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Fragmento:


Por la tarde, una procesión mestiza de supervivientes atraviesa la Plaza del Puerto: agricultores cargan sacos de maíz, pescadores de mirada dura tiran de redes atadas con cuerdas trenzadas a mano y niños de cabello tostado, cuyas vidas jamás conocieron los parques temáticos ni las sirenas de los autos de policía. Radios portátiles escupen noticias a medias, algunas reales y otras rumores: Los Ángeles reabrió un molino; hay semillas de papa resistente en una reserva de Borrego Springs; otra horda zombi ha cruzado el viejo puente de Chula Vista y posiblemente merodea ya por los callejones del sur.

Duración: 12:51

El último muelle
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Texto de ajuste de pausa.

27 de septiembre de 2027

Pese al final de septiembre, el calor se adhiere a la piel como una costra en las calles desiertas de San Diego. Los días aún son largos y, aunque las lluvias asoman húmedas sobre las montañas, no hay promesas de alivio para los cansados pies de los patrulleros del Muelle 32. El sol golpea duro las láminas oxidadas del puesto de vigía y desvanece los grafitis antiguos que aún sobreviven en paredes desgastadas, recuerdos mudos del tiempo en que esta era una ciudad vibrante y no una plaza sitiada entre el mar y la amenaza zombi.

En las últimas semanas la vida ha adquirido un ritmo casi normal, si la normalidad es un concepto al que pueda aspirar nuestro tiempo. Las ferias de intercambio coinciden con los días de mercado, y la gente arriesga viajes desde Los Alamitos, Encinitas y hasta más lejos, algunas caravanas tardan días en cruzar zonas aún infestadas para alcanzar la protección de nuestras murallas de escombros y acero. Pero el miedo nunca se retira del todo. Incluso aquí, donde los postes de vigilancia se alternan cada cuatro horas y las alarmas de las trampas perimetrales raras veces dejan pasar a un zombi distraído, nadie duerme con la conciencia tranquila.

Las mujeres y los hombres que vigilan la bahía han aprendido a valorar el silencio, como lo hace un animal acorralado. El sonido de un bote a remo al amanecer puede significar comida fresca o la llegada de forasteros desesperados. El crujir de una puerta vieja podría ser el eco de los pasillos vacíos del viejo Ayuntamiento, pero también un aviso de que alguien —o algo— encontró la forma de cruzar los bloqueos. La frontera es un concepto líquido: hay días en que la ciudad nos pertenece y otros en que recordamos, con una sacudida, que nunca dejamos de ser presa.

***

Por la tarde, una procesión mestiza de supervivientes atraviesa la Plaza del Puerto: agricultores cargan sacos de maíz, pescadores de mirada dura tiran de redes atadas con cuerdas trenzadas a mano y niños de cabello tostado, cuyas vidas jamás conocieron los parques temáticos ni las sirenas de los autos de policía. Radios portátiles escupen noticias a medias, algunas reales y otras rumores: Los Ángeles reabrió un molino; hay semillas de papa resistente en una reserva de Borrego Springs; otra horda zombi ha cruzado el viejo puente de Chula Vista y posiblemente merodea ya por los callejones del sur.

Juan Ramírez se carga tres sacos de grano cada mañana, desde el almacén de la Cooperativa hasta el mercado central improvisado en el antiguo atrio del Petco Park. Tiene treinta y seis años, aunque su barba canosa y los surcos de su frente lo envejecen. Fue ingeniero civil en la vida anterior, hoy domina el arte de la defensa perimetral y la gestión del riego en tierras contaminadas por viejos pesticidas. María, su pareja, suele llamarlo Terco cuando discuten sobre las raciones o el número de hombres necesarios en el muro sur. Para él el nombre es casi una medalla.

El 27 de septiembre inicia como cualquier otro, pero dos detalles turban el desayuno de los lugareños: primero, las señales radiales que alcanzan el puerto son inusualmente numerosas; segundo, las torres de la vieja central eléctrica en Otay Mesa empiezan a emitir destellos al atardecer. En otro tiempo, esas serían señales de fiesta. Hoy siembran temor.

“Dicen que los de la Colonia Taller lograron reparar una hidroeléctrica en la sierra”, murmura Luis, uno de los milicianos encargados del punto de control norte.

