Fragmento:
Detrás de mí, escuché el peculiar tintineo de las herraduras sobre piedra. Giré despacio. Un pequeño grupo de comerciantes de Alcoi llegaba a la feria. Cuidaban sus caballos con recelo; aquí, un animal era tan valioso como una pistola cargada. Los intercambios en la feria estaban protegidos por derecho antiguo, pero nadie olvidaba qué pasó el verano anterior, cuando un hombre desesperado atacó a un muchacho por una mula.
Duración: 11:03
23 de mayo de 2028
Caminé despacio entre los puestos improvisados, sintiendo la suave brisa marina mezclada con el inconfundible hedor de cloro y metal oxidado. Era una mañana tibia, de esas que, años atrás, habrían alentado a los turistas a abarrotar la Explanada de España. Ahora, el mosaico de suelos estaba cubierto de polvo, manchas de sangre antigua y las marcas negras de fogatas extinguidas. No quedaba nada del bullicio de los días antes de la Caída, pero era en este espacio, bajo la sombra irregular de las palmeras, donde Alicante seguía demostrando que aún estaba viva.
Detrás de una mesa de madera rescatada de algún almacén, Olmo ofrecía desde municiones hasta jabón artesanal. Era uno de los mercaderes más antiguos de la ciudad, con los ojos azules y el pelo encanecido, curtido bajo el sol y las penurias. Al ver mi llegada, asintió con la cabeza, sin sonreír. Las sonrisas aún no habían regresado del todo.
—¿Buscas algo en particular, Selene? —me preguntó, mientras acomodaba cajas de conservas y una bolsa con semillas de tomate, un tesoro en estos días.
Negué con la cabeza. Venía de la muralla norte. La noche anterior, una banda de forasteros intentó desestabilizar el intercambio con los refuerzos recién llegados del interior. Los vigías habían repelido el ataque, pero siempre cabía el riesgo de represalias o, lo que era aún más peligroso, una horda desplazándose desde la periferia para aprovechar el caos. Dormí mal, con la escopeta apoyada sobre el regazo y el cuerpo tenso por el frío y la espera.
—He oído que en la Plaza Luceros han comenzado trueques de pan por medicinas —comentó Olmo con voz queda, repasando el movimiento a su alrededor—. La gente que viene de Benidorm trae sal y pescado seco. Algunos, incluso cuentos de otras tierras.
Asentí, pensando en lo que yo misma traía. Tres frascos de alcohol, obtenidos días antes en lo que quedaba del hospital General, y una bolsa de balas viejas, en su mayoría para carabinas de caza. No era mucho, pero esperaba conseguir a cambio dos vendas limpias y, si la suerte sonreía, un trozo de queso de cabra.
Detrás de mí, escuché el peculiar tintineo de las herraduras sobre piedra. Giré despacio. Un pequeño grupo de comerciantes de Alcoi llegaba a la feria. Cuidaban sus caballos con recelo; aquí, un animal era tan valioso como una pistola cargada. Los intercambios en la feria estaban protegidos por derecho antiguo, pero nadie olvidaba qué pasó el verano anterior, cuando un hombre desesperado atacó a un muchacho por una mula.
Fue en aquel momento cuando vi a Jaime acercarse, nervioso, con la mano en el palo de su lanza improvisada. Sus rastas crecían sin control, enmarañadas y polvorientas, pero en sus ojos seguía brillando el mismo fuego obstinado de siempre.
—Han encontrado otra entrada en las galerías del castillo —soltó, con la voz ronca y urgente.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Desde el inicio, la fortaleza de Santa Bárbara había sido el último baluarte. Quienes controlaban el castillo dominaban la visibilidad de toda Alicante, y su acceso a través de los túneles era celosamente custodiado por las patrullas y la llamada Milicia de los Altos. Cualquier nueva vía de entrada —sobre todo desde las alcantarillas— representaba la amenaza de que las hordas o, peor aún, alguna banda humana, llegaran hasta el corazón mismo de la ciudad.
