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Portada del relato La Última Llama en el Castillo de Santa Bárbara
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Fragmento:


Se detiene y me estudia. Por un segundo, su expresión se suaviza.

Duración: 12:38

La Última Llama en el Castillo de Santa Bárbara
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Texto de ajuste de pausa.

15 de septiembre de 2027

La mañana es húmeda, y una bruma cálida envuelve el puerto semiderruido de Alicante mientras el sol lucha por colarse entre los jirones de niebla. Desde mi atalaya improvisada, el viejo mirador del Postiguet cuya barandilla apenas resiste, puedo ver el esqueleto oxidado de los antiguos barcos pesqueros, mucho más allá de las aguas turquesas transformadas en una frontera más entre la vida y la muerte. Aquí, en el corazón de una ciudad a medio reconquistar, la existencia es el fruto de un pacto eterno: entre quienes aún cultivan la memoria del pasado y los que, como los zombis que merodean en las calles interiores, sólo son pérdida y hambre.

El silencio del amanecer, roto apenas por el graznido de unas gaviotas que ahora se alimentan de desperdicios humanos, me recuerda que la calma nunca es gratuita. En la ciudad, hace apenas veinticuatro meses, el ejército de la Alianza del Segura expulsó a duras penas a la última horda de infectados del centro viejo. Desde entonces, el perímetro amurallado rodea media docena de barrios, la colina del Castillo de Santa Bárbara y el mercadillo de Ciudad de Asís, donde la vida intenta recomponerse.

Bajo mis pies, la avenida repleta de maleza vibra con los ecos de los primeros pasos. Los patrulleros de la milicia local inician su ronda. Miro el perfil musculoso de Carmen, su rifle colgado sobre la espalda, mientras da instrucciones a su grupo antes de avanzar hacia el Mercado del Mar. No me atrevo a hablarle. En otra vida —hace ocho años, antes de que todo se derrumbara— era estudiante de bellas artes y yo, su amigo de instituto. Ahora somos dos supervivientes más, enfocados en tareas tan básicas como asegurar agua corriente y vigilar las entradas al casco antiguo.

La reconstrucción de Alicante, como la de toda Europa Mediterránea, es tan lenta, tan caótica y peligrosa, que a menudo me pregunto si tenemos derecho siquiera a llamarlo progreso. Pero basta ver el mercado: ya no es apenas un espacio de trueque improvisado con un par de bidones y mantas viejas. Las fachadas, aún parcheadas con chapas y maderas pintadas con cal, se cubren de carteles escritos a mano donde se anuncian garbanzos, semillas de trigo, tizones, pinchos de metal y pastillas de jabón. Bajo dos lonas azules, cinco carniceros exponen la carne de cabra, criada por quienes arriesgan la vida fuera de la muralla, y los pescadores ofrecen atunes a los que nadie, antes, hubiera osado mirar de frente.

El jueves es día de mercado, y la plaza frente a la antigua estación de tren se transforma en un hervidero de palabras y mercancías. Llegan grupos de Elche, Novelda y algunos supervivientes de Orihuela, sucios, cargando sacos al lomo o en carretillas tiradas por mulas recalcitrantes. En las últimas semanas, las transacciones incluyen sal de las minas abandonadas, aceite de oliva racionado, ropa tejida a mano y, por encima de todo, balas fabricadas artesanalmente en talleres clandestinos. La munición es la divisa más valiosa y, como oro, circula de mano en mano, pero nunca gratis.

Mi cometido hoy es distinto: acompañar a Elías, uno de los cronistas oficiales de la ciudad, hasta el archivo escondido en las catacumbas del Castillo. De vez en cuando, la comunidad exige un censo: pasamos lista, contamos los nacimientos, las muertes y los que se han marchado a explorar el norte, donde dicen que Valencia se puebla otra vez.

Elías, de barba desaliñada y cabello recogido en una trenza, lleva consigo un morral repleto de bitácoras hechas con papel reciclado. Sus ojos —antaño chispeantes, hoy hundidos y vigilantes— me miran con la mezcla de fastidio y aprecio de quien no desea compañía pero sabe que la necesita.

—Nos detendremos en la Biblioteca Gabriel Miró —dice, alzando la voz para imponerse al bullicio del mercado—. Murieron tres ancianos la semana pasada por fiebre. Quiero revisar los registros de sus familias.

