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Portada del relato Ecos en la frontera: un año después
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Fragmento:


Todos sabemos que las últimas semanas han sido más tranquilas. Con la llegada del otoño, los “paseantes” —nuestro término de moda para los zombis— se mueven menos y parecen evitar la costa a ciertas horas. Tal vez es el frío, o tal vez la luz, no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que hace menos de un mes, una horda bajó desde National City, y solo una combinación de barricadas y fuego nos salvó. Los recuerdos aún duelen: cuatro muertos, tres mordidos evacuados por el acantilado, la quema nocturna de cuerpos. Eso nos hizo más cautelosos, más cerrados, más paranoicos.

Duración: 11:18

Ecos en la frontera: un año después
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Texto de ajuste de pausa.

14 de septiembre de 2021

El mar parece indiferente al borde del desastre. Son las seis de la mañana y el cielo sobre San Diego es una mezcla gris, violeta y naranja desleído de un otoño prematuro que nadie celebra. Hace dieciocho meses que la civilización colapsó y, desde entonces, he dormido con el oído puesto en el viento, más atento a los muertos en la brisa salada que a los poemas de marinos que alguna vez adornaron los muelles de Shelter Island.

Mi nombre es Rubén, antes era técnico de laboratorio en el Scripps, y absolutamente nadie necesita mi currículum hoy. Ahora digo que soy agricultor, pero la realidad es que me alimento más del miedo que de las patatas que cultivan mis dedos temblorosos.

Vivo —vivimos, sería más correcto— en una comunidad balbuceante que ha crecido y menguado como las mareas en la frontera entre Point Loma y el antiguo aeropuerto. Hay al menos sesenta de nosotros, la mayoría arrancados del Gaslamp o del este del condado, con los recuerdos frescos de lo que hubo y el terror por lo que deambula en los oscuros recovecos de la ciudad vieja.

La crónica cuenta que en este mes del 2021, San Diego se ha convertido en una de las pocas urbes donde, tras la caída de los comandos militares y el éxodo de la marina, lograron levantarse pequeñas comunidades fortificadas. Nosotros, los "Costafirmes", somos unos de esos brotes verdes, aunque ouraa —como empezó a llamarlo Alicia, la última maestra viva—, el afuera, sigue lleno de mugidos guturales nocturnos y de los grupos errantes que buscan algo que no sea el puro silencio.

Esta mañana desperté antes de la aurora, acunado por los ronquidos de mi vecino Williams y las patadas de su hija contra la lona que separa "nuestro hogar" (dos tiendas de campaña, cinco mantas y una improvisada fogata). El viejo faro de Point Loma, que restauramos a medias hace meses, escupe luz intermitente gracias a lo poco que queda de combustible robado del puerto naval.

El día comienza como casi todos desde hace meses: relevo de la guardia, conteo de flechas y cartuchos, preparación de jabones con lejía de algas y ceniza, chequeo del corral improvisado donde dos cabras y tres gallinas sobreviven, y la breve pero importante asamblea matinal. En el centro de la zona fortificada —la vieja iglesia metodista del muelle reconvertida en galpón de víveres y sala común—, nos reunimos bajo los cuadros polvorientos de santos estadounidenses y exvotos de marineros, y planificamos quién sale hoy a revisar los campos del antiguo Liberty Station, donde intentamos la primera cosecha verdadera de lechugas, coles y, con suerte, tomates.

Alicia, siempre vestida con su chaqueta verde de profesora y el cabello recogido en una coleta de guerra, lee una lista escueta: “Hoy, Rubén al invernadero; Marco y Lyz a la reparación de techos; Ramiro y yo a la torre...”. No hay voluntarios para el patrullaje externo, nunca, pero no se discuten las decisiones del consejo. El miedo mantiene la disciplina mejor que cualquier bandera.

