Fragmento:
—La caravana de Point Loma fue atacada. Solo tenemos media hora antes de que llegue aquí una marea. Se movilizan desde lo alto del puerto, por el tramo de la Interestatal 5. Hay rumores de que los asaltantes usaron fuegos para atraer a los infectados.
Duración: 11:22
16 de noviembre de 2028
San Diego ya no era San Diego. Ni de cerca. Cuando alguien se atrevía a llamarlo así en las radios clandestinas que cruzaban la bahía por ráfagas, la palabra resonaba como una broma cruel, un guiño a un mundo anterior, cada vez más lejano y menos real. Para quienes resistíamos en las inmediaciones del antiguo centro, atrapados entre el Pacífico y las murallas improvisadas que tan trabajosamente se levantaban, solo existía “El Bastión”, término inventado por las patrullas que protegían lo que quedaba de la ribera y del puerto, y que se había adherido al habla local como la sal al sudor tras una faena bajo el sol.
Llueve esa noche, por primera vez en semanas, y la humedad es como una caricia y una tortura a la vez. La lluvia limpia el polvo, pero despierta a los forasteros y no deja que los olores hospitalarios de los muertos, que suelen colarse por la tapia rota de la antigua autopista de entrada, se disipen del todo. Han pasado más de ocho años desde el desencadenamiento de la Plaga, y aunque la mayoría de los zombis quedan relegados a historias de niños o a advertencias de viaje, en ocasiones la memoria se materializa en un hueco mal sellado, o en la silueta tambaleante que acecha desde un callejón durante el crepúsculo.
A mí me conocen como Ana Ríos, aunque ya son pocos los que usan apellidos. Fui estudiante de biología en la Universidad de California, el campus que ahora es un remolino de tiendas y almacenes fortificados. Escribo este relato en una libreta desgastada, entrecortando la narración para hacer guardias en la Torre Sur y ayudar en el hospital de la Misión. No creo que nadie —fuera quizá mi hija pequeña, Camila— llegue a leer esto. Tal vez solo sea para enraizarme, para no extraviarme del todo en el día a día inabarcable.
El 16 de noviembre de 2028 no amaneció distinto, pero casi nadie intuía la importancia de ese día. Habíamos sobrevivido cosechas magras, asedios de saqueadores encapuchados que venían desde el interior, nuevas epidemias de fiebre de ratas, e incluso un intento, catastrófico, de restaurar la electricidad desde el área de Chula Vista el año anterior. Solo la rutina ofrecía consuelo: dos patrullas al norte de la frontera (ahora convertida en una zona sin ley, llena de esqueletos de autos y mercados ambulantes) y otras dos vigilando el Canal de San Diego. Los días eran para trabajar, las noches para resistir.
La alarma sonó temprano, una vieja sirena adaptada de las alarmas anticuado tsunami, y en cinco minutos ya estábamos reunidos en el patio interior de la estación. Detrás de nosotros, el Pacífico golpeaba con más furia de la habitual. Inés, la líder del consejo, llegó empapada, alumbrada solo por una linterna envuelta en papel rojo. Su voz temblaba de frío y urgencia.
—La caravana de Point Loma fue atacada. Solo tenemos media hora antes de que llegue aquí una marea. Se movilizan desde lo alto del puerto, por el tramo de la Interestatal 5. Hay rumores de que los asaltantes usaron fuegos para atraer a los infectados.
Camila se escondía detrás de mí, aprendiéndose desde pequeña el arte de volverse invisible en los instantes decisivos. Aun así, mi instinto no era sentarme a esperar. Me dieron un rifle antiguo, modificado con piezas de varios vehículos, y una radio de corto alcance. No había tiempo que perder.
Nos desplegamos, ocho mujeres y cinco hombres, cada quien con sus funciones: los vigías, los artilleros con cartuchos limitados, los tres encargados de empujar los carros trampa para desviar el curso de cualquier grupo que lograra cruzar el río. Era una coreografía conocida. Lo novedoso fue que, al acercarnos a la zona donde la Interestatal se curva junto al antiguo estadio de béisbol, nos topamos con una columna insólita de humo y, tras ella, un grupo bien armado, ocultando sus caras con capuchas rojas. No eran infectados; eran humanos.
Nos dieron el alto, con una mezcla de inglés y español que me erizó la piel. Hacía meses que no veía tanta organización entre saqueadores, y ciertamente no tan cerca del Bastión. Llevaban insignias improvisadas: una calavera negra sobre fondo rojo—símbolo de los “Cazadores de Sombras”, la banda que se rumoraba había tomado Tijuana y que se decía tenía tratos con comunidades tan al sur como Ensenada.
El enfrentamiento fue inevitable y breve. Un tiroteo con armas oxidadas, dardos y hasta flechas; el eco se perdió entre los ruidos de la lluvia y el rugido distante del mar que arremetía contra los muelles. Dos de los nuestros cayeron. El enemigo, sorprendido por la resistencia feroz de nuestro grupo y por el barullo de los infectados atraídos por el escándalo, batió retirada sin lograr cruzar. Desviamos lo que, por fortuna, resultó una horda menor de zombis hacia la zona industrial, prendiendo fuego a bidones de aceite para distraerlos. El incendio devoró los viejos hangares de almacenes que nunca habíamos logrado limpiar.
Tardamos casi una hora en regresar al Bastión, el lodo pegado hasta las rodillas. Sabíamos que debíamos celebrar la victoria, pero cada vida cobrada y cada munición gastada era una herida futura. Me lavé la cara y los brazos con agua de lluvia recogida en bidones, mientras Camila me observaba en silencio. Ya había aprendido a leer mis gestos, a reconocer que, lejos de la victoria, cada batalla ganada era apenas posponer la siguiente calamidad.
