Fragmento:
El grupo de forasteros era pequeño, como casi todos ahora. No podía permitirse viajar más de seis o siete sin protección, ni confiar en que otros sobrevivientes en la ruta no los asaltaran. Traían dos caballos viejos y una carreta reparada, rellena a medias de bultos cubiertos. El negociador principal era una mujer de Tehachapi, según la tablilla de madera colgada en la bandolera. Llevaba el retrato de un halcón labrado a navaja, símbolo de que venía en misión comercial y bajo juramento de no violencia.
Duración: 11:42
24 de noviembre de 2028
El olor a sal mezclado con ceniza todavía flotaba cada mañana en lo que alguna vez fue el paseo marítimo de San Diego. No quedaban turistas para olerlo, claro; solo los supervivientes asomados a las troneras improvisadas en el muro de chatarra y hormigón, y los vendedores tempraneros del mercado del refugio central. La bahía estaba gris, cubierta por una neblina que traía historias de cadáveres a la deriva en años pasados, pero aquel día —como en otros últimos meses— la preocupación principal no era lo que salía del agua, sino lo que podía llegar desde el interior de la vieja ciudad, más allá de las zonas seguras.
Noah Ocampo revisaba una vez más su lista recosida de tareas, mientras esperaba que terminase la inspección matinal de armas. Mientras otros mercados en el mundo post-plaga se mantenían ocultos, en San Diego la costumbre era hacerlos a la luz del día: tenían suficiente control como para exhibir productos, confiar en que las patrullas de las milicias llegaran a tiempo ante cualquier disturbio y, por sobre todo, tenían murallas —de verdad, gruesas, revisadas cada semana, reforzadas con sacos de arena, escombros e incluso viejos vehículos apilados como tapones— alrededor de un perímetro vigilado. Claro que ese "control" era una ilusión si uno se alejaba del corazón del refugio: la vieja ciudad, desde Parque Balboa hasta la periferia, era un cúmulo de grupos, bandas, solitarios y, en algunos sectores, focos de zombis casi momificados pero aún letales.
Catorce años había pasado Noah en ese mundo. Tenía veinticuatro. No recordaba la escuela más allá de imágenes confusas, ni el sabor a refrescos con azúcar. Sabía manejar un fusil estadounidense de los años 90, reconocer la pólvora mala de la buena, y, gracias a su madre —sobreviviente de la vieja comunidad filipina en National City—, preparar arroz con lo que hubiera: algas, carne seca, unos brotes duros que llamaban “col rústica”. Hoy se suponía que sería un gran día: el taller de herramientas iba a entregar una prensa de balines, fruto de meses de esfuerzos para refabricar cosas tan simples y cruciales como la munición menor.
La rutina era todo. Lavarse con agua de pozo, racionada; revisar cada chapa del muro por si había sido removida o dañada; pasar lista a los relevos de vigilancia; supervisar el acceso al mercado y —quizá el trabajo más delicado— recibir a los forasteros, aquellos comerciantes ambulantes o emisarios de pueblos alineados con la "Confederación del Sur", la red de comunidades que en los últimos años había traído estabilidad relativa a partes de la Baja California y el otrora sur de California, especialmente tras la limpieza de Tijuana y la pacificación de Chula Vista.
Cuando sonaron las campanillas de aviso en los pórticos del este, Noah ya tenía a su grupo listo. Eran seis patrulleros: dos mujeres del grupo de los McRaven —descendientes de los viejos surferos del norte de Pacific Beach—, el gigantesco Emmet, mestizo de sangre irlandesa y mexicana, que portaba una escopeta oxidada, y tres adolescentes entrenados en la guardia y el intercambio de señales visuales. Llevaban las viejas mascarillas de snowboard, más por costumbre que por protección biológica: aquel año la plaga zombie había menguado hasta ser una amenaza residual, y era más probable terminar con la garganta irritada por el polvo que contagiado por una mordedura.
