Fragmento:
Pero sobrevivieron. Poco a poco, entre los escombros y los incendios, la vida aprendió a replegarse. Al principio, cada quién por su cuenta; luego, los grupos de vecinos, los refugios en escuelas y centros comerciales, los pozos sellados. El Castillo de Santa Bárbara fue crucial: durante los meses más duros de 2021 y 2022, lo fortificaron a marchas forzadas y miles vivieron bajo sus bóvedas, defendiendo el cerro mientras veían cómo la ciudad era consumida por el hambre y la violencia.
Duración: 11:14
15 de noviembre de 2028
El sol se levantaba apenas sobre el Mediterráneo, dibujando líneas anaranjadas sobre el agua silenciosa más allá del puerto, cuando Mateo Moreno terminó de comprobar el estado de la muralla norte. Ahí, donde antes el bullicio de turistas y locales llenaba el paseo junto a la Explanada, ahora solo el sonido metálico de las herramientas y ocasionales gritos de alerta se abrían paso entre el aire frío de otoño. Al otro lado del muro, una caravana de mulas y carretas ya esperaba su turno para pasar por la gran puerta de acceso: comerciantes llegados de Elda, Novelda y algunas aldeas recuperadas en las colinas.
Alicante había pasado por muchas transformaciones desde la oscuridad de 2020. Al inicio, cuando los primeros rumores del colapso llegaron a la ciudad, todo se había sentido como una mala pesadilla: las cuarentenas, los hospitales superados, las órdenes contradictorias del gobierno—y luego, el horror concreto de muertos que no permanecían quietos ni en sus tumbas. El propio Mateo, cuando aún era estudiante y no el jefe de los Vigías al norte de la ciudad amurallada, lo presenció en su propio barrio de San Blas, y aún podían asaltarle aquellos recuerdos noches enteras: una vecina atacando a su hijito en el rellano, los gritos, la sangre, la estampida. Durante meses, Alicante casi desapareció bajo las hordas venidas desde la periferia y los pueblos costeros.
Pero sobrevivieron. Poco a poco, entre los escombros y los incendios, la vida aprendió a replegarse. Al principio, cada quién por su cuenta; luego, los grupos de vecinos, los refugios en escuelas y centros comerciales, los pozos sellados. El Castillo de Santa Bárbara fue crucial: durante los meses más duros de 2021 y 2022, lo fortificaron a marchas forzadas y miles vivieron bajo sus bóvedas, defendiendo el cerro mientras veían cómo la ciudad era consumida por el hambre y la violencia.
No fue hasta 2024, una eternidad de penurias, que la situación empezó a estabilizarse. Aquel año, lo recordaban todos en los fogones, llegaron las primeras caravanas organizadas de hombres y mujeres de La Mancha, trayendo herramientas, caballos y noticias del este. Fue uno de los acuerdos sellados en la Senda de Les Palmeretes, al sur, lo que permitió un lento resurgir: se recuperaron huertos, pozos antiguos, incluso viejas bodegas en San Vicente del Raspeig que ahora abastecían de vino a la ciudad amurallada. Así, Alicante se convirtió en uno de los puntos neurálgicos de lo que algunos llamaban las Nuevas Ciudades—aunque muchos usaban apodos más humildes: Puertos de los Muros, Bastiones de la Costa.
Mateo bajó de la muralla y saludó al grupo apostado junto a la torre principal. Allí esperaba Gala, responsable del mercado de distribución, con el libro de inventarios y una radio de manivela atada al cinto. A su lado, dos voluntarios de las milicias rurales traían cajas de herramientas y una mochila repleta de semillas recién llegadas de los valles interiores.
—¿Qué noticias traen? —preguntó Mateo, desperezando los brazos—. ¿Algún problema en el paso de Monforte?
Gala, una mujer de cara quemada por el viento y los años, asintió gravemente.
—Un grupo de saqueadores fue avistado cerca de la antigua autopista —explicó—. Se movían hacia el sur, quizás para intentar cruzar hacia Elche. Llevaban armamento ligero, pero parecían tener prisas.
El comentario no era para tomárselo a la ligera. En los últimos inviernos, el problema de los vivos había sustituido poco a poco al de los muertos. Los zombis—Mateo jamás pudo asumir la palabra de otra forma que no fuera entre dientes—todavía deambulaban por las ruinas de la urbe más allá del puerto, sobre todo abajo en las marismas y cerca de San Gabriel. Pero eran lentos, predecibles y, salvo emboscadas en zonas cerradas, más una molestia que una amenaza inmediata. Los saqueadores humanos, en cambio, llevaban pólvora y sorpresas.
—El consejo lo discutirá al caer la tarde —anunció Gala—. Los jefes de las caravanas exigen más hombres en los convoyes, a cambio de dejar parte del grano aquí.
Mateo sabía lo complicado que era ese equilibrio. Alicante vivía del mar, sí, pero dependía las rutas del interior para no perecer de hambre y aislamiento. Sin las caravanas que traían, más allá del mercado negro, herramientas, medicinas y semillas, poco habría por hacer incluso entre los cercados recuperados: los campos en Mutxamel y Sant Joan jamás habían producido tanto como necesitaba la ciudad.
El bullicio crecía junto a la puerta: la caravana de Elda iba entrando, y los guardianes—cascos pintados, armamento diverso, bandanas de colores según gremio—pedían credenciales, comprobaban mercancías y registraban cada llegada en un libro de tapas de cuero. Algunos niños correteaban alrededor de los bueyes, entre olor a madera y cuero y las exclamaciones en voz baja de los comerciantes.
