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Fragmento:


Tan solo cinco años atrás, esos muros habían sido improvisados con coches volcados, vallas y contenedores llenos de tierra. Ahora, eran auténticas tapias de hormigón, levantadas con ayuda de decenas de manos y reforzadas con chatarra; altares impíos al miedo de ser devorados vivos. Ese día, los centinelas cambiaban de guardia mientras algunos niños –milagrosamente salvados– correteaban por los pasillos de la fortaleza como si no pudieran recordar el mundo anterior. Mario, uno de los tres oficiales de la milicia local, cruzó la calle para saludar a Marta.

Duración: 11:22

Cenizas al amanecer
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Texto de ajuste de pausa.

12 de noviembre de 2026

El silencio en las calles de Alicante se había vuelto antiguo y pesado, como polvo bajo las piedras centenarias del Barrio de Santa Cruz. Era un silencio que hacía eco de la memoria de la ciudad, de las risas en los bares de la Explanada, del bullicio de turistas subiendo al castillo, de las campanas de la Concatedral de San Nicolás, todo barrido por el viento y apagado tras años de temor y lucha. Ahora, aquel silencio no era síntoma ni de paz ni de muerte, sino de una civilización herida, aún viva, aún luchando a trompicones bajo el nuevo sol de noviembre.

Marta ajustó la radio de mano y volvió a escuchar la estática, frustrada. Llevaba una semana esperando sintonizar la señal de la estación “La Marina 20”, ese grupúsculo de resistencia que, decían, comerciaba y protegía a viajeros en las rutas costeras entre Benidorm y Torrevieja. El aparato crujió, solo ruido blanco. Tras un rato resignado, lo apagó y lo guardó en la mochila, junto a las escasas balas que le quedaban. Abrió la persiana del pequeño apartamento donde vivía, a la sombra de la Plaza del Carmen. El sol de otoño arrancó reflejos rojos a las tejas y, desde allí arriba, pudo ver la línea fortificada que defendía el reducto humano del Raval Roig, junto a la playa del Postiguet.

Tan solo cinco años atrás, esos muros habían sido improvisados con coches volcados, vallas y contenedores llenos de tierra. Ahora, eran auténticas tapias de hormigón, levantadas con ayuda de decenas de manos y reforzadas con chatarra; altares impíos al miedo de ser devorados vivos. Ese día, los centinelas cambiaban de guardia mientras algunos niños –milagrosamente salvados– correteaban por los pasillos de la fortaleza como si no pudieran recordar el mundo anterior. Mario, uno de los tres oficiales de la milicia local, cruzó la calle para saludar a Marta.

—¿Sin noticias de la costa? —preguntó él, rostro curtido por el sol y las vigilias.

—Ninguna. Solo recogí estática. Puede que la Marina haya caído —dijo Marta, con una voz más cansada que asustada; se permitía esa resignación, el dolor ya solo venía por el hambre o las noches frías, no por el miedo.

Mario negó con la cabeza y escupió al suelo. —Seguimos teniendo problemas con los forasteros del interior. Ayer, otro grupo intentó saltar la muralla por la zona de la rambla. Decían venir de Almansa. Quieren víveres, medicinas, armas… —Carraspeó, tragándose las palabras como piedras—. Algunos llevaban niños… pero también traen problemas.

El dilema de cada día: ayuda o seguridad. Desde el 2024, Alicante recibía oleadas de refugiados desde el interior de la provincia, gente que había sobrevivido a las últimas hordas pero traía consigo otras amenazas: bandas itinerantes, enfermedades, y esa mezcla explosiva de desesperación y esperanza. No quedaba mucho para compartir, pero negarlo era sentenciar a muerte a quien llamaba a sus puertas.

—Lo hablaré con Nieves en el consejo. A lo mejor, si no hay zombis cerca, podemos enviar una partida —apuntó Marta, ya pensando en las rutas seguras que no cruzaran la huerta plagada de trampas y escombros.

