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Portada del relato Ecos de la Rambla: Alicante tras el apocalipsis
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Fragmento:


Me llamo Laura, tengo veintiséis años, y juro que nunca pensé caminar tantas veces por la Rambla de Méndez Núñez con un fusil al hombro. Hubiera sido un escándalo hace cinco años, pero nadie me mira extraño ahora. Camino con Itziar —mi mejor amiga desde el instituto— y un chico que se hace llamar "Norte", aunque dice que nació en Alcoy. Vamos entre sombras, con los pasos medidos por las instrucciones del vigía más reciente: "No os detengáis junto a las fachadas, pero tampoco vayáis por el centro. Y si veis un grupo, contad los pasos y girad a la izquierda, cueste lo que cueste".

Duración: 10:50

Ecos de la Rambla: Alicante tras el apocalipsis
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Texto de ajuste de pausa.

18 de marzo de 2025

La noche caía temprano sobre Alicante, y de algún modo, el aire del puerto se sentía más frío y áspero que los inviernos conocidos antes del desastre. O tal vez todo era diferente, no solo el clima. Cuando los primeros casos de la plaga asolaron Europa, la ciudad se aferró a su brisa marina y a su clima templado como si fueran escudos mágicos. Días de miedo, después siglos, y para entonces ya nadie creía en la protección de la sal.

Ahora la ciudad era irreconocible, y sin embargo, aún quedaban pequeñas señales de lo que fue. Las palmeras alineadas en la avenida, los restos azules y rojos de los botes amarrados en el Puerto, la silueta majestuosa del castillo de Santa Bárbara resistiendo sobre el cerro, convertido hoy en fortaleza de verdad.

Me llamo Laura, tengo veintiséis años, y juro que nunca pensé caminar tantas veces por la Rambla de Méndez Núñez con un fusil al hombro. Hubiera sido un escándalo hace cinco años, pero nadie me mira extraño ahora. Camino con Itziar —mi mejor amiga desde el instituto— y un chico que se hace llamar "Norte", aunque dice que nació en Alcoy. Vamos entre sombras, con los pasos medidos por las instrucciones del vigía más reciente: "No os detengáis junto a las fachadas, pero tampoco vayáis por el centro. Y si veis un grupo, contad los pasos y girad a la izquierda, cueste lo que cueste".

Entramos en el antiguo Mercado Central, hoy convertido en puesto de intercambio, refugio de historias, horno de rumores y, a menudo, escenario de conflictos. Unos tablones han taponado las puertas, dejando un hueco bajo vigilado por chavales armados con escopetas recortadas. Aquí funcionan las normas del trueque; aquí se cumplen los pactos más básicos: primero la comida, luego la munición y, si te atreves, las medicinas.

Alicante ha cambiado mucho desde "la caída", como le decimos al verano de 2020. Durante años fue una ciudad cada vez más pequeña: vecindarios enteros sellados, destruidos o infestados de zombis; las avenidas antes alegres, ahora descargas de pólvora y silencio. En 2025, algo ha cambiado de nuevo. Dicen que el campo empieza a florecer y que, con las ciudades convertidas en trampas de muerte, las aldeas de la Marina Alta son auténticos paraísos. Aun así, somos cientos los que seguimos resistiendo aquí, en el amasijo de ruinas y esperanza de Alicante.

La vida gira en torno a la fortaleza de Santa Bárbara, el Mercado y el Postiguet, la playa que alguna vez fue ocio y que ahora es tierra fronteriza. Los días se organizan en patrullas, y quienes tienen fuerza cuidan los molinos instalados en la parte alta, los mismos que intentan arrancar apenas un poco de energía para cargar radios o lámparas improvisadas.

Itziar y yo entramos en el Mercado. El aire huele a humo rancio y carne salada. Norte va delante, apartando a dos tipos que discuten por una bala deformada. Se oyen gritos ahogados, alguna tos, y el rumor de varias cocinas improvisadas. Me fijo en el puesto de los pescadores: sardinas ahumadas, unas octavillas escritas a mano que anuncian "verduras ecológicas" —en la huerta de San Gabriel— y una hilera de conejos flacos colgados boca abajo. También hay pastillas: paquete de aspirinas, caja de paracetamol, alguna inscrita en ruso que nadie ha sabido identificar todavía.

El objetivo de hoy es sencillo: encontrar levaduras. Itziar sabe de un laboratorio improvisado en un sótano cerca del Hospital General. "Si conseguimos la levadura madre, podríamos hacer más pan", repite, animada y temerosa a la vez. Yo desconfío: la última vez que nos prometieron pan, fue una masa ácida y agria que apenas nutrió a nuestros pequeños.

Norte nos da una palmada: "Hay movimiento en el Postiguet; algunos dicen que vieron una horda cerca del antiguo Melía. Han cerrado el paseo Canalejas y la Av. de Elche, pero en el Castillo están tranquilos", nos dice.

"¿Cuántos eran?", pregunta Itziar, preocupada por su hermana, que patrulla los límites del puerto.

"Veinte, quizás treinta zombis", responde Norte. "Pero ya no son como antes. Algunos apenas caminan, otros gatean. No es el peligro de los primeros años, pero aún matan si te sorprenden. Hay que moverse antes del anochecer. Las hordas viejas buscan calor ¿lo sabes, no?"

El miedo nunca se ha ido. Solemos decir "el miedo ya tiene casa aquí", mirando los portales tapiados, las persianas rotas, los grafitis que se superponen a viejos carteles de conciertos cancelados. Había graffiti fresco cerca de La Explanada: "Alicante resiste", y, debajo, alguien había tachado "o al menos, sobrevive".

