Fragmento:
Fuera, la huerta parecía tranquila. Almendros con ramas desnudas, filas de lechugas entumecidas por las heladas nocturnas, huellas esporádicas en el barro. Pero el peligro nunca estaba lejos, ni para los humanos ni para los otros. Lo que antes era un suburbio ahora era tierra de nadie.
Duración: 11:47
El último pasajero de San Gabriel
Los cielos caen sobre la huerta
29 de diciembre de 2022
Algunos días, el sol de invierno aún logra arrancar destellos de la superficie oxidada del fuselaje. Es un destello extraño, ese latido de luz entre tanto abandono, entre la maleza que se enrosca por las ventanillas, bajo el silencio expectante de la huerta alicantina. El avión cayó aquí a las afueras de Alicante, hace dos años, en los primeros meses del invierno más duro del siglo. Lo que fue una máquina grácil y plateada es ahora una carcasa resquebrajada, apenas reconocible, medio tragada por la tierra. Pero durante largo tiempo fue algo más, un santuario, un fortín, una casa; y a veces, una tumba.
La historia reciente de Alicante, de la provincia entera, está cosida a esa cicatriz en el campo, a ese gigante roto que emergió del cielo. En diciembre de 2022 los supervivientes de la plaga zombi —o, como algunos prefieren decir, los “caminantes” para no darles demasiado poder— ya sabían muchas cosas. Sabían, por ejemplo, que las grandes ciudades eran trampa mortal, que la amenaza zombi era tan implacable como la humana, y que la comida no llegaría jamás del Gobierno ni de Madrid. Sólo los fuertes, los astutos, y los que sabían dónde ocultarse, persistían.
Manuel se despertó con el respingo de cada mañana, ese sobresalto en la membrana del sueño cuando uno se pregunta si hoy será el día. No recordaba sueños, sólo el frío reptando por el costado, uno de los ventanales del avión agitándose suavemente con la brisa marina desde la Albufereta. Giró el cuerpo para mirar a su derecha: Julia seguía allí, casi imperceptible bajo tres mantas recicladas de asientos de avión. El pequeño Tito, la alegría muda de la cuadrilla, dormía abrazado a una linterna sin pilas.
Se incorporó en silencio. La cabina del avión, desnuda, olía a metal y a notas de humedad, pero seguía sintiéndose como refugio. Más seguro que cualquier edificio ruinoso del Puerto, mejor que las casas saqueadas de San Vicente. Durante semanas, ellos y otros se habían turnado en turnos de guardia, improvisando un horario que sólo servía para mantenerles cuerdos. Si uno cerraba los ojos de verdad, aunque fuera unos minutos, debía confiar en los demás tanto como en uno mismo.
Fuera, la huerta parecía tranquila. Almendros con ramas desnudas, filas de lechugas entumecidas por las heladas nocturnas, huellas esporádicas en el barro. Pero el peligro nunca estaba lejos, ni para los humanos ni para los otros. Lo que antes era un suburbio ahora era tierra de nadie.
Al abrir la compuerta de salida —todavía una maravilla que lograse abrirse tras el impacto y los meses de óxido— vio a Marcos encaramado sobre la mitad del ala derecha, oteando el horizonte con los prismáticos. Siempre el mismo ritual: cada mañana, buscar señales de movimiento, columnas de humo, resplandores de fogatas, o el trémulo caminar de algún zombi extraviado.
—¿Ves algo nuevo? —susurró Manuel desde lo alto de la escalerilla.
Marcos se giró, los labios cortados por el frío y el hambre.
—Nada, aparte del perro de los Reverter, ese que sobrevive desde el primer invierno —se rio sin humor—. El otro lado, hacia la vía muerta, todo igual. Mejor así.
Manuel asintió, escapando de una pregunta que no quería formular. Nadie esperaba milagros a finales de 2022. Pero algo distinto flotaba hoy en el aire; no cabía en palabras, sólo en la presión en las sienes y en la rigidez de los músculos.