—¿Alguien ha bajado a comprobar? —pregunté.
Jaime asintió, inquieto.
—Sergio y Marta bajaron, equipados con máscaras y linternas. Han oído ruidos extraños… golpes y jadeos. Pero no se atrevieron a avanzar mucho. Hay incertidumbre, y muchos creen que sería mejor sellar el túnel antes de que nadie más ose explorarlo.
Me quedé en silencio un momento, evaluando el miedo en los rostros de quienes nos rodeaban. Los rumores se extendían como llamas entre ramas secas. En pocos minutos, aquellos que se acercaban al mercado con ánimo esperanzado ya susurraban sobre los monstruos que tal vez acechaban el castillo, sobre la posibilidad de que las defensas de la ciudad se vieran comprometidas.
—¿Qué hará el consejo? —pregunté a Jaime.
—Esta tarde a las seis, reunión en la escuela al otro lado del Postiguet —respondió. Miró de reojo —. Dicen que deberíamos estar allí. Los jefes y los que aún tienen voz.
No me gustaba cómo sonaba eso. La vieja democracia murió con los generadores de luz. Ahora, los líderes surgían de la fuerza, la astucia o la generosidad reconocida. En Alicante, el Consejo estaba formado por antiguos militares, médicos, cuidadores, y los pocos viejos que todavía conservaban recuerdos de tiempos mejores.
El mercado bullía, inusualmente tenso. Olmo me ofreció los dos vendajes y un trozo de queso a cambio de mi alcohol. Dudé un momento, pero acepté. Sabía que si las cosas se complicaban esa noche, agradecería contar con curas.
Jaime me acompañó a cruzar la Plaza del Ayuntamiento. Viejas banderas se agitaban desde algunas ventanas, desteñidas, y por un momento, el rumor de las olas echándose sobre la arena me trajo un atisbo de normalidad. Más allá del paseo, en los antiguos hoteles y urbanizaciones, reinaba el abandono. De las torres de San Vicente no quedaba ni señal; los tejados caídos y las ventanas rotas eran el único testimonio de su declive.
Nos detuvimos frente a la escuela, uno de los edificios que el Consejo había reforzado con planchas de acero y sacos terreros. Un niño jugaba junto a la valla, dibujando círculos en la arena con una rama. Sus botas le quedaban enormes, herencia de algún combatiente caído en invierno.
—Me gustaría que pudiéramos recuperar el mar —murmuró Jaime.
—El puerto todavía es peligroso —le recordé. —Hasta que no limpien la dársena, no estaremos a salvo. Y cada vez que una barcaza lo intenta…
Ambos recordamos que la última expedición pesquera acabó con la muerte de tres hombres, devorados tras saltar de la barcaza al embarcadero secundario. Los zombis, convertidos en parásitos acuáticos, acechaban en las sombras. Nadie sabía bien durante cuánto tiempo un cadáver podía flotar y cazar, pero todas las historias coincidían: desde las primeras infecciones, el mar también era un campo de muerte.
A media tarde, el Consejo se reunió. Entramos junto a otros veintitantos miembros de la ciudad. Algunos, como doña Pilar, vestían ropas raídas, pero en sus gestos se adivinaba el aplomo de la vieja nobleza local. Otros eran jóvenes, endurecidos a la fuerza, representantes de asentamientos más pequeños que dependían del comercio con la ciudad.
Se discutió largo y tendido sobre qué hacer con el túnel. Unos abogaban por sellarlo con escombros y fuego. Otros, sobre todo los exploradores y saqueadores que buscaban botines en las viejas cloacas, proponían dejarlo abierto, vigilando día y noche, por si se necesitaba escapar o comerciar con bandas amigas del interior.
