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Portada del relato Eco entre las ruinas: Crónica desde la Lucentum fortificada
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Fragmento:


La rutina del día está marcada por la distribución de alimentos –hoy toca cocido de alubias y pan de cebada, hecho en los hornos improvisados bajo la organización de mujeres y ancianos, que saben bien de hambre vieja. Con las comidas racionadas desde el comienzo del otoño, las reservas están bajo llave. Los encargados de la seguridad, liderados por una joven llamada Zahira, vigilan con firmeza, aunque malaria y cansancio ya les pesan a todos.

Duración: 10:34

Eco entre las ruinas: Crónica desde la Lucentum fortificada
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Texto de ajuste de pausa.

18 de diciembre de 2022

La luz invernal se filtra débil a través de la polvareda que envuelve lo que alguna vez fue la ciudad de Alicante. La brisa huele a sal y a distancia, como si el mar se hubiese convertido en la única constante bajo el manto de un mundo colapsado. Son las seis y media de la mañana y el frío resulta inusualmente intenso, incluso en la ribera mediterránea. La niebla y la humedad se mezclan con el humo de las hogueras nocturnas, que a estas alturas apenas logran templar los interiores de los refugios improvisados, encaramados sobre los viejos bloques de pisos o tras los muros de los antiguos colegios convertidos en fortalezas.

En el corazón de la ciudad, la vida se reduce al ejercicio rutinario de la supervivencia. Desde hace meses, los infectados —en la jerga local “los arrastrados”— apenas rondan por las calles. La mayoría yacen inertes, congelados en grotescas formas junto a las aceras o amontonados en los túneles del tranvía subterráneo, obstaculizando cualquier intento de explorar el subsuelo. Las pequeñas comunidades humanas, desperdigadas y desconfiadas, han sido moldeadas por días sin electricidad, noches de gritos en la distancia y la costumbre triste de contar ausencias.

El asentamiento principal está enclavado en torno a la plaza de Luceros y el Mercado Central, sitio defensivo por excelencia donde se concentran las caravanas que, cada cierto tiempo, llegan desde San Vicente o Elche. Hace semanas que llegó el invierno, y con él, la esperanza de un periodo menos violento por la menor actividad de los “arrastrados” –aunque la amenaza humana nunca descansa.

La mañana transcurre gris. Desde la terraza del antiguo Hotel Rambla, ahora convertido en puesto de vigía, Martí observa la ciudad. De unos treinta y pocos años, la barba hirsuta y los ojos oscuros, Martí sostiene un anhelo intermitente de que alguna vez regrese la normalidad, aunque sabe que la memoria dolerá más que el presente. Junto a él descansa la radio de baja frecuencia, única conexión entre Alicante y los asentamientos vecinos. Martí está asignado, de forma rotativa, a escuchar y transmitir mensajes cifrados: alertas de movimientos hostiles, peticiones de emergencia o avisos de otras caravanas.

Esa mañana, los mensajes escasean. El repetidor de Benidorm permanece en silencio, y ni siquiera desde la playa de Postiguet llega más que estática. A lo lejos, sólo las gaviotas parecen haber regresado a ocupar sus antiguos dominios sobre los tejados desiertos.

Un silbido bajo la calle. Martí asoma, cuidadoso, el rostro sobre la barandilla. En el cruce de la avenida Alfonso el Sabio han instalado una barricada de colchones, ruedas y vallas municipales. Un niño pequeño, envuelto en harapos y con la cara tiznada, salta entre los sacos como quien juega a la rayuela. Lo sigue Laura, la madre, cargando una mochila que parece demasiado pesada para su delgadez acentuada. Martí sonríe levemente: los niños, pese al mundo, juegan; son la única señal de que algo merece salvarse.

La rutina del día está marcada por la distribución de alimentos –hoy toca cocido de alubias y pan de cebada, hecho en los hornos improvisados bajo la organización de mujeres y ancianos, que saben bien de hambre vieja. Con las comidas racionadas desde el comienzo del otoño, las reservas están bajo llave. Los encargados de la seguridad, liderados por una joven llamada Zahira, vigilan con firmeza, aunque malaria y cansancio ya les pesan a todos.

Zahira es un recuerdo vivo del mundo universitario que murió en primavera del 2020. Ingeniera en ciernes, ahora su tarea consiste en forjar alianzas con los vecinos de la Explanada, fortalecer palés y puertas blindadas, y mantener la disciplina entre un grupo donde la convivencia forzada tiende a encender viejas rencillas. Alicante, como las demás ciudades supervivientes, es una suma de pasados dispersos y futuros inciertos.

De vez en cuando, aparece una caravana: cuatro o cinco mulas, un par de carros y media docena de figuras cubiertas con viejas toallas o chaquetas de deporte, cargando sal, algo de vino, botiquines y a veces piezas de motor irreconocibles. Se intercambia todo, se agradece todo. Aquel comercio rudimentario revive un Mediterráneo ancestral: granos, salazones, frutos secos y mensajes importantes viajan bajo la discreta vigilancia de bandas nómadas que, en más de una ocasión, han asolado los caminos de Mutxamel o Villajoyosa.

