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Portada del relato Fragmentos de un Nuevo Comienzo
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Fragmento:


Marlene negó con la cabeza, pero Scarlet ya conocía la respuesta: en la Costera, los sueños eran la única forma de ver de nuevo a los que se habían ido. A veces, la niña despertaba con algún sollozo, y a veces era Marlene quien no lograba conciliar el sueño, pero nunca hablaban de ello demasiado.

Duración: 12:26

Fragmentos de un Nuevo Comienzo
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Texto de ajuste de pausa.

8 de Julio de 2027

Al pie de la vieja bahía, donde las aguas saladas lamían los restos corroídos de los muelles de San Diego y el aire olía a algas muertas y leña húmeda, la vida se despejaba lentamente de la niebla letárgica en que había estado encerrada durante años. Todo había cambiado, como lo sabía cualquiera que sobrevivía desde los primeros días de la plaga. El mundo de antes era un recuerdo confuso que a veces se tornaba sueño, a veces pesadilla: luces eléctricas, tráfico ruidoso, playas atestadas y fuegos artificiales sobre la isla de Coronado. Ahora, el viejo puerto era hogar de otra clase de familias, y las celebraciones eran simples actos de supervivencia.

El sol de julio pegaba fuerte sobre los tejados parcheados del Barrio Logan, donde se refugiaba una de las comunidades más grandes desde la caída de Los Ángeles. Le llamaban La Costera, aunque nadie parecía recordar quién había sido el primero en bautizarla así. Contaba con poco más de cuatrocientos habitantes: pescadores, agricultores, antiguos marineros y algunos soldados retirados que ahora ejercían de defensores, jueces o, según el humor de la mañana, simples vecinos.

Esa mañana, Marlene Watanabe se despertó antes del alba, el estómago vacío y los nervios en la garganta. Tenía 32 años y demasiadas arrugas para su edad, aunque aún conservaba la mirada atenta de las que alguna vez confiaron en el mañana. Caminó despacio entre las casas de madera reciclada y muros levantados con ladrillos de viejos proyectos inmobiliarios. De vez en cuando, una sombra se movía entre los tablones; eran centinelas, voluntarios con fusiles de fabricación rudimentaria que miraban hacia la bahía y los cerros del este, atentos tanto a los errantes —como llamaban a los zombis aún deambulantes— como a los saqueadores humanos, cada vez más osados a medida que el hambre y la codicia se mezclaban en la misma voz.

A pesar del progreso desde el caos de años atrás, Marlene no podía olvidar la noche en la que arrojaron cuerpos al mar para frenar el avance de la plaga en Point Loma. El agua no había detenido a nada ni a nadie, pero los muertos tampoco habían regresado. Scarlet, su hija de diez años, la esperaba sentada sobre una caja de municiones vacía al pie del muelle improvisado, los pies colgando y el pelo en una trenza apretada hecha por manos más torpes que maternas. Marlene le dedicó una sonrisa débil.

—¿Soñaste con papá otra vez? —preguntó la niña, sin mirarla.

Marlene negó con la cabeza, pero Scarlet ya conocía la respuesta: en la Costera, los sueños eran la única forma de ver de nuevo a los que se habían ido. A veces, la niña despertaba con algún sollozo, y a veces era Marlene quien no lograba conciliar el sueño, pero nunca hablaban de ello demasiado.

El plan para ese día era sencillo y peligroso: la expedición a la Universidad de San Diego, al campus que había sido conquistado casi por completo tras una ardua campaña de limpieza dos meses atrás. El objetivo era recuperar libros, herramientas y semillas, además de buscar cualquier equipo médico que no hubiese caído en manos de otras bandas. Hacía tiempo que no se enfrentaban a una horda considerable y los centinelas aseguraban que el “pasto largo”, como le decían a los errantes lentos y descompuestos, ya sólo merodeaba a kilómetros del gran muro.

La expedición incluía a cinco experimentados y dos aprendices de la “Milicia del Puerto”: Diego, un cubano fornido y jactancioso que tenía la costumbre de narrar chistes verdes mientras afilaba su machete; Rosa, una filóloga que había abandonado la palabra escrita para empuñar la ballesta; el taciturno Old Steve, un marine retirado que se dedicaba a enseñar tiro a los niños; y las hermanas Luna, mecánicas capaces de desarmar cualquier motor oxidado y volverlo a la vida con piezas diversas. Los dos aprendices: Scarlet, con la autorización rabiosa de su madre y la certeza de que debía aprender pronto a valerse por sí misma, y Dimas, hijo de unos agricultores llegados desde Chula Vista tras incendiarse su asentamiento.

