Fragmento:
Entre las palmeras torcidas, quedaban esculturas retorcidas de bronce, abrazadas por enredaderas que nadie recordaba haber visto crecer. Los mosaicos, antes lustrosos bajo el sol, estaban sucios y en parte arrancados; algunos de esos trozos decoraban ahora las paredes interiores de la Fortaleza de Santa Bárbara, refugio principal y sede del consejo que dominaba la ciudad desde el último invierno.
Duración: 11:35
12 de noviembre de 2026
La brisa marina que subía desde el puerto de Alicante llevaba consigo un olor desconocido, mezcla de sal, óxido y muerte descompuesta. Nada en la ciudad era como antes; la Explanada de España, antaño repleta de turistas y heladeros, era ahora una franja de tierra vigilada por un grupo de tiradores apostados tras sacos terreros y barricadas improvisadas con viejos coches y mobiliario urbano. Era noviembre de 2026, seis años desde que el mundo se había resquebrajado, y Alicante, como gran parte del Levante español, sobrevivía entre dientes de zombis, metralla y la porfiada esperanza de los que quedaban.
Entre las palmeras torcidas, quedaban esculturas retorcidas de bronce, abrazadas por enredaderas que nadie recordaba haber visto crecer. Los mosaicos, antes lustrosos bajo el sol, estaban sucios y en parte arrancados; algunos de esos trozos decoraban ahora las paredes interiores de la Fortaleza de Santa Bárbara, refugio principal y sede del consejo que dominaba la ciudad desde el último invierno.
Clara supo al despertar que sería uno de esos días en los que el destino te pone a prueba. Dónde otros sentían miedo, ella sentía una suerte de resignación activa, chispeante como la gota de lluvia helada que cae sobre la piel después de un caluroso día de julio. Se peinó el pelo, que peinaba pocas veces, se enfundó la chaqueta de camuflaje reglamentaria y recogió su mochila. En el interior, conservaba un revólver, tres cargadores, una navaja, unas pocas vendas de tela, dos manzanas recogidas furtivamente de un huerto improvisado en la zona de San Blas —todavía fuera de la muralla principal—, y una radio militar de baja potencia. Salió de su pequeña habitación y se encaminó a la Sala de Reuniones, un antiguo almacén de munición acondicionado en la base del castillo.
El consejo de Alicante era pequeño pero resolutivo. Había cinco miembros: Alejandro, exprofesor de historia convertido en líder de milicia; Sabina, joven ingeniera con más cicatrices morales que físicas; Damián, viejo carnicero reconvertido en intendente; Indira, originaria de la India, experta en bacterias y la mejor sanadora de la región; y por último, Víctor, agricultor y encargado de la granja colectiva que abastecía a la fortaleza.
—¿Has visto al grupo de Elche? —le preguntó Alejandro, con la voz grave, nada más verla entrar—. Dicen que han caído nuevos asentamientos al sur. El zumo de las cuadrillas nomadas ha dejado sus pozos secos. Ha habido otra incursión humana en la Sierra de las Águilas.
Ella negó con la cabeza.
—Anoche, en la emisora —añadió Sabina, mordiendo una tira de carne seca—, captamos una señal de socorro desde Petrer. No era una horda, era un ataque bien organizado. Humanos, no zombis.
Indira suspiró, acariciando la radio.
—Entre nosotros —comentó Víctor, con aire cansado—, deberíamos enviar una patrulla. Hay que asegurarse de que esos bastardos no doblen por esta parte del mapa.
Damián, nervioso como siempre, chasqueó la lengua.
—Si lo hacemos, nos quedamos con menos defensores. Hemos tenido más zombis este mes, sobre todo en la zona de Las Cigarreras. ¡No podemos repartirnos más!
Clara observó, temblorosa por dentro, toda esa disputa. Sabía que no había soluciones fáciles; cada acción abría otra grieta en la frágil muralla de su mundo. A veces soñaba con la playa tal como la recordaba antes de la plaga, con la arena blanca y el Mediterráneo en calma. Pero la plaga había cambiado hasta la memoria de las olas.
