Fragmento:
A esa hora, Elena Trabado se acomodaba un morral de cuero gastado sobre el hombro, comprobando por última vez el filo de su navaja y la tensión del arco corto. Su destino era la pequeña feria de intercambio que, desde el inicio de esa temporada, abría entre las ruinas del Centro Comercial Gran Vía cada tercer día, pero ese 17 de septiembre no era uno cualquiera: los rumores decían que grupos nómadas de saqueadores merodeaban hacia San Vicente, y que algún movimiento poco claro se cocía entre las caravanas de la Vega Baja.
Duración: 12:49
17 de septiembre de 2027
El tranvía hacía mucho que no funcionaba, pero todavía había quien, por costumbre, recorría la Avenida de Denia siguiendo la línea oxidada de los raíles. El sol del final del verano teñía de naranja los restos de los altos edificios de la Albufereta, mientras los grillos reanudaban el ciclo eterno de noches aún templadas en Alicante. El rumor del mar Mediterráneo llegaba lejano, amortiguado por barricadas, muros de neumáticos y puestos de vigilancia construidos con las piedras recogidas de los derrumbes y antiguas obras civiles.
Allí, entre las colinas de la Serra Grossa y El Cabo, se extendía el nuevo Alicante, una ciudad a la vez destrozada y renaciente, agarrada a la tierra como una semilla que aún duda en romper la cáscara. Nada quedaba ya del bullicio de las cervezas en las terrazas, ni de la música a ritmo de reggaetón, ni de las risas mezcladas con el oleaje. Ahora se escuchaban órdenes cortas, el juramento seco de los centinelas y, muy de cuando en cuando, el lamento distante de algún zombie extraviado, con voz rota y hueca.
En el corazón de este castillo resucitado, en la ladera del Benacantil, subsistía una de las comunidades murallas más notorias del sudeste de la península, conocida popularmente como La Forta (por la fortaleza de Santa Bárbara, su epicentro). Hasta allí había huido medio Alicante, y aledaños, en los años más duros de 2021 y 2022. Casi todo estaba cambiado, pero algunas calles, como la Rambla de Méndez Núñez, permanecían visibles, ocultas tras los nuevos muros de adobe, hierro y colchones arenosos rellenos de escombros. Las plazas por donde antaño paseaban turistas eran campos de cultivo, las iglesias hacían las veces de almacenes y salas de consejo. Los escasos y valiosos viajes a las huertas externas estaban protegidos por las pocas armas de fuego que fabricaban en pequeños talleres ocultos entre la Plaza de Toros y la bullida Plaza del Mercado Central.
A esa hora, Elena Trabado se acomodaba un morral de cuero gastado sobre el hombro, comprobando por última vez el filo de su navaja y la tensión del arco corto. Su destino era la pequeña feria de intercambio que, desde el inicio de esa temporada, abría entre las ruinas del Centro Comercial Gran Vía cada tercer día, pero ese 17 de septiembre no era uno cualquiera: los rumores decían que grupos nómadas de saqueadores merodeaban hacia San Vicente, y que algún movimiento poco claro se cocía entre las caravanas de la Vega Baja.
Al llegar a la parte alta de Vistahermosa, Elena coordinó con otros dos centinelas el relevo de la noche. -Ni rastro de zombies nuevos -les aseguró Marta, una joven fornida con cicatrices antiguas en los antebrazos-. Sólo alguno atascado en los setos, de esos viejos que apenas avanzan ya, pero no dejéis de revisar la zona del túnel. Esta vez me pareció oír un ruido raro más allá de las piedras, cerca del barranco.
Eso era rutina ahora. Los zombies activos, que ya escaseaban, se movían pesados y torpes, resultado de los años, del clima seco y de su propia putrefacción. Las verdaderas amenazas, lo sabían todos, eran los humanos sin ley y los brotes esporádicos que aún surgían cuando algún cadáver recentísimo se reanimaba en la soledad equivocada.
Elena caminó despacio hacia la feria. Bajo los toldos improvisados, los vecinos preparaban sus puestos: la familia Seisdedos ofrecía botellas de agua potable, recogida en los aljibes del Montgó; Manu el Herrero alineaba cuchillos de metal fundido en una vieja parrilla de barbacoa; y las hermanas Canals doblaban cuidadosamente ropa de abrigo, hecha de retazos multicolores.
