Fragmento:
La vida entre los muros, tan romántica para algunos, es una mezcla de disciplina férrea, miedo sudoroso y una pizca de esperanza dolorosa. Pocos recuerdan ya la Navidad que apagó definitivamente las luces en la Rambla, o el último café en la Plaza del Ayuntamiento. Han pasado cuatro años y medio desde los apagones digitales, tres desde que dormir bajo techo volvió a ser un lujo, dos desde que las miniciudades amuralladas, fruto de la necesidad y del miedo, comenzaron a dotarse de reglas propias. La ciudad, retorcida en una nueva forma, funciona al ritmo del peligro y la escasez.
Duración: 10:55
18 de Noviembre de 2024
Todavía hay quien se asoma al mar en Alicante y sueña con huir, aunque solo vea un horizonte plagado de ruinas flotantes y barcas hundidas. Poco importa ya la línea del Postiguet o la silueta de la isla de Tabarca a lo lejos: la ciudad está ceñida por muros de fortuna y alambradas torcidas, y nada sale ni entra sin pasar bajo el ojo desconfiado de los vigías. En otro tiempo Alicante fue una ciudad abierta, amable, un imán para turistas de pasaporte y piel rosada; ahora, es una fortaleza habitada por aquellos que aún no han sido devorados—por los muertos, por los saqueadores, por la soledad.
La vida entre los muros, tan romántica para algunos, es una mezcla de disciplina férrea, miedo sudoroso y una pizca de esperanza dolorosa. Pocos recuerdan ya la Navidad que apagó definitivamente las luces en la Rambla, o el último café en la Plaza del Ayuntamiento. Han pasado cuatro años y medio desde los apagones digitales, tres desde que dormir bajo techo volvió a ser un lujo, dos desde que las miniciudades amuralladas, fruto de la necesidad y del miedo, comenzaron a dotarse de reglas propias. La ciudad, retorcida en una nueva forma, funciona al ritmo del peligro y la escasez.
El Mercado Central es el corazón del asentamiento, aunque poco tiene ya que ver con aquel templo del bullicio. El kilómetro de muros improvisados que rodea la estructura es la frontera física y mental más importante de Alicante. Los puestos de verduras y carne ahora almacenan grano, medicinas, herramientas y, lo más valioso de todo, munición. La cúpula de vidrio, rota desde hace tiempo, está cubierta de lonas verdes donde cuelga ropa a secar y tiras de carne ahumada. Por la noche, los guardias suben con linternas de dinamo y observan el centro desolado, repasando la lista de patrullas y saludando a las sombras que se mueven entre las columnas.
Entre los que patrullan, Jonás Díaz siente en cada turno el peso de la responsabilidad. Tiene veinticuatro años, la mayoría de ellos vividos en un mundo culpablemente feliz, antes de que el primer infectado mordiera a una enfermera en el Hospital General y los cuerpos comenzaran a pasearse sin motivo por la Avenida de Alfonso El Sabio. Jonás se corta el pelo él mismo—siempre al ras, siempre con nerviosismo—y en la manga cosida de su chaqueta lleva el símbolo que cada fortaleza adopta: en Alicante es la silueta del castillo de Santa Bárbara, simple, tosca, pero reconocible incluso bajo la ceniza del último asalto.
Ese día de noviembre, Alicante huele a humedad, pólvora envejecida y a la carne de los animalitos que, por fin, la gente ha conseguido domar para arar y tirar de pequeños carros. Jonás se prepara para su turno mientras su madre, Julia, le sirve las últimas gachas que quedan en la olla. Su hermana pequeña, Sofía, abraza una radio portátil: desde hace meses buscan señales y captan solo fragmentos, como si otras islas humanas mandasen saludos de una orilla a otra sin poderse tocar nunca. El desayuno se consume en silencio, cada uno perdido en pensamientos viejos: el ruido de la ciudad, el sabor de los tomates frescos, las montañas azules al fondo.
Jonás cruza la Plaza de los Luceros bajo una lluvia fina. El monumento está casi irreconocible, envuelto en alambradas y con el caballo de bronce cubierto de sacos terreros, como si fuera a salir trotando en cualquier momento. Las calles laterales, donde antes zumbaban los autobuses y los gritos de los escolares, están desiertas o patrulladas por milicianos armados con fusiles caseros. Cada esquina es un puesto de control, y cada control otro recordatorio de que Alicante es, sobre todo, una trinchera. La muchedumbre se ha acostumbrado: nadie discute el derecho de los niños a quedarse dentro, ni la obligación de los más fuertes a tomar turnos en los parapetos.
Llegar al Mercado es pasar bajo la mirada de Lidia Marquina, una de las coordinadoras de la defensa. En otro tiempo fue médica de urgencias; ahora, anota números de cartuchos, revisa el trueque de antisépticos y, de vez en cuando, reza en silencio a un dios que no se pronuncia. Jonás le entrega su informe de la noche anterior: dos saqueadores repelidos en la calle Castaños, una manada de tres infectados desbarrando contra el vallado de La Florida, dos días delante de la barrera en la Explanada de España y nada más. Lidia asiente con la severidad de quien ha visto a demasiados conocidos volverse parte del paisaje voraz.
—Hoy toca patrulla en el perímetro antiguo, Jonás —le dice en voz baja—. La banda del Químico ha sido vista cerca. No confíes ni en los vivos ni en los muertos.
Él asiente. Sabe que la banda del Químico, un grupo de saqueadores venidos de Elche, ha convertido la zona sur de la ciudad en un nido de emboscadas. En Alicante, los muertos han pasado a ser casi una rutina; el verdadero peligro son los humanos que no respetan pactos ni fronteras. La violencia de las bandas humanas da miedo porque la entiendes: hambre, codicia, resentimiento. La de los muertos, en cambio, sigue siendo un misterio burdo, una sinfonía de gritos y carne arrancada.