La decisión se tomó en tres minutos: habría patrulla, y Clara sería la jefa. No tenían opción. Dos jóvenes saldrían con ella —Martín y Sergio, escasos de experiencia pero sobradamente ansiosos por demostrar su valía.
Descendieron por las rampas del castillo al amanecer nublado, observados por centinelas en todas las torres. Desde ahí se veía toda la nueva Alicante: el Mercadito Central fortificado, la Avenida Oscar Esplá cubierta de barricadas y tierras de cultivo improvisadas hasta donde antes había camiones y tranvías.
El descenso no era solo físico, sino también espiritual. El aire olía distinto al bajar de la fortaleza; a tierra removida y cuerpos quemados, a humo y a los restos de fuegos que nunca se habían apagado en los arrabales. Caminaron por el barrio de Santa Cruz, ahora repleto de campesinos armados, niños vigilando desde troneras excavadas bajo los viejos maceteros de geranios. Para llegar al límite sur debían cruzar una frontera que siempre estaba en disputa: la zona industrial que habían reconvertido en puesto avanzado, cerca de la vieja estación de tren Renfe.
El contacto lo esperaban en un callejón olvidado, tras un taller de reparación de bicicletas, uno de los pocos talleres aún operativos. El lugar era silencioso, pero no por tranquilidad sino porque el silencio ahí era señal de prudencia y miedo. Sergio vigilaba la retaguardia, Martín el frente. Clara revisó el arma, como si el simple acto de comprobar el tambor pudiera evitar la muerte.
La figura emergió de la nada, encapuchada, delgada y nerviosa. Era Cristina, líder de la cuadrilla de vigías, la que solía venir cuando las señales radiales hablaban de Pilar de la Horadada o de Orihuela. Hablaron en susurros:
—Han cruzado el Vinalopó. Son humanos, bien armados, no menos de diez, con perros y caballos viejos. Se lo llevan todo… comida, armas, niños.
Un temblor recorrió la columna de Clara.
—¿Zombis?
Cristina negó.
—No están cerca del río. Los muertos… estos días solo se ven de noche. Hace frío y se quedan quietos. Pero han pasado tres días sin neblina espesa. Eso los agita. Mejor que salgáis de aquí al mediodía, cuando las calles estén vivas.
Martín tragó saliva.
—¿Qué hacemos si nos encontramos con ellos?
—No disparéis si podéis evitarlo —respondió Cristina—. Podremos avisar si los vemos cerca de la playa. Hay una señal. Un trapo rojo en el balcón de la rambla.
El intercambio fue rápido. Sin embargo, algo inquietaba a Clara. Sabía que las incursiones humanas, ahora más organizadas, eran tanto o más peligrosas que las hordas zombis que deambulaban sin rumbo fijo. Si la ciudad caía, no habría un segundo refugio. Nadie volvería a levantar Alicante.
Regresaron al mediodía bajo una lluvia fina y cortante. Subieron al castillo, donde el consejo esperaba en silencio. El informe de Cristina fue recibido como si hubieran anunciado una sentencia de muerte. Pero no había tiempo para el miedo. Había que prepararse.
Las señales de peligro se multiplicaron por la ciudad. En las entradas a la Explanada se instalaron puestos dobles, con vigías armados y barriles preparados con alquitrán inflamable. En la Plaza de Luceros, demasiado expuesta, los viejos caballos de una noria oxidada servían para lanzar alarmas: un fogonazo, dos, y toda la fortaleza sabría que había invasores.
Esa noche, Clara se encontró paseando, incapaz de dormir. La ciudad dormía, o al menos lo intentaba, en el resguardo de los muros improvisados. La radio zumbaba con mensajes cortos: Patrulla dos en posición, informes negativos, cambio. Pero incluso ese hilo de comunicación comenzaba a ser frágil; había muchas emisiones que simplemente se perdían en la estática.
