Fragmento:
Desde hace un año, la situación parece menos desesperada. El último invierno fue más frío, y los zombis de la costa prácticamente dejaron de moverse. Hay una extraña calma cuando, en las noches claras, el viento arrastra el aroma salino y no el de la corrupción. Eso no quiere decir que estemos a salvo; hace tres semanas, una horda que calculamos en un par de cientos descendió desde National City. No había tantas en mucho tiempo, pero se movían lentas, arrastrando extremidades. Quemaron algunos tejados y la Iglesia vieja, tomamos posiciones en el puente del Parque Balboa y, por una vez, resistimos sin pérdidas humanas. Una victoria pequeña, pero nos dio moral.
Duración: 12:35
15 de noviembre de 2026
No sé si aún tiene sentido escribir diarios. ¿Para quién? ¿Para mí, para alguien que lo encuentre? Quizá solo para no olvidar quién fui ni cuánto hemos cambiado. Aqui, en San Diego, es fácil perderse: entre recuerdos del mar y el olor dulzón de cuerpos podridos que a veces, con suerte, el viento dispersa hacia el interior. Pero somos algo de lo que fuimos, aunque cueste reconocerlo en los reflejos sucios de las ventanas barricadas. Quizá, si alguna vez esto vuelve a importar, este diario le sirva a alguien para entender cómo fue la vida —y la lucha— cuando el mundo estaba viejo y recién nacía de nuevo.
Hace seis años que San Diego dejó de ser una ciudad. No fue inmediata la caída, pese a todo lo que cuentan en los relatos de los nómadas que llegan de LA o del desierto. Luchamos, resistimos, y al final, aprendimos que sobrevivir significa abandonar casi todo. Perdí a mi hermana en las primeras migraciones, cuando la zona costera se volvió intransitable. Ahora oculta bajo barricadas de chatarra y muros de escombros, San Diego es otra cosa. Un puerto muerto. Una fortaleza a la deriva.
Llevamos varios inviernos sin ver otra cosa que los muelles repletos de barcazas podridas, destellos de carpas y, a lo lejos, los restos de lo que una vez fue Coronado, ahora solo una silueta en el horizonte, infestada y silenciosa bajo las mareas. La vida se concentra en el casco antiguo y barrios fortificados alrededor de las calles de Little Italy, algo de Barrio Logan, y los ruinosos rascacielos del centro donde hemos levantado jardines en lo que antes eran terrazas de lujo. Veo desde mi puesto de guardia las tablas colocadas en las ventanas, la maraña de alambre de púas encima de vallas improvisadas, y me doy cuenta de que aquí la lucha no es solo contra los muertos, sino contra el hambre. Contra la desconfianza. Contra la locura.
Desde hace un año, la situación parece menos desesperada. El último invierno fue más frío, y los zombis de la costa prácticamente dejaron de moverse. Hay una extraña calma cuando, en las noches claras, el viento arrastra el aroma salino y no el de la corrupción. Eso no quiere decir que estemos a salvo; hace tres semanas, una horda que calculamos en un par de cientos descendió desde National City. No había tantas en mucho tiempo, pero se movían lentas, arrastrando extremidades. Quemaron algunos tejados y la Iglesia vieja, tomamos posiciones en el puente del Parque Balboa y, por una vez, resistimos sin pérdidas humanas. Una victoria pequeña, pero nos dio moral.
Ahora, comerciantes y exploradores llegan por carretera o costeando en barquichuelas, atraídos por el rumor del “Puerto Seguro”. Vendemos pescado seco, sal marina y, cuando hay suerte, algo de pólvora o herramientas fabricadas por los ingenieros de nuestro enclave sur, en Chula Vista. La radio chirría cada amanecer con saludos y advertencias en código, informando de rutas barridas y patrullas de saqueadores. Hace semanas que no se ve ninguno de esos grupos; tal vez se hayan marchado al norte, tras nuevas presas humanas o bolsas de almacenaje intactas.
En la asamblea de esta mañana, Jebediah —nuestro jefe militar, un exreservista del Navy— propuso reforzar la vigilancia en la bahía: teme ataques coordinados de bandas externas, grupos desesperados que llegan hambrientos y armados desde Tijuana, o incluso desde más al sur. Antes, los zombis eran la principal amenaza; ahora, el mayor peligro somos nosotros mismos. Lo discutimos y aceptamos, aunque todos sabemos que tenemos pocas balas para defender una línea costera tan larga. Jebediah, sin embargo, es obstinado. Lleva días estudiando viejos mapas tácticos, haciendo marcas sobre la terminal de contenedores, los canales industriales. Nos instruyó para alternar turnos: de noche, dos vigías equipados con arcos y, sólo en caso extremo, las .22 que aún sirven.