Mateo se retiró un momento hacia un pequeño mirador sobre el barrio antiguo, entre las calles estrechas de Santa Cruz y Raval Roig. A lo lejos, se veía el antiguo Mercado Central, parte ruinas, parte almacén. Allí, los obreros de las cooperativas intentaban recuperar la vieja imprenta de la ciudad para producir manuales de cultivo, avisos y hasta rudimentarios periódicos: hojas que se distribuían entre los muros, compartiendo noticias y hasta algunos relatos fantaseados sobre el mundo de antes.
Su hermana, Lucía, era una de las encargadas de aquel loco proyecto de “archivo vivo de la ciudad”. La mayoría le tomaba por idealista, pero una parte de la comunidad—sobre todo los niños nacidos después de 2025—le escuchaba con respeto, interesados en las historias que yacían entre los pliegues de las páginas: historias de luz eléctrica, de cines, de playas llenas de risas en verano. Mateo se preguntaba a menudo si algún día todo eso podría volver, o si Alicante estaba condenada a ser una fortaleza entre dos eras.
Al mediodía, la ciudad vibraba con el ritmo de la feria de intercambio. Junto a la muralla vieja, donde antes finalizaba la Rambla, ahora se extendían docenas de toldos con mercancías: sal de Torrevieja, madera cortada en las sierras, tejidos ásperos de cáñamo, aceite de oliva, mermeladas y, por supuesto, la eterna pólvora. Los talleres del casco antiguo fabricaban, bajo estricto control y mediante fórmulas rescatadas de antiguos manuales, suficiente cantidad de balas y carga para las escopetas, pistolets y rifles rescatados.
Mateo ayudaba a supervisar el control de armas, conversando aquí y allá con el encargado de los molinos—dos molinos de viento reconstruidos cerca de El Palmeral, que suministraban parte de la energía de la ciudad—y los jóvenes encargados de acarrear cubos de agua hasta los puestos de calabaza y patata. Los visitantes forasteros eran vigilados discretamente, y había turnos de guardias armados recorriendo las calles.
No obstante, entre la tensión se filtraba alegría infantil que no recordaba a los días de asedio de hacía apenas cinco años: niños jugando entre cajas, mujeres riendo en los puestos con frutos secos, comerciantes discutiendo por medidas de sal sin miedo a una emboscada. Algo parecido a la vida, pensó Mateo, a pesar de todo.
Por la tarde, el consejo se reunió bajo la techumbre restaurada del Ayuntamiento. De los veinte asientos, solo siete estaban ocupados: representantes de las milicias, de los mercados, de los huertos y del puerto. La conversación versó, como casi siempre, sobre recursos: el hierro escaseaba, los barqueros exigían más grano a cambio de pescado, y el agua del embalse en Tibi llegaba apenas a cubrir las necesidades de octubre.
El asunto de los saqueadores en Monforte ocupó buena parte de la discusión.
—Proponemos una patrulla—sugirió Vicente, el delegado de los molinos—. Dos hombres por caravana hasta pasado Elche.
—Eso es desproteger el camino de Alcoy—replicó una mujer de pelo canoso, mandamás de los talleres—. Si la banda decide girar hacia allí, el interior quedará sin defensa.
—¿Por qué no establecer un sistema de señales? —propuso Lucía desde su asiento—. Fogatas en las colinas: tres columnas de humo si el peligro sube desde el sur, dos si llegan del oeste. Así no estamos a ciegas.
Todos asintieron. Hacía meses habían intentado coordinar avisos con los asentamientos vecinos, usando espejos y radios, pero la solución de las señales a la vieja usanza no era mala; permitía advertencias inmediatas, aunque fuera rudimentaria. El consejo votó—por mayoría simple, casi ritual—y Mateo fue designado responsable de organizar el sistema con ayuda de los jóvenes del grupo de vigías.
Cuando oscureció, la ciudad se llenó del resplandor difuso de pequeñas lámparas de aceite y mecheros rudimentarios. Mucha gente se congregó en los patios comunes junto a los fogones; los soldados de la ronda principal patrullaban, relajados, entre hogueras, charlando bajo las estrellas. Los rumores de los saqueadores circulaban como mantras en boca de los mayores, pero nadie quería extender el pánico. Desde hacía tiempo, las preocupaciones eran parte del precio de vivir.
A la medianoche, Mateo subió de nuevo a la muralla vieja. La ciudad, vista desde ahí, era un tapiz irregular de techos reparados, jardines improvisados y destellos de faroles encendidos. Más allá, en la negrura, un mar nocturno sólo interrumpido por el rumor suave de las olas y la sombra imponente del Castillo de Santa Bárbara, ahora símbolo de resistencia más que de guerra.
Junto a él, Gala tomó asiento, envuelta en un poncho raído.
—¿Piensas que es posible reconstruir algo real, Mateo? —preguntó en voz baja, casi temiendo romper el embrujo de la noche—. ¿Alguna vez volverá Alicante a ser lo que fue?
Mateo reflexionó antes de responder, mirando las ruinas del viejo barrio de Carolinas, donde algunos ya intentaban limpiar y construir casas. Quizá el mundo viejo nunca volvería—no del todo. Pero podía imaginar, en ese instante breve, un futuro donde los niños aprendieran a leer en aulas nuevas, donde el comercio fluyera libre otra vez, donde los muertos no fueran más que un recuerdo de años oscuros.
—Tal vez —susurró finalmente, con la esperanza vibrando en cada sílaba—. Pero aunque no lo hagamos igual, lo importante es seguir vivos, como pueblo. Si cada generación deja algo mejor para la siguiente… entonces, sí, habremos reconstruido Alicante. Aunque sea otra Alicante, sobre otras ruinas.
Gala asintió, y juntos miraron el horizonte hasta que el primer resplandor del alba marcó el inicio de un nuevo día. Un día más para sobrevivir, sí, pero también—tal vez, solo tal vez—para empezar a vivir.
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