Todos sabemos que las últimas semanas han sido más tranquilas. Con la llegada del otoño, los “paseantes” —nuestro término de moda para los zombis— se mueven menos y parecen evitar la costa a ciertas horas. Tal vez es el frío, o tal vez la luz, no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que hace menos de un mes, una horda bajó desde National City, y solo una combinación de barricadas y fuego nos salvó. Los recuerdos aún duelen: cuatro muertos, tres mordidos evacuados por el acantilado, la quema nocturna de cuerpos. Eso nos hizo más cautelosos, más cerrados, más paranoicos.

Recorro el camino hasta Liberty Station. Nadie va solo, pero hoy me acompaña Lyz, que aprendió a usar una ballesta en un mes —más rápido de lo que aprenden los niños a leer—, y que habla poco desde que perdió un ojo atacando a saqueadores. Su presencia es, no obstante, reconfortante. De vez en cuando señala alguna huella, o apunta hacia las ventanas vacías de las casas convertidas en cementerios.

—¿Tienes semillas nuevas? —pregunta.

—Rescaté dos paquetes, pero son de calabaza. Prefiero las coles —respondo.

—Si salen, podremos hacer sopa. Si no... —deja la frase en el aire. El futuro nunca se llena hasta el final en estos días.

Las edificaciones de Liberty Station, antes destino de hipsters y jóvenes familias militares, ahora parecen un decorado de pesadilla: grafitis con amenazas, vidrios rotos, algún cadáver que nadie ha tenido las agallas de incinerar por miedo a llamar la atención con el humo. Sin embargo, nuestro pequeño invernadero —tres paredes de cristal y techo improvisado— es un milagro botánico: hay brotes de verdes distintos, y un puñado de flores diminutas como promesas.

Nos turnamos: uno cuida la entrada, el otro riega con una mezcla de agua y solución casera de abono. La monotonía de la tarea resulta casi sanadora, hasta que, de improviso, escuchamos el crujido rítmico, característico y seco de pies arrastrándose. Nadie habla. Sabemos la rutina: silencio; Lyz apunta, yo cargo la barra de hierro. Solo es un “pasante”: una mujer de mediana edad, con el cabello pegado a la piel azulada, que encara el alambrado sin ver ni comprender. Un disparo, una caída. Lyz no dice nada. Hace meses que los gestos reemplazaron el duelo.

Concluida la labor, volvemos a la pequeña comunidad. Han preparado una especie de desayuno: pan duro mojado con caldo agrio. Williams, el vecino, me mira y sonríe; parece contento de estar vivo un día más, pero se sigue rascando el brazo derecho por costumbre cada vez que alguien menciona la palabra “mordida”.

La tarde es de reparaciones: cuerdas para los techos, refuerzos en las barricadas, instrumentos agrícolas restaurados con piezas de lo que fuera la Universidad Estatal. Un niño, Leo, juega a hacer carritos con rollos de cinta adhesiva y latas de sopa oxidada. Su risa arranca miradas furtivas de incomodidad, pues el ruido significa riesgo, pero nadie se atreve a reñirlo. Los niños, cada vez menos, son nuestro recordatorio de que aún hay una apuesta en curso por la vida.

Al caer la noche, la asamblea vuelve a reunirse. Reportes de otras comunidades: parece que un grupo en Chula Vista sufrió un ataque y piden ayuda. Nadie quiere moverse tan lejos hasta que pase la temporada de “migración” de paseantes hacia el norte; además, los recursos escasean y nuestro propio refugio tiene puntos vulnerables.

El mar ruge contra los peñascos. Alicia propone que uno de los antiguos barcos pesqueros, el “Santo Tomás”, sea preparado para una eventual evacuación si la situación empeora. Marco, obsesionado con la radio, se ofrece para intentar contacto con asentamientos al otro lado del Pacífico. Nadie tiene mucha fe, pero los rituales de esperanza, como las oraciones o las llamadas por radio, resultan un ancla poderosa.

