Ciencias, como fantasmas de otro tiempo. He recordado el sonido de los petardos en marzo, la pólvora impregnando el aire, y por un instante, he sentido ganas de llorar.

Día 42

Acercándonos a fin de mes, recibimos la noticia de una comunidad en Tavernes que ha encontrado una manera de producir vellón de energía con un molino de viento rescatado de la huerta. Sería posible recargar linternas, radios y hasta viejos teléfonos si alguien lograra restaurar una antena. Es difícil imaginar a nuestros nietos construyendo una Valencia nueva con sólo retazos, pero quién sabe: todo lo que alguna vez fue tuvo que empezar con una idea absurda.

Hoy he caminado solo, cruzando el puente de Serranos, buscando recuerdos de otras vidas. Entre la hojarasca y los escombros he encontrado la carcasa rota de una paella de domingo, y por un instante, he reído. A veces, la belleza que queda es la única resistencia.

Día 47

Hoy hemos celebrado un pequeño triunfo. Una patrulla regresó con semillas de cebolla y una docena de tabletas deshidratadas que nos permitirán sobrevivir unos días más. La comida aún es insuficiente, pero la esperanza se multiplica en el trueque. Por la tarde, los niños han dibujado con tizas de colores en el asfalto del patio; una improvisada mascletà de colores junto a los parterres de judías. Todos nos sentamos un momento, riendo y señalando formas en los dibujos: torres, dragones y hasta una figura humana que, me imagino, debe representar a alguno de nosotros, o quizás a todos.

Quién sabe si mañana sobreviviremos; la memoria se acortó y cada día el futuro es una quimera. Pero hemos reído juntos con la boca llena de polvo y miedo, y eso, en este tiempo, es un acto revolucionario.

Día 53

Termino este cuaderno, quizás pronto lo utilicen para encender una hoguera o envolver la siguiente cosecha de tomates. Quizás mis palabras no sirvan para mucho si nadie las lee, pero al menos hasta hoy puedo decir que seguimos resistiendo. Que Valencia —nuestra, extraña y dañada— permanece, aunque solo sea en la obstinación de los que no renuncian a cultivarla ni a esperar el regreso de las fallas, aunque solo sea en sueños.

Sólo queda la palabra, el fuego, y la esperanza de volver a ver el Turia fluir como antes. Aquí acaba el cuaderno, pero —por obstinación o por amor— juro que no termina aquí mi historia.

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