No todos están de acuerdo. Linda, la líder del grupo de agricultores urbanos, se queja de que hay menos manos para vigilar sus cultivos experimentales en los tejados de lo que fue el centro de convenciones. La comida sigue siendo un problema. La tierra de maceta puede sostener tomates pequeños y alguna lechuga amarga, pero no es suficiente para todos. El mar aporta algo, sobre todo en los días en que los jóvenes, con sus redes de pesca improvisadas, logran burlar a las algas contaminadas y las aguas infestadas del Jetty. Hace tres noches, pescamos tres lenguados y una barracuda; celebramos la captura con una pequeña fogata en el malecón, cantando canciones que alguien recordaba de cuando aún había radios, y la niña más pequeña —Eli— bailó como si no hubiera monstruos acechando en la oscuridad.
Hay días tranquilos, incluso felices. Aprendemos a disfrutar de lo mínimo: una taza de café añejo encontrado en una despensa, una partida de cartas a la luz de una linterna de dinamo, las historias del viejo Harris acerca del San Diego Comic-Con cuando miles de personas disfrazadas llenaban de vida este puerto ahora cubierto de silencio y musgo. A veces me pregunto si nuestros niños creerán que ese mundo existía realmente, o si pensarán que lo soñamos.
Ayer, llegó una caravana de Los Ángeles, cuatro carros tirados por caballos y una docena de hombres armados. Traían harina de trigo, paneles solares y un botiquín con antibióticos, aunque muy caducados. La líder, una mujer de unos cuarenta años llamada Sofía, nos habló de los avances en las fortificaciones de Irvine, de cómo algunas de las colonias del norte están recogiendo agua de los manantiales y construyendo pequeñas presas para electricidad. Nos ofrecimos a intercambiar pescado seco y yodo por un kit de herramientas. El trato fue justo. Fue impactante la forma en que discutieron sobre “el peligro zombi”, como si hablasen de una plaga recurrente pero mermada, algo molesto pero no apocalíptico. Hablamos de las nuevas rutas seguras, y de cómo la verdadera preocupación ahora eran las bandas armadas, los asaltos relámpago y los traidores graves dentro de los mismos grupos.
El miedo nunca desaparece. El otro día, encontramos a un niño solo en el cruce de Park Boulevard, con el brazo vendado y sin papeles. No habla. Nadie sabe de dónde salió, y ni siquiera Eli logró hacerle contar su historia. Lo alimentamos, lo dejamos dormir con los más pequeños, le dimos una manta raída. Jebediah dice que podríamos estar ante un espía de las bandas de saqueadores, que usan niños para abrir puertas y luego atacar. Yo no lo creo. Tal vez confío demasiado; prefiero pensar que aún hay humanidad, incluso aquí. Pero es cierto que confío cada vez menos, incluso en los viejos amigos. Vi cómo cambiaba la mirada de Andre, que trabajaba conmigo en el puerto. Era silencioso, taciturno: hace dos semanas lo sorprendimos robando en la despensa. Dijo que era para su hija enferma, pero resultó que todo era cierto, y aún así tuvimos que enviarle a patrullar más lejos de la bahía. No hemos vuelto a verle. Quizá la ciudad lo devoró, quizá encontró otro enclave. Aquí las condenas son silenciosas, desangeladas. Nadie quiere ensuciarse las manos, pero la supervivencia nos vuelve crudos.
La vida gira alrededor del trabajo: reparar, producir, defender, almacenar. Hay quien escribe canciones tristes sobre la vieja ciudad, otros cuentan cuentos a los niños donde el villano ya no es el zombi, sino el hombre avaricioso. Algunas tardes, la doctora Casey, que antes era pediatra en el hospital de la colina, expone planes para limpiar zonas nuevas del centro y establecer puestos de sanitarios fijos. Le falta medicina, pero compensa con sabiduría y una paciencia infinita. Ella nos dio la única norma inflexible: quien muere por heridas debe ser rápidamente separado del grupo, cremado si es posible. No siempre resulta fácil. A veces, los familiares se aferran al duelo como si fuera el último vestigio de su humanidad, y hemos tenido que separarlos a la fuerza para evitar nuevos brotes.