La noche es larga. De vez en cuando, entre sueños, escucho el retumbar de latas atadas a las barricadas. Las cabras balan. Un grito ahogado en lo lejano se confunde con la sirena de niebla que activamos cada vez que creemos que las hordas se aproximan. Nadie duerme del todo, pero todos pretendemos hacerlo.

Por la mañana, el ritual se repite. Hoy reviso el armario de medicamentos. Ya no quedan antibióticos de amplio espectro. Solo hierbas, mezclas preparadas por Hannah, la médico improvisada, y un puñado de analgésicos repartidos con cuentagotas. Se decide que, a partir de esta semana, nadie saldrá sin máscara ni guantes, aunque sabemos que la verdadera protección ya solo sirve para mantener la fe.

Pienso en lo que hemos perdido: el trolley navegando por el centro, el bullicio de las playas, el chocolate caliente del Seaport Village, los conciertos gratuitos en los parques y los eternos atascos de la 5. Ahora lo que más extraño es la trivialidad, la posibilidad de aburrirme con auténtico lujo. Mis sueños nunca son sobre el paraíso perdido, sino sobre un supermercado abierto, olor a pan recién hecho y la risa de mi hermana viendo películas malas en la sala.

Mientras apilo un poco de madera para reforzar las entradas, Williams se acerca.

—¿Crees que esto termine algún día? —pregunta, mascando las palabras como chicle viejo.

—No lo sé. Pero si alguna vez vuelvo a oír una canción por la radio, prometo bailarla, aunque sea solo —respondo.

Ríe, pero su risa es el gruñido de alguien que no volverá a dormir tranquilo. Nos abrazamos brevemente, por disciplina y por costumbre. La solidaridad es un pegamento débil, pero en este mundo, es lo único que evita el colapso final.

Pasadas unas horas, el consejo decreta ampliar los cultivos y organizar una expedición a lo que queda del Zoo. La idea es doble: rescatar semillas y comprobar rumores sobre caballos sueltos en los viejos estanques. En el habla cotidiana los proyectos se acumulan, pero la energía para ejecutarlos es mínima. Nadie ha olvidado julio, cuando mordieron a Paulina durante una aventura similar. Era buena, y aprendimos que el coraje a veces solo sirve para reducir las cuentas de los vivos.

La tarde se llena con el sonido de martillos, voces cantando bajo, y el mar reventando faroles viejos arrinconados en la costa. Un grupo de niños toma clases improvisadas en la iglesia; Alicia escribe en la pizarra palabras nuevas para los más pequeños: “Resiliencia”, “Albergue”, “Esperanza”, “Paciencia”.

En la frontera de nuestra zona segura, apunto, como siempre, hacia el sur. Hay humo más allá del río Tijuana. Los saqueadores y otros grupos no declarados aún rondan, inmiscuyéndose entre los “paseantes” y los muertos reales que nadie se atreve a sepultar más. El mundo se volvió pequeño y brutalmente lento.

Por la noche, escribo este diario en el reverso de viejas facturas de supermercado que nunca pagué. Oigo pasos, pero son de los míos; hay confianza en el ritmo, aunque nunca total seguridad. Antes de dormir, uno de los más jóvenes, Sebastián, entona una canción en español que su abuela le enseñó. “Cielito lindo”, voz suave, ahogada por la tristeza. Pienso que es una forma de tejer sentido a todo esto.

Cerrando los ojos, imagino un San Diego futuro. No es el de las palmeras y los cafés, sino una ciudad amurallada de sobrevivientes, donde niños juegan a vendedores en pequeños mercados y guerreros cuidan molinos de viento. Quizá para entonces, las historias de los muertos serán solo eso: historias. Hasta entonces, solo queda resistir junto al mar, con la esperanza de que, un día, seamos nosotros los que volvamos a caminar libremente por Harbor Drive bajo el sol.

Por ahora, la frontera es nuestra casa. El viento trae promesas y amenazas cada amanecer, pero seguimos aquí, sembrando, reparando, cantando, y a veces, soñando.

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