El grupo de forasteros era pequeño, como casi todos ahora. No podía permitirse viajar más de seis o siete sin protección, ni confiar en que otros sobrevivientes en la ruta no los asaltaran. Traían dos caballos viejos y una carreta reparada, rellena a medias de bultos cubiertos. El negociador principal era una mujer de Tehachapi, según la tablilla de madera colgada en la bandolera. Llevaba el retrato de un halcón labrado a navaja, símbolo de que venía en misión comercial y bajo juramento de no violencia.
—¿Qué traen este mes? —preguntó Noah, siguiendo el ritual de bienvenida.
—Balas viejas, uno de sus compañeros lo pidió por radio —replicó la mujer, mostrando un paquete cuidadosamente envuelto—. Y, esta vez... sal. Sal real, hemos vuelto a extraerla de las pozas viejas.
Sal era un tesoro: servía para conservar alimentos, para curar heridas, incluso para intercambio con las comunidades aisladas a oriente. Noah asintió y permitió el pase tras una inspección formal. Los forasteros caminaron bajo el arco que, antaño, había servido para anunciar conciertos en el Embarcadero; ahora, sólo una lona descolorida con el lema “Comercia, no mates”.
Mientras el mercado se armaba, Noah fue convocado por uno de los viejos, don Guillermo, un anciano retirado de la policía, con barba canosa, y que llevaba dos años coordinando el consejo local.
—Hoy habrá reunión a las diez —le explicó, seco, silabeando cada palabra en el castellano aprendido en la frontera—. Tuvimos noticias de una caravana desde el Este... Dicen que cruzaron el viejo Valle Imperial y vienen huyendo de saqueadores nómadas, gente sin ley. Hay que decidir si les damos refugio temporal. La ciudad puede con mil bocas más, quizá menos, pero la preocupación es la seguridad.
Eran problemas habituales, pero todo colapsaba si se cometía un error fatal. No solo bastaba librarse de los zombis viejos —lentísimos ya, pero capaces de morder si encontraban a alguien dormido o distraído—, sino de los humanos. Especialmente de los desesperados o los crueles.
El mercado empezó a tomar forma mientras los emisarios de la Confederación inspeccionaban la mercancía: herramientas, ollas, motosierras reacondicionadas, botes de medicina (la penicilina local, hecha polvorienta pero útil), semillas extraídas de los pocos bancos genéticos rescatados en la región. Entre los productos de mayor demanda destacaban los cuadernos de hojas limpias, recopilados de escuelas del viejo mundo para que los niños aprendieran a escribir, y algunos cómics rescatados, ahora libros sagrados de la fantasía.
La seguridad era clave. En un rincón, donde todavía resistía una palmera milagrosamente viva, Noah vio reunidos a los miembros de la patrulla de la muralla. Eran jóvenes, algunos nacidos ya en los años del horror, para quienes la vida fuera solo había sido rumor de historias. Les bastaba con mirar la ciudad desde lo alto, ver el horizonte de escombros, torres semicaídas e hileras de automóviles cubiertos de maleza, para entender que el mundo exterior era un pozo sin fondo del que sólo ocasionalmente surgía algo valioso.
Hacia el mediodía, la caravana del este llegó a las puertas del mercado. Dos docenas de personas, mezcla de familias y lo que parecían desertores de otras zonas. Los líderes se presentaron en el idioma aprendido de los mensajes radiales: lento, formal, entrecortado por la emoción. Habían perdido casi la mitad del grupo cruzando zonas infestadas. Lloraban algunos niños, y las mujeres parecían tener apenas fuerzas para mantenerse en pie. Llevaban consigo únicamente una caja de herramientas, algunos frascos de medicinas recicladas y dos bidones de agua. Pedían asilo.
El consejo se reunió en la sala de asambleas, antes una iglesia bautista junto al mar. Noah expuso la situación: “Si decimos que sí, ganamos trabajadores y niños, pero hay que organizar vigilancia extra. Si decimos que no… ¿dejarán de intentar entrar aquí? Nos arriesgamos a un ataque, o a que mueran y sus cuerpos atraigan zombis errantes”.
