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Portada del relato Ciudad de Bruma: Renacer entre los Muros
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Fragmento:


Salgo del campamento. El sonido de las bisagras metálicas, fusionadas de trozos de autos y acero naval, marca mi paso. Atrás dejo la frugalidad del desayuno: gachas de avena, compartidas alrededor de un hornillo improvisado. Camino bajo los focos de queroseno, aún encendidos porque la noche fue tensa—anoche, una horda pequeña intentó acercarse desde el viejo Grantville, y la milicia tuvo que repelerla con ametralladoras restauradas y algunas granadas artesanales. Los disparos siempre llaman la atención y duran el eco más que los gritos.

Duración: 10:23

Ciudad de Bruma: Renacer entre los Muros
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Texto de ajuste de pausa.

14 de marzo de 2029

El repiqueteo de la lluvia sobre las láminas de metal suena como una antigua melodía, casi reconfortante para los que quedamos en la zona limítrofe del este de San Diego. En el corazón de Ciudad Bruma, como llaman ahora a lo que queda de la urbe, la humedad se mezcla con el olor de pólvora, aceite quemado y salinidad arrastrada por el viento que sigue llegando del mar—ese mar que aún nos separa del olvido.

No es fácil describir San Diego nueve años después de aquel marzo negro de 2020, cuando los primeros informes llegaron por radio y la normalidad, la antigua vida, empezó a pudrirse tan rápido como los cuerpos. Hoy, mirar hacia el pasado provoca una especie de vértigo. Hay niños que nunca caminaron entre automóviles zumbando por la 5, ni probaron halcones en Comic-Con; sólo conocen el peligro y la disciplina fundamental para mantenerse con vida.

Pero aquellos de nosotros nacidos antes de la caída de la red y el largo invierno, llevamos una memoria tatuada a fuego: sabemos que las olas rompían en La Jolla con promesas de cerveza fría y risas; que una tarde cualquiera en Balboa Park podría sonar como la postal de un país imposible. Ahora todo eso es ceniza, historia para contar en rondas de vigilia.

Así empieza mi día, 14 de marzo de 2029. Me llamo Elena Rey, antes profesora de historia en una escuela pública y ahora parte de la Vigía Externa de Sector 3. Mi trabajo consiste en patrullar el perímetro norte, entre lo que era la Universidad Estatal y los primeros edificios de viviendas fortificados. A las 5:00 AM ya estoy en pie, revisando mi vieja insignia de madera con el sello de Ciudad Bruma: un águila de mal trazado y tres olas debajo. No es el escudo de una gran nación, pero ahora significa palabras como hogar y futuro.

Salgo del campamento. El sonido de las bisagras metálicas, fusionadas de trozos de autos y acero naval, marca mi paso. Atrás dejo la frugalidad del desayuno: gachas de avena, compartidas alrededor de un hornillo improvisado. Camino bajo los focos de queroseno, aún encendidos porque la noche fue tensa—anoche, una horda pequeña intentó acercarse desde el viejo Grantville, y la milicia tuvo que repelerla con ametralladoras restauradas y algunas granadas artesanales. Los disparos siempre llaman la atención y duran el eco más que los gritos.

Mis botas chapotean sobre el barro. Recorro la línea del muro externo, una amalgama de contenedores de carga, camiones volcados y placas de metal soldados hace años. Más allá de este límite está la Zona Gris: urbanización arrasada, esqueletos de casas y los últimos zombis que, según dicen, inspeccionan su propio territorio. Ya no caminan con la furia de antes—las criaturas más viejas son lentas, casi inofensivas si no te dejas rodear—pero nadie es tan ingenuo como para bajar la guardia.

El sol, pálido por la nube constante de polvo y sal, empieza a trepar el horizonte. Los centinelas me saludan con un gesto: David, el hijo de un pescador mexicano, y Tracy, una refugiada de Nevada que llegó a la ciudad hace seis inviernos. Compartimos pocos nombres pero muchas historias, y en la mía, ambos han salvado mi vida más veces de las que podría confesar.

La rutina dicta que inspeccionamos el muro, revisamos trampas improvisadas—latas colgando, cables, algunos explosivos caseros—y reportamos cualquier movimiento. Algunas mañanas, como esta, el mayor peligro no son los zombis sino otros humanos. Más al este, grupos escindidos de saqueadores tratan de colarse en busca de comida o armas, a veces incluso agua potable. La ciudad, aunque amurallada, apenas resiste la presión constante de los que quedaron afuera y no han logrado organizarse.

A las 8:00, el turno cambia. Nuevos guardias suben las plataformas elevadas y yo bajo por el acceso principal, rumbo hacia el centro de fortificación. Allí se encuentra la Plaza del Mercado, un espacio anteriormente conocido como el estacionamiento del Qualcomm: ahora, bajo lonas de camuflaje y carpas de tela remendada, se negocian alimentos secos, pescado ahumado, granos, medicinas. Lo más valioso es la munición: cada cartucho es contado como si fuera oro, y escultores improvisados han aprendido a elaborar munición artesanal usando los talleres escondidos.

Cruzo la plaza con precaución. La desconfianza es moneda común; no se trata solo de miedo a otro brote—la infección sigue activa en cadáveres recientes—pero también del temor a la codicia humana. La jerarquía de Ciudad Bruma se mantiene con mano dura: el Consejo, formado por seis representantes y un jefe de milicia, se reúne en el viejo edificio de administración del estadio. Todos saben que cualquier altercado grave recibe castigos ejemplares. Aquí, nunca falta el hambre ni la sed ni el peligro.