En realidad, hacía meses que no veían una horda auténtica rondando cerca. Los más viejos se derrumbaban a media tarde junto a los setos, y apenas un puñado de “nuevos” –venidos de cuerpos frescos caídos durante peleas o asaltos nocturnos— se levantaban cada semana. El verdadero peligro era humano: pequeñas bandas, saqueadores con arcos, cuchillos y algún rifle rescatado, capaces de vender a su madre por un bote de judías. El mundo era, de nuevo, una jungla.

Marta bajó rápidamente hasta la plaza de la Virgen del Remedio, ahora convertida en campo de cultivo y punto de encuentro. Allí, Nieves –antigua profesora y actual líder del consejo de la ciudad— supervisaba la llegada de un pequeño convoy: dos carros tirados por burros, cargados de sacos de cebada y patatas, escoltados por dos adolescentes armados con lanzas.

—Los de Mutxamel nos han traído esto. A cambio, quieren antibióticos —dijo Nieves sin saludar, directamente al grano, mientras apuntaba con su cuaderno las deudas entre comunidades. La escasez, incluso ese año que la cosecha había ido bien, lo marcaba todo.

—¿Qué hay de la alerta en la huerta de San Juan? —preguntó Marta, apartando la mirada al camino del norte.

—Carlos y Rosa han ido a vigilar. Desde hace semanas nadie ve zombis por allí, solo algún carro sospechoso con banderas blancas y niños desnutridos. No podemos dejarles entrar sin más, pero si dejamos que mueran, mañana serán zombis apostados en nuestra cerca.

Marta se encogió de hombros. Sabían demasiado bien que la frontera entre víctima y amenaza era cuestión de días sin comida o sin calor. El consejo decidió enviar un emisario con pan, agua y la promesa de una reunión para el día siguiente, siempre a las puertas, nunca dentro de los muros. Así funcionaba Alicante en noviembre de 2026: ni «ciudad abierta» ni fortaleza hermética. La ley se escribía con prudencia, negociando el justo límite entre solidaridad y supervivencia colectiva.

Al caer la tarde, el cielo derretía tonos oro y púrpura sobre el mar calmo. La línea de la costa, antes hasta arriba de hoteles vacacionales y apartamentos de lujo, ahora aparecía en parte arrasada, en parte transformada; aquí y allá se alzaban torres de vigilancia hechas con andamios, hogueras para el aviso nocturno de amenazas, y banderas improvisadas con trapos rojos o verdes indicando “zona segura” o “no pasar”. En la Marina pesquera, un pequeño grupo de hombres remendaba redes: no para pescar –demasiado peligroso acercarse a mar abierto, plagado de barcas fantasmas a la deriva— sino para atrapar aves, gatos, cualquier cosa comestible.

A media noche, una alarma sorda (una campana rota, golpeada con una tapa de olla) avisó de movimiento junto al puente de la Avenida de Denia. Marta salió con el fusil viejo y el corazón acelerado, flanqueada por Mario y dos más. A lo lejos, recortados contra el reflejo apagado de la luz de luna, cinco siluetas avanzaban tambaleantes.

—¿Vivos o no? —susurró alguien en la oscuridad.

La duda duró unos segundos. Una de las figuras cayó desplomada; otra, más pequeña, se agarró a la baranda y se puso a llorar. Humanos, sin duda, pero extenuados: una mujer, dos niños, un anciano. La quinta forma, en la penumbra, movía la cabeza de modo errático. Marta alzó la linterna: era un “nuevo”, con la mandíbula fracturada y el uniforme de algún hospital de hace tiempo. El grupo se plantó a veinte metros, los niños ocultos tras la falda de la mujer.

—¡No tenemos armas! ¡Buscamos refugio! —gritó la mujer, afónica.

Mario ordenó a todos mantener la distancia y apuntar sólo en caso extremo. Les arrojaron una cuerda con una dobladillo de pan seco y algo de agua, mientras Marta se acercó sólo lo justo para examinar al anciano. Los saqueadores y los hambrientos se confundían cada vez más con los supervivientes reales, y un solo descuido podía ser fatal.

