Fragmento:
La ciudad recogía los pedazos de su antigua vida. La Biblioteca Central, ese tesoro de concreto y vidrio junto a la vía del trolley, había sido reconvertida en centro de reuniones, almacén de registros públicos y taller de libros copiados a mano. Cada día, adolescentes hacían guardia en la Torre, vigilando que no se filtraran zombis ni saqueadores. Ellos eran la nueva “milicia de la infancia”, un grupo orgulloso y temerario. En las paredes del atrio se colgaban carteles hechos con plumón y pintura desvaída, mostrando los nombres de quienes se habían perdido o de los recién nacidos, celebrados, por fin, con la confianza de quienes sienten que el mundo se puede reconstruir.
Duración: 12:15
12 de noviembre de 2028
La brisa húmeda del Pacífico golpeaba la muralla improvisada que rodeaba el corazón de San Diego. El olor a sal y óxido impregnaba el aire, mezclándose con el hedor persistente de la podredumbre. Era noviembre, y en la Costa Oeste el frío no se sentía tanto como en las zonas del interior, pero la humedad atrapada en las piedras hacía del amanecer una experiencia helada para quienes guardaban la entrada de la ciudad, ahora reducida a un núcleo de supervivientes, comerciantes y soldados de fortuna.
Allí estaba yo, Elena Vargas, descendiente de migrantes, nacida y criada en National City, observando el océano más allá del puerto destrozado. La mancha negra de los barcos encallados y los restos de viejos cruceros transformados en plataformas de observación recordaban la forma abrupta en que el viejo mundo se había detenido. La “Zona Segura de San Diego” abarcaba desde el antiguo Gaslamp Quarter hasta el extremo norte del puerto naval, envuelta en alambradas, barricadas de vehículos y vigías armados que patrullaban los accesos clave. Afuera, la mayoría de la ciudad —Hillcrest, Barrio Logan, incluso buena parte del viejo Balboa Park— seguía infestada de zombis, aunque en número decreciente. Era posible verlos desde las troneras, deambular sin rumbo, oscilando torpemente, la piel cayéndose como papel mojado sobre los huesos secos.
Cerca de la plaza donde, antes, turistas reían entre artistas callejeros y cafeterías, ahora bullía un mercado. Habían levantado techos con lonas militares; las mesas de restaurantes se usaban para exponer conservas, medicinas, partes de armas, herramientas de metal, aros de cuerda y mercancía tan indispensable como la sal. Hoy era día de intercambio y, como todos los del mes, cientos de personas llegaban desde los asentamientos satélite: ingenieros de Tijuana, agricultores de Ramona, carros jalados por mulas desde escondites en Escondido, cazadores venidos de las colinas áridas al este, y hasta alguna que otra caravana procedente del norte, donde los rumores decían que Los Ángeles apenas sobrevivía entre ruinas y bandas rivales.
Esta mañana, mi trabajo era doble. Primero, como mediadora del Consejo de Barrio Sur —el pequeño grupo electo por los supervivientes para evitar luchas internas y negociar alianzas— debía supervisar las transacciones más delicadas: equipos médicos, reservas de pólvora, artefactos eléctricos. Segundo, tenía la misión personal de hallar plantas comestibles, semillas nuevas para la Cooperativa de Agricultores de Point Loma. En los meses recientes, gracias a las caravanas y los talleres de metalurgia, habíamos reactivado huertos y, por primera vez en años, los niños de la zona sur no comían sólo enlatados.
La ciudad recogía los pedazos de su antigua vida. La Biblioteca Central, ese tesoro de concreto y vidrio junto a la vía del trolley, había sido reconvertida en centro de reuniones, almacén de registros públicos y taller de libros copiados a mano. Cada día, adolescentes hacían guardia en la Torre, vigilando que no se filtraran zombis ni saqueadores. Ellos eran la nueva “milicia de la infancia”, un grupo orgulloso y temerario. En las paredes del atrio se colgaban carteles hechos con plumón y pintura desvaída, mostrando los nombres de quienes se habían perdido o de los recién nacidos, celebrados, por fin, con la confianza de quienes sienten que el mundo se puede reconstruir.