Elena encontró a su propio hermano, Víctor, ayudando a improvisar una banca con tablones procedentes del Mercado Central. -¿Alguna novedad?- preguntó en voz baja, con la costumbre de quien aún teme ser oído hasta por las losas del suelo.
-Ayer llegó una caravana de Mutxamel -respondió Víctor, mirando a su alrededor antes de seguir-. Trajeron sal, y algo de aceite. Pero dicen que en el norte, un tal “Mayor Lanza” ha juntado a cien hombres... y dicen que quiere bajar hasta aquí.
El nombre recorría los corredores como pólvora: Mayor Lanza, antiguo militar que había logrado formar una milicia en las ruinas de Alcoy y Cocentaina, era un señor de la guerra que ya había saqueado tres pequeñas aldeas entre Xixona y Agost, y había dejado tras de sí rumores de violencia y esclavitud. Nadie sabía bien si era tan brutal como lo decían, ni si realmente tenía aquellos cañones antiguos restaurados, procedentes quién sabe de dónde. Lo cierto era que su fantasma flotaba sobre los intercambios y los consejos de la ciudad, dividiendo a los líderes entre quienes proponían enfrentamiento y quienes preferían negociar o huir en caso necesario.
Elena no podía permitirse ese miedo. Tenía que conseguir remedios para su madre, aquejada de una infección que no terminaba de curarse con las infusiones y ungüentos caseros. Así pues, ajustó la navaja al cinto y sacó de su mochila tres pequeños frascos de miel, auténtico oro dulce que había logrado extraer del apiario de una casa abandonada al pie de la sierra. Su plan era claro: cambiar aquella miel por un pequeño bote de penicilina, una de las últimas reliquias rescatadas de la antigua farmacia de la Explanada, o por lo menos por algún nuevo remedio que no fuese sólo esperanza embotellada.
Mientras recorría la feria, percibió que la tensión flotaba como una nube estancada. La mayoría evitaba mirar a los ojos de los forasteros; se compartía el pan, pero no el recelo. Los centinelas de la “Compañía de la Explanada”, el pequeño ejército local, hacían rondas con lanzas metálicas y polvorientas escopetas; todos sabían que la paz y los acuerdos llegaban a fuerza de mirada dura, no de confianza ciega.
—Te cambio la miel por dos vendas limpias y una pastilla, no más —le ofreció Ramón, el boticario, un hombre cansado de cabellos blancos—. La penicilina va para casos graves, tú lo sabes, chica.
Elena apretó los labios y asintió. —La miel es rara. Y fresca —insistió—. Con ella puedo cerrar diez heridas, y la pastilla esa no la hacen ya casi en ningún lado... ¿Por tres frascos no me das aunque sea una décima parte?
Ramón suspiró, rascándose la barba. Al final aceptó el trueque: una tira de pastillas, un puñado de vendas y unas palabras de advertencia sobre la fiebre y los signos de infección. Elena metió el botín en el morral y se marchó antes de que nadie intentara renegociar o controlara el trueque los propios soldados.
La vida en el nuevo Alicante consistía en rutinas de subsistencia: salidas por leña, recolección de agua, patrullas en busca de animales o cadáveres caídos, y la vigilancia constante de los campos cultivados en lo que antes fueran rotondas, parques y solares de la periferia. En una de esas rondas vespertinas, Elena decidió atajar por las ruinas del antiguo Colegio Jesuitas, convertido en refugio y hospital improvisado. Allí, un grupo de mujeres tejía bolsas de yute; un par de niños, ya acostumbrados al silencio, jugaba con fragmentos de una antigua tableta electrónica.
—¿Cómo va la escuela? —preguntó Elena a Eva, la institutriz más veterana de la comunidad.
—Enseñamos a sumar con piedras, a leer con manuales viejos... —respondió—. Pero algunos niños sueñan con historias de trenes, de coches y luces eléctricas. Dicen que sus padres les contaron cómo eran los helados, el cine, la playa llena de sombrillas. ¿Tú los recuerdas, Elena?
Ella asintió; aquellos recuerdos parecían borrados por la arena y el tiempo, como el color de las fachadas expuestas al sol y la sal del mar. El Alicante de los años previos era cosa de cuentos, transmitidos por los abuelos en torno a una fogata o una lámpara de aceite. Aun así, la esperanza brotaba como las matas de calabaza entre los escombros: algunos mayores hablaban de ferias de intercambio estables en Elda, de rutas libres de zombies hacia Elche, incluso de que, al norte, cerca de Valencia, habían conseguido hacer funcionar un pequeño taller para fabricar armas de fuego y herramientas de metal.