Marlene observaba con ansiedad, sabía que cada expedición era una ruleta. El amanecer nacía rosado sobre la isla de Coronado y proyectaba sombras largas sobre el puerto, mientras el grueso portón de madera carbonizada se abría con dificultad, dejando pasar al pequeño grupo hacia lo que quedaba del mundo exterior.

La carretera hacia la Universidad estaba flanqueada por cerros amarillos y supervivientes encaramados en torres improvisadas, atentos a cualquier movimiento fuera de las murallas. Los errantes rara vez se aventuraban cerca: ya no quedaban cadáveres frescos y los más antiguos se pudrían bajo el sol de California, sus cuerpos rígidos y quebradizos como ramas muertas. Aun así, Diego aseguraba que los verdaderos peligros eran los grupos humanos. Algunas bandas de saqueadores usaban a los errantes como armas, soltándolos en sitios estratégicos para sembrar el pánico o distraer a los defensores.

Un zumbido de insectos llenaba el aire a medida que se alejaban de la zona amurallada, y Scarlet no podía evitar mirar atrás, buscando infructuosamente en las ventanas negras de la ciudad signos de peligro. Marlene recordó su primer viaje fuera de La Costera, hacía ya cinco años. Habían sido emboscados por una banda de nómadas cerca del aeropuerto, apenas salvaron la vida corriendo entre hangares repletos de huesos y coches oxidados. Desde entonces, la ciudad era un espacio temido, reverenciado, un cementerio a cielo abierto y una promesa de recursos incompletos.

Caminaban en fila, con Diego y Steve abriendo la marcha. Los ojos de Rosa no se apartaban de los posibles escondites en la maleza, atentos tanto a la sombra de un errante como al destello de una mira telescópica. Los solares arruinados a ambos lados mostraban una ciudad que luchaba por existir: parras silvestres colgadas de carteles de tráfico, viviendas colonizadas por hierba alta, y el eco lejano de una alarma descompuesta que nadie sabía desactivar. Casi daban ganas de hablarle al silencio.

Al acercarse al campus, Marlene sintió el frío familiar del miedo recorriéndole la espalda. Las puertas del estacionamiento principal estaban selladas con barricadas de autos volcados y alambres. Rosa trepó ágilmente para echar un vistazo. Hizo una señal. Nada. Todo despejado.

Diego fue el primero en entrar, machete en mano, seguido por Steve con la escopeta. Scarlet y Dimas los imitaban, con lanzas largas y navajas envainadas sobre el pecho, sus gestos demasiado grandes para sus cuerpos de niños. Las hermanas Luna corrían hacia los viejos talleres de ingeniería, buscando baterías, cables y cualquier herramienta útil. Rosa y Marlene avanzaron juntas, siguiendo el pasillo que llevaba a la biblioteca central, donde según informes recientes aún debían quedar volúmenes de botánica, medicina, y algunos manuales técnicos.

El vestíbulo de la biblioteca era un eco del pasado: estanterías descuadernadas, libros amontonados en montañas polvorientas, y una serie de mesas donde alguien había intentado, al parecer en vano, plantar pequeños huertos internos. Scarlet caminó sobre las baldosas sucias con asombro, acariciando el lomo de los libros mientras Dimas intentaba siquiera leer los títulos: ninguno había visto una biblioteca “viva” antes.

—Coged sólo lo útil —murmuró Rosa, mientras rellenaba su mochila con tratados de primeros auxilios, catálogos de semillas, y manuales sobre agricultura hidropónica.

De repente, un ruido. El viento, pensó Marlene primero, pero luego la certeza de que algo más reptaba entre las sombras le erizó la piel.

Fue entonces cuando lo vieron: un hombre, o eso parecía a la distancia, con la ropa desgarrada y varias vendas sucias en el rostro, encaramado en lo que solía ser un atril para conferencias estudiantiles. No era un errante. Los errantes no susurraban maldiciones en voz baja, ni se tapaban la boca cuando una punzada de luz caía sobre sus ojos.

