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Portada del relato La noche de las orillas rotas
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Fragmento:


Era Don Raimundo, el patriarca de la Huerta de San Benito. Un gigante curtido con las manos rojas de cava y la risa fácil. Vestía un delantal remendado con el logo borrado de un supermercado extinto.

Duración: 11:12

La noche de las orillas rotas
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Texto de ajuste de pausa.

15 de septiembre de 2026

Nunca antes Alicante había olido tanto a sal y a humo a la vez. El mar, que había sido durante siglos el pulso azul de la ciudad, seguía ahí, pero su olor se mezclaba ahora con el de los residuos de barricadas quemadas y las explosiones secas de pólvora artesanal. Desde lo alto del castillo de Santa Bárbara, Marisol podía ver los techos oxidados de las casas y las terrazas repobladas con pequeños huertos. El horizonte estaba limpio de luces eléctricas, salvo por las fogatas de los puestos de guardia y alguna linterna de dinamo. La vida, como el mar, seguía, pero era otra.

Había terminado de prepararse con prisa la noche anterior. La ropa era una mezcla de prendas militares deshechadas, botas de pesca, un casco de bicicleta decorado con restos de conchas y la mochila de aventuras de un tiempo remoto, cuando las excursiones eran solo un juego de niños. Ahora, una salida fuera de las murallas de la ciudad antigua era un asunto de vida o muerte.

Desde la cumbre veía lo que quedaba del puerto y la Explanada. Las palmeras seguían erguidas, desgreñadas y fibrosas, como esqueletos verdes. En la playa de El Postiguet se distinguían las marcas de cercas lineales: torres improvisadas de vigilancia y boyas de metal. El mar era un límite, pero también la única salida para quienes no querían resignarse a morir atrapados o vivir sitiados. El control de la playa era clave. Allí, unos pescadores habían reconstruido antiguos barcos y los usaban, cada noche, para intentar abastecer a la ciudad.

Marisol se giró para descender. Caminar por los escalones del castillo había sido una temeridad: los viejos zombis ya no corrían, pero podían sorprender desde cualquier sombra. Pero esa noche, como cada quince de septiembre desde la “nueva era”, Alicante celebraba la Feria Salvaje: un mercado ambulante y semiclandestino donde pequeños productores y forasteros intercambiaban su mercancía por alimentos secos, semillas, medicinas o municiones.

El trayecto hasta el mercadillo era corto, aunque los túneles entre la ciudad vieja y la Plaza de Gabriel Miró estaban bien controlados. Alicante había sobrevivido en parte porque los barrios se habían organizado pronto: los antiguos comerciantes del Mercado Central, técnicos jubilados, bandas de ex policías locales, y unos cuantos estudiantes de informática que, gracias a viejos manuales y generadores de bicicleta, mantenían algunas radios sintonizadas y una rudimentaria red de comunicación entre asentamientos.

Nada más cruzar el umbral de piedra por la calle Mayor, Marisol escuchó los murmullos difusos del mercado. Salían de todas partes: voces en valenciano, voces roncas en francés y hasta el canto de una vieja habanera en un altavoz chino recargado a sol. La plaza estaba llena de mesas improvisadas cubiertas de mantas coloridas y empapadas de historias.

—Marisol —susurró una voz a su lado—. La cosecha de cebada ha estado mejor este año.

Era Don Raimundo, el patriarca de la Huerta de San Benito. Un gigante curtido con las manos rojas de cava y la risa fácil. Vestía un delantal remendado con el logo borrado de un supermercado extinto.

—¿Has traído lo acordado?

—Sí, —le respondió ella, levantando el paquete envuelto en plástico, —antibióticos y algo de penicilina.

—Me salvarás la pierna. La vieja herida del rastrojo volvió a abrirse. Cada invierno pica más.

