Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
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Apocalipsis Z. El principio del fin
Portada del relato Los muros y el mar
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Fragmento:


Este 15 de diciembre, el grupo había sobrevivido otra madrugada sin bajas. Fátima, la mayor, se levantó con las primeras luces y encendió una hoguera improvisada en la terraza, alimentada con muebles del piso inferior. Nadie protestó: el riesgo de atraer a zombis con el humo era inferior al de morir de hipotermia. La comida, apenas algo de arroz y una lata de garbanzos, supo a gloria. Javi, el niño de siete años, se aferraba a una taza de agua caliente, sonrojado y con ojos grandes de temor.

Duración: 11:34

Los muros y el mar
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Texto de ajuste de pausa.

15 de diciembre de 2020

El sol había salido pálido sobre Alicante, apenas una franja dorada sobre el mar azotado por el frío. Desde la azotea del antiguo edifcio en Luceros, Pablo observaba el horizonte; los tonos rosados bailaban sobre las olas y las bandadas de gaviotas cruzaban el aire, ignorantes de los horrores que acechaban en las calles. En estos últimos días de diciembre, el Mediterráneo estaba inquietantemente tranquilo, como si el mar también guardara luto por la vieja ciudad.

El frío era más cruel que nunca. El aire cortaba la piel al menor descuido, obligando a los pocos humanos que aún se movían entre las sombras de los edificios a cubrirse con mantas raídas y ropa superpuesta. Era el primer invierno real desde que todo se había derrumbado. Y, paradójicamente, el frío había traído consigo una tregua: los zombis se movían más despacio, algunos temblaban, y en los barrios del norte incluso se veían bultos inmóviles, congelados, como si la propia muerte los hubiera reclamado de nuevo.

Había pasado casi un año desde que se desató la pesadilla. Pablo repasaba mentalmente la cronología; primero los rumores, los primeros enfermos agresivos, los vídeos virales, y luego el caos. Alicante había caído como caía siempre: con dignidad y desesperación. No hubo heroicidad, ni discursos, solo terror y huidas. La Explanada de España, antaño llena de paseantes y heladerías, ahora era un terreno gris y peligroso. El Ayuntamiento estaba quemado desde finales de agosto, y el Mercado Central había sido saqueado y abandonado tras una oleada más agresiva en septiembre.

El grupo de Pablo se mantenía oculto en el edificio de Luceros, ocupando los últimos cinco pisos. Eran quince en total: dos familias, una pareja de médicos que había llegado de Madrid huyendo, tres estudiantes universitarios que jamás serían graduados y un niño. Cada día que sobrevivían al frío y al hambre era un triunfo, y el simple hecho de tener la mala suerte de tropezarse con una puerta mal cerrada podía significar la muerte a manos de los infectados… o de otros humanos.

El relato de lo que ocurría fuera se componía a base de rumores, retazos de conversaciones interceptadas por radio y experiencias propias. El gran punto de referencia seguía siendo el castillo de Santa Bárbara. Desde hacía dos meses, allí se habían atrincherado unos cien supervivientes, según decían, con alimentos limitados y tres generadores eléctricos que por las noches apenas iluminaban más allá de unos metros. Pablo lo sabía gracias a una vieja radio de onda corta, su tesoro más valioso después de los antibióticos y el pan seco. Por las noches, a veces, la radio militar española transmitía señales de emergencia, códigos que recordaban a la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial: “el águila está en la roca”, “cierra las ventanas en la mar”, frases sin aparente sentido pero que hacían que nadie se sintiera completamente solo.

Este 15 de diciembre, el grupo había sobrevivido otra madrugada sin bajas. Fátima, la mayor, se levantó con las primeras luces y encendió una hoguera improvisada en la terraza, alimentada con muebles del piso inferior. Nadie protestó: el riesgo de atraer a zombis con el humo era inferior al de morir de hipotermia. La comida, apenas algo de arroz y una lata de garbanzos, supo a gloria. Javi, el niño de siete años, se aferraba a una taza de agua caliente, sonrojado y con ojos grandes de temor.