La cuadrilla que vivía en el avión la completaban Sara, enfermera de Urgencias cuando existían los hospitales; Iván, pescador de La Albufereta —más útil que nunca en la vida—; y Alba, una chica menuda de apenas diecisiete años, que hacía dos años había corrido sola desde Elda, cruzando barrios enteros infestados para alcanzar algo parecido a un refugio. Juntos, improvisaron una vida sustentada por raciones de comida cada día más exiguas, turnos de vigilancia, y los sueños de que la siguiente primavera trajese algo más que brotes de enfermedades y malas noticias.
El avión era refugio y maldición. Algunos decían que tenía que haber sido un vuelo especial, algún tipo de transporte de emergencia o aeropuerto militar, por cómo había caído justo en las afueras, cerca de lo que fue la Vía Parque, frente a huertos y caseríos. Lo cierto es que nadie tenía el valor de entrar en la cabina de pilotaje, donde los restos limpios y silenciosos de dos esqueletos de piloto seguían ahí, atados con sus cinturones, visera bajada eternamente. Superstición o respeto por los muertos, pero las puertas permanecieron cerradas desde el principio.
Esa mañana, mientras se repartía el desayuno —unas mantecadas rancias y un poco de caldo de apio, el último de la hortaliza robada del invernadero abandonado—, una señal eléctrica recorrió la cuadrilla. Fue Alba la que lo confirmó, con la linterna de dinamo que traía siempre atada al antebrazo.
—Dos luces al norte —dijo, apenas un murmullo—. Persiguen a algo, o a alguien.
Todos se arremolinaron junto al ventanuco delantero. Ahí estaban: un par de destellos en la penumbra, moviéndose despacio por entre los bancales abandonados del camino de San Juan. No era una patrulla zombi; una linterna significa conciencia, significa intención. Y en diciembre de 2022, la intencionalidad humana podía ser más peligrosa que cualquier mordisco.
El grupo se separó, cada uno retomando una tarea con la velocidad nacida de la costumbre: Marcos y Manuel revisaron el fusil y la escopeta, las únicas armas del grupo, ambos deslucidos pero todavía funcionales. Sara preparó vendas y revisó la escasa reserva de antibióticos. Julia y Tito recogieron las pocas pertenencias que podían portar en caso de huida.
Pasaron las horas y la tensión fue cediendo. Al final sólo apareció un fugitivo, una figura menuda, desgastada, cubierta por una manta verde. Hundidos los pies en el barro, llegó hasta la cola del avión y desmoronó contra el fuselaje. La primero que pensaron fue “infectado”, pero Julia se arriesgó a acercarse con una mascarilla, la vieja costumbre del primer año de pandemia todavía viva.
—No, no está infectado. Tiene una herida en el costado, parece más bien por una navaja... —anunció tras la rápida inspección—. ¡Sara, trae las gasas!
Había sido un chico, no tendría más de veinte años, y sus palabras llegaron rotas, entrecortadas por la fiebre.
—Me persiguen... Vienen del otro lado del río. Son los del Albergue... quieren las armas, quieren... todo... —se desplomó otra vez, medio consciente.
El grupo se miró, expectante. La palabra “Albergue” pesaba demasiado —los supervivientes refugiados desde el verano en el viejo albergue juvenil del Cabo, un grupo ya con fama de saqueadores.
Manuel fue el primero en hablar.
—Si vienen aquí, sólo hay dos opciones: o nos defendemos, o salimos ahora y cruzamos hacia Mutxamel.
Nadie respondió. Sabían que abandonar el avión era perderlo para siempre, dejar atrás su única defensa eficaz, perder el símbolo de su resistencia. Pero enfrentarse a una banda armada —de humanos hambrientos y desesperados— también podía ser la ruina.
La decisión se precipitó cuando, al caer la noche, escucharon los pasos y los gritos lejanos que se acercaban por la vía muerta. Luces tambaleantes, ladridos de un perro extraviado, y la certeza de que venían por ellos.