Después de dejar un informe rápido en la torre del vigía, vuelvo a casa—una sección de antiguos apartamentos convertidos en refugio para familias y vigilantes. Mi compañera, Lía, prepara una sopa con verduras marchitas y un trozo de tocino ahumado. “Hoy tocaron la radio desde Tijuana”, me cuenta en voz baja, como si fuera posible que alguna oreja extraña escuchara tras las paredes. Últimamente, Tijuana y Ciudad Bruma han llegado a acuerdos de trueque a larga distancia: pescado y sal por semillas antiguas y algunas medicinas raras. Nadie cruza la frontera por gusto, pero quienes lo hacen lo hacen en silencio y con la escolta de las milicias del sur, que patrullan las antiguas autopistas repletas de escombros.

Almuerzo y luego me dedico, como cada miércoles, a los niños. Dos veces por semana, los pequeños acuden al sótano de la antigua biblioteca de la Universidad para recibir clases. No es mucha la ciencia que podemos enseñar: matemáticas elementales, principios de agricultura, algunas historias y geografía básica. Pero intentamos que no todo sea sobrevivir; deben aprender a construir, a razonar, a dudar de las historias contadas. Les hablo del mundo antes, de los automóviles y los aviones, de los grandes conciertos. Hablo de cómo la gente antes tenía miedo de otras cosas: de perder el trabajo, de los precios del alquiler, de enfermedades más “normales”. Me miran como si relatara una leyenda.

Los niños son distintos a nosotros. No han perdido del todo la esperanza. La hija más pequeña de Lía, Salma, me pregunta cada semana por qué no podemos “arreglar el mundo otra vez”. Le explico, con paciencia infinita, que reconstruir es lento, peligroso y requiere de mucho trabajo, y que cada mañana, los esfuerzos de nuestra generación hacen posible que ella tenga una oportunidad diferente.

A las 3:00 PM, el Consejo reúne a una decena de representantes de cada sector. Hoy se discute la reapertura del antiguo muelle para caravanas marítimas. Hace meses que el mar se considera menos peligroso. Pocos zombis llegan aquí, y las incursiones por agua han permitido traer redes, medicinas, incluso semillas. Participó como oyente, pues soy parte de la Vigía, pero sé que la voz más fuerte será la de Rosario La Grande, matriarca con mano de hierro que capitanea la red de agricultores. Los debates son duros, a veces rozan la violencia. Pero la alternativa es el caos y no queremos repetir el terror de 2022, cuando una banda de saqueadores abrió una brecha y casi lo perdemos todo.

Al atardecer, la plaza se va vaciando. Vuelvo al muro secundario con una escuadra de exploradores. Debemos patrullar la entrada a Mission Valley. Hay rumores de que una pequeña horda sigue vagando por las ruinas del antiguo centro comercial. Andamos en silencio, con radios de baja frecuencia y linternas de queroseno protegidas por vidrio. El olor, acre, nos avisa de la presencia de cadáveres. No vemos muchos zombis, apenas dos, de aspecto descompuesto y andar errático. Los eliminamos con lanzas, evitando el ruido de los disparos. El silencio aquí vale más que la pólvora.

Recogemos algunos objetos de valor: herramientas, latas de comida, dos botiquines arruinados. Dar con medicinas hoy es casi un milagro, pero en las bolsas encontramos venda limpia y un poco de alcohol. A veces la fortuna es compasiva.

Regresamos ya de noche. El frío cala los huesos; la humedad del mar se mezcla con el recuerdo de tiempos mejores. Alguien pregunta, mientras compartimos la última comida, cuánto tiempo más tendremos que vivir de este modo. Nadie lo sabe. Pero han aparecido señales de esperanza: hace unas semanas, un grupo vecino consiguió limpiar parte de National City y han reabierto un pequeño taller de bicicletas; ahora, algunos comerciantes viajan hasta allí para intercambiar herramientas. También circulan historias de un asentamiento al norte—en lo que era Carlsbad—que logró instalar una hidroeléctrica en miniatura y puede ofrecer luz unas pocas horas por noche. Las noticias corren rápido entre las comunidades y alimentan una esperanza precaria.

Antes de acostarme, reviso mi diario, ese cuaderno ya amarillo y con las esquinas dobladas. Escribo para recordar quién soy, y para que, si alguna vez la normalidad regresa, alguien pueda leer cómo fue sobrevivir a la caída y el lento resurgimiento. Mi letra tiembla, pero escribo igual: hoy, San Diego late despacio, como un corazón asustado pero terco.

Pienso en el mar oscuro, en los niños que ríen aunque llevan la cicatriz del miedo en los ojos. Pienso que reconstruir no será volver al pasado, sino crear algo distinto, algo nacido del dolor, la pérdida, la tenacidad. Cuando me acuesto, apago la linterna, escucho los sonidos lejanos—el repiqueteo de la lluvia, una risa apagada, un grito desplazado por la distancia—y trato de imaginar el día en que dejemos de ser sobrevivientes para volver a ser, simplemente, humanos.

Y, por primera vez en mucho tiempo, cuando cierro los ojos, me permito soñar con un futuro, aún en ruinas, pero nuestro.

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