Se sentaron en una mesa baja, rodeados de otros negociadores que susurraban tratos de semillas híbridas, huevos duros, piensos para las gallinas de Benalúa y lamparitas de aceite. Entre las filas, los niños correteaban con una risa nerviosa. Había patrullas de la Guardia Comunitaria, hombres y mujeres con brazaletes verdes que iban armados de viejas escopetas y palos, vigilando que nadie llevase más armas de las permitidas al recinto. Aquella paz era frágil, mantenida por una mezcla de costumbre y miedo después de años en los que el derramamiento de sangre había sido la única ley.

El objetivo de Marisol no era solo comerciar ese día. Llevaba semanas participando en la creación de un rudimentario mapa colectivo. Los técnicos habían rescatado viejas impresoras de una copistería de la Universidad —ahora una fortaleza en sí misma— y habían conseguido papel gracias a un comercio con unos refugiados de Elche. Marisol, además de enfermera, era una de las coordinadoras de la milicia cartográfica.

Tras intercambiar los antibióticos, pidió hablar con Ramón “el Rojo”, uno de los jefes que sabía moverse entre los restos de la Playa de San Juan y la linde de Mutxamel.

—Unió rumores, Ramón —le dijo, al entregarle una pequeña bolsa de judías secas a cambio de una libreta llena de anotaciones.

—La última semana vimos dos hordas. Una a la altura del antiguo campo de golf, otra por la Avenida de Denia. Pero son lentas ahora, Marisol. Deberían morir, pero a veces parece que la tierra los escupe de nuevo. Quizás sean cadáveres recientes y alguien sigue cayendo fuertemente hacia allí.

Ella asentía y apuntaba en un mapa de papel amarillento. Sabía que cualquier información podía significar la diferencia entre la vida y la muerte si una caravana se quedaba atascada o una horda lograba encontrar un acceso sin vigilancia.

—¿Has oído algo de Benidorm?

—Siguen igual. Un par de intentos de desalojar el paseo marítimo pero hay demasiados cadáveres. Los casinos se usan como fortines, pero Benidorm es una ruina. Solo los saqueadores y algún grupo organizado han logrado cruzar.

A medida que avanzaba la tarde, la plaza se llenaba de más gente. Los parlanchines vendían recetas de pan sin levadura, otros ofrecían pilas hechas con limones y monedas oxidadas. Había incluso una mujer joven, la hija de uno de los sobrevivientes de Babel, que recorría las mesas recogiendo cuentos para reescribirlos en papel. Alicante no solo comerciaba alimentos: el intercambio de historias, canciones y viejas recetas tejía una red de memoria colectiva que mantenía el ánimo, aunque fuese frágil como la propia humanidad.

Cuando el sol comenzaba a caer, un silbido largo y agudo atravesó la plaza. Era la señal acordada: una patrulla que volvía desde la antigua Plaza Séneca informaba con antorchas que una pequeña horda de zombis, probablemente arrastrándose, podía estar acercándose desde el sur, por las vías del Tram. Había que evacuar rápido. Nadie corría, pero los comerciantes cubrían sus puestos. Sabían que reaccionar con pánico podía provocar una avalancha, así que formaban filas disciplinadas y se dirigían a los túneles y accesos internos de la ciudad.

Marisol volvió a subir rápidamente la cuesta hacia la entrada oeste del castillo, bordeando lo que quedaba del Barrio de Santa Cruz. Esa noche, sin embargo, decidió no refugiarse tras los muros: tenía que llegar a la posada improvisada de Campoamor, donde guardaban los bocetos completos del primer mapa de la comarca. Había un grupo dispuesto a aventurarse hasta la antigua sierra de Fontcalent a la mañana siguiente, y necesitaban todas las rutas limpias señaladas.

Mientras corría, rememoraba cómo Alicante había cambiado en apenas unos años. Sus padres le contaron cómo el COVID había destrozado la economía, y cómo poco después nadie se atrevía a salir durante la fiebre zombie. Cuando ella era niña, todavía bajaban en verano a bañarse en la playa sin miedo… El antiguo Mercado Central olía distinto: antes era mezcla de frutas, pescado y café. Ahora era el centro del poder real, una plaza amurallada con fosos improvisados y trampas antipersona, donde el Consejo de Ancianos se reunía para organizar las patrullas y distribuir los recursos.