Lo sigo, zigzagueando entre puestos de trueque y milicianos, hasta llegar a lo que fue la puerta de acceso al centro. Una barrera, hecha de vigas y puertas de coches soldadas, nos obliga a identificarnos con una contraseña que cambia cada semana. Hoy es "viscontessa". Poco después ascendemos por las escaleras del parque Ereta. El olor a tierra removida me da una punzada de nostalgia: en las laderas, antiguos huertos urbanos ahora lucen pequeñas parcelas donde niños y adultos se afanan por arrancar algo de lechugas y cebollinos. Veo una anciana atizando a dos cabras, susurrándole canciones que seguramente nadie canta ya y que, sin embargo, resisten como raíces bajo las piedras.

—¿Te acuerdas de los fuegos artificiales? —pregunto, sin mirar a Elías.

Se detiene y me estudia. Por un segundo, su expresión se suaviza.

—En las Hogueras… El día de San Juan. Sí. La ciudad se llenaba de humo y luz. —Sacude la cabeza, triste—. Ahora solo hay fuego para espantar a los caminantes.

Avanzamos callados hasta la fortaleza. En las catacumbas, la humedad es densa, el aire sabe a moho y promesa rota. Encendemos una lámpara de aceite y bajamos por el túnel principal. Allá, en una sala recubierta de arcilla, mesas improvisadas custodian libros apilados, recortes de periódicos, boletines caravanas y mapas del litoral alicantino garabateados a mano. Aquí, la historia se reconstruye sobre fragmentos.

Mientras Elías revisa su lista y hace preguntas a los voluntarios que custodian el archivo, yo me pierdo entre papeles que recogen historias de los últimos años. Leo las palabras de una joven, escrita en septiembre de 2024: “Huímos de Benidorm cuando la horda cruzó la autopista. Caminamos hasta encontrar la muralla. Mi hermano murió, pero aquí me dieron de beber.” En otra hoja, una anciana describe la lenta marcha de la cosecha: “Las semillas de Elda dieron tomates este verano. Fueron mejores que nada.” Puede que Alicante sobreviva a fuerza de voces anónimas y memoria escrita.

Sobre la mesa central, Elías pone al día el registro: anota tres muertes, dos nacimientos —uno en Ciudad de Asís, otro en una granja cercana— y marca en rojo el nombre de un soldado herido por una horda la semana pasada. Lo que más le inquieta son los rumores del este: un grupo de forasteros, armados y vestidos con prendas negras, ha saqueado tres granjas la última semana. Han dejado marcas en las paredes: un círculo y un rayo pintados con carbón.

—No son saqueadores comunes —murmura Elías a los voluntarios—. Quieren territorio, no simples provisiones.

La tensión se palpa en la sala. El jefe de guardia, Lucas, un hombre taciturno de poco más de cuarenta años, propone organizar una patrulla para el domingo. Tengo miedo, y creo que todos lo tienen. En los últimos meses, los enfrentamientos con otros humanos han cobrado más vidas que los zombis.

Pero hoy la prioridad es el censo. Salimos del Archivo, dejando tras nosotros el olor a papel rancio y esperanza cruda. Subimos hasta la terraza del castillo. Desde ahí, Alicante es una franja de desolación y vida, un maremagnum de escombros rodeando refugios improvisados y pequeños huertos. El mar, azul y sereno, marca el límite de la civilización.

Elías se retira al interior a escribir sus notas. Yo decido bajar hacia el Mercado. Quiero buscar hilos y agujas; mi abrigo, remendado decenas de veces, no resistirá otro invierno. Camino despacio y observo a los niños del asentamiento jugando con aros hechos de mangueras viejas. Sus risas suenan reales, más vivas que las voces de los adultos siempre a la expectativa.

Al doblar la esquina de lo que fue una farmacia, escucho un bullicio anormal. Me acerco. Tres miembros de la milicia han rodeado a una forastera. Su cabello rubio y su acento extranjero delatan que no es de aquí. En sus mochilas hay sal, varios tapones de corcho y una pistola bruñida. Le exigen que explique su presencia. Ella levanta los brazos y ofrece trueque: medicina a cambio de cuarenta semillas de trigo.

