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Portada del relato El último reloj de la Explanada
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Fragmento:


—Lucía, hija. Tengo lo que me pediste —le dijo bajando la voz—. Un paquete de semillas. Tomate y pepino, de bancal rescatado. No quedan muchas.

Duración: 11:46

El último reloj de la Explanada
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Texto de ajuste de pausa.

19 de julio de 2027

El amanecer sobre Alicante apenas se notaba en el horizonte. Oscurecido por meses de calima y las nieblas impropias que subían del mar, las palmeras del Paseo de la Explanada parecían fantasmas contra un cielo opaco, ahogadas entre los ladridos distantes de perros salvajes y el eco de las sirenas que, alguna vez, marcaron la cadencia de la vida portuaria. Pero hacía años que el puerto había sido desalojado y recluido; la ciudad solo respiraba entre sus murallas y trincheras mal improvisadas.

Era el tercer día sin incidentes mayores, una racha de paz demasiado larga para alguien como Lucía. Caminaba despacio con la carabina colgada al hombro y el viejo bandolero de cuero colmado de balas, heredado de un amigo ya perdido. Se había levantado temprano en el albergue —lo que quedaba de la antigua estación de ferrocarril, remendada con tablones y sacos terreros— y descendía ahora hacia el Mercado Central por la calle de la Rambla, buscando ese aroma imposible de los bollos recién horneados y la algarabía de los días de fiesta en San Juan, cuando la ciudad rebosaba de música y promesas. Ahora todo era silencio, salvo por el sonido de sus botas sobre el asfalto cuarteado.

El Mercado Central había sido, desde hace meses, el corazón de la nueva vida alicantina. Envueltos tras barricadas de coches volcados y alambres de espino, los tenderetes improvisados vendían más esperanzas que productos: alguna conserva rescatada, arroz procedente de algún campo afortunado, hortalizas cultivadas en terrazas o patios interiores. Lucía saludó a la pareja de guardias voluntarios apostados bajo la marquesina, mostrando su brazalete azul —el símbolo de los habitantes del sector Centro—, y entró en el recinto.

—¿Alguna novedad? —preguntó al mayor de los dos, un hombre maduro llamado Javier, que respondía con una media sonrisa.

—Hubo disparos anoche, cerca del Postiguet. Decían que era un grupo nuevo, nómadas del norte. Se llevaron un par de cabras, nada grave. Pero ha habido más movimiento hacia San Gabriel. Hay que ir con cuidado. No son solo los zombis.

Lucía asintió. Hacía ya años que los zombis habían dejado de ser la única amenaza. Los veteranos de la supervivencia comentaban que quienes quedaban eran “los flacos”, tan deteriorados que solo vagaban, incapaces de correr o trepar, salvo los recién convertidos. La verdadera amenaza eran ahora los hombres: bandas trashumantes o escuadrones armados que buscaban recursos, territorio o simplemente venganza.

Se adentró entre los tenderetes, buscando a su proveedor habitual: Don Emilio, un anciano enjuto que, milagrosamente, podía conseguir cualquier cosa. Lo halló sentado en una silla de camping, junto a una caja de herramientas y varios sacos de arroz.

—Lucía, hija. Tengo lo que me pediste —le dijo bajando la voz—. Un paquete de semillas. Tomate y pepino, de bancal rescatado. No quedan muchas.

Lucía bajó la mirada agradecida, dejando un puñado de cartuchos como pago. En el nuevo mundo, era la moneda más valiosa.

—¿Cómo va el huerto en la plaza de Gabriel Miró? —preguntó Don Emilio.

—Mejor de lo esperado —respondió ella—. El pozo no se ha secado y alguna gente del Ayuntamiento ayuda con los sacos y la tierra. Quizá este otoño podamos compartir algo con los del barrio San Antón. Los del Castillo siguen pidiendo más de lo que dan, pero no hay otra.

El anciano suspiró.

—Vigila con esos. La última patrulla dice que los del Castillo están armándose mejor. Han recuperado munición de un cargamento viejo, y no comparten nada.

