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Fragmento:


Hoy bajé de la vigilancia poco antes del alba. Rubén y su grupo de jóvenes armados toman el relevo, y yo busco a mi hermana Andrea. La encuentro junto a la Catedral de San Nicolás, donde ahora están las huertas elevadas de nuestro pequeño colectivo. Andrea tiene veinte años, se hizo adulta demasiado rápido: de la chica tímida y enganchada al móvil, a supervisora de cultivos de lechugas y zanahorias para cerca de cincuenta personas. Ambas aprendimos a callar el hambre y recitar en voz baja nombres de seres queridos muertos. Los dos últimos inviernos nos arrancaron casi todo.

Duración: 11:11

El último refugio junto al mar
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Texto de ajuste de pausa.

14 de febrero de 2024

Mi nombre es Beatriz Morales y tengo treinta y tres años. Antes de todo esto era profesora en un instituto de Alicante. Febrero solía ser un mes frío en la costa levantina, pero ya me he acostumbrado a considerarlo agradable comparado con la amenaza blanca de las nevadas del interior, la lluvia ácida de los primeros meses de la peste o la humedad pestilente que brota entre las ruinas en primavera. Hoy, a media mañana, el Mediterráneo golpea la escollera con furia. Desde la torre improvisada de vigilancia en la azotea del Auditorio de la Diputación, miro hacia el horizonte y me obligo a recordar que sigo viva. Nos decimos los unos a los otros que eso, solamente permanecer vivos, es un acto de rebeldía suprema.

Hace dos años, ni siquiera me habría creído capaz de entenderlo. Alicante era la ciudad de los festivales, los turistas de invierno, la paella a la orilla de la Playa del Postiguet, las terracitas llenas de Erasmus riendo cerca del Mercado Central. Mi vida, aunque simple, rebosaba pequeños milagros cotidianos: un café por la mañana en el quiosco del Parque de Canalejas, los paseos hasta la playa de San Juan con mi hermana pequeña, escuchar batir las olas mientras la ciudad se desperezaba al amanecer. Pero todo eso acabó. Ahora, el milagro es cada mañana en la que ningún grito rompe el silencio y lo único que oigo es el mar y los graznidos de las gaviotas.

El asentamiento ocupa lo que fue toda la manzana que rodea el Auditorio; ahí nos atrincheramos después de que los zombis arrasaran el centro antiguo y el Castillo de Santa Bárbara se convirtiera en un laberinto mortal. Murallas levantadas con contenedores portuarios, coches abandonados y escombros cerraron el paso desde Luceros hasta la Explanada. La primera vez que subí la vista y vi la línea chirriante de cables de espino incluyendo lo que antes era Rambla Méndez Núñez no pude evitar llorar. Pensar que España había retrocedido siglos.

Hoy bajé de la vigilancia poco antes del alba. Rubén y su grupo de jóvenes armados toman el relevo, y yo busco a mi hermana Andrea. La encuentro junto a la Catedral de San Nicolás, donde ahora están las huertas elevadas de nuestro pequeño colectivo. Andrea tiene veinte años, se hizo adulta demasiado rápido: de la chica tímida y enganchada al móvil, a supervisora de cultivos de lechugas y zanahorias para cerca de cincuenta personas. Ambas aprendimos a callar el hambre y recitar en voz baja nombres de seres queridos muertos. Los dos últimos inviernos nos arrancaron casi todo.

—Esta noche no ha habido disparos, —me dice, limpiándose la frente con el dorso de la mano y regalándome una sonrisa cansada—. Eso es buena señal.

—O han desaparecido los problemas, o están esperando. —No le digo qué problemas. Ambos sabemos que hoy los zombis no son la amenaza principal. Los grupos armados del extrarradio, escoria que en otro tiempo habría temblado ante la policía, abundan más que nunca. Los rumores nos llegan por las caravanas de trueque: bandas que saquean pueblos al norte, exmilitares que han formado “reinos” en antiguos complejos turísticos, y, desde hace semanas, historias sobre científicos militares escondidos en las montañas de Aitana, investigando aún la plaga. Nadie dice una verdad completa.

