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Portada del relato El Eco de las Olas Muertas
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Fragmento:


Lo que escuché me puso la piel de gallina: tres series de pitidos seguidos de dos tonos más graves, repitiéndose cada minuto en punto. El último mapa de señales que tenemos sugiere que ese patrón significa movimiento de hordas importantes al norte de Mission Valley. Nada grave. Según las rutas que marcamos en la última asamblea, el peligro debería pasar a varios kilómetros y rodearnos rumbo Este. Pero luego noté que, tras la secuencia, había un ruido de fondo. Muy tenue al principio, pero reconocible: alguien estaba respirando al otro lado de la transmisión.

Duración: 11:13

El Eco de las Olas Muertas
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Texto de ajuste de pausa.

22 de noviembre de 2025

El sol se levanta con dificultad sobre una costa en ruinas. A veces, desde la vieja azotea de mi refugio, puedo ver el débil reflejo del mar, aunque casi todo está cubierto por la neblina matutina y las ruinas ennegrecidas del downtown. Ya no reconozco la silueta de la ciudad en la que nací. Salvo por la curva inconfundible de la bahía y, a la distancia, los escombros encorvados del Coronado Bridge, San Diego podría ser cualquier otro esqueleto de cemento arrasado de este nuevo mundo.

Hoy es 22 de noviembre de 2025. Cumplo 31 años, aunque aquí nadie celebra los cumpleaños. Si alguien recuerda la fecha, suele mirar a otra parte y cambiar de tema. No tenemos motivos para festejar, salvo el hecho, improbable y milagroso, de seguir respirando.

Pero la vida es tozuda. O tal vez los humanos somos tercos porque no sabemos soltar el hueso de la esperanza, aunque nos lo hayan robado y roído hasta casi hacerlo desaparecer. Sea como sea, aquí estoy, aferrado a los jirones de lo que fue mi hogar y empeñado en escribir este diario, como si contarlo diera sentido a todo el horror acumulado bajo estos cielos salitrosos.

He reconstruido este diario diez veces. La humedad y las ratas se han llevado tantas páginas, pero hoy vuelvo a empezar, porque esta mañana ha pasado algo inusual que necesito registrar.

Como cada amanecer, los centinelas despertaron a todos los que dormíamos en la vieja estación de bomberos. Ya no quedan camiones ni mangueras, pero las paredes de concreto aguantan los embates de los saqueadores y, sobre todo, de las hordas, cuando por azar llegan aquí desde el interior de la ciudad. El lugar huele a moho, a sudor y a madera húmeda, pero también a café, una rareza que nos trajeron hace dos días desde una caravana aliada que bajó desde Poway. Alguien olvidó una radio portátil en la recolecta de anoche y esta mañana, cuando fui a por agua, la encontré emitiendo una serie de pitidos lentos y extraños. Ya no era una de las señales habituales, aquellas de auxilio o advertencia, sino algo diferente.

Lo que escuché me puso la piel de gallina: tres series de pitidos seguidos de dos tonos más graves, repitiéndose cada minuto en punto. El último mapa de señales que tenemos sugiere que ese patrón significa movimiento de hordas importantes al norte de Mission Valley. Nada grave. Según las rutas que marcamos en la última asamblea, el peligro debería pasar a varios kilómetros y rodearnos rumbo Este. Pero luego noté que, tras la secuencia, había un ruido de fondo. Muy tenue al principio, pero reconocible: alguien estaba respirando al otro lado de la transmisión.

No pude evitarlo. Me quedé pegado a la radio, incapaz de despegar la oreja del pequeño parlante polvoriento. En medio del runrún de la estática, escuché algo como una tos y luego una voz: “Barricada Trestle solicita ayuda. Requiere combustible, medicinas y protección. Dos niños heridos. Estamos en Pacific Beach, cerca de Garnet.” La voz era la de una mujer. Jadeaba, pero su tono era firme. Esa fue toda la comunicación antes de que la señal se apagara.