El Consejo es la autoridad máxima, formado por delegados de cada refugio: un farmacéutico, una exprofesora de historia, una campesina de Tibi, un mecánico de la Volvo ahora reconvertido en herrero, y la propia Zahira, que por su arrojo ha ganado respeto en batallas recientes. Las asambleas diarias siempre tienen lugar en los antiguos sótanos del Mercado Central, donde el eco de risas, gritos y llantos perdidos sugiere que alguna vez el mundo fue ruido y desorden y no, como ahora, una ronda de escucha tensa y silenciosa.

Hoy, la reunión es breve. Se discuten las existencias: hay suficiente grano para quince días si la siguiente caravana llega a tiempo. El botiquín escasea en penicilinas y vendas, y los pocos antibióticos sobrantes se reservan solo para los guardianes y los niños. El mayor temor son las enfermedades: cuando alguien enferma de verdad, no hay más remedio que rezar o resignarse a un desenlace rápido.

En la asamblea también oyen rumores: en la ladera de San Juan, cerca del hospital, se han reagrupado una docena de saqueadores huidos de Elche. Nadie sabe con certeza si están armados; se desafía constantemente el equilibrio frágil entre alianzas y hostilidades. La vida depende, ahora más que nunca, de tener amigos leales y enemigos previsibles.

Por las tardes, el puerto es una visión casi fantasmal. Hace dos años que los últimos barcos partisieron hacia Baleares buscando un refugio que nunca encontraron (el último mensaje recibido desde Ibiza hablaba de la caída del asentamiento). Los muelles, sin los cruceros descomunales de antaño, son territorio para las reuniones clandestinas y el trueque de lo que queda de las viejas reservas: botellas de agua mineral, baterías de coche recicladas y, ocasionalmente, una radio portátil que emite una señal débil de Valencia.

Allí, Martí baja al atardecer con Laura y el pequeño Hug. Juegan al escondite, entre las sombras alargadas de la lonja de pescado. Laura, antes abogada, tiene la melancolía tranquila de quien ha decidido sobrevivir porque el niño así lo demanda. Entre juegos, cuentan historias mitificadas sobre el castillo de Santa Bárbara, ahora fortaleza inexpugnable bajo vigilancia de las milicias, y de cómo, desde lo alto, a veces se ven llamaradas en las colinas del Maigmó.

El mar, a esa hora, parece tranquilo, pero nadie se atreve a alejarse de la costa. Se teme más a los hombres que a los zombis: recientes escaramuzas entre saqueadores y centinelas han dejado claro que la violencia humana late bajo la calma aparente.

Llega la noche. La discusión de ese día fue intensa: han de decidir si permiten la entrada a un pequeño grupo de forasteros que llegaron desde Alcoy. Traen miel y sal, pero también pueden ser espías. Zahira decide que, tras la conversación de rigor y la revisión de armas, pasarán la noche custodiados cerca del centro de salud del Pla. Es un riesgo, pero es el precio de estar vivos: negociar siempre, desconfiar siempre, disponer siempre de una vía de escape.

Dentro del edificio, convertido en refugio común, los niños, más de una docena, se arremolinan en torno a un brasero oxidado. Un anciano, Jacinto, antiguo bibliotecario, narra para ellos una antigua leyenda: cuenta cómo los romanos fundaron Lucentum en esa misma tierra, cómo la ciudad sobrevivió a invasores, hambrunas y pestes. Los ojos de los niños brillan; por un rato el miedo se disuelve y, con él, la tristeza colectiva.

Pero no todo es nostalgia. Cada día, voluntarios patrullan la zona vieja —el Barrio y el Raval Roig— asegurándose de que ningún “arrastrado” haya salido de su letargo, ni que algún saqueador merodee entre los nísperos y palmeras silvestres que ahora rompen las baldosas. Las paredes están selladas con puertas de metal y viejas persianas, y cada grupo lleva las armas disponibles: bates de béisbol, cuchillos de monte, a veces una escopeta oxidada o un viejo revólver de caza.

Una vez al mes, un par de hombres osa adentrarse hacia el hospital General, solo cuando la niebla y el frío garantizan letargo entre los infectados. Buscan material médico, herramientas, incluso libros. Vuelven con el botín a hombros, hablando poco, sabiendo que en cualquier instante el silencio puede romperse de la forma más feroz.

Cuando el reloj marca la medianoche —cuando aún el reloj importa—, Alicante se sume en un silencio que no recuerda ni a los años de la posguerra ni a los cuentos de los bisabuelos. Silencio de muerte, pero también de esperanza: las estrellas, por primera vez en décadas, pueden verse limpias sobre el Mediterráneo. La luz de los fuegos apenas compite con el brillo lejano de la luna.

Esa noche, Martí sube al tejado un cuaderno gastado. Escribe sin esperar que alguien, alguna vez, lea:

"Las ciudades aprenden a ser aldeas. Alicante, ciudad de la luz, resiste con formas nuevas a la vieja condena de la muerte y el miedo. Confío en que nuestros niños inventarán patria de nuevo, de otra manera, sobre las ruinas de la que nosotros recordamos."

A sus pies, Santa Bárbara permanece encendida con una hoguera centinela. En algún punto del horizonte, casi como un milagro, un destello de linterna cruzando el monte sugiere que hay otros ahí fuera, buscando la misma luz.

Entre la bruma y el frío, Alicante sobrevive. Royendo historias, construyendo futuro, aferrándose al rumor obstinado del mar y la promesa tácita que se esconde en cada amanecer. La humanidad, consumida y ardiendo, aprende, una vez más —a fuerza de hambre, violencia y memoria— a renacer sobre los escombros de su antigua gloria.

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