—Esta noche tenemos que bajar una planta más —dijo Rubén, el más fuerte de todos, granjero antes del fin del mundo—. Hay una despensa que no hemos revisado y las reservas se acaban.

—¿Y si hay más de ellos en la escalera? —preguntó Marta, una de las estudiantes, mirando por la ventana, clavando la mirada en la Rambla, casi congelada y vacía—. Hace dos días oí gritos. Debemos tener cuidado.

Habían aprendido a hablar bajo, a moverse entre sombras y a no usar linternas. En los pasillos reinaba el silencio absoluto, roto solo por las pisadas que a veces se escuchaban desde abajo, monótonas, arrastradas. Nadie sabía cuántos zombis quedaban en el edificio. Habían hecho limpiezas silenciosas, empujándolos por las escaleras cuando se podía, pero en la oscuridad y el frío cualquier error era terminal.

Al mediodía, Pablo bajó junto a Rubén y Marta. Bajaron despacio, las armas listas: palos de golf, una vieja ballesta, un cuchillo de cocina. Ya no quedaban armas de fuego en sus manos, el último tiro lo habían gastado hace un mes para ahuyentar a un grupo de merodeadores humanos. Bajaron hasta la puerta de la despensa del sexto piso. El aire olía a polvo y putrefacción.

En el interior, encontraron dos zombis, congelados de pie en una esquina. Rubén pegó un bastonazo en silencio al primero, el cuerpo cayó con un sonido sordo. El segundo, una mujer de pelo canoso y piel azulada, apenas se movió, y Pablo le hundió el cuchillo en el cráneo. Nadie titubeó. Se habían acostumbrado a la muerte, y a mirar a los ojos de lo que una vez fue humano.

Rebuscaron entre la suciedad. La despensa, en su tiempo un pequeño almacén privado, conservaba latas de melocotón y cuatro paquetes de galletas. Esa tarde celebraron la comida más dulce desde hacía semanas, sentados bajo mantas, narrando anécdotas del pasado. Paula, la doctora, contó historias de la Navidad en Madrid, cuando aún había luces en Gran Vía. Nadie reía, pero la nostalgia era menos mala que el miedo.

El invierno había cambiado las reglas del juego. Alicante, normalmente refugio de turistas, playa y sol, se había convertido en una trampa helada. A veces, durante el crepúsculo, podía verse desde la azotea la silueta de la isla de Tabarca. Algunos rumoreaban que había supervivientes allí, pescadores, gente habituada al aislamiento. Otros decían que la isla se había convertido en un cementerio lleno de zombis marinos. Pablo miraba el mar con deseo y miedo: cruzar en una barca era un suicidio en esas aguas gélidas y peligrosas.

El tercer día tras la expedición a la despensa, llegó una señal nueva por la radio: “Habrá bengala azul sobre San Juan, medianoche, ayuda quienes puedan caminar.” El mensaje se repitió tres veces. Nadie en el edificio de Luceros dudó de su significado; un grupo pediría socorro en la playa de San Juan, al norte, una zona donde los zombis rara vez llegaban por el frío y el viento constante del mar. Era peligroso, pero era una oportunidad de contactar con otros vivos, quizás intercambiar comida o información. Con suerte, encontrar medicinas para el niño, que tosía cada vez más.

El grupo reunió lo poco que podía ofrecer: un botiquín medio vacío, un paquete de galletas y algo de ropa. Rubén y Marta se ofrecieron voluntarios para la expedición nocturna. Saldrían al anochecer. Pablo se negó a dejarlos ir solos, a pesar de la protesta de todos. Sabían que las noches eran lo peor; los zombis, aunque lentos en el frío, se movían por puro instinto al ocaso. El viaje hasta la playa de San Juan era largo, había que cruzar avenidas vacías y barrios plagados de recuerdos: la Albufereta, casi abandonada y con sus hoteles fantasmales; el Cabo de las Huertas, donde aún había casas de ricos que jamás regresarían a la ciudad.

