Fragmento:
Aquel dieciocho de septiembre, Alicante era un foco vivo entre los páramos de los escombros. Habían pasado ocho años desde que los supervivientes de la primera gran jornada limpiasen de infectados los barrios bajos adyacentes al puerto. Ocho años de luchas internas, de organización forzada, de escaramuzas contra bandas nómadas y saqueadores, de intentos y fracasos para cultivar trigo entre las antiguas avenidas asfaltadas. Y sin embargo, Alicante se mantenía de pie como uno de los refugios más grandes de la cuenca levantina, hasta el punto de que la feria de intercambio del mes de la vendimia era conocida ya en las rutas del sur y del centro, una fecha señalada para caravanas y para los pocos aventureros que se atrevían a cruzar caminos entre ciudades rescatadas y aún zonas de peligro.
Duración: 11:35
18 de septiembre de 2028
La brisa traía el perfume salado del Mediterráneo, mezclado con el aroma penetrante y dulce de los palmitos. En los tiempos anteriores, cuando Alicante era una ciudad animada por turistas y fiestas, esa mezcla habría sugerido un septiembre de cálido ocaso antes del otoño, con la playa colmada de sombras y vendedores, los chiringuitos vibrando y la Explanada llena de paseantes. Ahora, en el año veintiocho de lo que la gente empezaba a llamar nueva era, esas mismas esencias se colaban a través de las almenas reconstruidas sobre la Plaza Luceros, mezcladas con el inconfundible hedor metálico de la pólvora.
Aquel dieciocho de septiembre, Alicante era un foco vivo entre los páramos de los escombros. Habían pasado ocho años desde que los supervivientes de la primera gran jornada limpiasen de infectados los barrios bajos adyacentes al puerto. Ocho años de luchas internas, de organización forzada, de escaramuzas contra bandas nómadas y saqueadores, de intentos y fracasos para cultivar trigo entre las antiguas avenidas asfaltadas. Y sin embargo, Alicante se mantenía de pie como uno de los refugios más grandes de la cuenca levantina, hasta el punto de que la feria de intercambio del mes de la vendimia era conocida ya en las rutas del sur y del centro, una fecha señalada para caravanas y para los pocos aventureros que se atrevían a cruzar caminos entre ciudades rescatadas y aún zonas de peligro.
El casco antiguo, las fachadas que una vez miraron altivas a la Rambla, eran ahora parte del complicado sistema de murallas. Barro y bloques. Restos de coches blindados y autobuses volcados formaban parte de los muros. Los puntos más altos, como la pendiente que trepaba hacia Santa Bárbara, se habían reforzado con garitas y torres, y los accesos al castillo eran, tras años de limpiar la fortaleza, puestos de vigía y almacenamiento seguro para la pólvora. Allí se guardaban los pocos cañones de fabricación casera y las reservas de flechas armadas con puntas de hierro recuperado de talleres que, milagrosamente, seguían en pie en San Gabriel.
La mayoría de los habitantes vivían ahora en torno al Mercado Central, convertido en plaza mayor y centro de vida civil. Largas hileras de mesas de madera -casi todas diferentes, remendadas con partes de armarios y tableros rescatados de pisos abandonados- conformaban la zona de trueque. Ristras de ajos, sacos con almendras, piezas de pan áspero y oscuro se mezclaban con pequeñas botellas etiquetadas con rótulos confusos: “Antibióticos 2026. No abrir salvo fiebre alta”, “Metadona. Uso cuidado”. No era raro ver cómo, entre las piedras, alguien encontraba una bala aún útil o trozos de cable eléctrico, tesoros de primer nivel para cualquier familia numerosa.
A esa feria llegó, el tercer día después de la luna nueva, la caravana de Ricardo, un hombre de unos treinta y tantos, corpulento y con una barba desgreñada que había sido negra y ahora presentaba vetas plateadas. Llegaban desde Elche, trayendo noticias y un cargamento de palmitos, limones y una jaula con tres gallinas. Dicen que fue por las gestiones de Ricardo que surgió la leyenda de las rutas seguras hasta la Vega Baja, por su método de señalizar con telas de colores los refugios intermedios y las horas en las que era seguro avanzar.