Discutieron largo, pesando cada ración de arroz y cada saco de sal. Las decisiones tenían consecuencias graves: una epidemia de fiebre mal cuidada podía matar a decenas, un saqueador infiltrado podía abrir las puertas de noche. Finalmente, pesó el argumento de la necesidad: “Nacimos aquí, peleamos aquí, pero también debemos crecer. Si no aceptamos a los que llegan con voluntad, ¿qué seremos?”.
Esa tarde, la caravana fue admitida bajo estrictas condiciones. Se les dio espacio en uno de los almacenes, agua limpia y algunos implementos básicos. Noah supervisó la entrada, hablando bajo con los líderes de la patrulla.
—Que nadie quede sin registrar, ni siquiera los niños —murmuró a Emmet, el grandullón.
—¿Y si alguno miente sobre una mordida? —preguntó el otro, con la voz tensa.
—Tenemos que confiar, pero no ser idiotas. Doble guardia esta noche cerca del refugio nuevo. Revisión médica a todos en cuanto terminen el primer descanso.
La tarde avanzó entre exclamaciones de sorpresa cuando la prensa de balines fue expuesta sobre una mesa en el mercado central. La herramienta, poco vistosa, era sin embargo un secreto largamente codiciado por las comunidades menores: permitía reciclar el metal de las antiguas municiones y volver a producir balas. Era tecnología “nueva” para el mundo reducido, pero esencial en la guerra diaria contra saqueadores y las últimas cuadrillas de mordedores.
En el ocaso, los sobrevivientes del viejo San Diego se reunieron en el terraplén norte a mirar la puesta de sol. Había niños jugando a esconderse entre los sacos de grava; ancianas sentadas en bancos hechos de madera vieja, recitando historias de cómo era la bahía cuando aún había barcos y cruceros luminosos; muchachos practicando señales de humo y banderas para el relevo nocturno; y, en el centro, el círculo del consejo distribuyendo tareas y escuchando propuestas para el siguiente trueque importante: el intercambio de piezas de motor por conservas de pescado producidas en una granja de Ensenada.
Noah se quedó en el muro, mirando el horizonte incendiado. Una docena de motores solares zumbaban débilmente, alimentando radios de baja potencia y algunas luces indispensables. Abajo, el mercado se apagaba poco a poco, cubriendo los restos de comida y cerrando la prensa hasta la próxima jornada.
Antes de que el último guardia subiera, una niña —de no más de seis años— se acercó a Noah, sosteniendo un papel arrugado.
—¿Qué pasó con los zombies de antes? —preguntó en voz baja.
Noah pensando un segundo, miró el papel. Era un dibujo, torpe, de una figura con los ojos en blanco, dientes monstruosos y un revólver dibujado grande en la otra esquina.
—Antes corrían —dijo, sentándose a su lado—. Eran muchos, más de los que podías contar. Ahora quedan algunos, pero se caen, andan lentos. Pero hay que seguir mirando siempre. Lo más peligroso, a veces, no son ellos, sino los hombres que olvidaron lo que es ser… como nosotros.
La niña se quedó en silencio, y la brisa fría del Pacífico trajo el eco de alguna sirena vieja, en alguna parte de la bahía. Don Guillermo se acercó y asintió a Noah: “Hoy fue un buen día”.
En el refugio mural de San Diego, mientras el resto del mundo aún batallaba por sobrevivir entre ruinas y leyendas de ciudades olvidadas, la vida encontraba una forma de rearmar su rutina y esperanza. Cada noche, con la mar en calma y el firmamento tachonado de estrellas jamás vistas por la ciudad moderna —ahora tan oscura y bella—, los sobrevivientes se sentían, por un instante, menos víctimas y más herederos del mundo que se habían jurado reconstruir.
Y entre fábricas reanimadas, escuelas improvisadas y fuegos contra el viento, el pequeño milagro de San Diego se resistía, día tras día, a desaparecer entre las ruinas.
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