Juan levanta la ceja y sujeta el fusil de manufactura casera colgado a la espalda. “O también podría ser una trampa. Recuérdalo: la última vez que reportamos luces así, una banda apareció intentando tomar el depósito de medicinas. ¿Quién responde ahora las llamadas de auxilio?”

Lo cierto es que la red de alianzas entre las comunidades funciona, pero sufre dobleces y traiciones. Los acuerdos sellados en ferias con apretones de manos y juramentos a la vieja usanza a veces se desvanecen con la misma facilidad con la que una cerca se desmorona ante una horda. No hay certeza de que las milicias de Carlsbad, por ejemplo, acudan si una horda aparece al nordeste, o si preferirán mirar hacia otro lado para defender su propia gente. La confianza, como el fuego o la comida, se ha vuelto un bien preciado y escaso.

***

El sol está bajando cuando el sonido de un motor irrumpe la quietud de los tinglados. No deberían pasar vehículos por el casco antiguo a estas horas; la prioridad es el patrullaje, y el combustible se guarda sólo para emergencias o caravanas. Todo se detiene, hasta las charlas del mercado. El ruido proviene de la Cuesta Nacional, donde la reja de vehículos destruidos forma una muralla improvisada. María es una de las primeras en salir corriendo, fusil en ristre, a encontrarse con los intrusos.

“¡Deteneos! Este es terreno seguro, no disparen si no los atacan”, grita Juan, su voz entrenada para la autoridad.

Cuatro figuras descienden de una camioneta oxidada con el logo de la Universidad de San Diego apenas visible entre las manchas de óxido y sangre seca. Van vestidos con capas gruesas, barbas descuidadas y ojos enrojecidos por el cansancio. Dos de ellos portan los brazaletes verdes de las caravanas comerciales legales; los otros, rostros nuevos.

Traen consigo una noticia inquietante: el grupo viene de la colonia de El Cajón, donde cuatro días antes una banda nómada forzó las defensas y, en el caos, una pequeña horda penetró los muros. Hubo decenas de muertos y el líder local, una mujer de origen mixteco, desapareció. El aire se tensa; para muchos, su hija asiste a la escuelita bajo el mercado, y la posibilidad de que la crisis se extienda hasta aquí es palpable.

Juan toma la iniciativa. Reúne al consejo del asentamiento: cinco adultos que representan a cada uno de los sectores funcionales —agricultura, defensa, comercio, salud y educación. La reunión se lleva a cabo en una de las aulas reacondicionadas. Sobre una mesa de madera, un mapa viejo con marcas nuevas: líneas de paso, posiciones de francotiradores, sectores peligrosos, y círculos en rojo —los últimos lugares donde se ha visto movimiento hostil, humano o inhumano.

“Recibimos noticias —comienza Juan, midiendo cada palabra— de una nueva horda potencial surgiendo desde El Cajón. Hay registro de bandas armadas desplazándose hacia la costa. Si logran llegar a nuestras murallas, el número podría superar nuestra capacidad. Propongo incrementar los turnos de vigilancia y prepárar los puntos de evacuación en caso de brecha”.

María asiente, pero otros como Ahmed, encargado de salud, se resisten: “Eso significa menos manos para los cultivos. No hay suficientes medicinas si hay heridos y las bandas son tan peligrosas como los infectados”.

Surge la discusión clásica en la Nueva San Diego: ¿defender el perímetro e impedir la entrada de toda costa o huir, salvar a los niños, llevarse los víveres e intentar el éxodo al este, hacia la Sierra Juárez? Todas las opciones tienen el riesgo como denominador común y cada una convoca a una parte distinta de la esperanza y del miedo.

Al final se decide por una solución intermedia: fortificar los tres accesos principales (el puente Coronado, la vieja autopista 5 y el cruce ferroviario de Santa Fe) y preparar una reserva de víveres en la estación del tranvía para una posible retirada.

***

La noche desciende sobre San Diego sabiendo que el peligro está cerca. Juan lidera a una patrulla de reconocimiento hacia Hillcrest, donde una fogata apartada en la madrugada revela una escena inquietante: el cadáver de un hombre, probablemente una víctima de las bandas, tirado sobre el asfalto. Sus ropas han sido saqueadas, los zapatos desaparecidos, lo que es tan valioso ahora como el oro. Junto al cuerpo, una huella sangrienta conduce hacia el sur.

