Fragmento:
Afuera, un murmullo creciente llamó su atención: eran Vicente y Dani, los exploradores del grupo, que acaban de volver del Mercado Central. Habían salido antes del alba, apenas abriendo la verja oxidada y arrastrando una carreta para no hacer ruido. Llegaron jadeando, con el rostro rojo por el frío matinal y los nervios.
Duración: 10:37
29 de Diciembre de 2020
El frío penetraba por las rendijas del portón principal, envolviéndolos a todos en la nave de la antigua Concatedral de San Nicolás de Bari. La piedra helada húmeda vibraba, cada tanto, con el eco de ráfagas lejanas o el estampido de algún disparo en el casco antiguo. Alicia no recordaba un invierno así en Alicante, tan mordaz, y menos aún con el silencio que ahora reinaba en la ciudad.
Corría el último diciembre de 2020, y hacía ya meses que el panorama había dejado de parecerse a cualquier recuerdo previo. Lo que hacía un año era una ciudad turística rebosante de vida, luces y movimiento —las terrazas en la Explanada, los niños jugando en la Playa del Postiguet, los turistas pululando por el barrio de Santa Cruz— ahora se había transformado en una zona de muerte congelada. Muchas zonas del centro, cubiertas de cadáveres y carcasas de coches, ofrecían más sombras que refugio.
La nave principal del templo era el refugio improvisado de casi sesenta personas, la mayoría vecinos de los alrededores y algunos pocos guardianes del desastre; entre ellos, Alicia, antes estudiante de historia y ahora responsable, junto a otros cuatro, de la seguridad nocturna. Al principio, cuando aún confiaban en las promesas de ayuda gubernamental y los convoyes de la Cruz Roja, se turnaban para rezar el rosario. Con el paso de las semanas, la oración dejó lugar al recuento de las municiones y los turnos de vigilancia.
La entrada este de la iglesia, tapada con bancos apilados y tablas, se había reforzado días atrás tras un intento fallido de intrusión, no de un zombi sino de un grupo de saqueadores. Desde aquel día, la tensión interna no hizo sino aumentar: nadie podía fiarse de nadie. La comida, las medicinas y el calor eran tesoros que valían más que la confianza.
Ese día, el 29 de diciembre, amaneció con un viento helado que barrió los callejones de la Rambla. Alicia despertó con el silbido invernal colándose junto al primer haz de luz mortecina. Se ató rápidamente una bufanda hecha jirones y recorrió las filas de cuerpos adormilados, muchos de ellos acurrucados en torno a fogones improvisados con restos de sillas y libros religiosos, casi todos carentes de valor en la nueva era.
Fue a buscar a Eva, la médica, una mujer seca y fuerte que había tomado bajo su protección a media docena de ancianos y dos hermanos pequeños, Judit y Carlos. Encontró a Eva limpiando el fémur de uno de los ancianos, el ‘Tío Paco’, herido semanas atrás en un forcejeo con un cadáver reanimado. El viejo apenas murmuraba, con la mirada perdida entre el dolor y la fiebre.
—¿Cómo sigue? —preguntó Alicia.
Eva negó con la cabeza—. Peor. Lo que queda de antibiótico lo estoy guardando para los niños y... —No terminó la frase. Miró por encima del hombro hacia la puerta lateral, de donde llegaba la luz plomiza del amanecer.
Se hacía cada vez más difícil justificar a quién valía la pena salvar, meditó silenciosamente Alicia. Pero no tenía respuestas.
Afuera, un murmullo creciente llamó su atención: eran Vicente y Dani, los exploradores del grupo, que acaban de volver del Mercado Central. Habían salido antes del alba, apenas abriendo la verja oxidada y arrastrando una carreta para no hacer ruido. Llegaron jadeando, con el rostro rojo por el frío matinal y los nervios.
—No quedan latas —dijo Vicente, con el ceño fruncido tras la bufanda improvisada—. Lo poco que había está revuelto y esparcido. Hemos visto movimiento, pero no eran zombis... no se movían como ellos.
Dani, a punto de un ataque de ansiedad, añadió—: Era gente. Creo que son del grupo que saqueó a los viejos de la Calle Mayor. Van armados, lo sabemos porque uno apuntó a un zombi para reventarlo, pero no disparó. Parecen querer guardar el silencio.
La noticia dejó un sabor metálico en la boca de Alicia. Contaban los días ya con racionamiento extremo: arroz inflado, algunos garbanzos y pastillas de glucosa. Agua, solo la que conseguían a través de bidones recogidos en la lluvia o fundiendo la escarcha en unos cazos.
El grupo se reunió en torno a un corro apresurado bajo la cúpula. El humo de un brasero trataba de elevarse, formando espirales como preguntas sin respuesta. Alicia, Eva, Vicente, Dani y Marc, el chico fortachón responsable de la seguridad de la noche.
—No podemos seguir aquí sin comer —empezó Marc con su voz grave—. La opción es intentar llegar a la estación de Renfe. Los militares usaron los túneles como almacén de emergencia, puede quedar algo.
Eva bufó—. ¿Y dejar el refugio sabiendo que hay bandas fuera, tanto zombis como humanos?
—Si no comemos, moriremos igual de rápido. Además, la temperatura baja y los zombis se mueven menos —replicó Dani, temblando al recordar las últimas veces que cruzó avenidas infestadas.