Salí corriendo a buscar a Tomás, nuestro líder. Él estaba en la azotea, revisando con prismáticos los tejados de la zona industrial. Es uno de los pocos que aún sonríen de vez en cuando. Cuando le conté lo de la radio, sus ojos se enturbiaron un instante. Hace semanas que no recibíamos mensajes claros de los asentamientos al sur. Pacific Beach fue zona de guerra durante meses: saqueos, arrebatos de maras, y después la horda migrando desde Los Ángeles arrasó con todo. Creíamos que solo quedaban cadáveres; quizás, alguna alma vagando sin rumbo o bandas hostiles cazando a los rezagados.

Los líderes se reunieron rápido a discutir. Tomás quería enviar ayuda, otros decían que era imposible: apenas tenemos suficiente gasolina para mantener los generadores hasta el próximo trueque, y las medicinas están contadas como perlas. Sin embargo, la mención de los niños heridos pesó más que los argumentos logísticos. Al final, decidieron convocar a voluntarios. Fue un voto ajustado, cinco contra cuatro. Yo salté adelante primero y otros tres me siguieron, impulsados más por la idea de poder ayudar que por coraje puro.

Antes de salir, Ana —la médica del grupo y mi mejor amiga— se me acercó. Insistió en que debía llevar unos antibióticos y vendajes, aunque era todo lo que podía darnos. Nos acompañó hasta el borde del perímetro y me rompió el corazón ver el miedo en sus ojos al despedirse. Cuando le prometí que regresaría, solo me miró en silencio, apretando la mandíbula, como hace siempre cuando sospecha una mentira bondadosa.

La ciudad se siente diferente en estas fechas. El aire está frío y húmedo. Los restos de las viejas fiestas navideñas siguen desperdigados aquí y allá entre fachadas deformadas: pedazos de guirnaldas, estrellas rotas, un Papá Noel mutilado en la entrada de un Oxxo saqueado al cruzar hacia Garnet Avenue. El olor a salitre se mezcla con el de la podredumbre, pero a estas alturas uno aprende a no oler nada, como si el cerebro levantara un muro de indiferencia.

Cruzamos las calles despacio. Los zombis a esta hora suelen moverse entre las sombras frescas, pero están cada vez menos activos: los años y el clima han hecho mella en sus cuerpos corruptos. Aun así, uno no puede confiarse: una mordida y tu historia termina, o peor, empieza de nuevo desde el otro lado de la alambrada.

Al llegar a la barricada —una estructura improvisada de autos oxidados y tablones atravesando la calle cerca de la esquina de Garnet con Ingraham— nos recibieron dos adolescentes armados. Estaban sucios y pálidos, pero no parecían hostiles. Nos hicieron responder una contraseña: escudo azul. Era la señal de amistad que usan los asentamientos aliados al sur desde hace un año. Nos dejaron pasar después de revisar los regalos: una pequeña caja de suero oral, una pistola oxidada sin balas y dos botellas de agua, además del material médico que llevábamos. Pura miseria, pero aquí cada cosa cuenta.

Dentro, la barricada parecía un matadero abandonado: colchones sucios, bidones con fogatas humeando, ropa remendada en cuerdas improvisadas. Unas quince personas, casi todos jóvenes, un par de ancianos y los dos niños heridos que estaban acostados juntos en una manta aislante. Una mujer de pelo corto, mirada de acero y una cicatriz reciente en la mejilla resultó ser la de la radio. Se presentó como Verónica. Su esposo había muerto defendiendo la barricada hacía cuatro días, arrastrado por una horda que lograron retener a costa de tres bajas y la última munición. Les quedaban tres días de comida, un mapa a medio quemar y la esperanza frágil de que alguien respondiera. Sentí una punzada en el estómago: podían haber sido nosotros, o cualquier otro grupo.

Ana siempre dice que el silencio puede ser tan malo como el grito. Lo comprobé en los ojos de esos niños, incapaces de llorar aunque tuvieran las piernas vendadas de heridas y la fiebre devorándolos. Les dimos todo lo que pudimos y revisamos sus vendas, cambiamos los apósitos y repartimos el agua con cuidado, gota a gota.