Manuel y Marcos montaron guardia en lo alto del ala. El fusil, ya apenas con dos cartuchos, y la escopeta, recargada con perdigones caseros. En el interior, Sara preparó un leve refugio detrás de las maletas apiladas, donde Tito y Julia aguardaban, armados con cuchillos y una sartén.
La primera ráfaga de disparos resonó a lo lejos, sobre un fondo de insultos y amenazas. No eran zombis; sabían gritar, sabían aporrear con método. El grupo del albergue estaba ahí, y no se irían con las manos vacías.
Lo que siguió fue largo, frío y viscoso, una sucesión de amenazas, gritos y carreras en la noche. La cuadrilla resistió el primer asalto ayudados por la estructura misma del avión, que hacía rebotar los proyectiles y dificultaba la entrada. Hubo un grito, el chasquido desafinado de la escopeta disparando hacia la barriga de alguien que intentaba abrir la puerta central, y luego un silencio tan intenso que Julia creyó que el corazón se le rompería en el pecho.
Finalmente, cuando la luna se escondía, alguien gritó:
—¡Nos vamos, malditos! ¡Esto no ha terminado! ¡Habrá segunda ronda!
Y el grupo enemigo se retiró, dejando al menos un cuerpo en la loma, entre la escarcha y las ramas desordenadas. Más cerca del amanecer, Sara arriesgó a mirar desde la cola del avión. Todo había quedado intacto, menos el miedo. El chico herido seguía delirando, pero vivo.
Durante la jornada siguiente, la cuadrilla reforzó el interior con restos de equipajes y carritos de comida, comidas al dictado de la preocupación y el agotamiento. Nadie dormía realmente; todos aguardaban el segundo asalto, la revancha que no llegó esa semana. A las pocas noches, los gritos del albergue se apagaron —Sara, con su instinto clínico, dijo que debía haber caído una horda zombi sobre ellos—. El peligro quedó reemplazado por la tensión de la espera, esa angustia que acecha tras cada respiración.
Pero el avión permaneció. No solo como refugio físico: también como símbolo, como lugar de encuentro para otros perdidos que huían desde Villajoyosa, desde Elche, desde la misma ciudad de Alicante donde nadie se atrevía a entrar. En el año 2023, la cuadrilla del fuselaje había soldado un acuerdo tácito con otros asentamientos dispersos por la huerta. El avión era el faro, y mientras resistiera, Alicante tendría un testigo de la vieja vida, una base para la esperanza.
Con el tiempo, la historia del avión caído creció. El chico herido sobrevivió, se unió al grupo —era bueno con las pilas y con los pequeños motores despojados de la cabina—. El invierno cedió, la huerta empezó a mostrar tímidos brotes verdes. Los niños de la cuadrilla, Tito y dos huérfanos llegados de la playa del Postiguet, jugaban a deslizarse por los toboganes metálicos hechos con las alas tronchadas.
Pero siempre, cuando llegaba la madrugada, el eco del fuselaje devolvía el recuerdo de aquella noche funesta y del avión caído. Era un recordatorio de la fragilidad, sí, pero también una lección de resistencia: un avión caído puede ser más que un desastre. Puede ser la raíz de una pequeña comunidad dispuesta a pelear un día más, mientras el futuro siga siendo un mosaico de ruinas y esperanzas.
Así pasaron los meses, cada día marcado por los pasos nerviosos, por la memoria de las luces del norte, por el miedo y la cooperación. En diciembre de 2022, Alicante era una ciudad fantasma, un campo de batalla donde los humanos eran más peligrosos que los zombis. Pero en las afueras, en la huerta vieja, seguía brillando el fuselaje del avión caído, reclamado por los sobrevivientes como una lanza contra el olvido. Dentro, el eco del metal acompasaba los días, y entre los restos se tejía el cuento de una humanidad que, como el propio avión, aún podía soñar con volver a volar.
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