La ciudad cambia a diario. El Parque Balboa, antes tan hermoso con sus fuentes y jardines, es ahora un depósito de agua y huertos experimentales, rodeado de trampas y empalizadas. Las antiguas casas victorianas de Bankers Hill albergan a los nuevos líderes, pero también a familias enteras que huyen cada vez que una horda amenaza la estabilidad. En la Vieja Ciudad, cerca de lo que fue Old Town, surgió un pequeño mercado donde algunos días intercambiamos herramientas por libros, plantas por semillas, pescado por leña. El comercio es básico pero vital. Una joven maestra, Beatriz, recopila en hojas sueltas todas las enseñanzas y saberes que logramos conseguir en los últimos años: cómo purificar agua, cómo hacer pólvora, cómo construir arcos y reparar radios viejos. Sus libretas son más valiosas que el oro, y todos le tememos un poco, porque Beatriz recuerda todo, incluso las deudas.
Hoy, la palabra “zombi” ya no aterra como antes. Son menos, están más viejos, sus cuerpos caen a pedazos. Pero siguen llegando de vez en cuando, atraídos por el ruido, el fuego, el movimiento. Vienen sobre todo de las ruinas del Gaslamp Quarter, de las autopistas cubiertas de coches oxidados y esqueletos de buses. Cada ataque refuerza la disciplina, pero también la fatiga. Y sin embargo, cuando el peligro se va, la vida vuelve, precaria pero persistente.
Ando mucho por la Costa. Las playas las usan los recolectores para buscar metales y plásticos, y a veces, con mucha suerte, alguno encuentra trozos de redes o sogas viejas que nos sirven para pescar o reforzar los muros. Un día, mientras caminaba por la orilla, encontré a Mark, mi amigo de juventud, mirando el horizonte, con una radio colgada al cuello. Me dijo que aún, a veces, captaba interferencias con canciones viejas o voces en ruso o chino. Sonaba a milagro. No era la primera vez que Mark hablaba solo, pero ese día me quedé a escuchar. Y juraría que por un instante, al fondo, entre las olas y el crujido de la estática, oí el estribillo de una canción pop de los 90. Se lo conté a unos niños sentados junto a una hoguera, y rieron con incredulidad, pero me pidieron otra vez la historia. Me alegra que aún exista esa curiosidad, esa sed de otras épocas.
Esta noche, duermo en el torreón de la vieja biblioteca pública. Soy uno de los elegidos para responder a las señales de códigos de las comunidades periféricas —hace dos semanas, acordamos un patrón de linternas y una bandera blanca para señal de socorro. Desde aquí, la ciudad parece menos jodida, menos muerta. A lo lejos, las luces titilantes de los refugios del norte indican que aún hay vida, que aún no cedemos del todo. Bajo el alma, la melancolía: cada madrugada repaso la lista de nombres, de vivos y de caídos, y me pregunto si alguna vez terminaremos de llorar.
Hay esperanza, sí, aunque tímida. El consejo de líderes ha planeado una expedición a las afueras del campus de la Universidad. Dicen que detectaron señales desde La Jolla. Si realmente hay una comunidad, podríamos trazar una ruta segura al norte, intercambiar conocimientos, quizá hasta rescatar algunos libros o equipos científicos. Es una opción peligrosa: muchos de los caminos aún están minados o infestados. Pero también es una promesa de algo más, de futuros posibles. Esta tierra, rota pero viva, se resiste al final.
Escribo esto con los últimos rayos de sol que se cuelan por una rendija cegada de tablones. Afuera, la brisa trae el olor del océano mezclado con humo. Alguien canta mientras parte pescado en la fogata. Al pie de la biblioteca, oigo las pisadas de un centinela. Quizá mañana vuelva a llover y nuestras telas de recolección de agua nos den otro día de vida. Quizá el niño mudo encuentre palabras, quizá Mark encuentre otra canción. Quizá soñemos, y al soñar recordemos.
Termino el día con una anotación que me esfuerzo en repetir cada noche, para no olvidar jamás:
Aún estamos aquí. Aún resistimos.
Si alguien lee esto, que sepa: San Diego sigue en pie.
—M. H.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.