Fragmento:
No era la primera vez que Julia se escabullía por ese sector. Cuando los zombis llegaron a San Diego en la primavera del 2020, el caos fue total. Los militares provocaron más miedo que seguridad, y antes de julio, bandas armadas recorrían los barrios altos exigiendo tributo: comida, gasolina, medicinas. Su esposo —ex marino, acostumbrado al orden— murió protegiendo a un desconocido en una farmacia de Hillcrest. Hasta entonces, la crisis la había hecho fuerte; después, la hizo invisible. Aprendió ese arte de los gatos y los fantasmas, mezclándose con las sombras y convirtiéndose en rumor, en eco sin cuerpo, en alguien que ni los seres humanos ni los muertos consideraban digno de atención.
Duración: 13:18
15 de octubre de 2022
La niebla marina subía por las calles vacías del antiguo centro de San Diego, filtrando la luz dorada de un amanecer que no le pertenecía a nadie. Sobre el asfalto cuarteado y cubierto de salitre, restos de barricadas improvisadas yacían apilados junto a los esqueletos oxidados de autos convertidos en barricadas meses atrás. Nadie las tocaba ya. Todos sabían que los muertos sólo aprendían a rodear las cosas.
Julia avanzaba pegada al muro de una tienda saqueada, con la escopeta colgada a la espalda y la mascarilla mugrienta cubriéndole la boca. No por los zombis —si los muertos podían enfermar, hacía tiempo que ni la ciencia ni el sentido común decían nada útil—, sino porque el aire salino y fétido raspaba la garganta y avivaba el dolor de cabeza. Era su tercera salida del día, y aunque odiaba cada minuto en el exterior, en la comunidad del viejo estadio la tensión era incluso peor. Las caras crispadas, los cuchicheos sobre comida, los ojos de los recién llegados que pasaban del miedo a la codicia en cuanto olían el borde del hambre.
Su misión la sacaba de allí, y por eso la aceptaba: buscar medicamentos en la botica de la Avenida 4, la única que no había sido totalmente vaciada, porque la entrada estaba cubierta por una reja y más abajo, en la acera, tres cuerpos aplastados contra el metal. Los de la expedición anterior no lograron regresar y ahora nadie quería acercarse. Ella sí. Necesitaba la penicilina para las fiebres de Eduardo, el chico de 12 años que había recogido durante la tormenta dos semanas atrás. El resto del grupo lo veía como una boca extra, alguien en quien no invertir nada más allá de migajas. Julia sentía algo diferente. Tal vez era culpa de ver en él al hijo que no sobrevivió la primavera de 2021, durante aquellas migraciones demenciales en la frontera.
Pasó por la esquina donde el letrero de “Little Italy” seguía colgando torcido. Allí solían congregarse los zombis cuando bajaba el sol: atraía el rumor marino, la memoria podrida de las noches festivas. Hoy sólo el gruñido aislado de uno que no podía levantarse hizo de fondo mientras Julia sacaba una linterna diminuta y revisaba las ratas que subían y bajaban por las ruinas de la cafetería “Café de la Paz”.
No era la primera vez que Julia se escabullía por ese sector. Cuando los zombis llegaron a San Diego en la primavera del 2020, el caos fue total. Los militares provocaron más miedo que seguridad, y antes de julio, bandas armadas recorrían los barrios altos exigiendo tributo: comida, gasolina, medicinas. Su esposo —ex marino, acostumbrado al orden— murió protegiendo a un desconocido en una farmacia de Hillcrest. Hasta entonces, la crisis la había hecho fuerte; después, la hizo invisible. Aprendió ese arte de los gatos y los fantasmas, mezclándose con las sombras y convirtiéndose en rumor, en eco sin cuerpo, en alguien que ni los seres humanos ni los muertos consideraban digno de atención.
La farmacia estaba a trescientos metros al este, detrás de lo que fue una pequeña iglesia convertida en guarnición de los “Hombres Rojos”, el grupo paramilitar que merodeaba la zona tras la caída del gobierno local. Esa mañana, la bandera roja ondeaba deshilachada en una antena de televisión. No había vigilancia visible, pero Julia sabía bien: los ojos estaban en las ventanas, las miradas de los centinelas detrás de las ranuras en las persianas, esperando algún movimiento que les diera excusa para salir y cobrar un “diezmo” de los desesperados. Varias expediciones de la colonia habían pagado ese precio —alimentos, mujeres, armas— sin obtener nada a cambio salvo una vaga promesa de “protección” que nunca llegaba.