Esa noche, mucho después, me encontré con Inés y el viejo Matías en la sala reconstruida de la Misión San Diego de Alcalá, nuestro centro neurálgico. Sobre la mesa, junto a un mapa de la ciudad cubierto de marcas en tiza, estaban algunos papeles importantes: listas de futuros trueques, recuento de heridos y de munición, un informe del ingeniero encargado de las bombas hidráulicas que nos permitían irrigar los huertos esparcidos por Mission Valley.
—La situación no es sostenible —dijo Inés, mirando el mapa—. Han cruzado desde el sur porque los informes son ciertos: se han quedado sin recursos allá. Los ataques humanos empiezan a ser tan o más peligrosos que los zombis.
—¿Y la milicia de la Presa Otay? ¿Podrían ayudarnos? —pregunté, aun sabiendo la respuesta.
Matías gruñó, resignado.
—No llegarían a tiempo, ni siquiera si quisiéramos pagar el doble de munición por la ayuda. Además, ellos mismos han estado fortificando su zona. Cada quien a lo suyo.
Cerré la libreta con fuerza. Por la ventana abierta, el olor a sal mojada me reconectaba con los recuerdos de infancia: padres que salían a faenar en la bahía, noches de fuegos artificiales y de Padres contra los Dodgers; todo eso era otro planeta. Camila dormía bajo mi capa, respirando hondo, como si nunca hubiese conocido otra vida.
La lluvia no cesaba, y la voz de la radio militar apenas se distinguía: aviso de intercambio dentro de tres días, solo a los paños blancos y con salvoconductos. Eran los intentos de mantener un comercio regular de alimentos, de municiones, aunque apenas quedaba una docena de rutas verdaderamente seguras. El trueque era ley: cinco cartuchos por un saco de arroz, tres litros de combustible por una medicina. Nada se compraba ni se vendía ya: todo era sobrevivir, negociar y, de ser necesario, empuñar las armas.
Saliendo al patio, saludé a los vigías que custodiaban la entrada entre los restos del muro de adobe. La presencia de ferias de intercambio había comenzado a estabilizar la vida, pero la seguridad de quienes viajaban por la región dependía tanto del armamento como de la capacidad de llegar a acuerdos con las bandas. Esas bandas, que no dejaban de proliferar en todo el suroeste, imponían peajes para cruzar antiguos tramos de autopista, o exigían tributos a las aldeas y campos dispersos. El conflicto era endémico.
Por la mañana, las nubes se disiparon y el océano apareció despejado, un manto de acero bajo el sol. Había que trabajar, limpiar las áreas quemadas y reforzar las barricadas en la entrada sur, por donde la horda podría haber cruzado si no hubiéramos conseguido desviarla. Mientras tanto, delegados de varias comunidades —de Old Town, de Encinitas y de La Mesa— llegaban en caballos y carros improvisados. Todas las conversaciones derivaban, tarde o temprano, a la misma fuente de ansiedad: ¿cuánto tiempo más podríamos resistir? ¿Era la guerra contra los vivos acaso más desesperada aún que la guerra contra los muertos?
Ismael, líder de la comunidad de Old Town, planteó una idea audaz: organizar una caravana armada de recogida, rescatando herramientas y maquinaria de la zona universitaria, que durante meses había sido imposible limpiar del todo debido a su tamaño y a los grupos de saqueadores. No quedaba mucha manufactura pesada, pero sí repuestos, libros, manuales técnicos. Nadie era tan ingenuo como para pensar en una universidad renacida, pero sí en un banco de saberes para las siguientes generaciones.
Comenzamos los preparativos en silencio; en grupos de cuatro, armados y con instrucciones precisas. Nuestra visita al campus fue tensa, pero sorteada con éxito gracias a los mapas de túneles y pasadizos elaborados por los niños de la comunidad, quienes poseían una habilidad instintiva para la exploración. Allí encontramos repuestos para molinos de viento, libros de botánica, manuales de hidráulica y hasta un generador portátil casi funcional. El hallazgo más precioso, sin embargo, fue una caja de semillas rotulada “Banco Genético Experimental”. Con esas semillas, la esperanza: tal vez podríamos diversificar las cosechas y hacer frente a la próxima hambruna.
Tras el regreso, la distribución fue meticulosa. Cada asentamiento recibiría una parte del botín, a cambio del compromiso de auxiliar en caso de ataque. El trueque, otra vez, como columna vertebral de nuestro mundo.
En la espuma matutina de las olas, mientras miraba el horizonte desde la terraza improvisada sobre la Misión, Camila se sentó a mi lado. No hacía preguntas, no exigía respuestas. Sus ojos reflejaban la dureza de estos tiempos. Le hablé, entonces, no de los muertos, ni de los enemigos, sino de lo que había significado el mar para nosotros antes de los tiempos oscuros. Le conté del mundo de antes, de la promesa de los puentes y los parques y de la promesa de volver algún día, juntos, a ese estado de asombro.
En eso consiste resistir en el Bastión de San Diego: en no dejar nunca de imaginar un mañana, aun cuando la niebla del caos apenas permita ver hasta el siguiente amanecer.
Logramos sobrevivir a ese noviembre de 2028, y en la memoria quedaron grabadas la lluvia, el enfrentamiento, la unión precaria entre grupos que alguna vez fueron enemigos. El mundo, destrozado por la plaga y luego por nuestras propias manos, se reconstruía pedazo a pedazo, día tras día, frente al oleaje incansable del Pacífico.
Ese es el legado que quiero dejar: que, incluso entre ruinas, puede florecer de nuevo la esperanza. Y que San Diego, aunque irreconocible para el viejo mundo, nunca dejó de ser nuestro hogar.
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