Mientras los demás debatían con Verónica posibles rutas de evacuación, yo bajé al sótano del edificio contiguo, buscando algo útil. Allí encontré, entre una pila de juguetes viejos y mantas, una caja con fotos familiares. Rostros sonrientes, el mar y el muelle de Pacific Beach al fondo, navidades pasadas y cumpleaños olvidados mucho antes de la plaga. Me quedé mirando una foto de Verónica, su esposo y los niños, aún sanos, aún totales. Sentí el peso colosal del mundo en los pulmones y una nostalgia tan voraz que me dejó sin aliento. De pronto, todo el odio, todo el cansancio se volvió agua.

Regresé arriba justo cuando uno de nuestros centinelas lanzó el grito: movimiento en la calle lateral. Todos corrimos a nuestras posiciones. Yo tomé mi viejo hacha y me parapeté tras el capó de un Ford hecho trizas. Desde la esquina, surgieron tres figuras tambaleantes: zombis, lentos y famélicos, desorientados. Los otros dos voluntarios y yo nos acercamos en silencio, por detrás, como lo hemos hecho mil veces. Bastaron dos golpes y una lanza improvisada para acabar con ellos, pero aún así, la adrenalina nos disparó el pulso durante minutos. El peligro parecía disiparse tan rápido como había surgido, y sin embargo la tensión era una cuerda imposible de aflojar.

Verónica lo vio en mi cara: —Si llega una horda mayor, no duramos acá ni un día más.

Asentí, y hablamos con los otros líderes. Decidimos que lo mejor era intentar evacuar a los más débiles al amparo de la noche. Tomás y los nuestros regresarían por la ruta rápida, mientras yo y otros dos nos quedaríamos hasta el anochecer para guiarlos en pequeños grupos hacia el refugio de North Park Crossing, donde hay provisiones y una mejor enfermería.

Con el paso de las horas, el miedo fue cediendo a la calma rutinaria de la supervivencia. Todos estábamos demasiado agotados para pensar en el mundo antes. El presente era todo lo que había. Ayudé a cargar a los niños, repartí lo poco de comida que quedaba, anoté los nombres de los que quedaban para informar de su paradero en caso de que alguien preguntara por ellos algún día. Eso de dejar un rastro, escribir, registrar: parece sin sentido, pero es la única manera que tenemos de luchar contra el olvido.

Al caer la tarde, el cielo sobre el océano se tornó de un naranja casi irreal. La brisa traía el sonido de las olas, constante y ajeno a la guerra que libraremos los humanos contra los muertos hace ya más de cinco años. En ese momento, escuchamos otro mensaje en la radio: una voz joven, desde Point Loma, preguntando si alguien seguía ahí. Respondí en código: “Barricada Trestle, evacuando en grupos pequeños. Mantened el oeste libre.” La respuesta fue simple, conmovedora: “Buena suerte, hermanos. Nos vemos en la línea.”

Salimos en la penumbra, arrastrando lo que podíamos, moviéndonos como sombras entre las ruinas de una ciudad donde la muerte acecha siempre tras la esquina, pero la vida, terca, rehúsa rendirse. Sentí gratitud por cada paso, por el calor del cuerpo del niño acurrucado en mis brazos, por el sol que se rindió ese día sin lluvia, por la radio encendida, por el reflejo lejano de las olas: promesa de que, mientras quede alguien para contarlo, la historia de este mundo —aunque rota y sangrante— continuará.

Mañana volveré a escribir. Si sobrevivo. Si encuentro una razón más para creer que las palabras no son solo cenizas arrastradas por el viento seco de San Diego, sino semillas. Tal vez algún día germinen en lo que queda de nosotros y logremos arrancarle a la muerte, aunque sea, un pequeño triunfo.

Buenas noches, diario. O lo más aproximado que se puede desear en tiempos así.

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