Lucía asintió. Las tensiones entre los diferentes enclaves de la ciudad eran un secreto a voces. El gremio del Castillo de Santa Bárbara, encaramado en la antigua fortaleza, controlaba buena parte de las armas y buena parte de la visión periférica de la ciudad. Los del Casco Antiguo, junto a la catedral, tenían los almacenes más robustos y el control del agua; los del Raval Roig, pescadores reciclados en mercenarios, controlaban la escasa salida al mar. Y cada grupo tenía viejas cuentas pendientes.

—Debería irme ya. Hoy toca reunión en la plaza de la Virgen del Remedio. Dicen que viene alguien de Mutxamel, con información de las colonias del norte. Si llegan, habrá trueque.

El anciano le dio una mano y Lucía volvió al sol destemplado de la mañana. Atravesó la Explanada, donde los bancos estaban cubiertos de mantas y redes de pescar recicladas, y cruzó hasta la plaza. Allí, varios niños jugaban a perseguirse con palos. Apenas conocían el miedo a los zombis, pero corrían y gritaban como si el mundo hubiera vuelto a ser normal, al menos durante unos minutos. Lucía no pudo evitar sonreír.

El trueque se organizó como siempre: bajo la atenta mirada de dos milicianos y la expectación de media docena de vecinos, llegaron los visitantes del norte. Un pequeño carro tirado por un mulo, cubierto de lonas y vigilado por un chaval que rondaría los diecisiete años. Llevaban vino, algunos quesos curados y garbanzos. A cambio, pedían armas, aceite y sal.

—Estamos organizando la defensa al sur de Sant Joan —explicó la mayor, una mujer pelirroja de rostro curtido—. Pero las bandas de El Campello y dos grupos de saqueadores nos acosaron la semana pasada. Cualquier información sobre rutas seguras será premiada. Y necesitamos sal, mucha, para conservar carne.

Lucía intervino en la negociación. Tenía contacto con un grupo de agricultores en la loma de Busot, que conocían sendas ocultas lejos de las rutas principales. Propuso intercambiar uno de los mapas que había dibujado con su grupo a cambio de los garbanzos y algo de información.

—¿Qué hay de las vías hacia Alcoy? —preguntó—. Dicen que las han despejado, que tienen molinos y electricidad...

La mujer del mulo negó suavemente.

—En Alcoy apenas quedan. Un incendio arrasó varias aldeas. Los que sobreviven han reforzado la entrada y no dejan pasar a desconocidos. El comercio con Valencia lo lleva solo un grupo, “Los Verdes”. Y solo si pagas en pólvora o bienes metalúrgicos.

Hablaron largo rato. Lucía logró obtener no solo los garbanzos, sino un par de cuchillas seminuevas para los molinos de harina. Los visitantes se marcharon antes del mediodía, apresurados. El cometa que cruzaba el cielo desde hacía días —un presagio, decían los más supersticiosos— se adivinaba como una cuerda de luz fantasmal sobre las ruinas del Castillo.

Ya encaramados a media tarde, Lucía subió a la plaza del Ayuntamiento. Desde la cornisa de la Casa Consistorial, organizó la patrulla del atardecer: dos hombres jóvenes y una mujer, todos armados con lanzas improvisadas y cuchillos recolectados de viejos comercios. Revisaron las entradas del barrio antiguo, prestando especial atención a las calles de San Nicolás, en cuya sombra sabían que a veces se ocultaban rezagados: tanto zombis como saqueadores ocasionales.

El sol descendía tras las líneas destrozadas de los edificios. Alicante ardía como un animal herido, cromada de nubes rojizas y partículas de polvo. Desde la fortaleza, era posible ver, más allá del casco urbano, los parches de cultivo verde y ocre allá donde la población se había replegado estos años. Aquí y allá, columnas de humo indicaban actividad: un taller de forja operado con trabajo forzado, según los rumores, cerca del antiguo matadero; un horno comunal improvisado en la Plaza de América. Los límites del nuevo mundo, balizados por el miedo y la costumbre.