Salieron con sigilo, esquivando toda zona abierta. Doblaban esquinas, pasaban junto a coches con las ventanillas rotas, huían del más mínimo ruido. En el trayecto encontraron dos cadáveres humanos recientes, sin marcas de mordeduras: probablemente muertos por hambre o frío, o asesinados por saqueadores. La ciudad era un cementerio a cielo abierto.

Ya en San Juan, la fría arena costera brillaba bajo la luz de la luna. No había ni una nube y el viento cortaba hasta hacer llorar. El reloj marcaba las once y cuarenta y cinco cuando, desde el extremo de la playa, un resplandor azul se encendió y subió al cielo, iluminando el mar con un fulgor fantasmal. Tres figuras se acercaron titubeantes: dos adultos y una muchacha. Los brazos levantados en señal de paz. Rubén desenfundó la ballesta y Pablo sujetó con fuerza el cuchillo.

—¡Venimos en son de paz! —gritó una voz temblorosa—. Un niño… necesitamos ayuda, es diabético… apenas tenemos insulina.

La mujer de la voz tenía el cabello rubio y los labios azulados por el frío. Iban armados apenas con palos y una pequeña navaja. La chica, tapada hasta las orejas, tosía con insistencia.

El intercambio fue rápido, tenso. Rubén les ofreció vendas y la mitad del arroz; la mujer les contó que había una barca escondida en el canal de la Albufereta, protegida por redes y tablas, y que, si lograban limpiar el túnel cercano, podrían usarla para escapar a Tabarca o incluso a Villajoyosa. Nadie había probado suerte, pero era un plan mejor que morir helados en el edificio.

Antes de irse, la mujer entregó a Pablo una hoja arrancada de una libreta. Apuntes de farmacias y casas donde aún quedaba insulina o medicinas. Direcciones marcadas con cruces en Cabo de las Huertas y El Campello. No había promesas, pero el intercambio de información se había convertido en un bien más valioso que el pan en ese invierno sin alma.

Esa madrugada, Pablo regresó con Rubén y Marta. Habían logrado algo más valioso que el arroz: la certidumbre de que aún había personas dispuestas a cooperar. La mañana siguiente, decidieron organizar una expedición para buscar la barca, limpiar el túnel y, tal vez, intentar el viaje a Tabarca, donde el frío y la soledad ofrecían al menos la posibilidad de empezar de nuevo.

Pero Alicante no perdonaba fácil. Los zombis, si bien más inmóviles y lentos que nunca, seguían presentes en túneles, sótanos y, sobre todo, en los recuerdos de los vivos. El miedo al inicio se volvía costumbre, y aquel silencio sepulcral del invierno no presagiaba otra cosa que más lucha, más rabia, más dolor. Sin embargo, ante la posibilidad remota de un futuro, de una comunidad nueva lejos del centro de la ciudad muerta, hasta los adultos se dieron permiso para soñar.

Al anochecer, cuando la brisa marina volvía a llevar el olor de sal y muerte a través de las callejuelas, Pablo acompañó a Javi a la azotea, tapados con mantas, para enseñarle las estrellas. El niño nunca había viajado, no conocía más mundo que Alicante y sus ruinas, pero escuchaba atento cada historia sobre playas limpias, barcos llenos de viento y ciudades cuyos nombres sonaban a canciones: Cartagena, Valencia, Marsella, Roma.

—¿Crees que un día serán seguras? —preguntó Javi, mirando la costa lejana, donde Tabarca era apenas una sombra.

—Quizá —respondió Pablo, acariciándolo en el cabello—. Pero mientras tanto, tenemos que seguir juntos.

Bajo la luz fría del invierno, Alicante no era solo un cementerio, sino el escenario de la terca voluntad por vivir. Detrás de los muros destartalados y sobre la playa helada, los pocos corazones aún palpitaban con el rumor antiguo de la supervivencia, con la fe de que la humanidad, en las ruinas y la escarcha, no solo se resignaría a morir, sino que lucharía —incluso si solo quedaba el eco de la radio y el rumor de las olas— por volver a vivir.

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