El ataque a la Plaza de los Luceros, en diciembre, casi nos destroza. Una banda de Elche—nosotros los llamamos “azules” por haberse apropiado de uniformes policiales—irrumpió al amanecer. Quemaron media manzana, nos obligaron a cedería parte de la cosecha, y mataron a dos de los nuestros antes de retirarse. Desde entonces, la vigilancia es doble y la paranoia se palpa como una costra tensa sobre la piel de todos.

Me despido de Andrea y recorro la Explanada. Los bancos de mosaico están medio cubiertos de tierra, y los ficus, milagrosamente verdes, resisten. Paso junto al kiosco de flores, ahora convertido en un puesto de armas. Saludo a Vicente, jefe de la guardia. Se ve peor que nunca: los labios agrietados, ojeras negras bajo ojos de perro viejo.

—Hoy llegan los de Mutxamel, —me dice sin levantar la cabeza—. Vienen con caballos y mercancía. Si quieren entrar antes del mediodía, me necesitas para negociar.

Es la rutina. El trueque es sagrado, casi ritual. La mayoría de los “mercaderes” arriesgan la vida para cruzar las montañas infestadas y la franja de polígonos de Rabasa, un territorio disputado por bandidos, zombis aislados y grupos de saqueadores. El intercambio de medicinas y semillas por munición y herramientas es el único lazo con el resto del mundo: una frágil arteria que mantiene latiendo la ciudad. Sin él, nos consumiríamos en unos meses.

A media mañana, el grupo de Mutxamel aparece en lo alto de la Avenida de Alfonso El Sabio. Van envueltos en capas grises, a caballo, con los rostros cubiertos por bufandas. Uno de ellos, una muchacha adolescente de cabello rizado, ondea una bandera blanca. Ocultos tras barricadas en las entradas, los nuestros exhiben las armas desde ventanas y troneras improvisadas; el protocolo exige desconfianza incluso con los conocidos.

El intercambio se celebra bajo la sombra mutilada de las palmeras. Pido ver primero la carga: cuatro sacos de cebada, munición escasa de escopeta (doce cartuchos, ni uno más), sal, tres frascos de amoxicilina con vencimiento de hace dos años y un cargador solar para linternas. Vicente lleva el inventario y pesa cada bulbo de semilla como si fuera oro. Nuestra parte: dos bidones de agua purificada y un cajón con herramientas rudimentarias. El trueque transcurre con cautela: ni una palabra más alta que otra, los ojos huidizos, gestos medidos. Nadie quiere provocar un malentendido que degenera en sangre.

—¿Habéis tenido problemas? —le pregunto al líder, un hombre huesudo que se presenta como Mateo.

—En San Vicente vimos un grupo grande. No sabemos si banda o infectados. Mejor estar atentos, —responde.

Nos despedimos, y mientras desmontan las cargas y se marchan, escuchamos un rumor a lo lejos. Es un sonido que ya conozco: motores, pero antiguos, tal vez dos motos y un camión encendiendo. La gente se tensa. El silencio posterior es siempre el preludio de la catástrofe o el alivio.

El día sigue con una calma extraña. Las noticias de la caravana de Mutxamel corren como pólvora; esta tarde, en la escuela improvisada junto al Mercado Central, siete niños escuchan a la anciana Carmen contar historias de la “vida de antes”: los castillos de fuegos artificiales en Hogueras, las fiestas de San Juan, cuando la gente llenaba la ciudad de música, y en la playa los veraneantes gritaban y reían. Andrea entra y se sienta junto a mí mientras la mujer relata su versión de la “primera noche negra”, aquella primavera de 2020 cuando los hospitales, dice, “se llenaron de lobos con cara de gente”.