Scarlet, más veloz que Dimas, tensó la lanza improvisada y adoptó una postura defensiva, copiando a Steve. El hombre no era amenaza, parecía moribundo.

—Tranquilos —dijo Rosa, con voz baja pero firme. El desconocido retrocedió, mostrando las manos desnudas, huesudas, casi transparentes.

—¿Sois de la Costera? —preguntó entonces—. ¿Tenéis medicinas, comida… algo para…?

Así era aquel tiempo: uno encontraba a un extraño y lo primero que temía era el hambre, la infección, o la traición. Marlene sintió un tirón de compasión al ver las heridas mal curadas en manos y brazos.

—No acercarse —indicó Steve, apuntando con la escopeta—. ¿Has sido mordido?

El hombre negó. Mostró un cacho de piel carcomida.

—Ratas. De la canaleta. Llevadme, por favor.

Scarlet lo observó, su curiosidad infantil luchando con el instinto de supervivencia forjado a fuego en los últimos inviernos. Marlene le hizo una seña para bajar la lanza. Era arriesgado, pero dejarlo allí sin comida o defensa les pesaría luego.

—Tenemos que movernos —dijo Diego al regresar desde los talleres—. En media hora el calor atraerá a los pastos largos. Saquear rápido.

Recogieron lo que pudieron: libros de medicina, una caja de viejos equipos de laboratorio (termómetros, vendas, jeringuillas), cables de cobre, tres mochilas de semillas perfectamente etiquetadas en la vieja estación agrícola.

Al regresar, el hombre —que se presentó como Francis, un antiguo bibliotecario— se arrastraba detrás de ellos. Scarlet le ofreció un poco de agua. El extraño sonrió con ternura, señalando la polvorienta insignia universitaria pegada a su pecho.

Habían aprendido a desconfiar incluso del agradecimiento, y los ojos de Steve no se apartaron de Francis ni un instante durante el trayecto de regreso.

El sol caía a plomo y en la distancia se veía el brillo de la bahía, donde los restos oxidados de cruceros turísticos servían ahora de barracones y almacenes. Marlene pensaba en el papel de esos pequeños éxitos: cada bolsa de semillas era esperanza, cada libro un puente entre generaciones. La expedición regresó a la seguridad de la Costera al borde del mediodía, con el olor del mar y el calor sofocante refugiando a la gente en los patios traseros.

El bibliotecario fue llevado primero ante el consejo, donde un breve interrogatorio dejó al descubierto su desesperación, pero no señales de infección. Francis fue puesto en cuarentena en una tienda cerca del mar, bajo vigilancia estricta. Scarlet y Dimas fueron recibidos con abrazos apretados.

Esa noche, bajo las estrellas, Marlene se sentó junto a su hija y compartieron una cena hecha de ración seca, frijoles y pescado seco.

—¿Lo vamos a dejar quedarse? —preguntó Scarlet.

Marlene le acarició la cabeza.

—Si no representa un riesgo, sí. Aquí todos comenzamos, alguna vez, así: pidiendo ayuda, con miedo, esperando que nadie nos cerrara la puerta.

Los demás fueron llegando. Rosario y las hermanas Luna, con un puñado de piezas útiles que pronto ayudarían a recobrar motores y radios. Steve, tallando una pequeña cruz de madera para recordar a los que no habían vuelto alguna vez. Diego, repartiendo algún chiste picante que hacía reír incluso a los más jóvenes.

Las noches en la Costera eran tranquilas, pero nunca seguras. En el horizonte, las fogatas titilaban sobre Coronado y una columna de humo señalaba que al menos otro asentamiento resistía un día más. Marlene sabía, mientras cubría a Scarlet con una manta, que el mundo jamás volvería a ser como antes, pero ahora —por primera vez en mucho tiempo— parecía que había futuro más allá de la mera supervivencia.

Mientras la marea subía e inundaba los restos del malecón, la gente de La Costera dormía, soñando con ferias, libros, y escuelas nuevas. Los zombis eran menos, sí, pero bastaba con una chispa para que el miedo regresara. Quizá nacía una nueva civilización sobre ruinas y huesos.

Quizá ese era el verdadero milagro de San Diego: sobrevivir juntos, aferrados a la humanidad, incluso entre sombras y olas.

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