Yo, por mi parte, sabía que era muy difícil defender todos los frentes a la vez. Teníamos comida para varias semanas, pero si se interrumpían las ferias de intercambio, la ciudad moriría a fuego lento, asfixiada por la escasez y el aislamiento. Sentí el peso de la responsabilidad cayendo sobre mis hombros, multiplicado por la certeza de que, tras el próximo ataque, seríamos aún menos.
Cuando la reunión terminó, la noche ya caía. Los niños, los pocos que aún podían circular libres, eran llamados a casa por sus madres. El toque de queda era estricto: bastaba un solo muerto reanimado, un solo descuido entre las sombras, para que el desastre se desatara.
Anduve hacia lo alto del castillo, buscando despejar mi mente antes del turno de guardia. Desde la muralla, la vista era sublime y desgarradora. Alicante se extendía como un mosaico herido, iluminado ahora por destellos anaranjados de hogueras y lámparas de aceite. Más allá, en la oscuridad, el mar brillaba bajo el reflejo de las estrellas.
Allí arriba, me encontré con Marta. Había bajado a las galerías y aún tenía la ropa manchada de mugre y sudor.
—No quiero volver ahí abajo —admitió, su voz quebrada—. Pero tampoco quiero que sea otro el que lo haga y muera en el intento.
Nos sentamos al filo de la terraza, junto a un cañón oxidado. Hablamos en susurros. Coincidimos: la auténtica batalla ya no era solo contra los muertos, sino contra el miedo y la desesperanza. Las personas comenzaban a soñar con recuperar la ciudad, limpiar el puerto, reparar viejas barcas. Había niños nacidos tras la Caída que jamás habían probado el turrón de Jijona, ni correteado entre carrozas de las Fogueres. Todo eso era ahora material de cuentos, historias murmuradas al calor de la lumbre.
—¿Crees que algún día cruzaremos el mar? —me preguntó Marta.
No supe qué responder. Quise aferrarme a la esperanza, como quien sujeta una cuerda podrida y húmeda. Dije lo único que podía decir:
—Lo intentaremos.
De pronto, escuchamos aullidos en la distancia. Voces humanas, seguidas de disparos secos. El ataque esperado había comenzado. Corrimos hacia el puesto de guardia, armas en mano, junto a otros voluntarios.
En la penumbra, bajo el silbido amargo del viento, el viejo castillo de Santa Bárbara se iluminó con fogonazos de pólvora. Disparamos sobre siluetas tambaleantes, sabiendo que quizá mañana alguno de nosotros faltaría en la cuenta. El estruendo —mezcla de gritos, llantos y explosiones— se fundió durante un tiempo imposible de medir.
Cuando finalmente la amenaza fue repelida, quedamos en silencio. Observé a mi alrededor: los supervivientes sangraban, pero seguíamos de pie. Corrimos a sellar la entrada recién descubierta, usando vigas y piedras, pegamento artesanal y la fuerza de los más jóvenes. Constatamos dos pérdidas, ambos exploradores del turno nocturno.
Amaneció con el aire salado y frío. Nadie habló durante largo rato; algunos lloraban en silencio. Pero cuando la feria de la Explanada abrió ese día, supe que Alicante aún era nuestra. El intercambio de pan, semillas, risas nerviosas y miradas cómplices era nuestra vacuna contra el vacío.
Así es como sobrevivíamos en 2028, en un mundo carente de certezas pero repleto de voluntad. La ciudad era un refugio frágil, sostenido por la terquedad y la promesa tácita de resistir. La marea nos separaba del pasado, pero los faros de nuestras hogueras seguían encendidos, gritando al horizonte que la especie humana aún no había dicho su última palabra.
Y al finalizar el día, mientras los vigías cerraban la muralla y los niños, descalzos y flacos, jugaban a inventarse historias de héroes, todos sabíamos, en lo más hondo, que Alicante vivía, porque nosotros no estábamos dispuestos a rendirla jamás.
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