El viejo tenía una mordedura reciente en la pierna; aún no estaba infectado, pero la herida se veía sucia, supurando. Marta supo antes de preguntar lo que debían hacer: dejarles entrar resultaba imposible, pero condenarles en frío era inhumano. Propuso lo único que quedaba: un refugio improvisado al otro lado de la muralla, con una bala de paja y cobijas raídas, hasta que pasara la noche o la fiebre del abuelo. Al tratar de moverse, la figura tambaleante del «nuevo» se lanzó contra la cerca; Mario disparó un tiro certero y seco. Pero el ruido atrajo a los centinelas, y pronto se acercaron otros curiosos, adolescentes con palos, un par de adultos con palas y herramientas.

El peligro pasó rápido. El abuelo murió antes del alba, antes de que el virus pudiera reclamarle; el resto del grupo aceptó, entre lágrimas, la ley de hierro que regía en los muros: nadie entraba sin ser examinado. Les dieron vendas limpias y la promesa de enviar un médico por la mañana, pero les hicieron jurar no acercarse más a la fortaleza esa noche. Eran normas implacables, pero necesarias.

Amaneció con lluvia intermitente sobre la explanada. Los campos de naranjos muertos fuera de la ciudad parecían una extensión de ruinas romanas; cada árbol retorcido, cada casa a medio caer, recordaba las primeras oleadas de caos hace ya seis años. El invierno se acercaba, y Nieves recordaba cada año lo difícil que se ponía todo con el frío y la escasez. Marta fue a la muralla para entregar la partida de ayuda a los recién llegados del interior: una caja pequeña con latas, un par de mantas, una cartilla escrita a mano con normas sanitarias y lo que quedaba de simpatía. Les dijo, con la voz que usaba para los niños:

—Si podéis, id al norte, aún hay asentamientos en San Vicente. Aquí no podemos recibir a nadie más de momento. Y si os quedáis, podéis ayudar vigilando los cultivos o limpiando los escombros junto al puente.

Los pequeños miraron mudos, la madre asintió, y el grupo se perdió bajo los arcos de la vía del tren, arrastrando sus pertenencias en un carrito hecho con ruedas de bicicleta.

La rutina regresó al asentamiento: albañiles improvisados reforzaban el muro con fragmentos de piedra arrancados de las aceras; un par de mecánicos reparaban generadores eléctricos a base de piezas de motos y baterías de viejos paneles solares. Alrededor del castillo de Santa Bárbara, algunos comandos exploraban ruinas, buscando todavía algo útil: medicinas, libros, viejos mapas con rutas olvidadas. Mucho de la vida diaria giraba en torno al trueque, las reuniones del consejo y la plantación de pequeñas huertas verticales contra los muros, donde tomates y acelgas competían con la sombra y el salitre.

Por la noche, la radio militar volvió a emitir un mensaje:

—Aquí Puesto Orihuela. Confirmamos situación de calma relativa en la costa. Posibilidad de intercambio el lunes. Mantener vigilancia sobre rutas del interior. Cuidados. Fin de mensaje.

La noticia trajo algo parecido a la esperanza: la posibilidad de un mercado, de conseguir medicinas o semillas, de fortalecer alianzas y, con suerte, intercambiar noticias sobre la desaparición de las últimas grandes hordas.

Pero Alicante, pese a los peligros, parecía ese frío de noviembre un poco menos sola. Entre fogatas y parches de huerta, la vieja ciudad costera resistía. Las campanas seguían mudas, pero aquel silencio de muerte, lentamente, se convertía en uno de vida contenida. Quizá, con la ayuda de la próxima cosecha, podría sonar de nuevo, no para espantar a los zombis, sino para celebrar que, finalmente, la humanidad, en algún rincón resguardado, seguía luchando por el derecho a vivir.

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