Pero lo peor, pensaba mientras avanzaba, no era el miedo a los muertos, sino a los vivos. Había habido varias escaramuzas con grupos de saqueadores venidos de Valencia. Una vez, en marzo, un convoy de El Campello intentó comerciar, pero terminó en tiroteo y tres muertos. La Guardia Comunitaria había endurecido normas. Ahora cualquier forastero debía dejar las armas antes de entrar al mercado, y un registro con nombres en la puerta era obligatorio.

Pronto, llegó al refugio de Campoamor, una antigua pensión reconvertida en almacén, sala de reuniones y hospital improvisado. Allí, la encontraba Carlos, uno de los impresores.

—¿Trajiste los datos?

—Sí, —aseguró Marisol, extendiendo el mapa y anotaciones—, hay una posible ruta limpia por las antiguas canteras. Ramón la ha comprobado esta mañana.

Le mostraron el mapa a los otros miembros del grupo. Había marcas rojas para zonas peligrosas, líneas azules para rutas de agua potable, y pequeños dibujos de molinos de viento y torres de comunicación recuperadas. Alicia, una de las agricultoras supervivientes de San Vicente, propuso marcar en verde los campos de cultivos que aún no habían sido saqueados.

—Debemos tener cuidado, —dijo ella—. Las bandas nómadas del interior han estado atacando campos sin murallas. Si la próxima cosecha falla, tendremos hambre en octubre.

En esas reuniones, pese al peligro, surgía siempre un optimismo difícil de explicar. Los más ancianos recordaban cómo eran las Hogueras de San Juan: el fuego, el baile, la luz en la noche. Alguien propuso que, si lograban mantener segura la ciudad hasta la primavera, intentarían restaurar la fiesta, aunque solo fuese con una pequeña hoguera y unos muñecos de trapo.

Esa noche durmieron poco. Un grupo de vigías mantenía turnos en la terraza, mirando hacia la Rambla y la carretera de San Juan. Marisol, tumbada en un colchón viejo junto a la ventana, sentía el pulso de la ciudad en su pecho: los ladridos lejanos, las sirenas manuales, el rumor de las olas y, de vez en cuando, un disparo solitario.

Pensó en sus hermanos: uno perdido a las afueras de Alcoy, la otra vagando —quizás aún con vida— por el sur. Le dolía no tener noticias de ellos. Pero, al cerrar los ojos, escuchó los pasos de los compañeros, la promesa de que juntos resistirían un día más.

Por la mañana, el cielo era de un azul casi antiguo, ese que solo Alicante conoce después de una tormenta. Los vecinos descendieron a la plaza para revisar los daños del susto nocturno. Un par de zombies habían muerto junto a la vieja estación de autobuses. Otro fue encontrado atrapado en las ruinas de un bar de moda del puerto deportivo. Era hora de quemar los restos, repasar las defensas y reunirse de nuevo para negociar el día.

La Feria Salvaje continuó a media mañana, pero con la vigilancia duplicada. Entre trueque y trueque, una anciana del Mercado Central se acercó a Marisol y le ofreció una pequeña maceta con una planta de tomate incipiente.

—Para que no olvides que hasta entre ruinas, se puede volver a germinar.

Marisol, con los dedos llenos de tierra, comprendió que Alicante, la ciudad de sal, viento y resistencia, sobrevivía no solo por balas, sino por la obstinación humilde de quienes apostaban otra vez por la vida.

Al caer la tarde, el radiotransmisor del Mercado Central recogió una señal tenue desde Elche: había noticias de una caravana con semillas de trigo y unos cuantos nuevos supervivientes. Quizás llegasen antes de la próxima luna nueva. O quizás no. Pero, como cada noche, la ciudad resistía. Y otros preparaban sus toldos, levantaban barricadas, y cosechaban esperanza sobre los escombros calientes de un mundo anterior.

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