La patrulla encontró solo un cuerpo, a punto de perderse en la penumbra del callejón del Teatro Principal. Era uno de los “flacos”, apenas un trozo de sombra que se tambaleaba entre los restos de un contenedor. Lo abatieron en silencio, con el gesto automático de quien lleva haciéndolo demasiado tiempo. Lucía dispuso rápidamente el cadáver, incinerándolo en una trinchera, como dictaba el protocolo. El olor de la carne quemada era uno de los “fragmentos” del paisaje, como el rumor del mar o el canto distante de los mirlos supervivientes.

De vuelta en la plaza, la noche cayó con una rapidez indeseable. La comunidad encendió los faroles de aceite, colocados estratégicamente en las esquinas, y todos se reunieron para la asamblea diaria. No había discursos —nadie quería perder el tiempo o el ánimo con promesas huecas— pero cada cual exponía necesidades y logros: nacimientos, muertes, recuento de provisiones, noticias de las rutas. Esa noche, un chico de doce años recibió una medalla improvisada —una moneda antigua agujereada y colgada de una cuerda— por haber ayudado en la defensa de una vieja mujer atacada por saqueadores.

Tras la asamblea, Lucía se dirigió al hospital improvisado, instalado en lo que había sido el Museo de Arte Contemporáneo. Allí, el doctor Méndez —antes cirujano plástico, ahora cirujano de guerra— pasaba revista a los heridos. Un joven con una herida de bala en el muslo pedía más anestesia, y una anciana deliraba en voz baja, exigiendo ver a hijos que hace años se habían ido al norte. Lucía dejó parte de los medicamentos obtenidos en el trueque y preguntó por las últimas noticias sobre infecciones recientes.

—Pocos casos, al menos estos días —dijo Méndez, limpiándose las manos en un trapo—. Hay más heridos por disputas entre humanos que por zombis. La infección sólo aparece en los recién caídos, y cada vez son menos. Quizá, con tiempo, la plaga se extinga. Pero serán años.

Lucía suspiró. El cansancio era una costra difícil de eliminar, incapaz de borrarse aunque los días fueran tranquilos. Salió al aire nocturno y subió hacia el mirador de Santa Bárbara, acompañada por Ana, una joven vigilante con la que compartía charla y silencios. En silencio, contemplaron las luces titilantes de las torres improvisadas, el reflejo débil de la luna sobre el Mediterráneo, y el oscuro tapiz de tejados derruidos más allá de las murallas.

—¿Crees que volveremos a tener fiestas? —preguntó Ana—. Hogueras, fuegos, música. O incluso elecciones...

Lucía soltó una risa, seca y casi alegre.

—Quizá algún día. De momento, al menos tenemos algo que defender. Un lugar. Gente.

Un grito de alarma se alzó de golpe entre los laberintos del Raval Roig, y ambas desenfundaron sus armas. Pero fue solo un borracho o un zorro solitario, nada que no pudieran manejar. Regresaron, tras recorrer el perímetro del viejo castillo, entre las linternas de aceite y la brisa salina.

En los días siguientes, la rutina se repitió. Como tantas veces: patrullas, huertos, controles de rutas, pequeños trueques de herramientas y medicamentos. Los rumores persistían —una caravana a punto de partir hacia Murcia, un nuevo invento de molino en Sant Vicent, un grupo que buscaba recrear una imprenta en el sótano de la biblioteca—. Las esperanzas eran frágiles, de cristal, pero servían para ilusionar a las gentes.

Lucía nunca olvidó ese verano. El cometa, la calma relativa, la sensación de que, por fin, Alicante había dejado de ser solo ruinas y miedo. Algún día, quizá, la vida recuperaría sus formas antiguas: una boda, una taberna, un viejo reloj funcionando en la Explanada, marcando las horas no solo del peligro, sino del porvenir.

Mientras tanto, sólo quedaba resistir. Y vivir.

Y, quizás, atreverse a mirar el futuro de nuevo con ojos humanos.

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