Sin embargo, nada era verdaderamente seguro. El mercado de este mes era un objetivo tentador. Todos los asentamientos sabíamos que aún existían bandas errantes: la que llamaban “Los Lobos del Valle”, un grupo que surgía de la zona de La Mesa, y los “Mercenarios del Carril”, una mezcla de exmilitares y pandilleros de antaño, curtidos en años de saqueo y violencia, ahora convertidos en asaltantes semi-profesionales. Esa mañana, antes del amanecer, el Consejo había enviado exploradores en bicicleta y a caballo por los accesos principales. Trozos de pizarra colgaban, con símbolos de alerta: una calavera para advertir de zombis, dos rayas rojas para señalar amenazas humanas.
Pasé entre los puestos, saludando a viejos comerciantes conocidos. Olía a pólvora, a pan recién horneado —un lujo, gracias a un pequeño molino que habíamos recuperado en agosto—, a frutos secos y aceite de motor. Un anciano, señor Guerrero, me ofreció cajas con tuercas y clavos, y me contó que un par de niños habían visto una horda pequeña cruzar cerca de Mission Bay, por suerte dispersa y descoordinada. Me detuve con Hammoud, un ingeniero sirio que había logrado activar dos paneles solares y un generador en el hospital improvisado. Me mostró, con orgullo, una lámpara eléctrica encendida, alimentada sólo con el sol. “Lo siguiente será la radio”, me prometió.
DIÁLOGOS ENTRE ESPERANZA Y MIEDO
A medio día, llegaron los líderes de las otras comunidades. Pacheco, el jefe de lenadores de Julian, olía a pino, traía a cuestas sacos de harina y un pequeño barril de miel. Sharon, de la cooperativa de Oceanside, discutía el precio de cuarenta balas a cambio de un viejo botiquín; su rifle, de muescas en la culata, recordaba que nadie negociaba sin armas al cinto. Juntos fuimos al centro del mercado, donde los bancos de parque —esos arruinados por el clima y el salitre— se usaban como “mesas de acuerdos”.
Yo empecé la reunión en voz baja: “Sé que todos necesitamos lo mismo: comida, medicinas, seguridad en los caminos. Pero la próxima horda está en el este… Si las alarmas llegan tarde, perderemos más de lo que podemos reemplazar”.
Pacheco asintió, manos callosas sobre el barril. “Nuestros exploradores vieron humo, señales de saqueo, entre La Presa y Chula Vista. No eran zombis. Eran humanos.”
El temor se sintió como un escalofrío colectivo. La amenaza de los vivos, en 2028, había superado incluso el terror de los muertos, al menos en estos arrabales protegidos. Aún así, rodeados por las improvisadas paredes de metal y madera, intentábamos parecer optimistas.
UNA TRAMPA Y UN DESCUBRIMIENTO
El acuerdo del día era claro: intercambiaríamos semillas por municiones, yesca y miel por vendas antisépticas, herramientas por partes de armas. Pero algo no cuadraba en el flujo de la multitud: un grupo pequeño, con ropas demasiado limpias y mochilas que parecían recién fabricadas, se movía en silencio, observando cada rincón. Yo había aprendido a distinguir los cadáveres andantes del peligro invisible de los saqueadores disfrazados.
Hablé en clave a uno de nuestros vigías; le indiqué con la mano que los siguiera. Supe que había problemas cuando vi el símbolo rojo —dos rayas— grabadas rápidamente en una de las pizarras.
Me acerqué tranquilamente al guardia más cercano. “Hay un grupo forastero”, dije, usando la contraseña del día. “Están cerca de la entrada a Fifth Avenue. Puedes avisar a los exploradores. No dispares a menos que sea indispensable.”
En pocos minutos, comenzó la confusión. Un chico gritó al ver a un “Lobo del Valle” sacar su arma; otra docena de sobrevivientes armó un cordón humano. Todo estaba a punto de estallar cuando, de alguna manera, Sharon levantó su rifle primero y disparó al aire. El estruendo detuvo a todos.
Los saqueadores, preocupados por haber perdido el elemento sorpresa, vacilaron apenas un segundo y luego huyeron a la carrera, salvando el pellejo. Sabían que los puestos del mercado estaban mejor defendidos que las huertas dispersas o los talleres aislados. Sin embargo, no se irían lejos. Todos lo sabíamos.