Transmitir a los pequeños la esperanza es la tarea más triste y valiente. Intentamos no mentirles, pero tampoco robarles los sueños. En un rincón, Isaac, el niño más silencioso, dibuja zombis diminutos, llenos de cicatrices, ahuyentados por molinos de viento. Me fijo y sonrío. Conocimos a Isaac hace apenas seis meses, cuando lo encontramos vagando cerca de la antigua estación de autobuses, solo, exhausto, perdido. Ahora ayuda en las huertas y sueña con recuperar la playa de San Juan.

A media tarde, la alarma de la torre suena dos veces: el código para merodeadores. Subimos a toda prisa, armas en mano. Por la Avenida de Denia, acercándose desde la zona del antiguo hospital, aparecen motos y un viejo Land Rover. La situación se precipita. Vicente ordena que no disparen salvo provocación: no podemos permitirnos llamar la atención de los muertos ni arriesgar a perder a más gente en un tiroteo tonto. Los hombres de la banda no parecen buscar conflicto, pero se acercan demasiado. En Alicante, el olor a pólvora y a sangre es casi más común que el aroma del mar.

Al entrar en su radio de alcance, uno de ellos suelta un altavoz improvisado.

—Buscamos a Mario López, —grita la voz, distorsionada—. Sabemos que está aquí. Entregadlo o vendremos de noche.

Nadie responde. Yo sé quién es Mario; hace seis semanas llegó, sin avisar, pidiendo medicinas y protección. Traía la mano vendada y no hablaba de su pasado. El consejo decidió arriesgarse: ayudar a quien lo necesitara, mientras no trajera problemas. Pero con la amenaza de la banda acechando la periferia la decisión se siente más y más peligrosa cada día.

La jornada termina entre tensión y miradas de desconfianza. Mario, acorralado, pide hablar con nosotros. Nos sentamos alrededor de una mesa bajo el despacho alcaldicio, convertido en sala común.

—Eran mi banda, —confiesa con voz quedísima—. Yo les robé hace semanas y escapé. Si no me van a entregar, debo marcharme ya.

El debate es largo y agrio. Si lo entregamos, los bandidos podrían marcharse, pero nos traicionaríamos a nosotros mismos. Si lo protegemos, puede haber represalias. La solución llega de Vicente, quien se muestra inflexible pero justo:

—Nosotros no entregamos a nadie. Siempre ha sido así. Pero Mario, debes ganarte tu sitio aquí: irás en la próxima patrulla del puerto, y si sobrevives, entonces serás uno de nosotros.

La decisión reconcilia —por un instante al menos— a la comunidad. Rubén toma a Mario consigo; armados solo con escopetas de fabricación improvisada y palas, patrullan la línea del puerto hasta bien entrada la madrugada, en busca de cualquier rastro de los forasteros o una incursión zombie. La noche pasa en blanco, y Mario vuelve sano y salvo. Algunos empiezan a hablar de él como uno de los suyos.

En el crepúsculo azul que cae sobre la ciudad, los supervivientes nos reunimos junto a la costa. Encendemos un pequeño fuego con palés usados mientras, desde el Castillo de Santa Bárbara, aún sin limpiar de hordas, resuena el eco distante de algún gemido de muerto. Nos abrazamos. Compartimos una olla de garbanzos demasiado aguada y contamos historias de esperanza. Andrea canta una canción infantil mientras el niño Isaac la sigue a palmas.

A veces me pregunto, cuando la brisa salina me envuelve tras los muros de nuestros precarios refugios, si algún día volveremos a conocer la normalidad. Pero entonces recuerdo los rostros de los niños, el esfuerzo por coordinar trueques, la forma en que toda una ciudad se aferra a las ruinas y las reconstruye poco a poco. Por primera vez en mucho tiempo, siento que Alicante —este último refugio junto al mar— es más que un recuerdo; es la semilla de algo nuevo. Y eso, en la ceniza del viejo mundo, vale más que cualquier relato de milagros.

Así termina el día. Así seguimos. Vivo, concreto y frágil, como una promesa que el tiempo aún no ha logrado romper.

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