Ella tomó un rodeo por las viviendas bajas, donde las cortinas manchadas tapaban ventanas rotas y los jardines se habían entregado a matas secas y yerbajos. Llevaba los bolsillos llenos de piedras: una vieja técnica para desviar la atención, arrojando una al callejón para comprobar si algo, o alguien, se movía entre los coches abandonados. Así detectó a la pequeña horda que, arrastrando los pies, venía del sur, justo de la antigua estación de tren. Se escondió detrás de un buzón caído y esperó; la procesión de muertos la sobrepasó sin mirar, guiada más por el instinto gregario que por el hambre. Con el tiempo, los zombis solían formar pequeñas hordas que parecían buscar algo parecido a la compañía. Era difícil no encontrar cierto alivio en que la muerte, al menos, trajera algo de consuelo social.
Llegó a la puerta de la botica a las nueve de la mañana. El cristal de la entrada tenía manchas rojas donde la sangre se había secado y ennegrecido con el sol. Julia se agachó y tanteó debajo de la reja, buscando el resquicio que permitía doblarla. Había traído un trozo de cable, bien afilado, para forzar la cerradura interior. No era experta, pero la práctica hacía al maestro, y la necesidad, al artista. Mientras trabajaba en el seguro interior, oyó el crujido de unos pies en la acera: alguien más.
Se quedó inmóvil. Si era un muerto, podría enfrentarlo; si era humano, no podría. El sonido se alejaba hacia el norte, hacia las vías, y pronto todo quedó en silencio salvo el repiqueteo suave de la herramienta en el metal. El mecanismo cedió con un “clic” apagado, y la puerta se abrió apenas treinta centímetros, suficiente para deslizarse. Al interior el aire olía a desinfectante rancio y a polvo, la penumbra azul y pegajosa de las farmacias de antaño.
Pasó el haz de luz sobre los anaqueles. Las cajas de remedios estaban revueltas, muchas abiertas, pero en el fondo del armario de seguridad —ese pequeño cofre dorado que reconocía de noches pasadas—, encontró tiras de comprimidos y un frasco de penicilina en polvo. Su pulso se aceleró. Un tesoro, para cualquier comunidad. Lo envolvió en una tela gruesa y lo apretó contra el pecho, luego revisó los anaqueles por jeringuillas esterilizadas. Un ruido leve, el portazo de la reja al volver a cerrarse, la hizo girar rápidamente: alguien más estaba en el local.
“Salí, no quiero problemas,” dijo, su voz temblando apenas.
Silencio primero, luego una figura pequeña y sucia entró arrastrando la pierna derecha. Mujer, joven, con la piel tan bronceada de días al sol que podría pasar por cualquier edad bajo los harapos. Llevaba a un niño de seis años, dormido en los brazos.
“No te seguiría si no fuera urgente,” susurró la mujer. Se notaba en su modo de moverse, en el vacío de su mirada. Julia bajó el arma un poco. Recuerdo de reglas antiguas: nunca disparar cerca de antibióticos, ni de niños sanos.
“Qué necesitas.”
“Febriles. Lo que tengas. El niño no… no come.” Julia sacó una caja de ibuprofeno y un sobre de suero oral, los deslizó por el suelo de linóleo. “Aquí. Pero tienes que irte.” Afuera, los zombis podían oler el miedo y el sudor y, sobre todo, los movimientos rápidos. Unos golpes contra la reja avisaron que la conversación se había prolongado demasiado. Las dos intercambiaron apenas una mirada; la desconocida huyó con el niño y el botín.
Julia guardó el resto y salió, cerrando con dificultad la reja para que no delatara el saqueo. Afuera, el sonido de disparos lejanos anunció que los “Hombres Rojos” andaban cerca; tal vez otra incursión para robar en los campamentos, tal vez otra ejecución sumaria. Ocultó los medicamentos bajo la ropa y emprendió el regreso. El aire olía a tormenta; las lluvias de octubre traían consigo la promesa de calles limpias, pero también el peligro de cuerpos descompuestos arrastrados por las avenidas arenosas hasta las bocas de tormenta.
Regresó al estadio por el camino de la “Gaslamp Quarter”, donde antes la gente se apelotonaba a medianoche y ahora sólo quedaban graffitis que decían “resiste” y “aquí huele a casa”. La entrada estaba protegida por guardias armados; cambiar caras amables por recelos fue parte del precio de la supervivencia. Adentro, la vida era tensa, pero en la escuela improvisada del segundo piso, Eduardo la esperaba.