LA VIDA SIGUE, PESADEZ Y HUMOR EN EL OCÉANO DE RUINAS
Pasada la alarma, el mercado volvió lentamente a la normalidad. Las mujeres que vendían tortillas de maíz reanudaron sus bromas. Un chico de apenas ocho años se atrevió a calentar café con agua tibia y ofreció un puñado, “a cambio de una historia divertida”. Un hombre de pelo gris –antes profesor de historia en la universidad local– contaba, entre risas, leyendas del viejo mundo, “cuando la gasolina era casi gratis y los perros tenían cuentas de Instagram”.
Nunca me acostumbré al silencio nocturno, pero en las ferias de intercambio, el bullicio, las risas y los gritos momentáneos lograban, por horas, tapar el horror del pasado.
Antes de las seis, mientras el sol naranja se sumergía tras Coronado, Pacheco me llamó desde el extremo de una fila de puestos. Traía en la mano una caja cerrada, etiquetada en ruso. “Esto lo encontramos en la bodega de un barco. No sabemos qué es: ¿munición vieja? ¿Semillas mutantes? ¿Libros? Si pudieras traducirlo…”
Lo abrimos juntos, con precaución. Hallamos tubos sellados, con pequeñas etiquetas plásticas y restos de papeles enmohecidos. Me atreví a sacar un tubo: contenía pastillas, muchas de ellas rotas, y al fondo, instrucciones diagramadas en varios idiomas, incluyendo inglés. “Inmunomoduladores”, decía. Alguien susurró que quizás la caja era parte de una entrega humanitaria jamás recibida; otros rumorearon mis dudas: ¿habría sido parte de un laboratorio clandestino de los que, aún hoy, circulan en las historias de fogata?
LA NOCHE, EL MIEDO Y EL RECORRIDO DEL DÍA
Al caer la noche, la ciudad cambiaba: los muros se reforzaban, las patrullas doblaban guardias, se quemaban resinas aromáticas para tapar el olor de los zombis y ahuyentar a los roedores. Los faroles eléctricos, unos parpadeantes, otros lo bastante potentes como para alumbrar el mercado central, marcaban dónde aún latía la civilización.
Esa noche, me senté con los demás dirigentes en el despacho improvisado —la antigua oficina de turismo, que ahora era centro de mando—. Repasamos la lista de pérdidas: tres heridos leves, nada robado, ningún desaparecido. Un éxito, considerando lo que ocurría en otras regiones.
Conversamos sobre lo hallado en la caja rusa. Hammoud, el ingeniero, prometió investigar la utilidad de esas pastillas; quizás, con suerte, podrían ayudar a los enfermos con defensas bajas. Pacheco volvió a pedir rutas seguras que evitarán La Mesa. Yo insistí en la necesidad de crear patrullas mixtas entre comunidades y, finalmente, cansados, acordamos que cada uno dormiría armado, aunque sólo fuera por precaución.
ANTES DEL AMANECER, LA ESPERANZA
No pude dormir bien. En la madrugada, recorrí los muros que bordeaban la marina. Vi, a lo lejos, cómo una luna menguante cubría con su luz los paralíticos cadáveres ambulantes. Ya no formaban grandes multitudes. Eran apenas manchones inertes, fáciles de evitar para los expertos.
Volví los ojos hacia la plaza iluminada, donde los niños soñaban bajo mantas recicladas y una mujer tejía, pacientemente, junto al calor de una estufa improvisada. Allí sentí por primera vez, en muchos años, que el ciclo del miedo y la barbarie, aunque no se hubiera roto del todo, podía remitir con los días. Lo imposible de imaginar antes –la reconstrucción de un mundo, uno nacido en las ruinas y el intercambio de pequeños gestos de confianza– ya era visible, por breve que fuera, en las calles de mi ciudad.
Quedaba, eso sí, mucho por hacer. Los muertos todavía rondaban el extrarradio, las bandas humanas acechaban los caminos y la infección seguía activa entre los cadáveres frescos. Pero en San Diego, en aquel noviembre atípicamente cálido, cuando la pólvora y la sal eran tan preciadas como el pan y la risa, las primeras ferias estables de intercambio se sentían como una victoria.
Y bajo el rumor constante del océano, juré que seguiría vigilando, comerciando y, sobre todo, soñando con el día en que ya no hubiese que temer ni a los vivos ni a los muertos.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.