El trato es tenso pero pacífico. La milicia la vigila mientras se lleva el saco de semillas. Los pactos se hacen en público; nadie es tonto. Las traiciones se pagan caro, aquí y en toda la zona. Por un instante, me siento lejano, ajeno, y pienso en mi madre, que murió en el verano del veinticinco, cuando salió a buscar leche en el extrarradio y nunca volvió.

Sigo mi camino, la vida continúa. Encuentro a Julián, un joven herrero, en su forja cerca de la Plaza de Toros. El pequeño horno que ha levantado con bloques de cemento arde sin descanso. A golpe de martillo y yunque, fabrica clavos y cuchillos, cuando la gente puede traerle metal a cambio. Julián sonríe poco, pero me saluda:

—¿Qué buscas hoy?

—Agujas —le respondo—. Y si queda, hilo fuerte.

Busca entre una cajita y saca dos agujas gruesas.

—No quedan muchas —dice—. Si vienen los de Alcoy la semana próxima, puede que traigan más.

Le dejo un paquete de lentejas y un pequeño puñado de sal. El trueque no es perfecto, pero la norma aquí la dicta la necesidad, la urgencia, no el valor abstracto. Julián desaparece tras el humo de su fragua. Siento el peso de la supervivencia, y a la vez, un orgullo oscuro: Alicante resiste. No como ciudad costera de vacaciones y tapear, sino como fortaleza viva, forjada a base de solidaridad y miedo.

Al regresar hacia la muralla, una alarma resuena, seca y cortante. Es la señal de amenaza: dos toques largos, uno corto. Corro, entre vértigo y costumbre, hasta una de las torres de vigilancia. Desde arriba se distinguen siluetas en el límite del sector despejado, cerca del campo de césped que fue un día la Ciudad Deportiva. Son alrededor de quince, arrastrando los pies, cubiertos de andrajos. Zombis, todavía peligrosos, aunque más lentos y torpes. Sin embargo, una forma más alta —una figura humana armada— se mueve detrás. No es común ver humanos conducir hordas.

El capitán de la milicia, puesto en alerta máxima, manda tocar la campana mayor del Ayuntamiento. En minutos, las calles principales se despueblan; familias corren a los refugios, y mercaderes cierran sus puestos bajo lonas y cadenas. Desde la torre, me llega la voz de Carmen, organizando la defensa:

—No entrarán, no aún.

En media hora, la situación se estabiliza. Dos francotiradores, apostados en las ruinas del Gran Sol, abaten a los zombis que se acercan demasiado. El humano, inteligente o cobarde, desaparece tras los setos.

El día avanza como si nada hubiera ocurrido. Cuando cae la tarde, la luz rojiza del sol recorta la silueta férrea del Castillo de Santa Bárbara. Me uno otra vez a Elías, esta vez en lo alto del bastión. Compartimos un poco de arroz y carne de cabra cocida en un puchero que humea suavemente.

Hablan, en voz queda, sobre el futuro. No hay grandes discursos, ni sueños de gloria. Sólo preguntas simples: ¿tendremos suficiente grano para la siembra del invierno? ¿Aguantará la muralla si regresan los de la marca negra? ¿Podremos llevar a los niños a la playa el próximo verano, sin miedo a las hordas?

—A lo mejor, dentro de unos años, nadie recordará quién encendió el primer molino —dice Elías, mirando a la luna—. Pero alguien escribirá que resistimos aquí. Que Alicante no murió del todo.

Yo reviso mi abrigo, remendado de nuevo, y me prometo grabar en mi memoria la música lejana del mar. Porque en esta guerra interminable, donde los muertos caminan y los vivos combaten tanto contra otros como consigo mismos, lo único que queda es la certeza de que la vida persiste, justo aquí, entre las piedras viejas y el rumor antiguo de las olas.

La noche cae y las lámparas de aceite proyectan sombras inciertas. La ciudad respira, fracturada, reconstruida, prisionera y liberada al mismo tiempo. Mañana, cuando el mercado vuelva a abrir y los niños corran tras los senderos de huerta, sabré que Alicante sigue viva. Que nosotros esperamos algo más, aunque sólo sea sobrevivir otro día, otro mes, otro año, en el filo incierto entre el olvido y la esperanza.

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