Entramos directo al puesto de una mujer que todos conocen como Carmen la panadera. Es menuda y astuta, y la mitad de la comida que cambia lleva la marca de sus manos. Le mostramos lo que traemos: dos latas de caballa, cuatro terrones de azúcar moreno y una navaja. Ella observa con ojo crítico y murmura:

"Esto… vale. ¿Pero qué buscáis de verdad?"

Itziar no duda: "Levadura madre. O colonia, aunque sea en polvo".

"Eso es oro, niñas. Tengo un sobre, pero probadlo primero. Si sirve, volvéis con algo que me valga la pena", resopla Carmen. Nos alcanza un frasco envuelto en papel con un lazo azul marino. Siento el temblor de la expectación, pero no lo dejamos notar. Si descubren que te urge, triplican el precio.

Al salir, Norte se despide: va al puesto de municiones. Nos promete reunirse en la plaza del Ayuntamiento "a la campana del toque", cuando los chicos de la fortaleza hacen sonar el hierro para marcar el toque de queda.

Ambas marchamos hacia Alfonso X El Sabio, buscando el portal contiguo al hospital, donde vive Pacheco —el viejo químico de Las Cigarreras— que revisa los hallazgos municipales de medicinas y cultivos. Los portales siguen repletos de inscripciones: unos piden auxilio ("Aquí hay niños"); otros, pintados por los chicos de la escuadra, marcan las casas limpias ("Ratonera segura 9/25") o las definitivamente perdidas ("Infestado").

En la oscuridad, las historias adquieren más peso. Itziar me dice: "El otro día, Salva vio un mirador abierto desde la fortaleza. Cree que va a caer un ataque de saqueadores. Yo digo que solo buscan comida". Le digo que los rumores vuelan, y a nadie conviene desatar más pánico. Pero sé que los enfrentamientos humanos han ido en aumento. Hace solo dos meses, un grupo fez pistolas propias y robó media cosecha de los huertos de Babel. Aquí hasta la bondad se archiva como recurso estratégico.

Llegar donde Pacheco significa superar una muralla improvisada de colchones, roperos y un automóvil Nissan sin ruedas que atora la entrada. El olor a humedad y lejía golpea antes que la voz del "portero": una chica, apenas dieciséis años, que nos apunta con una ballesta. Sonreímos, mencionamos a Salva y nos deja pasar.

Pacheco vive rodeado de botellas vacías, libros húmedos y recortes de revistas científicas. Sopesa la levadura cuidadosamente, la huele, la prueba en papel tornasol. Habla con la pausa del superviviente: "Es activa, pero débil. Mañana tendré una muestra lista. Podéis llevaros tres frascos. Pero necesito algo a cambio: un filtro de agua bueno, o jeringuillas sin usar. Eso o más azúcar".

Acordamos que volveremos al amanecer. Antes de marchar, Pacheco nos regala media barra de pan duro. "Comed despacio. Es pan de trigo del bueno". Lo compartimos como si fuera el último manjar de Alicante.

El crepúsculo se tiñe de azul sobre la faz erosionada del castillo. A medio camino, el eco de un disparo nos hace pegarnos al suelo tras los setos de la plaza San Cristóbal. Un grupo de sombras corre hacia la avenida; oímos chillidos y el retumbar de algo pesado cayendo. No es la horda, sino una de las bandas que merodea entre el parque Lo Morant y el Tranvía. Sabemos que cualquier ruido puede atraer zombis, así que andamos rápido y en silencio hasta el Ayuntamiento, donde Norte nos espera, inmutable bajo la luz mortecina de una farola cubierta de alambres.

Ha caído la noche. Alicante parece, por un instante, tranquila, como en una vieja postal. Pero la quietud solo es un disfraz. Hay silencio, sí, pero tras las sombras acechan los dos nuevos amos de la ciudad: el hambre y el miedo.

Subimos juntos la ladera hacia la fortaleza, por la antigua Calle Virgen del Socorro, entre esqueletos de coches y ladridos de perros salvajes. A lo lejos, el mar rompe suavemente sobre la escollera. En la cima, el castillo ofrece seguridad: patrullas armadas, hogueras nocturnas, un trampolín para observar la costa y las rutas terrestres. Aquí se vigila el rumbo de cualquier grupo que se aproxime: bandadas de saqueadores, migrantes que llegan del sur, caravanas campesinas trayendo hortalizas y, a veces, una nueva horda despistada.

Dentro del castillo, compartimos el pan con los demás. Los niños juegan al escondite entre los cañones oxidados, y una mujer canta una copla apagada. "No lo vais a creer", susurra alguien, "hay un grupo en San Vicente que recuperó un viejo generador. Dicen que cargan radios y hasta tienen una luz encendida toda la noche".

Itziar y yo hablamos de sueños. Sueños apagados, sueños de futuro: “¿Crees que podamos abrir una panadería algún día, como antes?”, pregunta. “Antes, cuando lo más importante era si la hogaza tenía mucha miga o poca corteza”. Ríe triste, pero con ganas. Yo imagino el olor a pan recién hecho subiendo por la Explanada, cruzando la Plaza del Mar. No respondo; solo aprieto su mano, agradecidas de estar vivas.

Afuera, Alicante duerme a medias, salpicada de hogueras y faros improvisados. Las murallas nuevas de Santa Bárbara resisten el embate del tiempo y la plaga, pero en el fondo todos saben que la salvación no está arriba, ni en la pólvora, ni siquiera en el pan. La salvación, pienso mientras me tumbó junto a la hoguera, está en seguir adelante. Paso a paso, noche tras noche, guardando migas de esperanza en un mundo que parece querer olvidar todo lo bueno que tuvo Alicante.

Mañana será otro día. Mañana, quizás, hornearemos pan de verdad. Y eso, en este mundo roto, es suficiente para no entregarse al miedo.

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