La comitiva fue recibida por los centinelas del Puente Rojo, donde el asfalto había sido levantado para impedir que ningún vehículo, ni coche ni carro rudimentario, pudiera entrar sin verse ralentizado y expuesto a la mirada de los arqueros en las almenas. Los hombres y mujeres de Alicante les ofrecieron agua, lavanda y, en una muestra de hospitalidad, una copa diminuta de aguardiente hecho con frutas de los algarrobos del extrarradio.
Pero ese día, más que el comercio, lo que movía la atmósfera era la expectativa. El día anterior, un mensajero había llegado desde la zona de Villajoyosa para informar que un grupo numeroso de nómadas, quizás una banda, quizá una caravana desplazada por un ataque de infectados en Benidorm, había cruzado el río Amadorio buscando refugio o saqueo. El consejo alicantino se dividía en opiniones: unos pedían reforzar los puestos de guardia y adoptar una estrategia defensiva. Otros sugerían parlamentar y negociar el paso o incluso ofrecer asistencia a cambio de información o recursos.
En ese contexto tenso, la feria era un bullicio contenido. Por la Explanada, bajo las lonas irregulares tejidas con retazos de antiguos toldos y banderas, los comerciantes voceaban la calidad de sus productos. “¡Sal de la Albufereta! ¡Cambio por clavos, no por grano!” gritaba una mujer que, tiempo antes, había dirigido una heladería y ahora era una experta artesana de jabón y salazones. Cerca de ella, un hombre de piel curtida y sombrero ladeado se jactaba de tener semillas frescas de tomate y habas protegidas en tarros de cristal. A esas mercancías acudieron algunos de los representantes del consejo, que buscaban diversificar cultivos y reforzar la autonomía alimentaria de Alicante, todavía dependiente de las rutas que cruzaban a Vega Baja o subían hacia Alcoy.
Una figura llamaba la atención por donde pasaba: Carlota, jefa de la guardia interna, conocida por su brazo derecho tullido, cubierto por una prótesis de hierro realizada por los artesanos de Santa Faz. Los niños la seguían, miraban de reojo el arco metálico y los dardos que colgaban de su cinturón, y le susurraban “la cazadora de monstruos”, porque en la célebre defensa de la Plaza del Carmen había abatido a siete infectados en una sola noche.
Carlota supervisaba el trueque de pólvora casera, una mercancía delicada. Había ordenado que cada transacción contase con la supervisión de un delegado para evitar estafas y garantizar la seguridad, pues en años recientes, explosiones accidentales habían matado a más de una persona por mezclar compuestos defectuosos.
Mientras la actividad continuaba, en el corazón de la feria se oía el eco casi musical de las monedas improvisadas y el ocasional golpeteo de martillos en los talleres: dos herreros competían por forjar las mejores hojas a partir de viejas llantas y raíles oxidados. El rumor de que un taller de San Vicent podía fundir pequeños lotes de plomo animaba las conversaciones: “¿Habéis oído lo del taller de Llano? ¡Sí, ya hacen balas otra vez!”
En una esquina, un maestro cantero enseñaba a un grupo de jóvenes cómo reforzar la muralla sur utilizando la técnica de arcos de descarga. Porque últimamente, no solo las bandas humanas, sino algunos infectados desorientados, lograban arrastrarse hasta la base de la muralla en las noches húmedas, y los más jóvenes debían aprender rápido a mantener la defensa.
Las noticias fluían con casi tanta vitalidad como los alimentos. Se supo entonces que en Altea habían logrado inventar un sistema para destilar agua de lluvia más eficientemente. Que un grupo de Benidorm había iniciado la limpieza de un sector de la ciudad donde abundaban depósitos de combustible, quizás útiles si las rutas largas se volvían necesarias en caso de emergencia.
Quizá el momento crucial de aquel día llegó cerca del mediodía, cuando se avistó, por la carretera de Castalla, una pequeña columna de polvareda acercándose. Los centinelas tensaron los arcos. Las campanas improvisadas en los tejados sonaron con la señal del código azul: grupo desconocido, probable contacto. Todos los adultos libres y entrenados se armaron, los talleres se cerraron y las entradas de los refugios subterráneos de la zona de Gabriel Miró se reforzaron para dar cobijo a los niños, los ancianos y los heridos.