El grupo avanza cauteloso bajo la luz de la luna. Uno de los exploradores, una joven llamada Vane que solía ser corredora escolar, señala con mano temblorosa hacia un edificio derruido: “Escuché movimiento allá dentro. No suena a los pasos arrastrados de un infectado”. Juan asiente, y se acercan posiciones. Los fusiles y arcos quedan listos; si es una trampa, habrá que luchar rápido y duro.

Dentro encuentran, para su sorpresa, a dos niños y una anciana, con la ropa raída y los ojos grandes y brillantes de terror. Vienen del este, de los restos de El Cajón. La anciana, entre sollozos y palabras entrecortadas, cuenta lo que ocurrió: la banda forzó la entrada, el caos estalló, y los zombis hicieron el resto. Sólo corriendo hacia el oeste, guiados por el instinto, lograron evadir las hordas errantes.

Juan siente un nudo en la garganta. San Diego puede estar en peligro, pero también es un refugio para los que no tienen otro lugar. Les ayuda a levantarse y les promete ropa, refugio por una noche, algo de sopa de pescado y quizás —si hay suerte— la posibilidad de comenzar de nuevo. Así es el flujo inconstante del mundo ahora: hoy eres vigía, mañana peregrino, siempre al borde de perderlo todo.

***

El día siguiente es movido. Los habitantes se organizan para una asamblea en el muelle mayor, bajo la sombra amenazada de los portacontenedores varados en el canal. Los obreros de la carpintería, auxiliados por varios refugiados recientes, erigen barricadas con madera de las casas viejas o estaciones de servicio saqueadas hace años. Las centinelas del mercado preparan flechas, recargan armas viejas; los niños recogen conchas, lo que para ellos es todavía la mayor riqueza del mundo.

Un grupo de jóvenes milicianos decide patrullar cerca de la frontera sur, intentando separar rumor de verdad. El cruce con la patrulla de otra colonia, venidos desde National City, convence a todos de que la amenaza es real: traen consigo ropa rasgada, noticias de ataques recientes, y el profundo y silencio respeto que sólo surge cuando la muerte se ha hecho costumbre.

Al anochecer, los generadores que apenas funcionan sacuden la penumbra con un débil resplandor ambarino. Las familias se apiñan en las casas reforzadas, unos cuentan historias para calmar a los niños, otros miran el horizonte: la bruma sobre el Pacífico, la promesa del clima fresco y la amenaza de que un bote pueda traer tanto salvación como desastre. La antigua ciudad universitaria de La Jolla, visible como una mancha oscura más allá de la bahía, se ha convertido en otra especie de fortaleza, a veces aliada, otras distante y silenciosa.

El miedo a la traición humana es tan grande como el miedo a los zombis. Los relatos viajan rápido en radios de baja frecuencia: un grupo de saqueadores fue “justiciado” por sus pares en un encuentro mal resuelto; en otra villa, un convoy fue interceptado por agricultores armados, cansados de perder cosechas ante el pillaje organizado. El equilibrio es frágil. No hay leyes, sólo acuerdos y la vaga esperanza de que la amenaza compartida algún día, quizás pronto, empiece a extinguirse.

***

Esa madrugada, mientras Juan recorre la ronda final en el muro sur, observa el mar y piensa en la vida que han construido sobre las ruinas. Hay un rumor sobre un banco de semillas, que según cuentan algunos viajantes, podría encontrarse en la biblioteca subterránea de la vieja Universidad de California. Otros hablan de un barco del ejército encallado cerca de Coronado, repleto de insumos sin reclamar, suficiente para alimentar a una centena de personas. Pero ni las semillas milagrosas ni el barco-fantasma están al alcance de la mano.

Lo único tangible es la resistencia de los suyos: las manos agrietadas de María, las risas de los niños cuando encuentran un cangrejo entre las piedras, los consejos ásperos de los comerciantes que apuestan por la paz aunque el mundo entero se desgarre a su alrededor. Viven con el miedo, sí, pero de pie.

Mientras el cielo palidece y el sol amenaza con regresar, Juan siente un renovado respeto por el pedazo de mundo que defienden. San Diego, con sus calles partidas, su bahía salada y sus mercados de trueque, es ahora el hogar. Quizás mañana otra banda intente tomar las murallas, o una horda resurgida entierre la esperanza bajo la marea de cadáveres ambulantes. Pero ese día no ha llegado.

Hoy se vive, se trabaja y se sueña. El mar sigue ahí, eterno e indiferente. Mientras haya sol, gente y memoria, la historia de San Diego no acabará. No aún.

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