Le inyectó la penicilina con manos que apenas temblaban. Le contó una historia esa noche, sobre cómo la ciudad era antes: luces, olores de puestos de tacos junto al mar, el ruido de botes en la bahía, los aviones despegando hacia un futuro que parecía eterno. Eduardo escuchó con los ojos abiertos como platos, como si intentara imaginar el mundo antes del miedo. Cerca, otros niños murmuraban canciones antiguas: el destino de los que aprendían a leer los relatos de la vieja vida en las ruinas y las leyendas.
Por fuera de la tela del estadio, los grupos paramilitares seguían luchando por el control de barrios ya desangrados. Se decía que una banda rival del norte estaba planeando un ataque. La “Alianza del Sur”, como se llamaban a sí mismos los residentes del estadio, apenas lograba contener las amenazas con patrullas mal armadas y promesas de trueque para mantener la paz. Cada día era una balanza entre el caos y la resistencia. Algunos, como Julia, entendían que sólo la disciplina y la colaboración salvarían a la colonia. Otros soñaban con abandonar el estadio y buscar una vida más fácil en el este, lejos de la costa, donde las bandas eran menos numerosas y los zombis no llegaban en las noches de niebla.
Una tarde, al pasear por la muralla improvisada mientras caía el crepúsculo, Julia contempló el horizonte. La ciudad era casi mudada en silencio y espectros. Pero ella confiaba en que aquel esfuerzo cotidiano, esa red de cuidados y vigilancia, era lo único que les separaba de la nada. La supervivencia era un arte hecho de sacrificios pequeños, de gestos hacia extraños, de resistirse a la tentación de volverse bestia como aquellos que, durante dos años, sólo vivieron a costa de la ruina ajena.
Las semanas siguientes, gracias a los medicamentos, Eduardo mejoró, y pronto caminó por los pasillos con una sonrisa nueva. Julia lo instruyó en los sistemas de alerta de la colonia: unas simples campanillas de metal unidas por cables, que sonaban si alguien —muerto o vivo— intentaba escalar las vallas. Le enseñó a guardar silencio, a observar antes de actuar, a valorar la comida y el agua.
El estadio sobrevivía entre rumores: que en Tijuana había un refugio con electricidad y médicos, que en el viejo aeropuerto se realizaban intercambios vigilados por una alianza improvisada de ex policías, que la carretera interestatal estaba momentáneamente bajo el control de un señor de la guerra que exigía peaje en armas y mujeres jóvenes. Julia escuchaba todo y no compartía nada. Nadie confiaba demasiado, ni siquiera en la esperanza. Sin embargo, la recompensa de no rendirse era poderosa. Cada decisión, cada expedición, cada pequeña victoria se convertía en parte de una leyenda colectiva. Más allá de las murallas, la antigua San Diego se había convertido en una advertencia: quien no supiera adaptarse, quien desperdiciara recursos, quien olvidara la piedad, estaba condenado.
La vida continuaba en esa suerte de presente eterno, donde ni el pasado ni el futuro tenían dueño. Las noticias que llegaban por radio eran fragmentos en clave, rumores apenas sostenidos por la delgada voz de un operador militar en el norte del condado. A veces transmitían códigos de otras colonias —dos disparos al amanecer, tres fogatas al anochecer—, sistemas de señales que recordaban a la ciudad sitiada de alguna edad media.
Julia y los suyos aprendieron a leer las señales del viento, los pasos de los vivos, el arrullo lejano de los zombis en la costa. Salían en grupos pequeños, recuperaban lo que podían y nunca regresaban por el mismo camino dos veces. Con el tiempo, la ciudad dejó de ser una jaula para convertirse en el tablero de un juego cruel: quien recordaba los viejos horarios del tranvía, las rutas de evacuación de los barrios ricos, las salidas de emergencia en hoteles y almacenes, sobrevivía. Los demás desaparecían en la neblina, convertidos en historia o en amenaza.
A finales de octubre, San Diego era un conjunto de islas humanas atrincheradas y un mar de cadáveres vagabundos. El Pacífico, desde las gradas del estadio, parecía incluso más azul de lo que recordaban. La brisa arrastraba un poco de sal y un gramo de esperanza. Cuando caía la noche, Julia relataba cuentos sobre faros y barcos perdidos a los niños, y algunos de los adultos dejaban de tensar sus armas por unos minutos. Sabían que lo peor no había pasado, que el invierno traería escasez, nuevas amenazas, pero también nuevas alianzas, nuevas formas de resistencia.
La ciudad no volvería a ser lo que fue. Pero cada amanecer sobre el Pacífico era prueba de que, mientras alguien se atreviera a recordar y a cuidar de otro, incluso en el fin del mundo, la vida era una posibilidad y, acaso, una promesa.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.