Carlota y Ricardo, junto a Julia, la responsable espiritual del consejo –una mujer menuda y ágil que había sido profesora antes del colapso–, salieron a la explanada a recibir al grupo. Eran seis nomads de aspecto desfallecido, dos de ellos armados, los otros tirando de una carreta donde yacía un joven, con la pierna infectada y la ropa manchada de sangre seca.
La tensión se podía tocar. Carlota ordenó a sus guías revisar cuidadosamente el cuerpo, buscando mordeduras recientes que obligasen a una cuarentena estricta. El consejo deliberó rápidamente: no podían permitir el ingreso sin más análisis, pero tampoco podían negar asistencia a necesitados, pues las alianzas regionales requerían muestras constantes de humanidad y política.
Finalmente, se decidió: el joven herido fue llevado a la Casa del Mar, antigua lonja adaptada como hospital, donde un médico anciano y una aprendiz iniciaron el proceso de cura y desinfección. Los otros cinco nomads se integraron provisionalmente a los grupos de trabajo, a la espera de determinar su origen, intenciones, y, de ser posible, sus conocimientos útiles. En estos tiempos, los oficios podían salvar vidas o determinar el éxito de una comunidad.
Esa tarde, con la tensión algo rebajada, la feria recuperó su vitalidad. Algunos se aventuraron a improvisar música utilizando lo que quedaba de viejos instrumentos arreglados con piezas de otros objetos, mientras otros compartían aguardiente y leyendas al calor de las fogatas dispersas en la plaza.
Los padres contaban a los niños historias del mundo anterior, a modo de cuentos de hadas: de cómo el puerto se llenaba de grandes barcos de metal, de aviones que cruzaban el cielo, de fiestas de San Juan en la arena, de helados, de las palmeras iluminadas durante la Navidad. Los niños escuchaban con incredulidad, aceptando ya con naturalidad el régimen del trueque, la vigilancia constante, el aprendizaje práctico antes que la escuela.
A la caída de la noche, cuando el rosado del cielo se volvió púrpura y las garitas encendieron sus lámparas de aceite, el consejo se reunió por última vez bajo la sombra de las columnas del Mercado Central. Las conversaciones giraron en torno a las semillas traídas, a la posibilidad de formar una nueva ruta de intercambio seguro hacia Novelda y Elda, al reto de fabricar más pólvora y almacenarla sin riesgos.
Julia propuso organizar en la plaza, cada luna llena, una reunión donde distintos narradores –quedaban pocos verdaderos escritores, pero sobraban relatos– documentasen lo que recordaban, lo que sabían de los años oscuros, e iniciasen a los más pequeños en la cronología de la reconstrucción. Era importante transmitir, decía, no solo la rutina, sino la memoria: que aquellos que nacerían después supieran cómo la humanidad había sobrevivido al hambre, al miedo y a los monstruos, humanos y no humanos.
La asamblea terminó con una oración sin deidades, una promesa colectiva de lealtad y vigilancia. Carlota, antes de marchar a sus rondas nocturnas, dejó a Ricardo una bolsa con cinco balas. “Puede que mañana necesites devolverme el favor”, dijo, con una media sonrisa, sabiendo que la tregua entre asentamientos era frágil como el propio equilibrio de Alicante entre la costa y la sierra.
En la madrugada, mientras el mar murmuraba su letanía antigua, las luces titilantes de la feria resistían la oscuridad, envueltas en la esperanza dura y terca de los hombres y mujeres de Alicante. Quizá algún día, años después, alguien escribiría que lo que salvó la ciudad aquella feria de septiembre no fue la pólvora ni las murallas, sino la obstinada voluntad de dejarse ayudar y ayudar a otros. El mundo viejo era ya casi un mito; el nuevo, un diario en construcción, tejido por manos ásperas, voces resistentes y corazones que no olvidaban ni perdonaban, pero aún sabían construir.
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