Esa tarde, poco antes de que los primeros tonos violetas teñiesen el cielo, sonó la campana de alarma en la vieja torre del Mercado Central. Elena corrió junto al grupo de guardia hacia la plaza. Se encontraron con Toni el “Vigilante”, arrastrando a rastras a un hombre malherido.
—¡No es zombie! —gritó Toni—. Es de los de Mutxamel. Viene a avisar...
El hombre, cubierto de sangre y con la ropa hecha jirones, deliraba por la fiebre y las heridas.
—... Vienen... —balbuceó—. Los de Alcoy... son muchos... llegan mañana... quieren la sal, la munición... quemaron El Campello... mataron...
Un escalofrío recorrió a todos los presentes. No era la amenaza uterina de los zombies fatigados, sino la brutalidad humana, la guerra de recursos y de hambre. El alcalde provisional de la comunidad —un antiguo profesor de historia— pidió silencio y mandó buscar al consejo.
Esa noche, los miembros principales de La Forta —jefes de milicia, consejos de mayores, curanderos y comerciantes— se reunieron en la sala principal del hospital, bajo la imagen de Santa Bárbara aún colgada entre dos ventanas rotas. Se debatieron tres opciones con premura: resistir el asedio, negociar o evacuar hacia el sur, buscando refugio temporal en la sierra.
Elena fue enviada, junto a un pequeño grupo, a controlar los accesos principales por la Albufereta y la Playa de San Juan. Levantaron barricadas, remendaron alambres y prepararon las armas caseras: ballestas, viejas pistolas, cerbatanas y cócteles incendiarios. A cada vigilante se le entregó una insignia hecha de chapa: una fortaleza pintada sobre fondo azul, símbolo improvisado del nuevo Alicante.
Durante las horas siguientes, la tensión alcanzó cotas que sólo los que vivieron la caída de la antigua civilización podían comprender. Encendieron fogatas para disuadir ataques nocturnos y establecieron códigos de señales: tres golpes significaban zombies, una campana larga, humanos armados. De vez en cuando, algún disparo sordo rompía el aire, confirmando que no sólo la comunidad estaba alerta sino también sus enemigos, ocultos en el laberinto de escombros de más allá de la Gran Vía.
A la mañana siguiente, justo cuando la niebla marina flotaba aún sobre los tejados, Elena subió hasta lo más alto de la fortaleza a observar el horizonte. Con ayuda de un viejo catalejo, divisó columnas de humo ascendiendo por la costa norte: señal inequívoca de pillaje y de saqueo. Rezó, si es que aún quedaba algún dios en el mundo, para que la línea de defensa resistiera y para que, tras la tormenta, aquel Alicante —remendado, duro, dolorido— siguiera en pie.
El ataque se produjo a mediodía. Los hombres del Mayor Lanza no superaban la cincuentena, pero armados con machetes, bates y algún revólver rescatado. Sin embargo, el muro, reforzado con años de trabajo, aguantó el primer embate.
Elena, encaramada tras un parapeto, disparó una flecha que rozó el brazo de un asaltante. Los defensores gritaban desde cada puesto, arrojando piedras y botellas de gasolina. Un viejo camión, convertido en ariete, intentó cruzar los escombros, pero la lluvia de cócteles y clavos lo frenó en seco.
Tras varios minutos infernales y la caída de tres defensores, los asaltantes retrocedieron. El rumor del mar volvió a hacerse oír mientras los heridos eran atendidos y los muertos, cubiertos con mantas. No hubo alegría, sólo alivio y la certeza de que el siguiente ataque quizás fuese peor.
Esa noche, mientras cocían arroz y garbanzos en el centro de la plaza, Elena compartió lo poco que tenía con su hermano y su madre. Sabía que aquel día, como tantos otros, no era una victoria sino un aplazamiento de la derrota. Sin embargo, también comprendía que seguían vivos, juntos, y que, como el castillo silencioso sobre el Benacantil, la gente de Alicante sabía resistir mientras hubiera esperanza, memoria y tierra bajo los pies.
La niebla volvió a cubrir los tejados al amanecer. Todo podía cambiar en un instante, pero algo, en ese aire salado y luminoso, les decía que el mundo se estaba reescribiendo, piedra a piedra, semilla tras semilla, entre los escombros del viejo tiempo.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.