Recordó a su hermano, perdido en los primeros meses de la plaga, y a su madre, muerta de frío el primer invierno, cuando creyeron que la infección no sobreviviría al clima de diciembre. Alicante siempre había tenido inviernos extraños, húmedos y traicioneros. Ahora, los fríos traían consigo la promesa de menos zombis, pero también el peligro de quedarse sin verdes en los huertos, sin leña y sin fuerzas.
A la mañana siguiente, el consejo determinó que saldrían a reforzar el sector sur. Clara se volvió el ancla moral para los suyos. Repartió armas, explicó recorridos, delineó zonas críticas. Los más jóvenes la seguían sin vacilar.
Atravesaron las ruinas de la Plaza Gabriel Miró, que resistía como un diminuto vestigio de la vieja civilización. Allí quedaban algunos mosaicos, y el agua de la fuente era aún potable, gracias a la vigilancia de Damián. El silencio era intenso, cortante, salvo por el murmullo de pasos, el roce de armas y el rumor del viento entre los edificios vacíos.
A mediodía divisaron el trapo rojo: ondeaba desde un octavo piso frente a la Rambla de Méndez Núñez. La señal, según lo pactado, significaba movimiento enemigo.
Clara ordenó dispersión y avanzaron con extremo cuidado. La cuadrilla de extraños apareció primero a distancia, caracoleando entre escombros como lobos urbanos. Llevaban ropas negras, algunas piezas de armadura improvisada y rostros pintados para el miedo. No vacilaron en avanzar hacia el corazón de la ciudad: eran profesionales, no meros saqueadores.
Clara hizo gesto de alto y, en un susurro seco, indicó a Sergio su posición de ataque. Martín avanzó a cubierto, oculto por la sombra de un viejo camión de reparto. El intercambio fue fugaz. Los extraños repelieron la emboscada y, tras dejar dos cuerpos en la acera, se retiraron con eficacia militar.
La sangre en el asfalto era negra bajo el sol de noviembre. Clara hizo que retiraran los cuerpos; uno de ellos aún respiraba, y lo llevaron a la enfermería del castillo. No hubo tiempo para lamentos: la ciudad estaba salvada, al menos por ese día, pero al precio de mostrar su fuerza y revelar sus límites.
La Alameda, antes llena de turistas, era ahora un campo de batalla silencioso. Desde la muralla, las ancianas que tejían mantas para el invierno, tejieron también historias al ver regresar a la patrulla. Elisa, la mayor de todas, murmuró:
—Hoy Alicante no ha caído. No será mañana tampoco.
La bruma ascendía desde el puerto mientras Clara entregaba su informe. No sentía victoria, solo el peso de otra jornada salvada. Sabía que el futuro no traería milagros, sólo más días iguales, con tal vez menos zombis cada mes, pero siempre el peligro nuevo de otros humanos que, como los zombis cinco años atrás, traían consigo la promesa del fin.
A última hora, antes de la cena, subió al Torreón de Santa Bárbara. Desde allí, la vista de Alicante era un tapiz de ruinas, huertos y chispazos de vida. Recordó una frase de su hermano, la última vez que lo vio, cuando la ciudad aún creía en la salvación:
—Se puede sobrevivir siendo valiente, pero vivir solo es posible si tenemos esperanza.
Clara, en mitad del viento, cerró los ojos y dejó que ese eco la sostuviera un día más. Había dudas, sí, pero también voluntad. Ningún apocalipsis podía con eso. En la radio, las regiones amigas anunciaban que Madrid, Valencia y Murcia resistían. Por breve, Alicante, aún en pie, era un faro entre las sombras.
Cuando la luz del amanecer comenzó a bañar los restos de la Explanada, Clara supo que la historia que contarían sus nietos aún estaba en marcha. No era la historia grandiosa de imperios, ni la letanía de héroes, sino la crónica secreta de los que, viviendo entre los escombros, aprendían a sobrevivir y, sobre todo, a no olvidar.
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