Ese día, Jonás patrulla junto a Mauro, un brasileño que llegó a Alicante antes del desastre para hacer un curso de cocina y que hoy parece tan natural armando barricadas como preparando bacalao. Pasan por la calle San Vicente, donde las casas han sido vaciadas de todo salvo insomnio y recuerdos. Cada ventana es una boca negra. El suelo, cubierto de hojas y excrementos animales, murmura con los pasos rápidos de ratas y lagartijas. A veces, escuchan a lo lejos el eco de una ráfaga de disparos o el chillido de un motor mal afinado: signos de vida, o de muerte inminente.
Junto a la Plaza del Carmen se detienen. El campanario de la iglesia está ocupado por dos francotiradores, y en la entrada permanecen dos agricultores armados con lanzas improvisadas. Hace un mes, una horda de infectados llegó por el Barranco de las Ovejas y arrasó varias barriadas; desde entonces, nadie baja la guardia. Mauro y Jonás conversan poco: se comunican con gestos, señalando tejados y sombras. Han aprendido a leer el lenguaje de la ciudad nueva, un dialecto de miedo y cautela.
Cuando el sol alcanza lo alto y la humedad pesa, Jonás y Mauro terminan el turno, pero antes deciden acercarse al molino, una de las nuevas instalaciones levantadas con gran esfuerzo. El molino, instalado en el maltrecho cauce del barranco, suministra energía para cargar radios y mantener algunas luces de emergencia encendidas durante la noche. Allí, Antonio, el ingeniero, recibe a todos con la alegría de un loco. Para él, cada día que el generador no explota es motivo de brindis.
—Dicen que pronto arreglarán el otro molino —dice Antonio, mientras limpia con un trapo la grasa de una biela—. A este paso, iluminaremos hasta el castillo.
Mauro le responde con una carcajada, y Jonás sonríe, apenas. La idea de la luz como algo constante les parece tan remota como la de la pizza recién horneada: algo de otro mundo, un lujo que quizá los niños que nacen ahora nunca llegarán a imaginar.
El regreso al Mercado es tenso. No por los infectados —que ahora, a estas alturas del año, apenas se ven por el centro y suelen deambular más cerca del puerto— sino por los rumores que corren: que la banda del Químico planea atacar esa misma noche, que entre los supervivientes hay un traidor, que la radio militar que a veces capta Sofía emitió un mensaje cifrado sobre laboratorios escondidos. Alicante vive del rumor tanto como del trigo, y cada noticia es un pequeño tambor de guerra.
A la caída del sol, los vigías en el Puente Rojo encienden señales de fuego. Es la indicación de que se acercan extraños desde la zona sur: un grupo numeroso, quizás una caravana de comerciantes, quizás algo peor. Lidia decreta cierre inmediato de todas las puertas y refuerzos dobles en las zonas más expuestas. Jonás acude a su posición, en la entrada de la calle Mayor, donde el asfalto ha sido cubierto de clavos y cadenas.
La espera es interminable. Ningún sonido, salvo el viento y el murmullo de los centinelas. Después, un disparo lejanísimo y el canto quebrado de pájaros enloquecidos. El grupo extraño resulta ser, para alivio general, una caravana de trueque venida de Villajoyosa. Traen consigo sal, medicinas y varias cajas de munición. Lidia negocia los términos del trueque con una habilidad feroz, y solo unas pocas monedas de plata cambian de mano junto con los recursos.
Cuando la noche se afinca y el frío muerde la piel, Jonás comparte guardia con Mauro en el tejado del Mercado Central. Desde allí, Alicante parece otra ciudad: sombras, siluetas y algunas luces dispersas. Piensa en el castillo de Santa Bárbara, con su muralla recién reforzada, y en las historias que circulan sobre una posible reconquista del puerto si los infectados siguen debilitándose. Ve pequeñas fogatas en las plazas, escucha a los perros ladrando en el Paseo de Gómiz y, más allá, la luna —rojiza, como de costumbre— se alza sobre el mar.
—¿Qué crees que habrá allá fuera? —le pregunta Mauro, señalando hacia la carretera de Madrid, donde el horizonte se confunde con el humo.
—Ruinas y miedo —responde Jonás—. O tal vez otros como nosotros, apretando los dientes y soñando con un sitio donde dormir más de seis horas seguidas.
En el silencio, Mauro asiente. Ambos entienden lo que no hace falta decir: cada comunidad que subsiste es un milagro, cada día sin mordidas ni traiciones, una victoria menor pero real.
A medianoche toca el relevo. Jonás desciende y camina hacia su casa, cruzando el laberinto de sacos, barricadas y sombras. Encuentra a su madre sentada a la luz de una vela, cosiendo un abrigo nuevo para Sofía. La niña duerme, abrazada a la radio muda.
—¿Qué tal fue? —pregunta Julia, sin alzar la vista.
—Tranquilo, por ahora —responde Jonás, mientras se sienta a su lado.
Julia asiente y le pasa una taza de caldo tibio. No hace falta más. Durante un largo rato, escuchan juntos el leve gemido del viento contra las ventanas, y Jonás se permite el raro lujo de cerrar los ojos y pensar que, quizás, un día, Alicante volverá a abrirse al mar, y el bullicio del Mercado Central será otra vez el de panaderos y pescaderos riendo al sol.
Pero ese día está aún muy lejos. Por ahora, solo queda resistir, confiar en las murallas, y en que los vivos, superados ya los peores horrores, aprendan al fin a no temerse tanto como temían a los muertos.
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