Tras media hora de discusión, aceptaron organizar una expedición. Tres adultos y los dos adolescentes más ágiles saldrían antes de que el sol estuviese alto, con el objetivo de explorar la estación y rebuscar todo lo que sirviera.
El temor a ser descubiertos por otras bandas era tan grande como el miedo a los zombis. Cada vez que cruzaban una calle abierta, era un pulso al corazón. Alicia se aseguró de preparar la vieja pistola de su abuelo, con dos cargadores —si podía evitar dispararla, mejor— y un machete de cocina confiscado a un saqueador semanas atrás.
Abandonaron la iglesia por la puerta sur, bordeando la Plaza del Abad Penalva. El paso era cauteloso, entre coches volcados y bolsas de basura reventadas. El silencio lo rompía el viento y, de vez en cuando, el golpe sordo de un cuerpo inerte chocando con una pared o el pavimento.
Giraron por la Calle Mayor y después por la Avenida de la Estación, guiados por Dani, que aseguraba conocer un atajo por los jardines del antiguo MARQ. El museo, famoso en su día por sus exposiciones de arqueología, era ahora sólo ruinas y hierros retorcidos. Alicia echó una mirada furtiva al monolito gris de la estación: parecía abandonada, pero la sospecha de ojos puestos sobre ellos era constante.
Cuando se acercaban, el crujido del hielo bajo los pies los puso en alerta. Hicieron una pausa, agazapados tras uno de los pilares del tranvía. Un zombi, casi congelado, vagaba tambaleándose cerca de la entrada. Tenía la ropa rígida, la boca abierta en un rictus de terror y dientes afilados. Alicia mantuvo la respiración y esperó a que pasara.
En la estación, encontraron los restos de una barricada, restos de bolsas de ración militar y latas apiladas vacías. Dani localizó una trampilla abierta en el suelo. Descendieron en fila, uno tras otro, tanteando la linterna vieja de Marc, que alumbraba apenas dos metros con luz azulada.
El sótano olía a moho y aceite. A lo lejos, se oía el goteo de agua y, de vez en cuando, el rumor de roedores en busca de refugio. Hallaron una cámara con cajas de comida liofilizada. No sabían cuántas estaban en buen estado, pero igual las recogieron todas. Rebuscando, Alicia dio con una caja de inyecciones de antibiótico y botellas de suero. El hallazgo era tan valioso como oro.
Cuando subieron de nuevo, el corazón de Alicia latía con fuerza. Afuera, la niebla del amanecer comenzaba a disiparse. Escucharon voces a lo lejos; probablemente la banda rival del mercado. No se arriesgaron y tomaron la ruta del barranco del Monte Tossal, evitando calles grandes.
El regreso lo hicieron en tensión, cubriéndose los unos a los otros, mientras sorteaban los cadáveres congelados de zombis, ahora peligros sólo si alguien tropezaba y hacía ruido. Tras más de dos horas, avistaron la cúpula azul de la Concatedral, iluminada por la escasa luz del mediodía.
Cuando cruzaron la puerta, un murmullo de alivio recorrió el lugar. Pronto, la médica se hizo con los antibióticos y la comida se repartió racionada, un puñado de gachas calientes para cada uno.
El día se fue volviendo plomizo, y la luz del sol menguaba tras las nubes de frío. Alicia se sentó junto a los hermanos pequeños, Judit y Carlos, ayudándoles a comer, mientras escuchaba a Paco, uno de los viejos, susurrar una canción navideña en valenciano. Su voz temblorosa era casi un eco en la nave de piedra.
Por la tarde, Eva repartió las nuevas dosis de antibiótico; la fiebre de Tío Paco por fin comenzó a ceder. Un grupo de cuatro hombres se turnó para mantener vigilancia desde la torre del campanario; Alicia subió al anochecer para relevar a Vicente, abrigada con un abrigo grueso de lana raída.
Desde lo alto del campanario, la ciudad parecía más muerta aún bajo la neblina azul del crepúsculo. Las palmeras de la Explanada daban sombra a una calle vacía, mientras que, hacia el puerto, los barcos de recreo abandonados se balanceaban en las aguas heladas. El castillo de Santa Bárbara, allá arriba, se erguía como un monstruo gigante en el horizonte, protegiendo una ciudad que ya no existía.
Entre las ruinas, se adivinaban sombras que se movían, algunas más rápidas y decididas que otras. Los vivos se camuflaban entre las ruinas; los muertos erraban allá donde los llevaba su instinto.
Alicia se preguntó cómo sería otro mundo, uno donde las palabras solidaridad y compasión recuperaran sentido. Acurrucada desde lo alto, vigilando la ciudad, supo en lo profundo que las posibilidades eran pocas, pero no nulas. Al menos, hasta que la comida se agotara otra vez, hasta que algún saqueador cruzara la verja. Por esa noche, la comunidad resistía.
Al volver a su lugar, cruzó miradas con Eva. No hacía falta hablar: el día había terminado con ellos aún vivos. Judit y Carlos dormían abrazados. Los mayores conversaban entre susurros, y algunos intentaban leer los pocos libros que habían rescatado, como buscando sentido entre antiguos versos y salmos.
Quizá, pensó Alicia mientras cerraba los ojos en su improvisado catre, cada día resistido era una victoria. El invierno de 2020 en Alicante, aunque gris, gélido y fatal, aún no había conseguido apagar la esperanza. Afuera, bajo las nubes, la ciudad esperaba. Nadie sabía qué traerían las siguientes noches.
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